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martes, 21 de abril de 2009

Esos "menores" (pendejos de mierda)


Carlos Dilitio | Para Kaos en la Red

A raíz del asesinato de Capristo en Valentín Alsina, se pudieron ver y escuchar por los medios toda una andanada de manifestaciones histéricas de “gente” indignada, que parece arremeter contra sus frustraciones contra el sector más perjudicado de la población argentina: “esos menores”.

“Déjense de joder hay que ponerlos al paredón y si la familia rompe las pelotas también al paredón porque son igual de ruines y cínicos!!!!!!”

“Dejen de justificar diciendo que la pobreza! si a esos les das laburo y van borrachos a laburar dejen de justificar que están enfermos por la falopa si ellos saben muy bien lo que hacen por mas falopeados que estén esto ya es joda en pendejo mal parido mata a una persona y lo dejan libre bajo custodia de los padres”.

“A ESE PENDEJO SI LO LARGAN HAY QUE IR A LA CASA Y MATARLO DE LA MISMA MANERA QUE EL MATO A UNA PERSONA”.

El sistema capitalista no deja de crear marginales, porque el sistema no necesita gente. Entonces esa gente que no es más necesaria, deja de ser “gente”. Pasan a ser pendejos de mierda, villeros de mierda y finalmente, “esos menores”; memorable frase acuñada por el falso ingeniero Blumberg.

Y esos, “esos menores”, marginados, negados y discriminados, de alguna manera tienen que encontrar una salida, porque, aunque el sistema los niega, igual les crea necesidades que no puede satisfacer.

Por eso los droga, la calle les enseña a sobrevivir “como sea” y como esto fuera poco, los “dealers”, muchas veces policías o empleados de estos, les facilitan el acceso a las armas.

Es su salida. Una salida de mierda, a ningún lado, pero es su salida. El “capitalismo para quienes pueden pagarlo” no les da otra posibilidad. Es el reviente o caminar las calles de los centros urbanos todas las noches cartoneando, es decir cirujeando, por unos miserables pesos que no alcanzan para nada. Antes se decía ciruja, pero la hipocresía urbana pasó a denominarlos cartoneros. Y, como si fuera poco, se lo considera “trabajo”. Trabajan en el reciclado de materiales. Un logro de la llamada economía sustentable.

¿Estudiar en esas condiciones? Imposible. Por otra parte, el modelo económico dependiente de esta época es soja-dependiente. Una economía basada en la exportación de forraje para que coman los chanchos, perdón, el ganado porcino, de China. Quiere decir que el modelo sojero, que requiere muy poca mano de obra, no tiene una demanda de trabajadores instruidos, como en otras épocas más industrializadas; no requiere de planes educativos en masa.

La educación adecuada es sólo para quienes puedan pagarla. Es privada. Para formar cuadros intermedios y dirigentes de acuerdo a las necesidades del momento

Y un estado que tiene como única meta cobrarles los derechos de exportación a los productores, tampoco necesita mantener un nivel de educación adecuado. Un estado que tiene como objetivo la no cultura; la destrucción de la cultura, necesita que no haya educación, que los gremios docentes estén permanentemente en paro y no den clases. Por eso los reclamos del sector, son desatendidos e ignorados y hasta incluso reprimidos.

Es costumbre, además, que en Argentina además del estado, a nadie le importe nada. “¿Y yo que culpa tengo?” es la respuesta cotidiana en las calles por las que discurre la vida de la consumista e ilustrada clase media argentina.

No existirían las cárceles como existen en Argentina, sobre todo en Mendoza –catalogada como la peor de Latinoamérica- si a un sector importante de la sociedad no le importara que cada día se construyan más cárceles en las condiciones que sea, para meter no solo a delincuentes, sino a más pobres y a “esos menores”, que indefectiblemente terminan asesinados en comisarías e incluso sus cuerpos incinerados, por falta de “institutos adecuados”.

Hay otra complicidad, que más que complicidad es culpabilidad; que es la culpabilidad de los grandes medios de comunicación, que moldean, construyen, posibilitan que esos pensamientos y esas “convicciones” sociales sean posibles.

TODOS los medios, principalmente multimedios Clarín y América, propiedad del colombiano, naturalizado argentino De Narváez, están lanzados en furiosa campaña para declarar imputables a los “menores” de 14 años.

Más allá de toda lógica o estudio razonable, “hay que meterlos presos y que se pudran en la cárcel”.

Tener a un chico preso habla de una sociedad enferma que desconfía en la posibilidad de un futuro, porque si una sociedad permite que sus chicos, los cuales, generalmente, pertenecen a sectores perjudicados por el modelo económico –la mayoría-, estén presos, ¿que se puede esperar para las próximas generaciones?

El solo pensar en la posibilidad de que haya personas que quieran llevar a un preadolescente de 14 a un juicio como un adulto violador o asesino serial, declararlo culpable y encerrarlo con ellos es una locura. Pero peor que la gente son los medios masivos que hacen campaña en tal sentido.

Si se declara la imputabilidad a esa edad, como se pretende, el simple hecho de tener 14 años, a partir de ahora, implicará ser carne de comisaría, para un chico que transite por la calle, incluso de día, para “averiguación de antecedentes”, esto si no termina arrojado a las aguas del Riachuelo.

Y es abrir el camino a declarar la imputabilidad a partir de los 10 años. Si se trata legalmente a un chico de 10 años como a un adulto; ¿habrá también alguna clase de derechos a favor para un niño desclasado por el sistema?

¿Qué se puede esperar de personas y dirigentes adultos que se comportan como chicos de 10 años?

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