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lunes, 7 de noviembre de 2011

Importancia histórica de la Revolución de Octubre

Luis R Delgado J

Este 7 de noviembre se cumple el 94 aniversario de la Revolución de Octubre, la Revolución Bolchevique, la conquista del Estado por el poder soviético, la gesta heroica del pueblo ruso y su Partido Comunista dirigido por Lenin, es decir, el acontecimiento más grande y valioso del siglo XX, por sus aportes, sus contribuciones, y por sus victorias, en lo social, lo político, lo económico, lo militar, lo tecnológico y muchos elementos más, que significaron un gigantesco paso adelante para la humanidad en su conjunto. El Octubre Rojo (conocido así porque de acuerdo al calendario juliano utilizado en la Rusia ortodoxa las acciones se desarrollaron el 25 de octubre, pese a que en Occidente la fecha de acuerdo al calendario gregoriano fue el 7 de noviembre) tuvo como resultado la conformación del primer Estado Proletario de la historia, la primera acción exitosa y mantenida en el tiempo (La Comuna de Paris en 1871 fue el primer ensayo) de toma del poder por parte de la clase obrera, apoyada por el campesinado. Por lo cual millones de comunistas y revolucionarios conmemoran esta importantísima fecha para la humanidad, hoy todavía es poco el tiempo transcurrido para valorar plenamente sin prejuicio y sentido crítico el papel jugado por la Unión Soviética.

Para muchos este acontecimiento marca el trazo fundamental, de lo que será el debate y la lucha histórica fundamental, en la cual se involucrará toda la humanidad durante el siglo XX y lo que va del XXI, la lucha entre el Capitalismo en su fase imperialista, contra las clases oprimidas y explotadas por el mismo, las cuales buscan la conquista de la Liberación Nacional, y la construcción del Socialismo. En este orden, para tener una idea clara acerca de la significación histórica de este hecho revolucionario, basta decir que las concesiones de la burguesía al potente movimiento obrero europeo mediante fuertes Estados de Bienestar, son sólo algunos de los elementos de trascendental importancia que fueron posibles gracias al influjo de las conquistas y la fortaleza del Estado Soviético. Ya que como afirma Narciso Isa Conde la existencia de la URSS “Obligó al capitalismo desarrollado a reformarse y a conceder reivindicaciones económicas, sociales, culturales y políticas de gran significación para los trabajadores y los pueblos”… y “En Europa lo forzó a incorporar conquistas propias de los movimientos sociales (auge de la socialdemocracia y del llamado Estado de Bienestar)”.

Por otro lado la URSS soportó bajo sus hombros un 70 % de los costos humanos y materiales de la II Guerra Mundial sacrificando a 29 millones de sus mejores hijos e hijas, aportando enormemente a la derrota del Nazi Fascismo, mediante la liberación de diversas naciones como Polonia, Alemania Oriental, la antigua Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria, Rumania, el norte de China (Manchuria) entre otros. A todas estas sin lugar a dudas “aportó más que ninguna otra fuerza mundial a la derrota del fascismo, aunque no supo superar sus limitaciones ni las trabas de su propio modelo bajo el influjo optimista provocado por esa gran victoria” (Isa Conde).

En otro orden la URSS jugó un papel de primerisima importancia contribuyendo “al desmantelamiento del sistema colonial”… y estimulando “los procesos de independencia y autodeterminación de los pueblos”, hay que tener en cuenta que bajo el contexto de la Guerra Fría la URSS influía bajo dos aspectos claves en la arena internacional, por un lado fue un financista solidario de los diversos movimientos de liberación nacional existentes a lo largo del Mundo Dependiente, millones de armas, de logística, asesoramiento técnico y militar eran dados de forma desinteresada y en muchas casos gratuitas a movimientos en el África, Asia, el conflicto entre los Árabes y el Sionismo, etc. Por otro lado La URSS constituía una presión internacional para el Imperialismo, quien se veía en la necesidad de ceder a ciertas reivindicaciones anticolonialistas para frenar el avance internacional del Comunismo y modernizar sus formas de dominación; en varias ocasiones Fidel no dudo en reconocer que las armas dotadas por la URSS fueron la condición material para la defensa exitosa de la Revolución Cubana, empezando por la victoria de Playa Girón.

Otro aspecto a resaltar es que la URSS estableció “términos de intercambio con países subdesarrollados del Tercer Mundo que bien podrían servir para diseñar normas más justas en el orden económico internacional”, tan solo un ejemplo, mientras el imperialismo norteamericano impuso un Bloqueo Económico genocida al pueblo cubano cerca del 80% del comercio internacional de la isla caribeña se daba con los países socialistas de Europa Oriental, hecho que nos permite entender el trauma sufrido por el pueblo cubano conocido como Periodo Especial, desencadenado a raíz del desplome soviético.

En este sentido también la existencia de la URSS jugó un papel determinante en la construcción de otras experiencias socialistas (China, Vietnam, Cuba, Corea, Yugoslavia, Bulgaria, etc.), “contribuyendo a la heroica Revolución China, al proceso revolucionario coreano, a la victoria de Vietnam y a la defensa de la heroica Revolución Cubana; hechos puntuales en el camino hacia el imperio de la justicia en las relaciones mundiales”, esto no hay que jamás olvidarlo, porque muchas veces se pretenden estudiar estos procesos como hechos aislados y muy particulares. No debe haber duda en el hecho que de no existir el Estado Soviético no hubiese existido el contexto internacional y la logística necesaria parea que estos procesos socialistas en diversos países se extendieran en el tiempo.

En fin la existencia del Estado Soviético garantizó “la paz mundial, bloqueó la guerra termonuclear y evitó un grado mayor de agresiones militares e imposiciones políticas norteamericanas”. Quien puede negar viendo hoy el escenario global donde los norteamericanos han llenado de bases militares el mundo entero, ha llevado a cabo en los últimos 15 años mas de cinco Guerras de Agresión, que la URSS era un muro de contención poderosos para el avance del imperialismo.

Por esta razón, cuando hoy los venezolanos, y entre ellos los comunistas luchamos día a día para consolidar y profundizar las conquistas de la Revolución Bolivariana, debemos recordar estos hechos gloriosos, para seguir el ejemplo de un pueblo y un partido, que en medio de una coyuntura sumamente compleja y dramática, como era la situación rusa durante el retiro de la I Guerra Mundial, supo aprovechar bajo la brillante y audaz conducción de Lenin, la oportunidad para derrotar y derribar el poderoso régimen opresor del zarismo y de la burguesía nacional subordinada al imperialismo, para así iniciar el primer camino transitado al socialismo. Seguir este ejemplo, es valorar esta gesta llena de heroísmo, es aprender de los aciertos y de los errores cometidos durante esa hermosa experiencia que fue la existencia de URSS por más de 70 años. Pero sobre todo, lo que más debemos de tomar en cuenta para ser vigilantes y participes en la construcción, en la profundización de los cambios que se están llevando a cabo en nuestro país, es que los procesos revolucionarios pueden ser reversibles, el futuro no es un ente metafísico predeterminado, es una construcción histórica en el fragor de la lucha de clases, estemos pendientes de esto, para salir victoriosos en este combate por la vida.

luis_educara@hotmail.com



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viernes, 6 de mayo de 2011

Pravda: En el año cien, seguimos en primera línea

Pravda

Traducido del ruso para Rebelión por Josafat S. Comín

Desde el colectivo de “Pravda” queremos felicitar a todos nuestros lectores y correligionarios con motivo del “Día de la prensa soviética”. En esta felicitación no hay nada de utópico. Sí, es cierto, hoy ya no existe ningún “sitio” en el mapa al que poder llamar Unión Soviética. Pero ni se ha perdido ni se ha diluido el ideal del Poder Soviético, y nosotros, los soviéticos, continuamos luchando por él.

El trabajador considera al capitalista su principal enemigo. Por eso no acepta el poder de los sacos de dinero. Por eso el sueño del poder popular continúa vivo en las cabezas de millones. La humanidad no ha inventado mejor forma de poder popular que los Soviets. Sin embargo, estos no van a resurgir por sí solos, ni por arte de birlibirloque. Para eso hay que consolidar, reunir en un solo puño, a toda la gente humillada y desplumada por el capital. Para un trabajo así es imprescindible que exista un colectivo propagandista poderoso, que goce de autoridad, un organizador colectivo, un agitador colectivo. Y ese papel, como decía Lenin, lo debe desempeñar el periódico.

Si la idea de los Soviets sigue viva, es lógico pensar que la sociedad necesita de la existencia de una prensa soviética. Por tanto, esta felicitación del 5 de mayo es más que oportuna.


La prensa soviética en la actualidad no es un concepto virtual, del mundo de lo imaginario. Está aquí, ante ti, querido lector. “Pravda” sigue siendo en nuestros días el símbolo de la prensa soviética. La elección de la fecha para conmemorar el Día de la prensa soviética está directamente relacionado con su historia. Hoy celebramos los 99 años de la salida a la luz del “Pravda” de Lenin. Aspiramos a mantener nuestra fidelidad, no ya a la marca comercial, sino a su esencia de clase. Algo que en las condiciones actuales no es desde luego nada sencillo, es algo que exige honradez, honestidad, principios y valentía.

El periódico siempre ha estado en primera línea. Por eso tanto los enemigos, como los amigos, nos han tenido -podemos decir sin falsa modestia- en alta consideración. Si el gobierno del “Diablo Dorado1” y sus fieles servidores no tuviese miedo del “Pravda”, no nos hubieran prohibido. Y “Pravda” ha sido prohibida, por el gobierno zarista, por el gobierno provisional que le siguió, y en dos ocasiones por los actuales “favoritos” en el gobierno. Los enemigos han prohibido “Pravda”, porque siempre ha defendido los intereses de la clase trabajadora, llamando al socialismo y orientándose en las ideas de Lenin.

En cuanto a los apoyos con los que cuenta “Pravda”, hay que decir que nuestro principal respaldo son nuestros millones de lectores. Los primeros entre ellos, los comunistas. “Pravda” solo se concibe como un periódico comunista, como reconocen hasta nuestros adversarios ideológicos. Por eso nuestra publicación es el principal periódico del PCFR. Recientemente el CC del PCFR adoptó una resolución especial sobre el cercano cien aniversario del periódico fundado por iniciativa de Lenin. El que cumplamos un siglo de existencia debe convertirse en el principal acontecimiento político en la vida de la sociedad rusa.

El “Pravda” de Lenin, no es solo una tribuna para los trabajadores de nuestra –por cierto- muy corta redacción, sino que lo es para nuestros corresponsales que no están en plantilla, y para los muchos lectores que tenemos. Ese es el feliz destino de la prensa soviética, comunista. Así, el pasado año, llegaron a nuestra redacción cerca de 10 mil cartas, tanto por correo convencional como electrónico. En ellas encontramos apoyo a los ideales de Lenin, relatos del día a día de los comunistas en sus lugares de residencia, propuestas concretas, consejos al colectivo de periodistas y observaciones críticas.

El apoyo a “Pravda” por parte de las gentes del trabajo no es algo que se manifieste únicamente en el correo de los lectores. ¿Acaso es menos valioso ese rublo que comparten con “Pravda” sus lectores? Y es que la gente sacrifica una parte de sus modestos medios económicos, de su escaso salario o pensión. Un respaldo que Lenin no solo consideraba una forma de valorar la publicación, sino como una aportación decisiva en la causa del partido. El principal apoyo con el que cuenta el periódico es la masiva suscripción al mismo y el trabajo para su distribución. La suscripción al “Pravda” representa la constatación del compromiso comunista en los hechos, no solo de palabra.

Gracias a todos aquellos que nos escriben, que respaldan la publicación con sus rublos, a los fieles suscriptores de “Pravda”. Muchas gracias por vuestro aporte real a la resistencia frente al poder omnímodo del capital.

Hoy atravesamos, al entrar en el año cien, una importante frontera. “Pravda” se mantiene fiel a los ideales de Lenin. “Pravda” se mantiene fiel a Pravda. Felicitamos en esta nuestra fiesta común, en este Día de la prensa soviética, a todos aquellos que han sabido conservar en sus corazones tan altos ideales.

Notas:

1. Oro, dinero. Termino acuñado por Gorki en su relato “La ciudad del Diablo Dorado”, publicado en 1906, en el que describe Nueva York.

Fuente: http://gazeta-pravda.ru/content/view/7741/34/

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martes, 3 de mayo de 2011

Un diálogo con Roque Dalton y Lenin, desde la izquierda revolucionaria del siglo XXI

Néstor Kohan La Jiribilla

La historia en ayuda de las futuras rebeldías

Hace cuatro décadas Roque Dalton apeló al viejo militante salvadoreño Miguel Mármol para desenterrar y desempolvar una historia de rebeldía olvidada. No reconstruyó su testimonio sobre la insurrección salvadoreña de 1932 para ganar una beca ni para coronar una tesis universitaria. Con ayuda de Mármol ―sobreviviente de aquella insurrección a pesar de haber sido fusilado―, Roque fue en busca del pasado para así iluminar el presente y cargarlo de energía. De esta manera pretendía conjurar los fantasmas del quietismo, el “realismo”, el culto de “lo posible” y la impotencia política que levanta altares paganos a la sempiterna “correlación de fuerzas objetivas”.

Atravesados por esa misma inquietud espiritual y con intenciones análogas hoy recurrimos al revolucionario y poeta Roque Dalton para pedirle socorro, inspiración, consejo y guía. Ahora le toca a él dar testimonio, aportar experiencias, reflexiones, pensamientos y sugerencias políticas, para así ayudar a una nueva generación a salir del impasse político y el desconcierto ideológico en que nos sumergió el neoliberalismo.

Lenin y el poder

Después de las derrotas insurgentes de los 60 y los genocidios militares de los 70, de la socialdemocratización y el posmodernismo de los 80, del desprecio de fundaciones y ONGs por el marxismo revolucionario y la cooptación desfachatada de los 90, Roque nos ofrece nuevamente la fruta prohibida. “Es conveniente leer a Lenin”, nos sugiere, “actividad tan poco común en extensos sectores de revolucionarios contemporáneos”.

Pero su consejo para las nuevas generaciones de militantes no queda detenido allí. Burlón, incisivo, irónico y mordaz, Dalton pone el dedo en la llaga. Luego de los relatos posmodernos y de aquellas tristes ilusiones que pretendían “cambiar el mundo sin tomar el poder”, Roque nos provoca: “Cuando usted tenga el ejemplo de la primera revolución socialista hecha por la ‘vía pacífica’, le ruego que me llame por teléfono. Si no me encuentra en casa, me deja un recado urgente con mi hijo menor, que para entonces ya sabrá mucho de problemas políticos”.

A contramano de modas académicas y mercantiles, cruzando las fronteras tanto de la vieja izquierda eurocéntrica, como de los equívocos seudolibertarios y falsamente horizontalistas de las ONGs, la propuesta radical de Roque Dalton acude presurosa a llenar un vacío. Su relectura de Lenin nos permite responder los interrogantes que a nuestro paso nos presenta la esfinge. Roque focaliza la mirada crítica y la reflexión teórica en el problema fundamental del poder, desafío aún irresuelto en los procesos políticos contemporáneos de nuestra América. Tras varias décadas de eludir, ocultar o silenciar ese nudo problemático de todo pensamiento radical, recuperar la perspectiva antiimperialista y anticapitalista de Roque puede ser de gran ayuda para someter a crítica las mistificaciones y atajos reformistas del posmodernismo, disfrazados con jerga aparentemente —solo aparentemente— libertaria.

La redacción de este libro

El puntapié inicial para la redacción de Un libro rojo para Lenin, obra iconoclasta y provocadora, responde a una invitación de un reconocido intelectual cubano, el poeta Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas. En 1970, al cumplirse cien años del nacimiento de Lenin, Fernández Retamar convoca a varios poetas a escribir sobre él. De los muchos trabajos seleccionados, se eligen dos, uno de Roque y otro del intelectual haitiano René Depestre.

Esa puntada inicial, redactada en La Habana, se fue entretejiendo posteriormente con múltiples materiales que Dalton va acumulando para su investigación sobre la obra del principal teórico de la filosofía de la praxis —según lo definiera Antonio Gramsci.
Aquella primera redacción acerca de Lenin se termina de completar recién tres años más tarde, en julio de 1973, en Hanoi, Vietnam del norte. El libro nace entonces en La Habana y concluye en Vietnam. Un itinerario geográfico que es también político, índice expresivo de lo que Roque concibe como actualidad del leninismo.

El propio autor aclara al final del último poema de su libro, el “Ensayo de himno para la izquierda leninista”, que su texto queda, adrede, inconcluso. Lo concibe como una obra abierta a los avatares de la revolución latinoamericana y a las nuevas lecturas que eventualmente se derivarán sobre Lenin en el futuro (su aclaración textual dice: “Poema inconcluso—mientras viva el autor”). Después de su irracional y cobarde asesinato, ocurrido en 1975, la obra permanece como él la concibió, abierta.

Una reflexión de madurez

Dentro del arco de variación de su propia obra ensayística y política, Un libro rojo para Lenin constituye un texto de madurez.

Una vez que culmina, en 1965, su primera investigación sociológica y política —en forma de libro monográfico— sobre la historia de El Salvador, Roque comienza su tarea de maduración ideológica y radicalización política. Intentando trazar un puente directo entre Farabundo Martí y la estrategia fidelista-guevarista continental, el poeta aprovecha su estadía en Praga durante 1966 para husmear y reconstruir los testimonios orales de Miguel Mármol sobre la insurrección comunista de 1932. Esos testimonios fueron recogidos en extensas entrevistas —en forma manuscrita, sin grabador— a lo largo de tres semanas de mayo y junio de 1966. Fruto de esa rigurosa y obsesiva tarea saldrá el texto sobre la insurrección de 1932 y la masacre que la aplastó a sangre y fuego. De ese trabajo se publicaron fragmentos por primera vez, en enero de 1971, en el Nº 48 de la revista cubana Pensamiento Crítico con el título “Miguel Mármol: El Salvador 1930-1932”. Más tarde, ya muerto Roque, se publicó el libro completo en forma póstuma. Fue en 1983. El volumen llevaba por título Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador, y fue editado por Casa de las Américas.

En una etapa posterior de este trabajo intelectual y ensayístico, Roque se mete hasta las orejas en los debates políticos abiertos por Regis Debray en la segunda mitad de los años 60. De allí saldrá el libro polémico Revolución en la revolución y la crítica de derecha, donde el salvadoreño realiza su propio balance crítico sobre las absolutizaciones y unilateralidades de Debray, mientras al mismo tiempo ajusta cuentas con lo que denomina “la derecha del movimiento comunista latinoamericano” que por entonces arremetía contra Debray como una vía indirecta, menos comprometida y con menor costo político, para atacar a Fidel y al Che e impugnar a la Revolución Cubana.

De modo que Un libro rojo para Lenin no es una obra juvenil, producto de alguien entusiasmado y con voluntad, pero inexperto y recién llegado. Por el contrario, en la trayectoria biográfica e ideológica de Roque Dalton constituye la coronación de una prolongada búsqueda teórica ―siempre nutrida y entrecruzada con experimentaciones poéticas y militancia política― que comienza investigando la propia historia insurreccional de El Salvador en los años 30 y continúa más tarde con la polémica sobre la estrategia de la lucha armada en la América Latina de los 60.

Su lectura-diálogo-collage sobre Lenin conforma entonces el punto maduro de llegada de esas indagaciones previas y el paso necesario que Roque emprende como plataforma ideológica de su incorporación activa a la lucha armada en su propio país.

El estilo de Roque: la ironía como arma

Al entablar una batalla ideológica de largo aliento contra todo un abanico de reformismos, Roque logra conjugar un contenido revolucionario con una forma de expresión que violenta las cristalizaciones habituales del discurso de izquierda. Su estilo disruptivo, heterodoxo, iconoclasta, no es ajeno al contenido que pretende transmitir. No tiene sentido congelar una forma de expresión ni atarse a un solo género si se pretende transmitir un mensaje rebelde que rompa con los clichés y lugares comunes que impidieron durante décadas aprovechar y utilizar el inmenso arsenal teórico proporcionado por Lenin. Las rebeldías deberían estar, entonces, en ambos polos de la ecuación, en la forma y en el contenido, no solo en este último. De este modo, Roque lleva a la práctica en su escritura ensayística los recursos que ya había empleado en su poesía. La cultura revolucionaria se vuelve más eficaz y adquiere mayor poder de fuego (y de convencimiento) cuanto más irónica y mordaz.

Esa ironía, tan propia y característica de su escritura, le ayuda también a reírse, o al menos, a perderle el respeto a los géneros discursivos tradicionales. En ese sentido reaparece una y otra vez, en cada página de su libro, una pregunta que no por tácita resulta menos operante: ¿por qué la polémica ideológica no puede ser poética?, ¿por qué una obra poética debe renunciar a su proyección ideológico política?

Al saltar por sobre los géneros Roque combina poemas, relatos, anécdotas y hasta documentos históricos con las instrucciones de Lenin para realizar un sabotaje, emplear una molotov, asaltar una comisaría, construir un ejército revolucionario. En su conjunto, la obra constituye un inmenso collage en el que se integran materiales ensayísticos, biográficos, documentales, poéticos y pedagógicos.

Dentro de ese collage, en la aproximación a Lenin y en la crítica del reformismo que pretendió manipularlo, deformarlo o directamente rechazarlo, intervienen numerosas voces con las que él acuerda y polemiza.

Roque lo fue construyendo como un diálogo inacabado. En sus páginas aparecen también sus oponentes, personajes inventados que, desde el horizonte de la vieja izquierda metropolitana y eurocéntrica, intentan poner en duda la lectura leninista que, en clave latinoamericana, su autor nos propone.

Si bien es innegable que los personajes del diálogo-collage son múltiples, también es evidente que ese elenco numeroso cuenta con dos protagonistas centrales e inequívocos: Lenin y Roque, Roque y Lenin. Ambos miembros activos de nuestra cofradía antimperialista y anticapitalista. Hacerlos hablar significa incorporarlos al juego, involucrarlos en la resolución de nuestros desafíos políticos actuales y nuestros interrogantes abiertos. Leer el libro implica, entonces, participar en el diálogo.

Pero el collage de Roque no es posmoderno, pues su propuesta de lectura-escritura tiene ejes y contornos netamente definidos, habitualmente despreciados y vilipendiados por el llamado “pensamiento débil”. En primer lugar, la historia, especialmente la de América Latina, aunque también la de otras revoluciones antimperialistas y anticapitalistas del mundo subdesarrollado. En segundo lugar, la ideología. En tercer lugar, el sujeto y, finalmente, en cuarto pero no en último lugar, la revolución. El collage de Dalton, repleto de retazos polifónicos, no tiene entonces nada que ver con la fragmentación entrecortada de un videoclip posmoderno, donde las partes coexisten yuxtapuestas sin un sentido articulador que las ordene y les otorgue una dirección.

En esa articulación de historia, ideología, sujeto y revolución, el relato no corre únicamente por cuenta de Roque. Junto con el suyo, se oyen también otros discursos, permaneciendo el collage abierto y expresamente inconcluso como la misma revolución continental y la propia historia del marxismo latinoamericano en los cuales este libro se inserta.

La forma collage y el traspaso permanente de género en género no son las únicas notas definitorias de esta escritura. Al mismo tiempo debemos registrar su humor, no como algo aleatorio o coyuntural, sino como un registro fundamental de toda la obra y visión de la vida de Roque Dalton.

El humor de Roque, por ejemplo, intercala sin ningún tipo de advertencia al lector, en medio de una rigurosa explicación de nuestro común amigo y compañero, el cubano Fernando Martínez Heredia sobre el marxismo ruso, los terroristas populistas, Plejanov y el joven Lenin, la frase de la canción de Carlos Puebla: “pero entonces llegó el comandante y mandó a parar”. Una irrupción sin aviso que desconcierta al lector y, como aquella viejas técnicas teatrales que utilizaba Bertolt Brecht en su dramaturgia, despiertan al espectador y lo zarandean para que tome distancia del relato y así avance críticamente en la conciencia. O también, aquella referencia a Gramsci y a su vínculo con la Internacional Comunista de su obra Un libro levemente odioso, en el que Roque, en lugar de escribir 275 páginas repletas de notas al pie y documentos de archivo, resume su explicación con frases de... ¡un bolero!: “¿Qué le dijo el movimiento comunista internacional a Gramsci? No tengo edad, no tengo edaaaad para amarte....”.

El humor de Roque se convierte así en una herramienta desacralizadora, un modo permanente de acercarse al marxismo y en particular a Lenin evitando toda momificación, alivianando hasta corroer y disolver el peso del bronce que durante décadas aplastó su mensaje rebelde.

En medio de la risa y la ironía, Roque nos invita a pensar en voz alta, a reflexionar codo a codo y fraternalmente entre compañeros, manteniendo al mismo tiempo una ácida y agria polémica con los enemigos burgueses.

¿Lenin? ¿Cuál?

Después de investigar sobre la historia remota de El Salvador, de reconstruir la insurrección comunista de 1932 y de ajustar cuentas con todo el affaire Debray, Roque se vuelca a Lenin. No es casual. Los sectores más afines a la Unión Soviética y al llamado “tránsito pacífico” al socialismo invocaban su figura —con no poco cinismo— como antídoto frente a todos los “izquierdismos”, principalmente el del Che Guevara y sus seguidores latinoamericanos.

¿Cuál es el Lenin que aquí nos acerca Roque? Pues el Lenin del trabajo clandestino, el de la insurrección, el de la revolución y el de la lucha por el poder. En esta elección no hay arbitrariedad alguna sino una perspectiva político-ideológica inequívoca. El gran presupuesto de Roque se asienta en una cosmovisión que concibe al marxismo de manera viva, inflamable, como una teoría de la rebelión y no como una doctrina académica muerta asentada en una recopilación de citas “sagradas” tranquilizadoras. Según Roque “nos interesa muchísimo más el Lenin de la toma de Petrogrado y el Lenin que nos llega a través del Che Guevara y el general Giap, que el Lenin (genial, sin duda) de la NEP o el Lenin que nos llega a través del informe sobre los éxitos de la última cosecha de trigo en Ucrania”.

La aproximación al máximo dirigente de la Revolución Rusa está dada por la historia, la del propio Lenin y la de sus lectores actuales, con problemas diversos a los de 1917, pero para los cuales el acudir al pensamiento del gran bolchevique puede resultar sumamente útil y provocador. De allí que Dalton, sucinto y económico, defina de la siguiente manera: “El leninismo es un complejo resultante de la historia, no una impenetrable bola de acero”.

En esa aproximación a Lenin, que no por ser activa y en perspectiva deja de ser objetiva, no por tomar partido deja de ser rigurosa y estricta, no por elegir un perfil de abordaje deja de tomar en cuenta los documentos y la investigación historiográfica, Roque Dalton aclara a cada paso desde dónde habla y contra quién escribe. Sus interlocutores polémicos están abiertamente mentados en el poema “Contra quien es este libro”. Además de oportunistas, allí los clasifica —una vez más, irónicamente— como “full backs de la burguesía”, aquellos que acusan de “blanquismo” a la naturaleza y a la historia o creen que la gran obra de Marx consiste en haber prevenido a la clase obrera contra el revolucionarismo excesivo.

Si está claro con quién es la polémica, también son nítidas las acusaciones que Roque pretende contestar. Están enumeradas en el poema titulado “En la polémica nos dicen”. Esto es: anarquistas, bandoleros, extremistas, terroristas, antisociales...

Si hubiera que resumir en una sola categoría de la historia política del movimiento socialista todos esos insultos, ese concepto sería el de “blanquismo”, referencia despectiva que remite al líder conspirador francés del siglo XIX Auguste Blanqui.

Roque se propone rescatar a Lenin ―y con él a todo el marxismo revolucionario que no sirve de pasto de consumo académico― de las acusaciones de “blanquismo”, pero también de otras que suelen acompañarlo: “aventurerismo”, “putshchismo”, “romanticismo”, “jacobinismo” y “babuvismo” ―referencia despectiva que remite a Graco Babeuf. Todos estos epítetos, acuñados por la socialdemocracia de fines del siglo XIX y empleados por el stalinismo prosoviético durante la década de 1960 para insultar al Che, a Fidel y a los jóvenes revolucionarios que seguían a Cuba fueron reflotados durante las décadas de 1980 y 1990 —ya muerto Roque—, por excomunistas, arrepentidos, y socialdemócratas subsidiados por fundaciones alemanas o norteamericanas. Tanto en 1890, en 1967, como en 1980-1990, el objetivo de su uso ha sido el mismo: rechazar a cualquiera que se proponga ir más allá de los límites y protestas permitidas por el sistema de dominación capitalista. Demonizar a quien quiera sacar los pies del plato.

Toda la polémica ideológica entablada por Roque Dalton se propone precisamente defender la legitimidad política del pensamiento revolucionario latinoamericano y hacer jugar a Lenin en esa disputa, no como dogmático censor que reta con el dedo autoritario en alto a los jóvenes izquierdistas, sino como ácido impugnador del reformismo, la enfermedad senil del comunismo y de los “nuevos” movimientos sociales.

El Lenin que nos aproxima Roque, a través de discursos históricos, artículos o testimonios de investigadores, es el del revolucionario que propone a los jóvenes fabricar molotov, organizar células clandestinas de combate callejero; el que recomienda pensar mejor qué hacer frente a las elecciones antes de participar en ellas con los ojos cerrados y bajo cualquier circunstancia; el que enseña el camino de la lucha frontal y armada contra los organismos de inteligencia y represión...

¡Pero Lenin, el más grande de todos, no está solo en este libro! Lo acompañan el Che Guevara, Fidel Castro, el general vietnamita Giap ―que se cansó de derrotar y humillar a varios ejércitos del imperialismo japonés, francés, yanqui...―, Ho Chi Minh, Antonio Gramsci, György Lukács. Y obviamente no podía faltar el diablo...

Roque, Lenin y el diablo

Sí, en Un libro rojo para Lenin aparece León Trotsky. Roque extracta y reproduce fragmentos de su célebre Historia de la revolución rusa ―el mismo libro que Ernesto Guevara se llevó para leer, extractar y anotar en Bolivia en 1966. Aquella voluminosa obra en la cual el fundador del Ejército Rojo bolchevique subraya las fuertes deudas que el marxismo revolucionario mantiene con Blanqui, sin obviar las diferencias recíprocas.

Hoy en día, en el siglo XXI, resultan más que útiles, seductores y sugerentes estos fragmentos de Trotsky sobre la violencia revolucionaria y el arte de la insurrección, inteligentemente extraídos e incorporados por Roque. Sirven sobremanera para compararlos con la obsesión pretendidamente “antifoquista” ―en realidad espontaneísta y reformista― de Nahuel Moreno (Hugo Miguel Bressano) y algunos otros dirigentes trotskistas latinoamericanos menos conocidos que han terminado convirtiendo a Trotsky en un vulgar apologista de la participación electoral a toda costa y a cómo dé lugar. Aunque el blanco predilecto de Roque Dalton es, principalmente, la seudo ortodoxia oportunista de los soviéticos y el reformismo stalinista —por ejemplo de Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi, dos dirigentes del PC argentino a quienes cuestiona en su otro libro Revolución en la revolución y la crítica de derecha—, el radio de alcance de sus polémicas llega más allá de ese espacio restringido. La lúcida reconstrucción de Roque Dalton deja bien en claro que León Trotsky se sentiría mucho más a gusto en compañía de los guevaristas latinoamericanos, “izquierdistas” y “románticos”, que con las instituciones burguesas y las elecciones parlamentarias a las que tristemente lo han querido maniatar durante las últimas décadas en algunos de nuestros países.

¿Qué adopta Roque de Trotsky? Pues aquello según lo cual lo más difícil de resolver en una situación revolucionaria es el problema del sujeto colectivo y el papel activo de los revolucionarios. En ese contexto, entre las principales trabas a remover, Trotsky identifica a la maquinaria institucional y sus habituales acusaciones de “blanquismo” utilizadas por la propaganda reformista para rechazar y demonizar a las corrientes de izquierda no institucionales o extraparlamentarias. En ese sentido, a Roque Dalton le llamó poderosamente la atención la forma en que el creador del Ejército Rojo bolchevique define al “blanquismo”. Según el autor de Historia de la revolución rusa, reproducido por Dalton, por blanquismo debe entenderse, no una desviación elitista, militarista o conspiradora del socialismo sino, por el contrario, “la esencia revolucionaria del pensamiento marxista”. No es casual que Roque se haya detenido en este párrafo de Trotsky, ya que en América Latina las corrientes más moderadas del movimiento comunista emplearon el término de “blanquismo” para descalificar a Fidel, al Che y a toda la nueva izquierda revolucionaria.

Al poner en discusión la visión falsamente apologética de Lenin, que lo convertía en una momia de mausoleo más preocupada por la “coexistencia pacífica” entre diversas potencias a nivel internacional y por la gobernabilidad interna de cada estado a nivel nacional, que en incentivar futuras rebeliones populares, Dalton también realiza un beneficio de inventario sobre la teoría del partido. “El partido de Lenin es un partido de combate”, afirma; “La mejor cuna del partido es el fuego”. Su misión no es garantizar la paz (de los poderosos y los cementerios), sino encaminar a la juventud y la clase trabajadora “para la toma del poder”. No es casual que las diversas organizaciones de la izquierda salvadoreña, pocos años después de que Roque escribiera este libro, se encaminaran —unidas en el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN)— hacia el combate armado y la lucha revolucionaria por el poder. Justamente, hacia el final del volumen, Roque reproduce un fragmento periodístico que da cuenta de la actividad político militar de las FPL (Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí, una de las principales expresiones que años después conformarían el FMLN). Marca de esta manera una línea de acción práctica en la política salvadoreña de aquellos días.

Lenin desde el marxismo latinoamericano

El poeta salvadoreño se propone, nada menos, que traducir a Lenin a nuestra lengua política, a nuestra idiosincrasia, a nuestra historia, insertándolo en lo más rebelde y radical de nuestras tradiciones revolucionarias. No es aleatorio que en su reconstrucción apele a otras experiencias de revoluciones en países del Tercer Mundo: la atrasada Rusia, la periférica China, Vietnam, Cuba, El Salvador... El Lenin de Roque se viste de moreno, de indígena, de mujer combativa, de campesino, de cristiano revolucionario, de habitante de población, villa miseria, cantegril y favela, además de obrero industrial, moderno y urbano. La suya es una lectura ampliada de Lenin, pensada para que sea útil ya no exclusivamente en las grandes metrópolis del occidente europeo-norteamericano sino principalmente en el Tercer Mundo, única manera de mantenerlo vivo y al alcance de la mano en las rebeliones actuales de América Latina.

Esa perspectiva permite comprender la dedicatoria del libro que aunque está cargada de afecto y admiración, implica también una definición política, ya que Roque lo dedica “A Fidel Castro, primer leninista latinoamericano, en el XX aniversario del asalto al Cuartel Moncada, inicio de la actualidad de la revolución en nuestro continente” [subrayado de R.D.]. Esa dedicatoria a Fidel retoma puntualmente la tesis central del libro de Lukács sobre Lenin [véase nuestro estudio preliminar a G.Lukács: Lenin, la coherencia de su pensamiento. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=10714].

Algunos de los problemas prioritarios que Un libro rojo... aborda tienen que ver con el carácter de la revolución latinoamericana y las vías (“tránsito pacífico”, confrontación directa, “no tomar el poder...”, etcétera). Pero el abanico de problemas no se detiene allí. Pretende ser más extenso.

Lectura sobre las lecturas

La obra de Roque tiene como objetivo fundamental pensar y repensar qué significa el leninismo para y desde América latina. Su reflexión merece ser balanceada y contrastada con algunas de las muchas aproximaciones análogas realizadas en nuestro continente.

En primer lugar, con el “leninismo” construido por Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi, dos de los principales exponentes argentinos de la corriente latinoamericana prosoviética. Estos dos dirigentes comenzaron a ser hegemónicos dentro del Partido Comunista argentino (PCA) a partir de 1928, cuando ya hacía diez años que este se había fundado. Alineados en forma férrea con la vertiente de Stalin en el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), Codovilla y Ghioldi pasaron a dirigir, de hecho, la sección sudamericana de la Internacional Comunista (IC). Desde allí combatieron a José Carlos Mariátegui, difundieron sospechas sobre Julio Antonio Mella y criticaron duramente a todo el movimiento político-cultural de la Reforma Universitaria nacido en Córdoba. Cuarenta años más tarde, durante los años 60, Codovilla y Ghioldi volvieron a repetir la misma actitud de aquellos años 20, rechazando y combatiendo la nueva herejía que emanaba entonces de las barbas de Cuba. Desde ese ángulo, construyeron una pretendida “ortodoxia” leninista desde la cual persiguieron a cuanto “heterodoxo” se cruzara por delante. Lenin, en este registro stalinista rudimentario se convierte en un recetario de fórmulas rígidas, propiciadoras del “frente popular”, la alianza de clases con la llamada “burguesía nacional” y la separación de la revolución en rígidas etapas. Además, desde los años ’50 en adelante, el “leninismo” de Codovilla y Ghioldi se fue convirtiendo en sinónimo de “tránsito pacífico” al socialismo y oposición a toda lucha armada (a pesar de que Ghioldi había participado en 1935 en la insurrección fallida encabezada por Luis Carlos Prestes en Brasil).

Todo el emprendimiento de Roque Dalton en Un libro rojo para Lenin constituye una crítica frontal y radical, punto por punto, parte por parte, de esta versión de “leninismo” divulgada y custodiada en nuestras tierras por Codovilla y Ghioldi.

En segundo lugar, en América Latina el líder del Partido Comunista uruguayo (PCU) Rodney Arismendi elaboró en Lenin, la revolución y América Latina una versión más refinada y meditada del “leninismo”. La suya fue una lectura más sutil, inteligente y no tan vulgar como la de Codovilla y Ghioldi —lo que le permitió cierto diálogo con la vertiente guevarista como el mismo Roque reconoce en su otro libro Revolución en la revolución y la crítica de derecha—, aunque el dirigente uruguayo compartiera en términos generales el mismo paradigma político que los dos dirigentes de Argentina. La apropiación latinoamericana de Lenin que encara Arismendi —quien había realizado años atrás una aguda crítica del populismo de Haya de la Torre—, sin dejar de seguir a la línea soviética, al mismo tiempo abre el diálogo frente a la Revolución Cubana. En el libro de Arismendi sobre Lenin, ese difícil y complejo cruce conciliador entre la antigua corriente de los PCs prosoviéticos y la nueva corriente revolucionaria, de inspiración fidelista-guevarista, se expresa ya desde su misma dedicatoria, donde se entremezcla el recuerdo de “los fundadores y militantes del movimiento comunista de América Latina” con la invocación “A Fidel Castro y sus compañeros, entre ellos el inmortal Guevara, que llevaron al triunfo la primera revolución socialista del continente”. A diferencia de Codovilla y Ghioldi que, en nombre de Lenin, fueron ardientes opositores de la estrategia cubana para América Latina (cuando Ghioldi escribe No puede haber “revolución en la revolución” contra Regis Debray, en realidad arremete políticamente contra Fidel y el Che sin nombrarlos), Arismendi intenta integrar la perspectiva continental de la lucha armada con la estrategia de los PC de “vía pacífica”. La solución de Arismendi, a mitad de caminos de dos estrategias diversas e incompatibles, conserva muchos de los lugares comunes —como la crítica al “blanquismo”— de la corriente prosoviética, pero lo hace de una forma original, sin seguir al pie de la letra los manuales soviéticos. No es casual que Arismendi haya sido uno de los pocos o quizá el único dirigente de un PC tradicional que participa de la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) reunida en La Habana en 1967.

En tercer lugar, y ya bajo directamente la estrella de la Revolución Cubana, la pedagoga chilena Marta Harnecker intentará una nueva aproximación a Lenin desde América Latina. Lo hará desde la óptica política y epistemológica althusseriana, ya que Marta ha sido durante años una de las principales alumnas y difusoras del pensamiento de Louis Althusser en idioma castellano y en tierras latinoamericanas. Ese intento de lectura se cristalizará en la obra La revolución social (Lenin y América Latina), de algún modo deudora de obras previas como Táctica y estrategia; Enemigos, aliados y frente político así como de la más famosa de todas Los conceptos elementales del materialismo histórico. La obra pedagógica de Harnecker, mucho más apegada a Lenin que los anteriores intentos etapistas de Codovilla, Ghioldi o Arismendi, tiene un grado de sistematicidad mucho mayor que la de Roque Dalton. Sin embargo, por momentos los esquemas construidos por Marta rinden un tributo desmedido a situaciones de hecho, coyunturales. Por eso sus libros teóricos van de algún modo “acompañando” los procesos políticos latinoamericanos. Así, perspectivas políticas determinadas se convierten, por momentos, en “modelos” casi universales: lucha guerrillera —como en Cuba— en los 60; lucha institucional y poder local —como en Brasil y Uruguay— en los 80 y 90; procesos de cambios radicales a través del ejército —como en Venezuela— desde 2000.

El libro de Roque, sin duda menos sistemático y con menor cantidad de referencias y citas bibliográficas de los escritos de Lenin que estos manuales, posee sin embargo una mayor aproximación al núcleo fundamental del Lenin pensador de la revolución anticapitalista. La menor sistematicidad es compensada con una mayor frescura y, probablemente, con una mayor amplitud de perspectiva de pensamiento político.

En cuarto lugar, debemos recordar la operación de desmontaje que desde comienzos de los años 80 pretendieron realizar los argentinos Juan Carlos Portantiero, José Aricó (ambos, por entonces, exiliados en México) y Ernesto Laclau (residente, por libre voluntad, en la Academia británica), entre otros. Toda su relectura de Gramsci en clave explícita y expresamente antileninista, constituye un sutil intento de fundamentar su pasaje y conversión de antiguas posiciones radicalizadas a posiciones moderadas (esta referencia vale para Portantiero y Aricó, no así para Laclau, quien nunca militó en la izquierda radical sino en la denominada “izquierda nacional”, apoyabrazos progresista del populismo peronista). Concretamente, el ataque a Lenin (acusado de “blanquista”, “jacobino” y “estatalista”) y la manipulación de Gramsci (resignificado desde el eurocomunismo italiano y el posmodernismo francés) cumplen en los ensayos de Portantiero, Aricó y Laclau el atajo directo para legitimar con bombos y platillos “académicos” su ingreso alegre a la socialdemocracia, tras la renuncia a toda perspectiva anticapitalista y anticapitalista. No podían realizar ese tránsito sin ajustar cuentas con la obra indomesticable de Lenin, hueso duro de roer, incluso para los académicos más hábiles en desvirtuar y fagocitar a los pensadores rebeldes.

El libro de Roque, pensado para discutir con el reformismo y el oportunismo de “la derecha del movimiento comunista latinoamericano”, está repleto de argumentos que incluso les quedan grandes a las apologías parlamentaristas y reformistas de estos tres pensadores de la socialdemocracia.

En quinto lugar, no podemos obviar el reciente intento de John Holloway y sus seguidores latinoamericanos por responsabilizar a Lenin de todos los males y vicios habidos y por haber: sustitucionismo, verticalismo, autoritarismo, estatalismo, etc., etc., etc. La “novedad” que inaugura el planteo de Holloway consiste en que realiza el ataque contra las posiciones radicales que se derivan de Lenin con puntos de vista reformistas pero..., a diferencia de los antiguos stalinistas prosoviéticos o de los socialdemócratas, él lo hace con lenguaje supuestamente de izquierda. La jerga pretendidamente libertaria encubre en Holloway un reformismo poco disimulado y una impotencia política mal digerida o no elaborada (extraída de un esquema académico demasiado abstracto de la experiencia neozapatista, caprichosamente despojada de toda perspectiva histórica o de toda referencia a las luchas campesinas del zapatismo de principios del siglo XX, que poco o nada interesan a Holloway). Toda la crítica de Roque Dalton golpea contra este tipo de planteos académicos al estilo de Holloway, aunque por vía indirecta, ya que al redactar su polémico collage, Roque pretendía cuestionar posiciones más ingenuas, menos sutiles y, si se quiere, más transparentes en sus objetivos políticos.

Finalmente, a la hora de parangonar la lectura de Roque con otras lecturas latinoamericanas sobre Lenin, nos topamos con el reciente estudio de Atilio Borón. Este autor acude al ¿Qué hacer?, para analizarlo, interrogarlo y reivindicarlo desde la América Latina contemporánea.

No es casual que, como Roque Dalton, Borón llegue a una conclusión análoga cuando señala a Fidel Castro como uno de los grandes dirigentes políticos que han comprendido a fondo a Lenin. Particularmente, hace referencia a la importancia atribuida por Lenin a la teoría revolucionaria y a la conciencia y lo parangona con el lugar privilegiado que ocupa la “batalla de las ideas” en el pensamiento de Fidel.

Después de la rebelión popular argentina de diciembre de 2001, Borón analiza las tesis del ¿Qué hacer? y las emplea para polemizar con el “espontaneísmo”, sobre todo de John Holloway, quien de hecho clasifica a Lenin como un vulgar estatista autoritario. También polemiza con la noción deshilachada y difusa de “multitud” de Toni Negri, quien cree, erróneamente, que toda organización partidaria de las clases subalternas termina subordinando los movimientos sociales bajo el reinado del Estado. Crítico de ambas interpretaciones —la de Holloway y la de Negri—, Borón sostiene que gran parte de las revueltas populares de comienzos del siglo XXI han sido “vigorosas pero ineficaces”, ya que no lograron, como en el caso argentino, instaurar un gobierno radicalmente distinto a los anteriores ni construir un sujeto político, anticapitalista y antiimperialista, perdurable en el tiempo.

En este tipo de lecturas, el leninismo de Borón mantiene una fuerte deuda con las hipótesis históricas del dirigente comunista uruguayo Arismendi, a quien cita explícitamente, aunque en el caso del argentino esas conclusiones a favor de un comunismo democrático estén completamente despojadas de todo vínculo con el stalinismo.

De la misma forma que el salvadoreño, en su trabajo sobre Lenin el argentino cuestiona “las monumentales estupideces pergeñadas por los ideólogos soviéticos y sus principales divulgadores”. Si bien Borón y Dalton se esfuerzan por delimitar la reflexión de Lenin de aquello en lo que derivó posteriormente en stalinismo, depositan sus miradas en aristas algo disímiles. Por ejemplo, mientras Borón critica —siguiendo a Marcel Liebman— la “actitud sumamente sectaria” de Lenin durante el período 1908-1912, Roque defiende aquellos escritos de Lenin, duros, inflexibles, propiciadores de la clandestinidad, del “partido obrero de combate” e incluso de la guerrilla.

Las reflexiones de Un libro rojo para Lenin tienen, evidentemente, vasos comunicantes con todas estas otras iniciativas intelectuales elaboradas en América Latina pero contienen, además, una densidad específica y propia.

Con preocupaciones similares a todos estos abordajes, con los cuales polemiza o dialoga, el poeta salvadoreño le agrega a Lenin un atractivo extra, un “plus” picante y difícil de aferrar. El Lenin que él nos acerca se desmarca del manual, del slogan, del paper académico, del esquema —sea el que sea— o de la cita de partido para volverse uno más de nosotros, una persona viva y militante, de carne y hueso, al alcance cotidiano de la mano.

Pensar más allá del progresismo y actuar más allá de la institucionalidad

La propuesta política de Roque, atravesada, sí, por las esperanzas ardientes de los años 60 e inflamada, también, por el huracán continental que generó en sus primeros años la Revolución Cubana, posee, sin embargo, una impactante actualidad. Si bien es cierto que el “espíritu de época” del cual se nutre Roque al escribir no es exactamente el nuestro, también es verdad que su libro-collage pone sobre la mesa, casi brutalmente, un problema que permanece todavía irresuelto. ¿Cómo pensar en América Latina los cambios radicales más allá de la institucionalidad sin abandonar, al mismo tiempo, la organicidad revolucionaria anticapitalista? Es decir, ¿cómo volver a colocar en el centro de las discusiones, los proyectos y las estrategias revolucionarias latinoamericanas del siglo XXI el problema del poder, abandonado, eludido o incluso negado durante un cuarto de siglo de hegemonía ideológica reformista o neoliberal?

Para obligarnos a pensar en estos problemas, a tocar el fuego con las manos, Roque provoca, molesta, incomoda. Se ríe y burla de los acomodaticios. Se mofa de las burocracias partidarias. Se toma en solfa la adustez engolada de los discursos académicos que citan mucho para no decir nada.

El libro de Roque también sirve para pensar las derrotas de las revoluciones latinoamericanas desde la izquierda, sin hacer tabla rasa con el pasado de lucha (como nos han propuesto a lo largo de estos años tantos conversos y arrepentidos, convertidos súbitamente en funcionarios de traje, reloj caro y corbata). Repleto de ironía, permite además hacer un balance meditado y reflexivo, rechazando el desarme político-ideológico que presupone la historiografía de “tierra arrasada”, tan en boga durante los años 80 y 90, donde se culpaba a la izquierda revolucionaria por los golpes de estado, las desapariciones de personas, la inestabilidad política de la región, etc., etc.

Además de todos estos aportes, que no son pocos, el libro de Roque nos puede permitir ensayar un balance crítico de las experiencias fallidas o truncas de los reformismos capitalistas “con rostro humano”, luego de la denominada “transición a la democracia” de los 80, superado ya el neoliberalismo de los años 90 y después del gatopardismo “progresista” que se despliega a partir del año 2000.

Roque Dalton, Lenin y el socialismo del siglo XXI

Por todo esto creemos no equivocarnos al afirmar que el ensayo-collage-poema inconcluso Un libro rojo para Lenin, heredero de Mariátegui y del Che, dedicado a Fidel Castro y dirigido a las nuevas generaciones de militantes por el socialismo, constituye uno de los principales clásicos del marxismo latinoamericano. Debería estudiarse en todas nuestras escuelas de formación política.

Su lectura no puede ni debe ser pasiva. Sumergirse en sus poemas irónicos, en sus textos teóricos, en sus documentos políticos, implica hacer hablar a Roque y a los interlocutores que él eligió para, acompañando a Lenin, construir su obra abierta y polifónica.

Insertado en lo más rico y original del pensamiento rebelde latinoamericano, este texto constituye una invitación exquisita para dialogar en voz alta con Lenin y Roque Dalton, dos personalidades queridas y entrañables. Ese diálogo debe apuntar a aprender de los errores y aciertos del siglo XX y a pensar el significado del socialismo revolucionario del siglo XXI, nuestro próximo horizonte.


*Este trabajo se elaboró originariamente como prólogo a Un libro rojo para Lenin, de Roque Dalton. Finalmente el libro salió sin el prólogo.

Capítulo del libro Simón Bolívar y la “manzana prohibida” de la Revolución latinoamericana, de Néstor Kohan.


Fuente: http://www.lajiribilla.cu/2011/n521_04/521_08.html


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domingo, 5 de diciembre de 2010

Lenin y la autodeterminación


Ana Villaverde En Lucha

Los movimientos de liberación nacional y sus reivindicaciones han provocado intensos debates en el seno de la izquierda. Lenin supo abordar la cuestión desde una posición dialéctica y cargada de matices, que hace que sus aportaciones sigan siendo de gran utilidad aún hoy.

Para Lenin, la posición de la clase trabajadora ante la cuestión nacional debía componerse de dos tareas fundamentales: la defensa del derecho de autodeterminación para los pueblos de todas las naciones y la búsqueda de la unidad internacional de todos los trabajadores y trabajadoras del mundo.

Rosa Luxemburgo, que protagonizó intensos debates con Lenin acerca de esta cuestión, le acusaba de incurrir en una contradicción, puesto que consideraba que al defender el derecho a la autodeterminación se apoyaban las reivindicaciones del nacionalismo burgués de la nación oprimida, forjando alianzas interclasistas y poniendo la emancipación nacional por encima de la unidad de clase. Éste sigue siendo el argumento principal que se da entre sectores de la izquierda anticapitalista que no reconocen el derecho de autodeterminación.

Sin embargo, Lenin abordaba la cuestión nacional desde una perspectiva que priorizaba por encima de todo la lucha de clases, al considerar que únicamente del desarrollo de la misma dependería la continuidad o el fin del capitalismo. Precisamente, era la búsqueda de la unidad de la clase trabajadora a nivel internacional lo que le hacía defender el derecho a la autodeterminación. Consideraba que no se podía pretender la unidad si entre los propios trabajadores existían desigualdades en cuanto a un derecho democrático como era la posibilidad de constituirse en un Estado nacional si así lo deseaban.

Desde su punto de vista, negar ese derecho a los trabajadores de las naciones oprimidas significaba posicionarse del lado de los privilegios y la opresión ejercida por la clase capitalista de la nación opresora. Además, ello también iría en detrimento de la propia causa de los trabajadores de dicha nación, puesto que, en sus propias palabras: “Un pueblo que oprime a otro pueblo, jamás podrá alcanzar su propia liberación”. Para garantizar la unidad nacional, la reacción de la nación opresora propaga toda clase de prejuicios que impiden que los trabajadores de ambas naciones tomen conciencia de la necesidad de unirse en una lucha común. El Estado español es un ejemplo de esta situación: muchos trabajadores castellanos o extremeños miran con recelo a los trabajadores vascos o catalanes, y a la inversa.

Por otro lado, Lenin era consciente de los peligros que conlleva el convivir en un movimiento de liberación nacional con la clase capitalista. Por ello, matizaba que la posición de la clase trabajadora nunca debe ser la misma que la de la burguesía. Ésta apoyará los movimientos de liberación nacional siempre que éstos vayan acordes con sus intereses de clase y los utilizará para buscar ventajas para ‘su nación’ en la competencia internacional. Contra lo que Lenin denomina el ‘practicismo’ de la burguesía, la clase trabajadora ha de guiarse por una política de principios en el problema nacional. Ésta se opone a toda clase de privilegios o exclusivismos y se basa en la defensa del contenido democrático que entrañan las reivindicaciones nacionales. Al reconocer el derecho de autodeterminación para todas las naciones por igual, éste se constituye en un avance democrático que nada tiene que ver con el nacionalismo oportunista de los capitalistas de la nación oprimida.

Así, para Lenin, en un contexto de opresión nacional, la lucha de la clase trabajadora se tiene que dar en dos frentes: contra los privilegios y la opresión ejercida por la burguesía reaccionaria de la nación opresora, por un lado, y contra el afán de privilegios de la burguesía de la nación oprimida, por el otro. En relación con esta doble tarea, consideraba que los marxistas revolucionarios, partiendo de una defensa común del derecho de autodeterminación, debían centrarse en cuestiones distintas dependiendo de dónde desarrollasen su labor. Si lo hacían en la nación opresora, debían poner el acento en la defensa de los derechos nacionales y luchar contra los prejuicios difundidos por la reacción y si se encontraban en la nación oprimida, debían hacer frente a las aspiraciones de privilegios de la burguesía de su propia nación.

Lenin encontró en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación la pieza clave para tomar una posición frente a la cuestión nacional sin por ello tener que abandonar la lucha de clases. Pues reconocer el derecho democrático a decidir de todos los pueblos es la única forma de alcanzar la unidad de la clase trabajadora, basada en la igualdad de derechos de todos los trabajadores y trabajadoras de todas las naciones.

Ana Villaverde es activista de En lucha.

http://www.enlucha.org/?q=node/2385

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viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Por qué Lenin?


Iñaki Gil de San Vicente Rebelión

El próximo domingo 14 de noviembre va a celebrarse en Otxarkoaga otra edición del Lenin Eguna. No es un anacronismo de adoración cuasi religiosa de un cadáver embalsamado. Al contrario: es una jornada de debate sobre la actualidad mundial y vasca de una de las personas más odiadas por la cosmovisión burguesa, si no la que más. La civilización es la síntesis social de un modo de producción, y por ello mismo la civilización capitalista es irreconciliable con Lenin y con todo lo que significa. Esta es la primera cosa sobre la que tenemos que reflexionar: ¿por qué el capital odia a Lenin? Porque la revolución bolchevique destruyó el nudo gordiano del sistema, la unidad entre propiedad privada y Estado, y esta conquista humana trascendental es imperdonable para la burguesía de todos los tiempos. Sobre Marx cae a diario un diluvio de tergiversación y mentira, y a Engels lo aparcaron hace tiempo, pero a Lenin le han negado incluso el derecho a la historia: debe desaparecer cualquier referencia a sus ideas porque el sistema no puede correr el mínimo riesgo de que alguien lo lea. Abrir un libro de Lenin es atacar materialmente la dominación del capital, y eso no se puede permitir. Pero la razón última debemos buscarla no tanto en Lenin como individuo sino en su entronque en la corriente comunista del socialismo. Un error profundo de las izquierdas es haber aceptado la trampa del individualismo metodológico burgués: comparamos a Marx con Ricardo como “pensadores”, “economistas”, “sociólogos”, etc., para evitar el verdadero debate que no es otro que el veredicto histórico sobre la lucha a muerte entre el socialismo y el capitalismo, veredicto que da la razón al socialismo pese a todos sus errores y a todas sus derrotas.

La irreductibilidad de Lenin radica en que formó parte elemental de una práctica colectiva antagónica con la esencia del sistema burgués. Y lo hizo desarrollando la dialéctica de contrarios en todas las facetas de la vida: desde muy pronto comprendió la importancia creciente de las luchas de liberación nacional dentro de la lucha internacionalista, y jamás dejó de profundizar en ella, siendo una de sus decisivas aportaciones. Nada de la historia desde 1900, cuando quedó impresionado por la desesperada resistencia del pueblo chino a la invasión zarista, es comprensible sin la interacción creciente entre la emancipación de los pueblos y la solidaridad internacionalista. Esta capacidad es una de las razones que explican por qué pudo sintetizar mejor que nadie las riquísimas novedades teóricas y políticas sobre el imperialismo realizadas por otros marxistas y socialistas a comienzos del siglo XX, que ridiculizan hasta el sonrojo a la supina idiotez de la economía política burguesa. Desde luego que no han transcurrido en balde los casi cien años desde que se publicó su obra sobre el imperialismo, pero este siglo confirma la validez del método teórico formado por la fusión del antiimperialismo, el internacionalismo y el independentismo socialista. El siglo XXI mejorará esta teoría, ya lo está haciendo, porque la mundialización imperialista necesariamente exige el aplastamiento de los pueblos y de sus clases trabajadoras, reactivando así una y mil veces la tendencia objetiva a la agudización de las luchas de todo tipo.

Como marxista, Lenin supo siempre que las tendencias objetivas sólo desarrollan su potencial liberador si van guiadas internamente por las tendencias subjetivas, por las organizaciones revolucionarias que, con su militancia, mantienen el relativo equilibrio siempre inestable y propenso a la ruptura entre la realidad y la voluntad, organizaciones que deben ser parte interna del pueblo trabajador, nunca sectas mesiánicas y burocráticas. El análisis concreto de la realidad concreta es el método por excelencia de Lenin para guiar la interacción entre la práctica y la teoría. Hoy necesitamos este método, como lo hemos necesitado en situaciones idénticas a las actuales, para evitar tanto el optimismo exagerado de la voluntad como el pesimismo derrotado que surge de una limitada visión de la realidad. Pero el análisis de lo concreto exige de dos apoyaturas imprescindibles: la autocrítica y la formación teórica. Lenin, en cuanto bolchevique, aplicó este método incluso asumiendo quedar en minoría, porque la mayoría no siempre tiene la razón. Ahora bien, la paciencia política asentada en un método sólido de análisis le permitía a él y sobre todo a su grupo dentro del partido, demostrar la corrección de sus ideas, tanto cuando éstas eran denunciadas como reformistas y o bien de ultraizquierdistas. Lenin nunca actuó en solitario porque siempre estuvo integrado en un colectivo que le alimentaba teóricamente, y sin el cual él nunca hubiera sido lo que fue.

La autocrítica y el enriquecimiento teórico asientan su agilidad táctica dentro de la fidelidad a los objetivos. La flexibilidad en la táctica y en los medios, que muchos ignorantes han reducido a simple oportunismo, siempre fueron en él unidos a una lúcida adecuación estratégica a los fines irrenunciables. Los bolcheviques, y Lenin, eran una organización polivalente, capaz de adaptarse a las nuevas exigencias coyunturales tras una rigurosa investigación de los cambios en el contexto; y muy especialmente, capaz de crear nuevas situaciones a partir de pequeñas tendencias difusas pero visibles para una organización teórica y políticamente formada. Fue una tarea de años crear esta organización, destrozada varias veces por la represión zarista pero siempre recuperada en las peores condiciones. Los informes policiales del inicio de la guerra mundial advierten que los bolcheviques eran los más peligrosos para el imperio aunque eran los más reducidos, muy pocos. La corrección estratégica y la flexibilidad táctica, y el profundo conocimiento de la agudización de las contradicciones, permitieron a este grupito llegar a lo que llegó, y dejar a la humanidad trabajadora ese monumento a la sabiduría que son los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista.

Para nuestra Euskal Herria, Lenin nos aporta dos usos muy actuales, como mínimo. Uno es la importancia de la organización como fuerza material inserta en el complejo siempre móvil formado por las contradicciones objetivas, la tendencia a la espontaneidad y a la autoorganización, y las contradicciones subjetivas. La organización debe ser una fuerza activa en este tenso complejo efervescente, aportando el sentido de la continuidad histórica en la lucha por los objetivos irrenunciables. Y a la vez, debe ofrecer una explicación sobre por qué y cómo engarzar el denominado “programa máximo” con el “programa mínimo” en cada lucha cotidiana, en cada barrio, escuela, taller, fábrica, movimiento popular y social, etc. El otro es la exigencia del rigor teórico. En los últimos años han proliferado toda serie de modas intelectuales sobre la definitiva desaparición de la lucha de clases y del pueblo trabajador, sobre la muerte de las vanguardias políticas, sobre la irrupción de la “multitud”, etc.; junto a esto, reaparecen viejas expresiones eurocomunistas y socialdemócratas sobre la “sociedad civil”, la “transversalidad”, la “pluralidad”, etc. Modas ideológicas pulverizadas por la desnuda realidad de la crisis estructural, que ni siquiera imaginaron que tal desastre podría suceder porque elucubraban en el vacío etéreo de la “globalización”. No es la primera vez en la historia del socialismo, ni será la última, que ocurre esto. Lenin vivió dos experiencias idénticas en el fondo y la organización a la que pertenecía las superó poniendo los pies en el suelo. La creación de una República Socialista Vasca debe sustentarse en la actualización crítica de las experiencias revolucionarias de la humanidad trabajadora, o fracasará.


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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viernes, 23 de abril de 2010

Actualidad de 'El imperialismo, fase superior del capitalismo', de Vladimir I. Lenin

Teitelbaum Argenpress

Lenin escribió “El Imperialismo…” en Zurich entre enero y julio de 1916, es decir hace 90 años, aunque se publicó por primera vez en Petrogrado recién en abril de 1917. El trabajo de Lenin sigue siendo un instrumento indispensable para el análisis de la sociedad capitalista contemporánea.

Aunque muchos se obstinan en llamar “mundialización neoliberal” al sistema socioeconómico actualmente dominante, como si se tratara de una enfermedad pasajera y curable del capitalismo, dicha “mundialización neoliberal” no es otra cosa que el sistema capitalista real, es decir el resultado de la evolución del capitalismo hasta su etapa actual, imperialista y guerrerista.

La actual guerra de agresión emprendida por Israel contra Palestina y El Líbano con el apoyo político y logístico (bombas de enorme poder destructivo) que le proporciona Estados Unidos, no es una “reacción desproporcionada de Israel”: es la quinta guerra imperialista (si no contamos la invasión a Panamá en 1989) en sólo 15 años: guerra del Golfo, guerra contra Yugoslavia, guerra de Afganistán y guerra contra Irak. Esta agresión ha sido cuidadosamente planificada con el mentor estadounidense, su objetivo es el control de toda la región y tiene en la línea de mira Siria e Irán.

El capitalismo en su etapa imperialista necesita guerras a repetición con fines geoeconómicos y geopolíticos expansionistas y para dar salida a sus crisis periódicas, que tienden a hacerse permanentes, mediante la producción de armamentos y la reconstrucción de cada posguerra. Es la “destrucción creativa” de que hablaba Schumpeter. El sistema actual no es simplemente una etapa indiferenciada de un “sistema-mundo moderno” que existiría desde hace 500 años (Wallerstein). Es la expresión contemporánea, cualitativamente diferente, del capitalismo. Es una falacia la idea de Wallerstein (La Jornada, México 01/06/2003) de que Bush es un accidente “militarista macho” y que el gran capital (por lo menos aquel representado por gente como Bill Gates y Soros) quiere un sistema capitalista estable que Bush no les brinda, que puede ejercer su hegemonía con eficiencia económica y ser capaz de crear un orden mundial que garantice un “sistema-mundo” que funcione con fluidez, así sea para permitir una desproporcionada tajada de acumulación de capital.

No hay un capitalismo enfermo de la mundialización neoliberal y de guerrerismo y otro capitalismo “posible” o utópico, estable y eficiente que pueda funcionar con fluidez, libre de las crisis, del militarismo y la guerra y de brotes neofascistas.

Escribía Lenin en 1916: “El capitalismo se ha transformado en un sistema universal de opresión colonial y de estrangulación financiera de la inmensa mayoría de la población del planeta por un puñado de países “avanzados”. Este “botín” se reparte entre dos o tres potencias rapaces de poderío mundial, armadas hasta los dientes (Estados Unidos, Inglaterra, Japón) que, por el reparto de su botín arrastran a su guerra a todo el mundo” (El imperialismo…Prólogo a las ediciones francesa y alemana de julio de 1920, párrafo II).

En la frase plena de ambigüedad “otro mundo es posible” que se ha hecho tan popular, está latente la idea de que “otro capitalismo es posible”, si se contienen los “excesos” del “neoliberalismo” y se introducen algunas reformas para lograr “un mundo mejor”.

Lenin ya respondió en 1916 a este pseudo reformismo inofensivo en el libro que comentamos, cuando escribió en el Capítulo IX (La crítica del imperialismo): “Las cuestiones esenciales en la crítica del imperialismo son las de saber si es posible modificar con reformas las bases del imperialismo, la de saber si hay que seguir adelante desarrollando la exacerbación y el ahondamiento de las contradicciones engendradas por el mismo o hay que retroceder, atenuando dichas contradicciones. Como las particularidades políticas del imperialismo son la reacción en toda la línea y la intensificación del yugo nacional como consecuencia del yugo de la oligarquía financiera y la supresión de la libre concurrencia a principios del siglo XX, en casi todos los países imperialistas aparece una oposición democrática pequeñoburguesa al imperialismo…En los Estados Unidos, la guerra imperialista de 1898 contra España provocó una oposición de los “antiimperialistas”, los últimos mohicanos de la democracia burguesa, los cuales calificaban de “criminal” dicha guerra y consideraban como una violación de la Constitución la anexión de tierras ajenas…Pero mientras toda esa crítica tenía miedo de reconocer el lazo indisoluble existente entre el imperialismo y los fundamentos del capitalismo, mientras temía unirse a las fuerzas engendradas por el gran capital y su desarrollo, no pasaba de ser una “aspiración inofensiva”.

Como resultado de la concentración y acumulación del capital se formaron los grandes oligopolios y monopolios cuya base financiera se consolidó desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX con la fusión del capital industrial y el capital bancario.

Lenin escribió en “El Imperialismo…” : “Traducido al lenguaje común esto significa: el desarrollo del capital ha llegado a un punto tal que, aunque la producción de mercancías siga “reinando” como antes y siga siendo considerada como la base de toda la economía, en realidad se halla ya quebrantada, y las ganancias principales están destinadas a los “genios” de las combinaciones financieras” (Capítulo I, La concentración de la producción y los monopolios). Y más adelante comienza citando a Marx: “Los bancos crean en escala social la forma, y nada más que la forma, de la contabilidad general y de la distribución general de los medios de producción”, escribía Marx hace medio siglo en El Capital. Los datos que hemos reproducido referentes al incremento del capital bancario, al aumento del número de oficinas de cambio y sucursales de los bancos más importantes, de sus cuentas corrientes, etc., nos muestran concretamente esa “contabilidad general” de toda la clase de los capitalistas y aún no sólo de los capitalistas, pues los bancos recogen, aunque no sea más que temporalmente, toda clase de ingresos monetarios de los pequeños propietarios, de los funcionarios, de la reducida capa superior de los obreros, etc.”. (Capítulo II, Los bancos y su nuevo papel).

En el Capítulo III (El Capital financiero y la oligarquía financiera) Lenin agregaba: “El capital financiero, concentrado en pocas manos y que goza del monopolio efectivo, obtiene un beneficio enorme, que se acrece sin cesar, de la constitución de sociedades, de la emisión de valores, de los empréstitos del Estado, etc.”. Esta descripción que hizo Lenin en 1916 tiene ahora plena vigencia.

En efecto, a partir del decenio de 1970 se produjo un cambio profundo en la economía mundial, momento que marca el fin del Estado de bienestar (y también el fin de las ilusiones reformistas que engendró dicho “Estado de bienestar”). El Estado de bienestar estuvo caracterizado por la producción en masa y el consumo de masas, impulsado este último por el aumento tendencial del salario real, de la seguridad social y de otros beneficios sociales. Es lo que los economistas llaman el modelo “fordista”, de inspiración keynesiana, caracterizado por las cadenas “tayloristas” de producción (una especie de stajanovismo capitalista) iniciado en Estados Unidos, que se extendió a Europa sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. y se aplicó con limitaciones y suerte variada en algunos países de la periferia.

El agotamiento del modelo del Estado de bienestar obedeció a varios factores entre los que cabe destacar los siguientes: la expansión económica iniciada con la reconstrucción de la posguerra encontró sus límites, el consumo de masas tendió a estancarse o a disminuir lo mismo que los beneficios del capital al tiempo que entraban en escena las innovaciones tecnológicas (robotización, microelectrónica, etc.). Se hizo necesario entonces incorporar la nueva tecnología a la industria para dar un nuevo impulso a la economía y eso requirió grandes inversiones de capital. Se inició así la época de la austeridad y de los sacrificios (congelación de los salarios y aumento de la desocupación) que acompañaron a la reconversión industrial. La revolución tecnológica en los países más desarrollados impulsó el crecimiento del sector servicios y se produjo el desplazamiento de una parte de la industria tradicional a los países periféricos, donde los salarios eran –y son- mucho más bajos.

Se acentuó entonces el pasaje de un sistema de economías nacionales a una economía dominada por tres centros mundiales: Estados Unidos, Europa y Japón y un grupo constituido por los 'cuatro tigres de Asia': Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur. Las 'ventajas comparativas' de los Estados pasaron a ser 'ventajas comparativas' de las sociedades transnacionales con diversa implantación territorial.

Con la incorporación de las nuevas tecnologías la productividad aumentó enormemente, es decir que con el mismo trabajo humano la producción pasó a ser mucho mayor.

Se abrieron entonces dos posibilidades: O se incitaba al consumo de masa de los bienes tradicionales y de los nuevos bienes a escala planetaria con una política salarial expansiva, una política social al estilo del Estado de bienestar, se reducía la jornada de trabajo en función del aumento de la productividad para tender a una situación de pleno empleo y se reconocían precios internacionales equitativos a las materias primas y productos de los países pobres, o se tendía a mantener y a aumentar los márgenes de beneficio conservando bajos los salarios, el nivel de ocupación y los precios de los productos de los países del Tercer Mundo.

La primera opción hubiera sido factible en un sistema de economías nacionales, en las que la producción y el consumo se realiza fundamentalmente dentro del territorio y es posible coyunturalmente un pacto social de hecho entre los capitalistas y los asalariados en tanto consumidores. Pero en el nuevo sistema mundializado, la producción se destina a un mercado mundial de 'clientes solventes' y a los capitalistas ya no les interesa el poder adquisitivo de la población del lugar de producción.

Decimos coyunturalmente, porque, como explica Lenin, no puede haber un pacto social permanente entre los capitalistas y los trabajadores, porque “entonces el capitalismo dejaría de ser capitalismo, pues el desarrollo desigual y el nivel de vida de las masas semihambrientas son las condiciones y las premisas básicas, inevitables de este modo de producción. Mientras el capitalismo es capitalismo, el exceso de capital no se consagra a la elevación del nivel de vida de las masas en cada país, ya que esto significaría la disminución de las ganancias de los capitalistas, sino al acrecentamiento de estos beneficios mediante la exportación de capital al extranjero, a los países atrasados” (El Imperialismo…, Capítulo IV, La exportación de capital).

En efecto, en las condiciones de la mundialización acelerada, los detentores del poder económico y político a escala mundial con su visión de 'economía-mundo' y de 'mercado global' apostaron a la segunda alternativa para elevar su tasa de beneficios (bajos salarios, bajos niveles de ocupación, liquidación de la seguridad social, precios bajos para las materias primas, etc.).

Esta opción tuvo como consecuencia acentuar las desigualdades sociales en el interior de cada país y en el plano internacional, con lo que se creó una neta diferenciación en la oferta y la demanda de bienes y servicios. La producción y oferta de bienes se orientó no a la gente en general sino a los llamados “clientes solventes”. Fue así como la oferta de bienes de lujo aumentó enormemente y la oferta de nuevos productos como ordenadores y teléfonos portátiles encontró una gran masa de clientes en los países ricos y muchos clientes en la primera periferia no demasiado pobre. Como contrapartida, los bienes esenciales para la supervivencia (alimentos, salud, medicamentos) quedaron prácticamente fuera del alcance del sector más pobre de la población mundial. La idea de servicio público y de un derecho irrevocable a los bienes esenciales para vivir con un mínimo de dignidad, fue reemplazada por la afirmación de que todo debe estar sometido a las leyes del mercado.

Las clases dominantes optaron entonces por ritmos de crecimiento económicos bajos, a causa de que un mercado relativamente estrecho imponía límites a la producción y surgió el fenómeno de las grandes masas de capitales ociosos (incluidos los petrodólares), puesto que no podían ser invertidos productivamente.

Pero para los dueños de dichos capitales (personas, bancos, instituciones financieras) no era concebible dejarlos arrinconados sin hacerlos fructificar.

Es así como el papel tradicional de las finanzas al servicio de la economía, interviniendo en el proceso de producción y del consumo (con créditos, préstamos, etc.) quedó relegado por el nuevo papel del capital financiero: producir beneficios sin participar en el proceso productivo.

Este último aspecto se concreta de diversas maneras: con la compra de acciones de las empresas industriales por los inversores institucionales gestores de fondos de pensiones, por las compañías de seguros, por los organismos de inversión colectiva, etc., quienes así pasan a intervenir en las decisiones de política de las empresas industriales con el objeto de que su inversión produzca la alta renta esperada, imponiéndoles estrategias microeconómicas y a corto plazo. Y la otra manera en que el capital industrial ha ingresado en el ámbito del capital financiero especulativo es simplemente invirtiendo parte de sus beneficios en la especulación (por ejemplo con los llamados productos financieros derivados (1)), en lugar de hacerlo en la inversión productiva (2).

El profesor Michel Drouin (3) dice: 'El desarrollo de los flujos de capitales internacionales, impulsado por la desregulación y la descompartimentación casi general de los mercados financieros, hizo de los años 80 el decenio de la mundialización financiera… Las operaciones financieras, cuyo volumen estaba ya desconectado del volumen de las transacciones en bienes y servicios, se hicieron autónomas, es decir movidas no por la lógica de las transacciones corrientes sino por la de los movimientos de capitales. La esfera financiera basó su desarrollo sobre ella misma a partir de la búsqueda de un beneficio surgido de la variación de los precios de sus propios instrumentos. El carácter especulativo de esta lógica de crecimiento permite hablar del surgimiento de una economía internacional de la especulación'.

Los Estados Unidos y una parte de la población de dicho país son los primeros beneficiarios del proceso de mundialización financiera, la que les permite apropiarse del producto del trabajo y de los ahorros de los pueblos de todo el planeta. Ronald Mc Kinnon, profesor titular del Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Stanford, en un artículo publicado en el Boletín del Fondo Monetario Internacional (4) escribe: “Durante el último decenio, el ahorro de las familias (en los Estados Unidos) ha disminuido más de lo que el ahorro público (expresado por los excedentes presupuestarios) ha aumentado en el mismo período. El enorme déficit de la balanza de pagos (exportaciones versus importaciones) de las transacciones corrientes de Estados Unidos, de alrededor de 4,5% del producto nacional bruto de 2000, refleja ese desequilibrio del ahorro. Para financiar un nivel normal de inversión interior –históricamente alrededor del 17% del producto nacional bruto- Estados Unidos ha debido utilizar ampliamente el ahorro del resto del mundo. “Malas” reducciones de impuestos –las que reducen el ahorro público sin estimular el ahorro privado- podrían incrementar esa deuda con el extranjero. Desde hace más de veinte años (es decir desde antes de 1980), Estados Unidos recurre ampliamente a las reservas limitadas del ahorro mundial para sostener su alto nivel de consumo- el de la administración federal en los años 80 y el de las familias en los años 90. Las entradas netas de capitales son actualmente más importantes que en el conjunto de los países en desarrollo. Es así como Estados Unidos, que era acreedor del resto del mundo a comienzos de 1980, se ha convertido en el más grande deudor mundial: unos 2 billones 300 mil millones de dólares en 2000. Los balances de las familias y de las empresas en Estados Unidos muestran el efecto acumulado de los préstamos privados obtenidos en el exterior desde hace diez años. La deuda de las empresas es también muy elevada con relación a su flujo de caja. Sin embargo, no tienen por qué inquietarse. Estados Unidos se encuentra en una situación única y es que disponen de una línea de crédito prácticamente ilimitada, en gran parte en dólares, frente al resto del mundo. Los bancos y otras instituciones financieras de Estados Unidos están relativamente al abrigo de las tasas de cambio: sus activos [...] y sus pasivos son en dólares. En cambio, otros países deudores deben acomodarse a las disparidades de las monedas: los pasivos internacionales de sus bancos y de otras empresas son en dólares y sus activos en moneda nacional”.

En el Capítulo VIII (El parasitismo y la descomposición del capitalismo) de El Imperialismo…escribió Lenin: “El imperialismo es la enorme acumulación en unos pocos países del capital monetario…De aquí el incremento extraordinario de la clase, o mejor dicho, del sector rentista, esto es, de individuos que viven del “corte del cupón” completamente alejados de la participación en las empresas y cuya profesión es el ocio. La exportación de capital, una de las bases económicas más esenciales del imperialismo, acentúa todavía más este divorcio completo del sector rentista respecto de la producción, imprime un sello de parasitismo a todo país que vive de la explotación del trabajo de algunos países ultraoceánicos y de las colonias”…Por este motivo, la noción de “Estado rentista” o Estado-usurero ha pasado a ser de uso general en la literatura económica sobre el imperialismo. El mundo ha quedado dividido en un puñado de Estados- usureros y una mayoría gigantesca de Estados deudores”.

Con esta 'economía internacional de la especulación' se aceleró la acumulación de grandes capitales en pocas manos (a expensas sobre todo de los trabajadores, de los jubilados y de los pequeños ahorristas) y se creó la ilusión de que el dinero podía reproducirse por si sólo, sin ayudar a crear valor.

En el caso de las participaciones del capital financiero (fondos de pensiones, compañías de seguros, etc.) en industrias y servicios, la elevada renta que exigen y obtienen dichos capitales está fundada en la degradación de las condiciones de trabajo en esas industrias y servicios. Es bien conocido el fenómeno de que cuando una empresa anuncia despidos sus acciones suben.

También se suceden los escándalos que afectan a los grupos financieros (fondos de pensiones, etc.) e industriales y cuyas víctimas de predilección son los pequeños y medianos ahorristas. Lenin escribía en 1916: …”Este ejemplo típico de “equilibrismo” en los balances, el más común en las sociedades anónimas, nos explica por qué las direcciones de éstas emprenden negocios arriesgados con mucha más facilidad que los negociantes particulares. La técnica moderna de elaboración de los balances no sólo les da posibilidades de ocultar al accionista medio la operación arriesgada, sino que incluso permite a los individuos principalmente interesados descargarse de responsabilidad por medio de la venta oportuna de las acciones en el caso de que fracase el experimento, mientras que el negociante particular responde con su piel de todo lo que hace” ( El Imperialismo…, Capítulo III. El capital financiero y la oligarquía financiera)
Estas son las formas en que el capital transnacional mantuvo y mantiene una alta tasa de beneficios y un acelerado ritmo de acumulación y concentración a pesar del crecimiento económico lento y de la existencia de un mercado restringido.

Este proceso de concentración del capital monopolista a escala mundial, la llamada “mundialización”, tiene consecuencias bien precisas.

David Korten (5), citando a alguien que viene, como diría Martí, de las “entrañas del monstruo”, escribe:
'Robert Reich, secretario americano del Trabajo en la administración Clinton, explicaba en su libro The Work of Nations (1991) que la mundialización económica promovida con tanto éxito por las instituciones de Bretton Woods llevó a las clases más ricas a separar su interés del de la nación y, por eso mismo, a no sentirse interesados por sus vecinos menos favorecidos ni obligados en forma alguna hacia ellos. La ínfima minoría de los muy ricos ha formado una alianza apátrida en virtud de la cual el interés general se confunde con los intereses financieros de sus miembros. Esta separación se ha producido casi en todos lados con tal amplitud que la distinción entre países del Sur y del Norte ya no tiene mayor significación. La división no es más entre países sino entre clases. Cualquiera haya sido la intención, las políticas propiciadas por las instituciones de Bretton Woods que tuvieron éxito permitieron inexorablemente a los muy ricos reivindicar las riquezas del mundo entero a expensas de sus semejantes, de las otras especies y de la viabilidad de los ecosistemas del planeta'

Vale la pena citar también un párrafo de un libro escrito por un grupo de economistas franceses en 1983, porque es una previsión bastante exacta de la sociedad actual: 'La culminación de la regulación monopolista privada a escala mundial conducirá a una reestructuración drástica y, sin duda, irreversible, de los Estados- naciones. Estos se convertirán en territorios amorfos cuyas funciones económicas estarán determinadas desde el exterior por oligopolios internacionales. Esos territorios serán a la vez grandes espacios abiertos y fragmentados. Se impondrá una estructura dualista, hecha de un sector 'moderno' y otro 'tradicional'. En el primero, ampliamente internacionalizado, estarán concentradas las sedes de los grandes grupos, las industrias de alta tecnología, las grandes instituciones de enseñanza, los dirigentes y los ingenieros mejor formados, ellos mismos muy movibles y hablando el mismo idioma, los laboratorios y todo el complejo de medios de comunicación internacionales. El sector 'tradicional ' agrupará la masa de la población, con baja remuneración y calificación, dedicada a las tareas subcontratadas por el sector moderno en las que, quizás, un tiempo de trabajo más corto será compensado por la reducción de la cubertura de las necesidades sociales, la que será preferida al desempleo, cuya tasa será elevada' (6).

En esas condiciones, las posibilidades de un desarrollo nacional autocentrado, basado en un pacto social de hecho entre los capitalistas y los trabajadores, que preconizaban, con distintos matices o enfoques diferentes, los teóricos latinoamericanos de la dependencia (7), es actualmente irrealizable.

Ese “pacto social de hecho” entre capitalistas y trabajadores, estos últimos en tanto consumidores, fue factible en un sistema de economías nacionales, en las que la producción y el consumo se realizaba fundamentalmente dentro del territorio. Pero en el sistema mundializado actual, como se ha señalado más arriba, la producción se destina a un mercado mundial de 'clientes solventes' y a los grandes capitalistas “nacionales” ya no les interesa que aumente el poder adquisitivo de la población del lugar de producción.

Algunos intentos de llevar a la práctica en América Latina y el Caribe, con diferentes modalidades, ciertas ideas de los teóricos de la dependencia, cuando las condiciones económicas mundiales podían permitir suponer que dichas ideas eran viables, no terminaron de someterse a la prueba de los hechos porque finalizaron abruptamente con intervenciones militares, golpes de Estado y dictaduras promovidos por Estados Unidos, como fueron los casos de Guatemala, con Arévalo y Arbenz, de Brasil con Goulart, de Chile con Allende, etc.

En Argentina el peronismo como proyecto nacional (si se puede hablar en América Latina de proyecto nacional cuando no se toca la propiedad terrateniente) comenzó a agotarse de 1950 en adelante con la redistribución negativa de los ingresos para los asalariados, la misión Cereijo a los Estados Unidos, la ley de inversiones extranjeras de 1953, el contrato con la Standard Oil California, etc. hasta que el 1955 la oligarquía y el gran capital -fuerzas armadas mediante- le dieron el puntapié final. El ensayo camporista de 1973 de ”volver a las fuentes” sólo duró 49 días.

Los años de gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua fueron un intento de aplicar un modelo propio de desarrollo, con cierto número de realizaciones en su activo (reforma agraria, educación, alimentación, etc.), pero la guerra económica, militar y paramilitar que libró Estados Unidos contra los sandinistas, a la que se sumaron, hacia el final de su mandato, las concesiones del Gobierno sandinista a las políticas fondomonetaristas, condujeron a la derrota electoral de 1990.

Cuba es un caso aparte porque de entrada rompió con el capitalismo tal como existe actualmente en su fase imperialista. Eso le ha permitido el “milagro” de ser un modelo para los países pobres (y ricos) en materia de educación, salud, vivienda, etc., y de resistir al mismo tiempo durante casi medio siglo al bloqueo y a los atentados terroristas promovidos y organizados por los Estados Unidos. Al precio de tensiones internas permanentes que dieron lugar a serias distorsiones políticas. Pero este es otro tema, aunque de rigurosa actualidad a la hora de la “transición”, de la que todos hablan, tanto dentro como fuera de la isla.

Todo el mundo, amigos y enemigos, tienen la mirada puesta en Venezuela y en su Presidente Chávez, en su audaz política exterior y en su desafío permanente al imperialismo estadounidense. Pero por ahora hay un evidente desfasaje entre esa política exterior y una verdadera política interior de ruptura con el capitalismo en su fase imperialista.
Los hechos (Lenin repetía con frecuencia el proverbio “los hechos son testarudos”) indican que, en cuanto a la integración regional, actualmente hay que ser extremadamente cauteloso y que nada justifica el entusiasmo que ha suscitado en algunos sectores la reciente Cumbre de Presidentes celebrada en Córdoba.

Porque se puede afirmar que no es posible concretar actualmente una auténtica integración subregional sudamericana ni regional latinoamericana y caribeña al servicio de los intereses nacionales y populares que haga realmente frente al gran capital transnacional y a sus personeros políticos porque salvo, en un grado diferente y en cierta medida, las excepciones de Cuba y Venezuela, no existen en los gobiernos, ni en cada país, ni regionalmente, la voluntad, los proyectos políticos, económicos y sociales ni los instrumentos jurídicos necesarios para concretar tal tipo de integración.

Se suele poner de relieve el fracaso del intento estadounidense de imponer el ALCA. Pero algunos olvidan la existencia de numerosos tratados bilaterales de libre comercio, de protección de las inversiones y otros similares. Esos tratados, como consecuencia de la aplicación de las cláusulas de «trato más favorable», de « trato nacional » y de “nación más favorecida”, que figuran en casi todos ellos, funcionan como un sistema de vasos comunicantes, que permite a las políticas imperialistas circular libremente a escala regional y planetaria y penetrar en los Estados, donde desintegran las economías nacionales y generan graves daños sociales.

Dicho en otros términos, un país o una subregión signataria de tratados bilaterales con Estados Unidos pueden funcionar como “caballo de Troya” del poder transnacional en otro país o subregión.

Para evitar, solo en parte, el efecto “caballo de Troya”, los Estados Parte en el MERCOSUR firmaron en Buenos Aires el 5 de agosto de 1994 el Protocolo sobre Promoción y Protección de Inversiones Provenientes de Estados No Partes del MERCOSUR. En su artículo 1º el Protocolo dice que los Estados Partes se comprometen a no otorgar a las inversiones realizadas por inversores de Terceros Estados un tratamiento más favorable que el que allí se establece. Pero por falta de ratificaciones este Protocolo no ha entrado en vigor. De modo que el efecto “caballo de Troya” puede seguir funcionando en el MERCOSUR.

Para decirlo en lenguaje informático, por esta red mundial de tratados bilaterales, regionales e internacionales circula libremente el virus del imperialismo que, cuando penetra en un país, destruye las economías nacionales y las conquistas sociales, así sean mínimas.

El “antivirus” para evitar la contaminación consiste en establecer normas protectoras del desarrollo armónico de la economía nacional complementadas con una justicia distributiva de los resultados, tener la voluntad política de aplicar ambas y sobre esas bases plantearse una política de integración regional.

Tal cosa existió en cierta medida en algunos países de nuestro continente hace varios decenios, lo que se reflejó en algunas políticas nacionales, en varias leyes nacionales sobre inversiones extranjeras, en la legislación social y, en el plano regional, en la Decisión Nº 24 del 31 de diciembre de 1970 del Acuerdo de Cartagena (8). Todo lo cual desapareció después.

Y ahora, tanto las normas protectoras de la economía nacional como la voluntad política de rescatarlas o crearlas son inexistentes.

Todo esto comporta, como dice Lander, (9) «el establecimiento de la plena prioridad de los derechos del capital, o derecho mercantil, sobre los derechos democráticos o derechos de la gente, movimiento que se expresa en varias tendencias que se han venido dando en el sistema internacional durante las últimas décadas. Entre éstas, ha sido particularmente significativo el progresivo desplazamiento de las Naciones Unidas y de sus organizaciones asociadas por las instituciones de Bretton Woods (Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional), como centros del sistema institucional multilateral…

…Como resultado de la hegemonía del neoliberalismo que acompaña el nuevo orden unipolar, cada uno de los principales asuntos de la vida colectiva pasa a ser pensado y decidido desde una óptica cada vez más estrechamente mercantil…

…Se consolidan -como régimen jurídico de obligatorio cumplimiento- las políticas de liberalización y privatización que se habían impuesto a prácticamente todos los países del Sur. Esto es, mediante acuerdos internacionales, se busca hacer que estas políticas no puedan ser revertidas.

A 90 años de haberlo escrito, el trabajo de Lenin analizando el imperialismo conserva plena actualidad, con los obvios ajustes que requieren los cambios políticos, sociales, económicos y tecnológicos ocurridos desde entonces.
Pero sobre todo, hay que rescatar y utilizar su método de análisis, el mismo que empleó Marx para radiografiar el capitalismo, consistente en un examen riguroso y profundo de los hechos, partiendo del estado real de desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción en un momento y un lugar dados, de las fuerzas económico-sociales en presencia, de las relaciones entre ellas en función de sus respectivos intereses y de su respectivo peso económico-social y de las tendencias realmente dominantes.

Lo que implica abandonar la tendencia a confundir situaciones coyunturales con fenómenos estructurales y dejar la costumbre de creer que la realidad consiste en los mitos, los símbolos y los discursos y no en los hechos. Es decir acostumbrarse a ver al mundo sobre sus pies como hizo Marx y no cabeza abajo, como pretendía Hegel.

Notas:

1) Los productos derivados son contratos cuyo valor depende o'deriva' de un activo subyacente que es tratado en un mercado. Ese activo puede ser un bien (materia prima), un activo financiero (una moneda) o incluso una canasta de activos financieros (índice bursátil). (Drouin, pág. 125, véase nota 3.).

2) François Chesnais, Tobin or not Tobin , ed. L’Esprit frappeur, Paris, 1998. Del mismo autor, Le capital rentier aux commandes , en Les Temps Modernes nº 607, Paris, janvier-février 2000. Véase también de F. Chesnais La mondialisation du capital y, bajo la dirección del mismo autor, La mondialisation financiére , ed. Syros, Paris, 1996.

3) Michel Drouin, Le systéme financier international, Edit. Armand Colin, Paris, enero 2001, Cap. V.

4) Fondo Monetario Internacional, Finances et Developpement junio 2001.

5) David C. Korten, L'échec des institutions de Bretton Woods, en Le procés de la mondialisation, bajo la dirección de Edward Goldsmith y Jerry Mander, ediciones Fayard, París, marzo 2001, pág. 91. (edición original en inglés: The Case again the globalisation).

6) Michalet, Delapierre, Madeuf y Ominami, Nationalisations et Internationalisation….Ed. La Découverte/Maspero, París, 1983, p. 147.

7) Cabe mencionar entre ellos a Gunder Frank, Furtado, Faletto, Cardoso, Mauro Marini, Prebisch, Theotonio dos Santos, etc. Para una crítica de algunas de sus formulaciones puede leerse 'Siete tesis equivocadas sobre América Latina' (1965), de Rodolfo Stavenhagen. Pero algunos de ellos, como Gunder Frank, tuvieron razón en afirmar que el subdesarrollo formó y forma parte del mismo proceso histórico que generó el desarrollo capitalista ('América Latina: subdesarrollo o revolución', 1963). O el mismo Stavenhagen, que en su trabajo 'Siete tesis…' dice certeramente que las sociedades latinoamericanas no son duales y que existe una relación de complementaridad entre los 'polos de desarrollo' y las zonas subdesarrolladas.

8) Acuerdo celebrado entre un grupo de países andinos el 26 de mayo de 1969. La Decisión Nº 24 se refería al régimen común de tratamiento a los capitales extranjeros y sobre marcas, patentes, licencias y regalías.

9) Edgardo Lander, El ALCA y los derechos humanos. www.ceim.uquam.ca/textes/construire_lander.pdf


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