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viernes, 26 de febrero de 2010

¿QUÉ ES EL MOVIMIENTO JUVENIL?


Iñaki Gil de San Vicente/ Rebelión

Otra de las características del poder adulto es que impide obsesivamente que la juventud pueda autoorganizarse, pueda desarrollar sus medios de prensa y debate, de coordinación. El poder adulto tiene tres métodos fundamentales para impedirlo: uno, vigilar de cerca a hijas e hijos para que solamente puedan relacionarse con sus círculos allegados, familiares, amigos de escuela y estudio, convecinos, etc., en su vida cotidiana; dos, permitir una cierta autonomía en las amistades y en las relaciones, sobre todo cuando los estudios o el trabajo limitan el control adulto por problemas de distancia geográfica, horarios, edad, etc.; y tercero, en el peor de los casos, asumir que la juventud necesita “desahogarse”, vaciar su “fogosidad” uno o dos días a la semana para que el resto del tiempo estudie o trabaje al máximo. Este tercer caso se da en las fases más críticas de la edad juvenil y el poder adulto lo justifica diciendo que los excesos cometidos en tales casos son “pecados de juventud”, que se superan con la edad, una especie de “acnea juvenil”.

Para romper este cerco la juventud solamente tiene dos recursos: uno es el más fácil e inútil, el de las cuadrillas, las bandas, los grupos de amigos y amigas que se forman por pura necesidad de desahogo y protesta, y que se deshacen al poco tiempo cuando la implacable lógica capitalista ha arrasado toda veleidad escapista; y otro, el movimiento juvenil organizado con fines de superación del poder adulto y de la sociedad burguesa. Existen muchas variables entre ambos extremos, pero al final el problema aparece en toda su crudeza: más temprano que tarde la juventud ha de enfrentarse al poder adulto si quiere abrir las puertas para su emancipación vital. Y la única forma de hacerlo es mediante el movimiento juvenil, colectivamente, porque es imposible luchas en aislado contra el poder adulto. La familia burguesa aísla a la juventud, rompe su unidad al imponer la denominada “familia nuclear” centrada en el dominio del padre. En su origen, la familia proletaria facilitaba el contacto de la juventud obrera en las grandes barriadas populares, alrededor de talleres y fábricas, al igual que lo hacía la familia campesina en los trabajos del campo y en la vida en los pueblos, en sus fiestas. Pero la familia burguesa, núcleo del poder adulto, se mueve en otro cosmos vivencial, el del individualismo burgués.


Luego, debido a cambios que no podemos exponer ahora, muchas familias obreras asumen el mismo aislamiento y tratan a sus jóvenes de forma similar en lo ideológico, aunque en la realidad, la juventud obrera tiene más facilidades para su coordinación en movimientos juveniles. Pero el capitalismo reacciona, el Estado, la Iglesia y más tarde el consumismo, actúan contra la juventud obrera, y sobre todo, el giro al reformismo de los partidos “comunistas” desde la mitad de los años ’70, todo esto destroza cualquier posibilidad de que la juventud aprenda de las luchas juveniles anteriores, reciba lecciones teóricas y ayudas prácticas en la creación de su movimiento juvenil. Como veremos luego, si la juventud no tiene referentes en los que basarse, si desconoce otras luchas juveniles y si carece de un proyecto, objetivos y estrategia, entonces su reacción se limitará a reunirse espontáneamente en la calle, en los bares y salas de fiesta. No es cierto que la juventud rechace estar junta. Al contrario, rechaza el aislamiento y la soledad. Lo que ansía y necesita vitalmente es explorar el mundo sin la vigilancia del poder adulto, de los padres, y con un grupo de jóvenes de su edad. El movimiento juvenil tiene, por tanto, una base objetiva de formación pero, sin embargo, tiene unos poderosos enemigos y obstáculos que debe superar.

La burguesía conoce perfectamente esa naturaleza social y colectiva de la juventud y la orienta en la dirección que a ella le conviene: desde los clubes deportivos reaccionarios, las asociaciones militaristas y fascistas, hasta la manipulación teledirigida de las aglomeraciones juveniles en los fines de semana para introducir masivamente toda serie de drogas, pasando por las asociaciones religiosas y por los espectáculos montados por la industrial musical. El poder adulto controla mal que bien esta realidad, dando cierta autonomía relativa a muchos grupos porque prefiere, en el peor de los casos, una juventud obrera podrida por la droga y el consumismo irracional, que radicalizada política y culturalmente. Este cálculo metódico y frío de la burguesía aparece en su plena operatividad en las barriadas obreras y populares, en los lugares de encuentro espontáneo de la juventud, en donde ésta pierde el tiempo porque el sistema no sólo no le ofrece nada mejor, sino porque el sistema le impone semejante forma de “diversión”. Dentro de esos grupos que se forman y se deshacen, que se mezclan y que se enfrentan, vigilando a distancia como las hienas a sus víctimas, las mafias de las drogas, las tiendas con sus ofertas de consumo, los medios de prensa con su ideología individualista y sexista, agresiva y racista. No debe sorprendernos, por tanto, que buena parte de la juventud obrera y popular termine definitivamente integrada en el sistema al carecer de otra referencia.

El movimiento juvenil tiene precisamente la función de aportar tal referencia ausente, de mostrar que la juventud malvive en una realidad objetiva que no comprende y ni tan siquiera ve porque cree que su forma de vida es la única posible. Pero el movimiento juvenil no surge de la nada, necesita que anteriormente haya existido una juventud que luchó en su momento, que se autoorganizó y que se preocupó por formar a otros jóvenes de modo que, al llegar a su edad adulta, germinara lo sembrado anteriormente. Aquí llegamos a un punto crítico en el problema que tratamos: la responsabilidad doble de las generaciones adultas que se dicen progresistas, de izquierdas y hasta revolucionarias por, primero, no haberse organizado ellas en movimiento juvenil en sus años jóvenes y, segundo y en caso de haberlo hecho, por no haber aportado su experiencia, sus errores y acierto, a la juventud posterior, a sus hijas e hijos. Exceptuando procesos de liberación nacional y social y contextos de lucha de clases muy avanzados, en las situaciones “normales”, son muy poco los padres que han sido militantes revolucionarios los que cuentan a sus hijos sus experiencias de lucha, y menos aún lo hacen los obreros que sostuvieron huelgas y que luchas sindicales, que no políticas. Este miedo a “contagiar” a los hijos e hijas, a mostrarles un mundo de peligros, se acrecienta si los partidos que fueron revolucionarios han girado al reformismo, han abandonado a sus antiguos compañeros y han traicionado los ideales del pasado, y sobre todo se multiplica si la burguesía incrementa la represión.

Nunca tomaremos suficiente conciencia crítica de la responsabilidad de la izquierda amaestrada en el olvido de la tradición de lucha, en el abandono de la política y de la ética revolucionaria y en el rechazo cobarde a traspasar a sus hijos e hijas, a la juventud de su entorno, de sus barrios y fábricas, estos imprescindibles valores humanos. Esta traición es aún mayor en las naciones oprimidas, en las que la historia oficial está construida por el Estado ocupante, y la verdadera historia nacional, la del pueblo oprimido, es desconocida por cuanto no ha sido ni investigada ni contada por sus protagonistas a la juventud.

Teniendo todo esto en cuenta, una de las primeras tareas que ha de asumir el movimiento juvenil es la de mostrar a la juventud la existencia de auténticos valores humanos que perviven en la vida subterránea, en los subsuelos del desierto exterior, de la superficie oficial y aparente de la vida. Pero ha de hacerlo mediante la pedagogía del ejemplo concreto, en los problemas acuciantes e inmediatos que asfixian a la juventud. Las grandes proclamas apenas sirven de nada si previamente no están apoyadas por el ejemplo de los padres, de las personas mayores conocidas, o por el ejemplo social y popularmente arraigado de una lucha de liberación que se ha ganado a pulso su legitimidad histórica. En ausencia de este contexto de deslegitimación social del poder explotador, o con una débil deslegitimación, las grandes soflamas carecen de valor, siendo fundamentales las luchas por los problemas concretos. Ahora bien, la sola acción por la acción sobre los problemas concretos sin una explicación teórica que la sustente y sin una demostración práctica de que existen esos valores colectivistas, humanos y solidarios, no individualistas ni egoístas y pasotas, esta acción por la acción tampoco sirve de nada a medio plazo.

Una de las necesidades más urgentes de la juventud que se abre al mundo con una mentalidad crítica es la de comprobar en los hechos que es posible realizarse humanamente en la vida, que es posible, agradable y reconfortante construir un mundo justo, que hay gente que no es como lo es la mayoría, como son los padres, por citar el ejemplo más inmediato, que dicen una cosa y hacen la contraria, que vociferan en casa y en el campo de fútbol pero que son unos cobardes frente al patrón y al poder. Unos padres y amigos que una y otra vez aceptan en silencio los recortes laborales, sociales y sindicales, los que les afectan directamente a ellos y a medio y largo plazo a sus propios hijos e hijas, que sufrirán un mayor explotación en una vida precarizada al máximo porque las generaciones adultas del presente no se han enfrentado a la burguesía, ni al Estado ocupante, dejando que la situación empeore ahora y más aún en el futuro.

Muy importante es que la juventud comprenda en su propia vida colectiva que lo que el poder adulto desprecia denominando “política” --“no te metas el política que trae problemas”, “todos los políticos son una corruptos”, etc.-- es solamente la política burguesa, la que realiza esta clase, la que sufren las y los explotados. La política está corrupta porque la corrupción es un componente interno del capitalismo. Lo ha sido desde sus orígenes pero está aumentando aún más su papel como recurso necesario para superar las dificultades crecientes del sistema. Pero cuando el poder adulto dice a sus hijas e hijos que la política trae problemas está refiriéndose a la política revolucionaria, a la política de liberación nacional y social, a la política de los oprimidos y oprimidas. Hemos dicho arriba que no se puede hablar en abstracto del poder, de la democracia, de la política, etc. Cuando el poder adulto advierte a la juventud que no se meta en “líos políticos” se está refiriéndose a los líos represivos que tarde o temprano y en menor o mayor cuantía, según los casos, acarrea la política independentista y socialista, antipatriarcal.

El movimiento juvenil ha de realizar, por tanto, una pedagogía práctica mostrando que la buena política, la de los y las oprimidas, es la síntesis, el concentrado de todos los valores humanos, de la solidaridad y del internacionalismo, de la capacidad crítica y autocrítica, del conocimiento libre y científico y de la filosofía humanista y atea. La política revolucionaria, en cuanto praxis vital, genera una profunda ilusión por la vida, por el futuro, un optimismo y una alegría cotidiana que se basan en las demostraciones obtenidas a diario de que es posible la victoria sobre la explotación, de que el opresor no siempre vence y de que la dominación tiene un límite a partir del cual empieza a retroceder: el de la emancipadora. El movimiento juvenil dispone de recursos suficientes para desarrollar esta praxis, y el fundamental es el de la iniciativa creadora que caracteriza a la juventud desalienada.

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