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lunes, 2 de enero de 2012

La era del ciberfetichismo


César Rendueles Nodo50

Texto inédito escrito por el autor en marzo del 2011, recuperado por Nodo50.

El ciberfetichismo -un subproducto de la concepción mercantil del vínculo social- es la ficción de que las tecnologías de la comunicación y los conocimientos asociados tienen un sentido neutro al margen de su contexto social, institucional o político. De ese fetichismo provienen muchos de los errores recientes en los medios, por ejemplo al caracterizar revueltas políticas dentro de categorías espúreas como ciber o twitter-revoluciones.

En los días previos a la invasión de Irak, un diario madrileño publicó un dibujo de gran formato que ilustraba los adelantos tecnológicos del equipamiento del soldado estadounidense. El marine 2.0 era un cyborg que los ciudadanos de Bagdad más afortunados tendrían la oportunidad de admirar antes de que les achicharrara con uranio empobrecido. Se trata de un lugar común de las películas de Hollywood. La más brutal carnicería de un boina verde resulta aceptable cuando está mediada por unas gafas de visión nocturna y una mirilla láser. No siempre ha sido así. Antes de la caída de la URSS, a menudo Occidente reivindicaba el esfuerzo analógico del individuo libre frente a la tecnología deshumanizadora. En Rocky IV, Balboa se entrena en un establo siberiano mientras su rival, el ruso Iván Drago, aumenta sus músculos en un sofisticado laboratorio soviético.

Hoy, en cambio, la tecnología es una infalible depuradora ideológica. Según un dogma muy difundido, vivimos en sociedades del conocimiento. Muchas personas inteligentes parecen convencidas de que enviar fotos con un teléfono móvil implica un salto evolutivo crucial, mientras que plantar maíz con una azada de madera es una tarea al alcance de un simio subnormal. En realidad, la parte importante de la expresión “sociedad del conocimiento” es “sociedad”. Creemos desesperadamente en la capacidad de las nuevas tecnologías de la comunicación para ampliar y fortalecer los vínculos entre las personas. Esto es muy notable, pues nuestra historia reciente está más bien marcada por una progresiva fragilización de las relaciones sociales.

Las ciencias humanas se han mostrado casi unánimes al relacionar la modernización con la destrucción de los lazos comunitarios tradicionales. La industrialización, la mercantilización, el crecimiento de las ciudades –como también la democratización y la ilustración–, tienden a disolver el magma simbólico que antaño orientaba las vidas individuales y las decisiones colectivas. Es un proceso profundamente ambiguo: ha generado ansiedad y desorientación, pero también nos ha liberado de las cadenas de la tradición. Marx o Durkheim trataron de afrontar este dilema mediante apuestas políticas. Los ideólogos de nuestro tiempo, en cambio, piensan que la tecnología sencillamente disuelve el problema, creando un círculo virtuoso de, por un lado, libertad y creatividad y, por otro, un nuevo tipo de densidad comunitaria no opresora. Vivimos en la era del ciberfetichismo.

No es trivial que todos los medios de comunicación se apresuraran a buscar un explicación tecnofílica de los alzamientos populares de Egipto o Túnez en 2011. Si uno da crédito a The New York Times, el Lenin del Magreb era un blogger de clase media experto en redes sociales. Algunos izquierdistas llegaron a pensar que se trataba de una estrategia deliberada para ocultar la relación de estas revueltas con dinámicas económicas y políticas globales que se remontan a la contrarrevolución liberal de los años setenta. Yo más bien creo que era una forma inconsciente de depurar estos movimientos sociales de su inquietante atavismo. La moraleja que extrajeron los ciberfetichistas es que la potencia revolucionaria de Facebook logra penetrar incluso en un contexto cultural marcado por un inmovilismo terminal. Muy sintomáticamente, la valoración que los medios de comunicación –y por cierto, también muchos izquierdistas– hicieron de las revueltas en Libia, donde sólo el 5% de la población tiene acceso a Internet, fue mucho más ambigua: “Los libios recelan de la democracia; les gusta tener un gobernante fuerte que sea capaz de impedir que estallen las rivalidades entre tribus. Pero no les gusta demasiado su gobernante actual”, escribía Andrew Solomon en El País. Parece ser que Twitter aún no les ha descubierto a los libios la naturaleza de la genuina emancipación. En realidad, ocurre justo al contrario. Lo cierto es que sólo el 21% de los egipcios tiene acceso a Internet. Si los ciudadanos de estos países han dado semejante salto político es porque en ellos la fraternidad –el tercer valor republicano– sigue siendo alimentada por familias extensas, comunidades religiosas, círculos de afinidad, compromiso sindical y relaciones culturales densas.

El fetichismo cibernético es, en el fondo, un subproducto de la concepción mercantil del vínculo social. Hace más de doscientos años Montesquieu acuñó la expresión “dulce comercio” para designar el modo en que los negocios podían fomentar un tipo de relación social superficial, pero amable y serena. Creía que el mercado era una alternativa a las grandes pasiones políticas y religiosas que habían convertido Europa en un campo de batalla secular. Otros autores radicalizaron esta perspectiva hasta llegar a concebir la propia sociabilidad no como un hecho primario –una característica esencial de los seres humanos– sino como un fenómeno derivado de las relaciones voluntarias y consideradas mutuamente beneficiosas. En la era del capitalismo de casino, es difícil seguir manteniendo esta confianza en el poder social del mercado. Internet ofrece un sustituto muy oportuno. Según una opinión muy extendida, hoy el cemento de nuestras sociedades se fragua en un espacio telemático en el que se encuentran individuos autónomos sin otra relación que sus intereses comunes.

La verdad es que la mercantilización y sus sucedáneos telemáticos destruyen los vínculos sociales, no los crean. Ninguna sociedad puede sobrevivir a la hostilidad generalizada. Por eso la mayor parte de las culturas han puesto fuertes límites a la conducta competitiva típica del comercio, donde tratamos de obtener ventaja sistemáticamente de nuestro oponente. De hecho, el mercado es uno de los pocos espacios de nuestras sociedades ilustradas donde se acepta la agresividad extrema. Otros dos son Internet y las carreteras. Según algunos estudios, y pese a lo que cabría esperar, los coches descapotables reciben menos pitidos del resto de conductores que cualquier otro vehículo de motor. La razón parece ser el contacto visual directo con la persona que conduce el descapotable: en lo más hondo de nuestras mentes, la sociabilidad y la empatía se mueven a un nivel paleolítico previo a las autopistas y los chats. Lo más parecido a los descapotables que tenemos en el mundo de las tecnologías son los movimientos en favor del conocimiento libre.

Sin embargo, el ciberfetichismo está especialmente presente en estos movimientos cooperativos. Con mucha frecuencia, los partidarios del copyleft centran su actividad exclusivamente en la eliminación de las barreras que impiden la libre circulación de la información: monopolios, DRM, censura, impuestos… La cooperación se entiende como la concurrencia en un espacio comunicativo extremadamente depurado, compuesto por individuos unidos tan sólo por intereses similares y, esto es crucial, neutral respecto a los contenidos. La información debe fluir, no importa si es la Crítica de la razón pura o un episodio de Bola de dragón. Poco sorprendentemente, la solución que se suele proponer a las externalidades negativas que genera la liberación de contenidos digitales –como la remuneración de los autores o la financiación de proyectos muy costosos– suele ser algún dogma anarcoliberal mal digerido. Sencillamente, se dice, los creadores de copyright viven de una industria obsoleta que el mercado darwiniano se encargará de depurar si se eliminan las regulaciones.

Por eso, a lo largo de la extenuante polémica en torno a la Ley Sinde, prácticamente nadie ha propuesto algo tan sencillo como acabar con ese residuo medieval que son las entidades de recaudación de impuestos privadas. La creación de una entidad de gestión de derechos pública que sustituya a SGAE, VEGAP o CEDRO podría asegurar una remuneración de los autores evitando los abusos actuales, por ejemplo, mediante un límite razonable de la cantidad que un autor puede recaudar o con un sistema generoso de excepciones (¡no más guarderías denunciadas por pinchar “Al corro de la patata”!). Una organización como esta podría potenciar las licencias libres mediante incentivos fiscales y redistribuir una parte del dinero recaudado invirtiendo en proyectos culturales. De hecho, podría ser el pistoletazo de salida de una implicación masiva de las instituciones en la defensa del conocimiento libre, creando editoriales, plataformas de desarrollo de software, estudios de grabación, escuelas y repositorios digitales públicos que creen empleo para los trabajadores del sector y garanticen, además, que aquellas producciones culturales minoritarias pero de alto valor artístico cuentan con los medios adecuados para su desarrollo.

Por supuesto, ningún abracadabra tecnológico, jurídico o mercantil garantizaría el éxito de un proyecto tal. Podría convertirse en un ruinoso monstruo burocrático corrupto y arbitrario. Que no fuera así dependería de compromisos pragmáticos extremadamente frágiles. De la supervisión y la exigencia continua por parte de los ciudadanos. Vaya, de eso que solíamos llamar política.

Vía: http://lapupilainsomne.wordpress.com/2012/01/01/la-era-del-ciberfetichismo/

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lunes, 5 de diciembre de 2011

“Facebook es la vigilancia masiva”

Miguel Jorge Alt1040

Richard Stallman ha hablado y como casi siempre que lo hace, sus declaraciones no tienen desperdicio. El padre de GNU y del software libre realizó una entrevista para la cadena RT donde explicó su punto de vista sobre Anonymous y sus ataques o el espionaje en redes sociales. Para Stallman, Facebook es actualmente la mayor plataforma de espionaje masivo en la red.

Stallman comenzó explicando su visión sobre los programas. Para el hombre no existe otra forma de mantener al usuario seguro que ofreciendo software libre con el que modificar lo que cada uno quiera:

El software libre, literalmente, da la libertad en el área de la informática. Esto significa que usted puede controlar su experiencia. Esto significa que los usuarios de forma individual y colectivamente, tienen el control sobre su informática. Y, en particular, esto significa que pueden protegerse de los elementos maliciosos que pueden estar en el software propietario.

Esto no significa que automáticamente le dará la libertad en alguna otra área de la vida. Para conseguirlo se tiene que luchar por ello. Pero los derechos humanos se apoyan mutuamente. En una época en que mucho de lo que hacemos, lo hacemos con las computadoras, si no tenemos la libertad en nuestra experiencia con la informática, todo se hace más difícil para nosotros, para defender o luchar por la libertad en otras áreas. Perdemos un conjunto de derechos y es más difícil que mantengamos el resto.

La conversión de la entrevista giró en torno a la privacidad, a la pérdida de la libertad y el espionaje de estos días tras la noticia del software IQ Carrier que monitorea los móviles:

Este es un ejemplo de características maliciosas en el software no libre. Los teléfonos móviles se están ejecutando por el software no libre, por lo que no es ninguna sorpresa que tienen características maliciosas en ellos. Los programas no-libres más utilizados lo hacen.

Para Stallman, no sólo IQ Carrier realiza espionaje, Facebook y su recolección de datos es una de las mayores plataformas de espionaje masivo en la red:

Facebook es la vigilancia masiva. Si hay un “Like” en una página, Facebook sabe que visitó la página. Y se puede obtener la dirección IP del ordenador desde la página, incluso si la persona no es un usuario de Facebook.

Por último, Stallman habló de la manera en la que muchos usuarios se revelan ante estas actuaciones. De entre los movimientos, Stallman habla de Anonymous:

Las protestas de Anoymous son un trabajo conjunto de una gran cantidad de personas que envían una gran cantidad de comandos a un sitio web, el cual no puede manejar tantas solicitudes. Esto es el equivalente a una multitud de gente que va a la puerta de un edificio a protestar en la calle. Se trata básicamente de una protesta legítima. Y cuando algunas personas critican a Anonymous, deberíamos echar un vistazo a lo que son y lo que hacen esas personas. Por lo general, están haciendo las cosas mucho peor que Anonymous.


http://bitelia.com/2011/12/stallman-facebook-es-la-vigilancia-masiva

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jueves, 17 de noviembre de 2011

Oposición social en la era de internet: "Militantes" de computadora e intelectuales públicos

James Petras - La Haine

Introducción

La relación de la tecnología informática (TI), y más específicamente el internet, con la política es una cuestión central para los movimientos sociales contemporáneos. Como muchos avances científicos previos, las innovaciones de la TI tienen un propósito dual: por un lado, han acelerado el flujo global de capital, especialmente del capital financiero, y han facilitado la "globalización" imperialista. Por el otro lado, internet ha servido para proveer fuentes de análisis crítico alternativo al igual que una mejor comunicación para movilizar a los movimientos populares.

La industria TI generó una nueva clase de multimillonarios, desde Silicon Valley en California hasta Bangalore, en India. Estos tuvieron un rol central en la expansión del colonialismo económico mediante el control monopólico en diversas esferas del flujo de información y el entretenimiento.

Parafraseando a Marx "el internet se ha convertido en el opio de los pueblos". Jóvenes y viejos, empleados y desempleados pasan horas mirando pasivamente espectáculos, pornografía, video-juegos, artículos de consumo y hasta "noticias", aislados de otros ciudadanos, compañeros de trabajo.

En muchos casos, el "exceso" de noticias en internet lo ha saturado, absorbiendo tiempo y energía y distrayendo a los "observadores" de la reflexión y acción. De la misma manera en que las noticias escasas y tendenciosas distorsionan la conciencia popular, demasiados mensajes por internet pueden inmovilizar la acción de los ciudadanos.

Internet, deliberadamente o no, ha "privatizado" la vida política. Incluso muchos activistas potenciales creen que el envío de manifiestos a otros individuos es un acto político, olvidando que sólo la acción pública, incluyendo confrontaciones con sus adversarios en espacios públicos, en los centros de las ciudades y en el campo, son la base de las transformaciones políticas.

TI y capital financiero

Recordemos que el ímpetu original por el crecimiento de "TI" provino de las exigencias de las grandes instituciones financieras, bancos de inversiones y agentes especulativos que querían mover de un país a otro, de una empresa a otra, de una commodity a otra, miles de millones de dólares y euros solamente oprimiendo una tecla.

La tecnología de internet fue la fuerza motriz del crecimiento de la globalización al servicio del capital financiero. De alguna manera la TI tuvo un rol fundamental en el desencadenamiento de las dos crisis financieras globales de la década pasada (2001-2002, 2008-2009). La burbuja de las acciones de TI de 2001 fue el resultado de la promoción especulativa de las "firmas de software" sobrevaluadas y desvinculadas de la "economía real". La crisis financiera global de 2008-2009 y su continuación hoy en día, fue inducida por el paquete computarizado de fraude financiero y por las hipotecas inmobiliarias sin fondos suficientes. Las "virtudes" de internet, su rapidez para transmitir información en el contexto del capitalismo especulativo se convirtió en uno de los factores contribuyentes a la peor crisis capitalista desde la Gran Depresión de la década del 30.

La democratización de internet

El internet se volvió accesible a las masas como un mercado comercial y luego se expandió a otros usos, sociales y políticos. Más importante aún se volvió un medio para informar al público sobre la explotación y el saqueo de los países y de los pueblos por los bancos multinacionales. Expuso las mentiras de las guerras imperialistas de EE.UU. y la U.E. en Medio Oriente y el Sudeste Asiático.

Internet se convirtió en un terreno en disputa, una nueva forma de lucha de clases, en la que forman parte los movimientos pro-democracia y de liberación nacional. Los principales movimientos y líderes de la lucha armada en las montañas de Afganistán, los activistas pro-democracia de Egipto, los movimientos estudiantiles de Chile e incluso los movimientos por la vivienda de la gente pobre en Turquía, dependen del internet para informarle al resto del mundo sobre sus luchas, programas, represión estatal y victorias populares. Internet conecta las luchas populares a través de las fronteras nacionales -es un arma clave para crear un nuevo internacionalismo que contrarreste la globalización capitalista y las guerras imperiales.

Parafraseando a Lenín, podemos sostener que el socialismo del siglo XXI puede ser resumido en la ecuación: "soviets más internet = socialismo participativo".

Internet y políticas de clase

Debemos recordar que las técnicas de información computarizada no son "neutrales" -su impacto político depende de los usuarios y los supervisores que determinan a quién y a qué intereses de clase servirán. En términos más generales el internet debe ser contextualizado en relación con su inserción en el espacio público.

Internet ha servido para movilizar a miles de trabajadores en China y campesinos en India contra explotadores corporativos y promotores inmobiliarios. Pero la guerra aérea computarizada se convertido en el arma elegida por la OTAN para bombardear y destruir la Libia independiente. Los drones norteamericanos que matan civiles en Pakistán y Yemen están dirigidos por "inteligencia" computarizada. La ubicación de los guerrilleros colombianos y los bombardeos aéreos letales están computarizados. En otras palabras, la tecnología informática tiene un uso dual: en la liberación popular y en la contrarrevolución imperialista.

Neoliberalismo y espacio público

En el debate sobre "espacio público" se ha asumido a menudo que "público" significa mayor intervención estatal en beneficio del bienestar de la mayoría; mayor regulación del capitalismo y mayor protección del medio ambiente. En otras palabras, los actores "públicos" benignos se contraponen a las fuerzas explotadoras del mercado privado.

En el contexto del auge de la ideología y las políticas neoliberales, muchos autores progresistas defienden el argumento sobre la "decadencia de la esfera pública". Este argumento pasa por alto el hecho de que la esfera pública ha incrementado su rol en la sociedad, economía y política en beneficio del capital, especialmente del capital financiero y de los inversores extranjeros. La "esfera pública", específicamente el estado, es mucho más intrusivo en la sociedad civil como una fuerza represiva, particularmente a medida que las políticas neoliberales aumentan la desigualdad. Debido a la intensificación y profundización de la crisis financiera, la esfera pública (el estado) ha asumido un rol masivo en el rescate de los bancos en bancarrota.

Debido al déficit fiscal en gran escala causado por la evasión impositiva de la clase capitalistas, el gasto de las guerras coloniales y los subsidios públicos a las grandes empresas, la esfera pública (estado) impone programas de "austeridad", con un contenido de clase, recortando el presupuesto social y perjudicando a empleados públicos, jubilados y empleados asalariados.

La esfera pública disminuyó su rol en el sector productivo de la economía. Sin embargo, el sector militar ha crecido con la expansión de las guerras imperiales y coloniales.

La cuestión básica subyacente en cualquier debate sobre la esfera pública y la oposición social no son ni la decadencia ni el crecimiento sino más bien los intereses de clase que definen el rol de la esfera pública. Bajo el neoliberalismo, la esfera pública está orientada a usar el tesoro del estado para financiar rescates de bancos, militarismo y una mayor intervención del estado policial. Una esfera pública dirigida por la oposición social (trabajadores, agricultores, profesionales, empleados) ampliaría las actividades en relación a salud, educación, pensiones, medio ambiente y empleo.

El concepto de la "esfera pública tiene dos caras opuestas (como Jano): la del capital y lo militar, y la del trabajo/oposición social. El rol del internet está también sujeto a esta dualidad: por un lado facilita los movimientos de capital a gran escala y las intervenciones militares imperialistas; y por el otro lado, provee un flujo rápido de información para movilizar a la oposición social. La cuestión básica es: ¿qué tipo de información se transmite, a qué actores políticos y con qué intereses sociales?

Internet y oposición social: La amenaza de represión estatal

Para la oposición social internet es, primero y ante todo, una fuente vital de información alternativa crítica para educar y movilizar el "público" -especialmente entre la corriente de opinión progresista- líderes, profesionales, dirigentes sindicales y campesinos, militantes y activistas. El internet es la alternativa a los medios capitalistas de masas y la propaganda, una fuente de noticias e información que transmite manifiestos y que informa a los activistas de sitios de acción pública. Debido al rol progresista que tiene el internet como instrumento de la oposición social es vigilado por el aparato estatal policial y represivo. Por ejemplo, en EE.UU. más de 800.000 funcionarios trabajan en la agencia policial "Homeland Security" (Seguridad Nacional) espiando miles de millones de mensajes e-mail, faxes y llamados telefónicos hechos por millones de ciudadanos de EE.UU. Otro asunto es cuán eficiente es la vigilancia de toneladas de información diaria. Pero el hecho es que internet no es una "fuente libre y segura de información, debate y discusión". Cuanto más eficiente resulte internet como herramienta de movilización de los movimientos sociales opuestos al estado colonial e imperial, mayores son las posibilidades de intervención del estado policial con el pretexto de "combatir el terrorismo".

Internet y lucha contemporánea: ¿Tiene un carácter revolucionario?

Es crucial reconocer la importancia de internet como detonante de ciertos movimientos sociales al igual que la relativización de su significado general.

Internet ha tenido un rol vital en difundir y movilizar las "protestas espontáneas" como la de los "indignados", mayormente desempleados sin afiliación en España y los manifestantes que participan en "Ocupar Wall Street". En otros casos, por ejemplo, las huelgas generales en Italia, Portugal, Grecia y en otros países las confederaciones sindicales han tenido un papel central y el internet, un impacto secundario.

En países con alto nivel de represión como Egipto, Túnez y China, el internet ha tenido un rol central en la difusión de la acción pública y en la organización de las protestas masivas. Sin embargo, el internet no ha conducido a ninguna revolución exitosa -puede informar, proveer un foro de debate y movilizar, pero no puede proporcionar liderazgo ni organización que sustente acción política ni mucho menos una estrategia para tomar el poder del estado. La ilusión que algunos gurús del internet promueven de que la acción "computarizada" reemplaza la necesidad de un partido político disciplinado ha demostrado ser falsa: internet puede facilitar un movimiento pero solo la oposición social organizada puede proveer la dirección táctica y estratégica de un movimiento contra la represión estatal y en pos de luchas exitosas.

En otras palabras, internet no es un "fin en sí mismo" -la postura auto-complaciente de los ideólogos de internet al levantar el estandarte de una nueva era de información "revolucionaria" pasa por alto el hecho de que los poderes de la OTAN, Israel y sus aliados y clientes ahora usan internet para infiltrar virus que desequilibren la economía, para sabotear programas de defensa y promover levantamientos étnico-religiosos. Israel infectó con virus el programa nuclear sin fines de guerra de Irán; EE.UU., Francia y Turquía incitaron a la oposición social cipaya en Libia y Siria. Para resumir, internet es un medio no un fin en sí mismo. Forma parte de la esfera pública, cuyos propósitos y resultados están determinados por la estructura de clases en la que se halla inserto.

Conclusiones: "Militantes de computadora" e intelectuales públicos

La oposición social está definida por la acción pública: la presencia de colectivos en reuniones políticas, individuos que se expresan en reuniones públicas, activistas que se manifiestan en plazas públicas, militantes sindicales que confrontan a los empleadores, gente pobre que exige viviendas y servicios públicos de las autoridades públicas...

Expresarse en una reunión pública, formular ideas, programas, proponer planes y estrategias a través de la acción política define el rol del intelectual público. Sentarse frente al escritorio de una oficina, en espléndido aislamiento, enviando cinco manifiestos por minuto define a un "militante de computadora". Es una forma de seudo-militancia que aísla el mundo de las acciones. La militancia de computadora es un acto verbal inactivo, de activismo sin consecuencias, una revolución inventada por la mente. El intercambio de comunicaciones por internet se vuelve un acto político cuando está conectado a movimientos sociales y públicos que desafían el poder; que necesariamente involucra riesgos para el intelectual público: de ataques de la policía en espacios públicos y revanchas económicas en la esfera privada. Los activistas de computadora no arriesgan nada y logran poco. Los intelectuales públicos conectan el descontento privado de los individuos con el activismo social del colectivo. El crítico académico va a un lugar de acción, habla y regresa a la oficina de la universidad. El intelectual público habla y se sustenta en un compromiso político y educativo de largo plazo con la oposición social en la esfera pública por medio de internet y frente a los encuentros cotidianos.

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martes, 13 de septiembre de 2011

Hackers: ¿la nueva guerrilla?

Marcelo Colussi Rebelión

“Hoy la ficción ha pasado a ser subversiva, los terroristas del futuro podrían ser los ficcionistas.”

Edgar Borges

Hace ya más de un siglo, en 1902, Vladimir Lenin se preguntaba cómo enfocar la lucha revolucionaria; así, parafraseando el título de la novela del ruso Nikolai Chernishevski, de 1862, igualmente se interrogaba ¿qué hacer? La pregunta quedó como título de la que sería una de las más connotadas obras del conductor de la revolución bolchevique. Hoy, 110 años después, la misma pregunta sigue vigente: ¿qué hacer?

Es decir: qué hacer para cambiar el actual estado de cosas. Si vemos el mundo desde el 20% de los que comen todos los días, tienen seguridad social y una cierta perspectiva de futuro, las cosas no van tan mal. Si lo miramos desde el otro lado, no el de los “ganadores”, la situación es patética. Un mundo en el que se produce aproximadamente un 40% de comida más de la necesaria para alimentar a toda la humanidad sigue teniendo al hambre como principal causa de muerte; mundo en el que el negocio más redituable es la fabricación y venta de armamentos y donde un perrito hogareño de cualquier casa de ese 20% de la humanidad que arriba mencionábamos come más carne roja al año que un habitante de los países del Sur. Mundo en el que es más importante seguir acumulando dinero, aunque el planeta se torne invivible por la contaminación ambiental que esa misma acumulación conlleva. Mundo, entonces, que sin ningún lugar a dudas debe ser cambiado, transformado, porque así, no va más.

Entonces, una vez más surge la pregunta: ¿qué se hace para cambiarlo? ¿Por dónde comenzar? Las propuestas que empezaron a tomar forma desde mediados del siglo XIX con las primeras reacciones al sistema capitalista dieron como resultado ya en el siglo XX algunas interesantes experiencias socialistas. Si las miramos históricamente, fueron experiencias balbuceantes, primeros pasos. No podemos decir que fracasaron; fueron primeros pasos, no más que eso. Nadie dijo que la historia del socialismo quedó sepultada. Quizá habría que considerarlas como la Liga Hanseática, allá por los siglos XII y XIII en el norte de Europa, en relación al capitalismo: primeras semillas que germinarían siglos después. Los procesos históricos son insufriblemente lentos. Alguna vez, en plena revolución china, se le preguntó al líder Lin Piao sobre el significado de la Revolución Francesa, y el dirigente revolucionario contestó que… aún era muy prematuro para opinar. Más allá de la posible humorada, hay ahí una verdad: los procesos sociales van lento, exasperantemente lentos. De la Liga Hanseática al capitalismo globalizado del presente pasaron varias centurias; hoy, terminada la Guerra Fría, se puede decir que el capitalismo ha ganado en todo el mundo, dando la sensación de no tener rival. Para eso fue necesaria una acumulación de fuerzas fabulosas. Las primeras experiencias socialistas –la rusa, la china, la cubana– son apenas pequeños movimientos en la historia. No ha pasado aún un siglo de la Revolución Bolchevique, pero la semilla plantada no ha muerto. Y si hoy nos podemos seguir planteando ¿qué hacer? ante el capitalismo, ello signfica que la historia continúa aún.

El mundo, como decíamos, para la amplia mayoría no sólo no va bien sino que resulta agobiante. Pero el sistema global tiene demasiado poder, demasiada experiencia, demasiada riqueza acumulada, y hacerle mella es muy difícil. La prueba está con lo que acaba de suceder estas últimas décadas: caída la experiencia de socialismo soviético y revertida la revolución china con su tránsito al capitalismo, los referentes para una transformación de las sociedades faltan, se han esfumado. Movimientos armados que levantaban banderas de lucha y cambios drásticos algunos años atrás ahora se han amansado, y la participación en comicios “democráticos” pareciera todo a cuanto se puede aspirar. Lo “políticamente correcto” vino a invadir el espacio cultural y la idea de lucha de clases fue reemplazándose por nuevos idearios “no violentos”. La idea de transformación radical, de revolución político-social, no pareciera estar entre los conceptos actuales. Pero las condiciones reales de vida no mejoran para las grandes mayorías; aunque cada vez hay más ingenios tecnológicos pululando por el mundo, las relaciones sociales se tornan más dificultosas, más agresivas. Las guerras, contrariamente a lo que podía parecer cuando terminó la Guerra Fría, siguen siendo el pan nuestro de cada día desde la lógica de los grandes poderes que manejan el mundo. La miseria, en vez de disminuir, crece.

Una vez más entonces: ¿qué hacer? Hoy, después de la brutal paliza recibida por el campo popular con la caída del muro de Berlín y el retroceso sufrido en las condiciones laborales (pérdidas de conquistas históricas, desaparición de los sindicatos como arma reivindicativa, condiciones cada vez más leoninas, sobre-explotación disfrazada de cuentapropismo) las grandes mayorías, en vez de reaccionar, siguen anestesiadas. Una vez más también: el sistema capitalista es sabio, muy poderoso, dispone de infinitos recursos. Varios siglos de acumulación no se revierten tan fácilmente. Las ideas de transformación que surgen a partir del pensamiento labrado por Marx, puntal infaltable en el pensamiento revolucionario, hoy día parecieran “fuera de moda”. Por supuesto que no lo son, pero la ideología dominante así lo presenta.

Hoy es más fácil movilizar a grandes masas por un telepredicador o por un partido de fútbol que por reivindicaciones sociales. ¡Pero no todo está perdido! Los mil y un elementos que el sistema tiene para mantener el statu quo no son infalibles. Continuamente surgen reacciones, protestas, movimientos contestatarios. Lo que sí pareciera faltar es una línea conductora, un referente que pueda aglutinar toda esa disconformidad y concentrarla en una fuerza que efectivamente impacte certeramente en el sistema. ¿Por dónde golpear a ese gran monstruo que es el capitalismo? ¿Cómo lograr desbalancearlo, ponerlo en jaque, ya no digamos colapsarlo? Los caminos de la transformación se ven cerrados. Quizá el presente es un período de búsqueda, de revisiones, de acumulación de fuerzas. Hoy por hoy, no se ve nada que ponga realmente en peligro la globalidad del sistema-mundo capitalista. Las luchas siguen, sin dudas, y el planeta está atravesado de cabo a rabo por diversas expresiones de protesta social. Lo que no se percibe es la posibilidad real de un colapso del capitalismo a partir de fuerzas que lo adversen, que lo acorralen. El proletariado industrial urbano, que se creyó el germen transformador por excelencia –de acuerdo a la apreciación absolutamente lógica de mediados del siglo XIX– hoy está en retirada. Los nuevos sujetos contestatarios –movimientos sociales varios, campesinos, etnias, reivindicaciones puntuales por aquí y por allá– no terminan de hacer mella en el sistema. Y las guerrillas de corte socialista parecen hoy piezas de museo. ¿Quién levantaría la lucha armada en la actualidad como vía para el cambio social?

Pero en el medio de esa nebulosa, siguen surgiendo protestas, voces críticas. La historia no ha terminado, definitivamente. Si eso quiso anunciar el grito victorioso apenas caído el muro de Berlín con aquellas famosas frases pomposas de “fin de la historia” y “fin de las ideologías”, el estado actual del mundo nos recuerda que no es así. Ahora bien: ¿qué hacer para que colapse este sistema y pueda surgir algo alternativo, más justo, menos pernicioso?

La pregunta de Lenin sigue siendo válida, y día a día millares de sujetos se la plantean, le buscan respuestas, hacen cosas para encontrarle sentido. En el medio de todas esas búsquedas aparece un fenómeno novedoso, impensable décadas atrás: los hackers. No es la intención de este pequeño escrito problematizar en términos técnicos lo que esto significa, pero sí dejar indicado que ahí hay una potencialidad anti sistema muy grande. Tanto, que el mismo sistema sabe del peligro latente.

El sistema va encontrando los antídotos del caso para frenar todas sus posibles contradicciones. Como decíamos, el mismo proletariado industrial, germen mismo de la revolución socialista, fue reducido en su papel histórico, y el sindicato rebajado a la categoría de institución burocrática asimilada al sistema. Las guerrillas fueron derrotadas en lo militar, o al menos se les achicó considerablemente el espacio político, convirtiéndolas en agentes “terroristas”, bastante impresentables hoy día. Por otro lado, los movimientos sociales de protesta (campesinos, desocupados, mujeres, etc., etc.), divididos como están, no terminan de ser un instrumento que colapse al sistema en su globalidad. ¿Qué hacer entonces?

En ese desconcierto surge este engendro novedoso sobre lo que queremos llamar la atención: los hackers. No estamos diciendo que ese es “el” camino, que ahí está la respuesta a la pregunta que nos planteábamos. Simplemente queremos indicar que ahí hay una nueva incomodidad para el sistema global que no se sabe aún qué puede disparar.

Por lo pronto, y como para contextualizar el asunto, será útil conocer el Manifiesto hacker que circula en estos momentos en el espacio virtual:

El manifiesto del hacker

Hoy han cogido a otro, aparece en todos los periódicos. "Joven arrestado por delito informático", "hacker arrestado por irrumpir en un sistema bancario". "Malditos críos. Son todos iguales". ¿Pero pueden, con su psicología barata y su cerebro de los años cincuenta, siquiera echar un vistazo a lo que hay detrás de los ojos de un hacker? ¿Se han parado alguna vez a pensar qué es lo que les hace comportarse así, qué les ha convertido en lo que son? Yo soy un hacker, entre en mi mundo. Mi mundo comienza en el colegio. Soy más listo que el resto de mis compañeros, lo que enseñan me parece muy aburrido. "Malditos profesores. Son todos iguales". Puedo estar en el colegio o un instituto. Les he oído explicar cientos de veces cómo se reducen las fracciones. Todo eso ya lo entiendo. "No, Sr. Smith, no he escrito mi trabajo. Lo tengo guardado en la cabeza". "Malditos críos. Seguro que lo ha copiado. Son todos iguales". Hoy he descubierto algo. Un ordenador. Un momento, esto mola. Hace lo que quiero que haga. Si comete errores, es porque yo le he dicho que lo haga. No porque yo no le guste, me tenga miedo, piense que soy un listillo o no le guste ni enseñar ni estar aquí. Malditos críos. A todo lo que se dedican es a jugar. Son todos iguales. Entonces ocurre algo... se abre una puerta a un nuevo mundo... todo a través de la línea telefónica, como la heroína a través de las venas, se emana un pulso electrónico, buscaba un refugio ante las incompetencias de todos los días... y me encuentro con un teclado. "Es esto... aquí pertenezco... ". Conozco a todo mundo... aunque nunca me haya cruzado con ellos, les dirigiese la palabra o escuchase su voz... los conozco a todos... malditos críos. Ya está enganchado otra vez al teléfono. Son todos iguales... puedes apostar lo quieras a que son todos iguales... les das la mano y se toman el brazo... y se quejan de que se lo damos todo tan masticado que cuando lo reciben ya ni siquiera tiene sabor. O nos gobiernan los sádicos o nos ignoran los apáticos. Aquellos que tienen algo que enseñar buscan desesperadamente alumnos que quieran aprender, pero es como encontrar una aguja en un pajar. Este mundo es nuestro... el mundo de los electrones y los interruptores, la belleza del baudio. Utilizamos un servicio ya existente, sin pagar por eso que podrían haber sido más barato si no fuese por esos especuladores. Y nos llamáis delincuentes. Exploramos... y nos llamáis delincuentes. Buscamos ampliar nuestros conocimientos... y nos llamáis delincuentes. No diferenciamos el color de la piel, ni la nacionalidad, ni la religión... y vosotros nos llamáis delincuentes. Construís bombas atómicas, hacéis la guerra, asesináis, estafáis al país y nos mentís tratando de hacernos creer que sois buenos, y aún nos tratáis de delincuentes. Sí, soy un delincuente. Mi delito es la curiosidad. Mi delito es juzgar a la gente por lo que dice y por lo que piensa, no por lo que parece. Mi delito es ser más inteligente que vosotros, algo que nunca me perdonaréis. Soy un hacker, y éste es mi manifiesto. Podéis eliminar a algunos de nosotros, pero no a todos... después de todo, somos todos iguales.

¿Qué significa esto? Insistimos: no estamos proponiendo que la vía revolucionaria hoy día haya pasado a ser el internet y los hackers. Contextualicemos bien la cuestión: por lo pronto sólo un 10% de la humanidad usa y aprovecha en alguna medida la red de redes. Para muchísima población mundial el hambre, la seguridad diaria, no saber si mañana amanecerá vivo, eso sigue constituyendo su principal problema; en esa dimensión el internet le es algo absolutamente esotérico, lejano.

Quizá los ataques informáticos al corazón del sistema capitalista constituyan una afrenta importante, tanto que logren abrir brechas. No lo estamos afirmando. Es más: no lo sabemos ni hay razonablemente modo de saberlo. ¿Cómo podría colapsar al sistema global hiper poderoso el hecho que a una de sus grandes corporaciones multinacionales se le paralicen los sistemas informáticos por unos días? ¿Sirve realmente como una propuesta de transformación social que, por ejemplo, se conozcan secretos del Pentágono? En todo caso podemos decir que algunos hackers, o algunos movimientos de hackers, promueven una justicia social y un acceso libre al conocimiento universal que, así considerado, conlleva un enorme potencial transformador. Hoy día el sistema global se centra cada vez más en las tecnologías digitales, en la inteligencia artificial. Golpear allí puede llegar a ser de importancia capital.

Sin levantar en sentido estricto el movimiento hacker como la nueva forma de lucha, es necesario saber, al menos, que es “una” forma de lucha más, junto a otras, que años atrás no existía, pero que por sus características intrínsecas puede ser más dañina para el sistema que un grupo insurgente que, armas en mano, se va a la montaña.

En realidad este breve texto no pretende ser una respuesta a la pregunta básica, la misma que se formulara Lenin hace un siglo y que en este momento se sigue formulando una enorme cantidad de convencidos en un proceso de cambio real. Es sólo un recordatorio, una referencia hacia la necesidad de seguir repensando críticamente qué hacer desde el campo de la izquierda, desde el campo popular, desde el campo de los que seguimos creyendo que la vida humana precisa enormes cambios.

Los hackers, quizá, no son sino una expresión del desconcierto en que vivimos, de la cerrazón de caminos para plantear transformaciones, de la angustia de enormes cantidades de jóvenes que no hallan salida ni ven claridad en su futuro. No lo sabemos. Son, tal vez, un fermento más de cambio. Pero si así fuera, junto a todos los otros fermentos que pueda haber por allí, bienvenidos a la lucha por un mundo mejor.

mmcolussi@gmail.com

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domingo, 27 de marzo de 2011

Revoluciones, nuevas tecnologías y el factor etario

Jorge Majfud alainet.org

El común acuerdo en nuestros días es que la reciente revolución árabe se debe principalmente a las nuevas tecnologías. Sin embargo, revoluciones sociales han existido a lo largo de toda la Era Moderna (de hecho es uno de sus pilares fundamentales) mucho antes de Internet o las redes sociales.

Al igual que la imprenta de piezas móviles en el siglo XV o los periódicos en el siglo XVIII, las nuevas tecnologías de la información y de la difusión cultural han sido siempre factores de precipitación de un fenómeno, pero rara vez su primera causa. Por el contrario, la imprenta surge después de la maduración de la revolución humanista, iniciada un siglo antes. La reforma de Lutero (paradójicamente consecuencia de la revolución humanista y más tarde paradigma de los conservadores antihumanistas más radicales) y la no menos violenta contrarreforma, hicieron de casi todo el siglo XVI un siglo reaccionario en términos sociales. Pero luego de este inmenso paréntesis reaccionario, en el siglo XVIII los ilustrados y los filósofos iluministas, fundadores de nuestro mundo moderno y posmoderno, retomaron el legado humanista, le pusieron un énfasis a la razón critica (aunque no al racionalismo) y agregaron el anticlericalismo que no estaba presente en los anteriores humanistas.

Básicamente, los ilustrados o el iluminismo provocan una de las revoluciones más trascendentes de la historia mundial que tiene como consecuencia práctica y teórica la Revolución americana primero y la francesa después (aunque esta última sin continuidad política), modelos de las subsiguientes revoluciones políticas, sociales y hasta artísticas en todo el mundo.

La difusión de periódicos se hace común entre las clases educadas de Europa, sobre todo en la Francia del siglo XVIII, cuando estos filósofos ilustrados ya habían comenzado su propia revolución. Revolución que necesitaba de estos nuevos medios ya que, como todas las revoluciones modernas, estaba afectada por el mismo espíritu proselitista de cristianos y musulmanes.

Se acusa también que el nazismo se convirtió en un fenómeno social e histórico gracias a los nuevos medios de difusión, como la radio y el cine, y las nuevas teorías y prácticas de propaganda, lo cual es cierto pero insuficiente. Muchos otros países contaban con los mismos medios. Por otra parte, el nazismo tuvo sus raíces en décadas anteriores (los nazis cuentan milenios) y en razones que van mas allá de la mera innovación tecnológica y la necesidad histórica.

Los actuales levantamientos en el mundo árabe no son siquiera revoluciones. Son rebeliones. En algunos casos ni eso, apenas revueltas. Podemos aceptar que han sido estimuladas por los nuevos medios de comunicación, es cierto, pero no creo que éste sea el factor central. También podríamos especular que todo ha sido producto de una manipulación sociológica por parte de alguna central de inteligencia que tomó ventaja de las “inocentes” redes sociales, pero al menos en el momento no disponemos de datos suficientes.

Para comprender una revolución es necesario mirar a la historia previa de las ideas. Para comprender una rebelión basta con mirar la pirámide etaria y el grado de status quo del poder político y social de turno.

Las revoluciones latinoamericanas se caracterizaron, entre otras cosas, por su juventud. El mismo Ernesto Che Guevara observó un día, en la facultad de arquitectura, con la poca ortodoxia marxista que lo caracterizó los últimos años: “había olvidado yo que hay algo más importante que la clase social a la que pertenece el individuo: la juventud, la frescura de ideales, la cultura que en el momento en que se sale de la adolescencia se pone al servicio de los ideales más puros” (Obra, 1967, 194).

Al igual que las revueltas de fines de los ’60 en Europa y América, las revueltas árabes de hoy en día tienen un efecto dominó y se explican principalmente por el gran porcentaje de de su población juvenil. El Mayo francés, las revueltas de Praga y Tlatelolco, de Chicago y Nueva York son, sobre todo, revueltas juveniles. La proporción de jóvenes en América y en Europa era mayor en los ‘60 que poco después de la Segunda Guerra, que dejó poblaciones más envejecidas y estimuló el conformismo suburbano de los ‘50.

Uno podría pensar que aun un bajo porcentaje de jóvenes representan millones en cualquier país, y basta con unos miles para tener una revuelta con alguna consecuencia concreta. Pero es posible que el un porcentaje X de adultos y viejos funcione como contenedor de las energías juveniles.

A fines del siglo XX decíamos, respondiendo a Francis Fukuyama y a Samuel Huntington, que el problema geopolítico de la única potencia mundial del momento, Estados Unidos, no eran tanto los conflictos de intereses con el mundo islámico (entonces presentados como conflictos culturales) sino el conflicto de intereses con China, que hoy se califican como colaboración estratégica. Entonces fechábamos en 2015 como un probable año en que esos conflictos comenzarían a hacerse críticos o al menos evidente. Luego señalamos una aceleración del declive de la influencia mundial de la primera potencia con el inicio de la guerra de Irak.

A Estados Unidos todavía lo salva o sólo cierta cultura de la innovación, el riesgo y la practicidad, sino también el hecho de ser todavía el único país industrializado (antigua denominación moderna) con una tasa de nacimientos aceptable en términos económicos y una población que dista mucho de ser tan vieja como la europea o la japonesa.

Más tarde, cuando todo esto pasó a formar parte del consenso general, estuvimos de lado de quienes advertían ciertas contradicciones en la imparable maquinaria China. Más allá de que su régimen político dista mucho de ser una inspiración procedente de la tradición humanista e iluminista, su ventaja es que todavía no es el imperio que alguna vez fue y que siempre quiso ser. Su próximo posicionamiento como primera potencia económica del mundo es inevitable, al menos por un par de décadas, antes que India le dispute ese obsesivo y absurdo privilegio que no dice mucho sobre el desarrollo de un país o de una sociedad.

Por las limitaciones de su sistema político (obviamente, esto es materia de discusión desde algunas perspectivas ideológicas), uno podría esperar que en cinco o diez años China tuviese alguna revuelta demandando más participación popular en la administración del futuro político y económico de su país y de sus provincias apenas se enfriase el acelerado ritmo de su crecimiento económico o sufriese algún desequilibrio inflacionario. En un país tan populoso donde la mayoría son pobres, el precio de los alimentos es un factor de alta sensibilidad.

No obstante, el creciente envejecimiento de su población por un lado acelera ese enfriamiento económico y por el otro hace pensar que, a pesar de la diversidad y de los números astronómicos de su población, a pesar de las nuevas tecnologías de comunicación e interacción, esta revuelta contra el estatus quo de un gobierno central es más bien improbable.

No imposible, pero es mucho menos predecible que la actual rebelión de las jóvenes sociedades árabes de hoy en día, gobernadas por regímenes faraónicos y por los mismos nombres del siglo pasado.

Claro, un complemento válido sería observar que también las potencias actuales son las mismas que las del siglo pasado y se rigen, al menos en política internacional, con la mentalidad misma del Ancien régime. Pero ese tema merece un espacio propio.

Fuente: http://alainet.org/active/45338

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