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jueves, 3 de marzo de 2011

La contracultura en la crisis de civilización

Miguel Urbano Rodrigues La Haine

Cuando el hombre en el Neolítico creó las primeras civilizaciones en Mesopotamia, en Egipto, en China, ocurrieron crisis cuyo desenlace fue la destrucción de la mayoría.

La única gran civilización que, transformándose, sobrevivió hasta la actualidad fue la que surgió y se desarrolló en China. Todas las otras desaparecieron, pero muchas dejaron simientes que florecieron en una multiplicidad de pueblos.

Las causas de muerte de las civilizaciones, en la acepción amplia y restricta de la palabra suscitan polémicas entre los historiadores. La decadencia de algunas se prolongó a los largo de los siglos, marcadas por crisis devastadoras. Así aconteció con Roma y con otras cuyas elites dirigentes fueron incapaces de comprender que sus crisis internas, endémicas, se agravaban, menos a consecuencia de amenazas exteriores que por la propia dinámica de rupturas sociales internas.

Obviamente, las generalizaciones son peligrosas. Difirieron mucho los procesos de ruptura civilizacional en la Pérsia Aqueménida, el primer estado en aspirar al dominio del mundo conocido, en el subcontinente hindú, y en la Europa Occidental después de la disgregación del Imperio Romano de Occidente.

También en Asia, muerto el macedonio Alejandro, su imperio se destruye casi inmediatamente. Pero la civilización helenística se implantó en un área vastísima, del Mediterráneo Oriental a las fronteras de China y de la India, dejando marcas profundas en el caminar de los pueblos.

En Europa Occidental, la toma de Roma por los Hérulos, a mediados del siglo V, no significó el fin de una civilización al contrario de lo que sustentan muchos historiadores. En Italia, en las Galias, en la Península Ibérica la herencia de Roma, golpeada, no desapareció en una época de gran desorden. La alta Edad Media, como afirman Henri Pirenne y Marc Block, no fue un tiempo de obscuridad, una fase de regresión absoluta. Además en el Mediterráneo Oriental, en el área donde se hablaba griego, Bizancio continúo por mil años siendo el polo de una gran civilización.

La noción de civilización se confunde por veces con la de cultura. Una cultura no siempre coincide con la existencia de una civilización. Los mongoles que, en su aventura irrepetible dominaron el mundo por un tiempo breve del Pacifico al Adriático, salieron de las estepas con una cultura propia, más no crearon una civilización. Ningún otro pueblo cometió, en el espacio de décadas, un genocidio de proporciones comparables. En la fase de la conquista destruyeron todo lo que encontraron en el mundo de los sedentarios. Pero duró poco la violencia de los gengiskanidas. En China se chinizaron, en Irán se islamizaron y fueron absorbidos por la cultura persa. En ambos casos, el nómada, asimilado por la cultura de los vencidos, se convirtió en su mayor defensor.

Un flagelo cultural

Las grandes crisis europeas no desencadenaron, desde el fin del imperio Romano de Occidente, crisis de civilización.

La gran peste del siglo XIV y la Guerra de los 30 Años, que despobló a Alemania, y las hecatombes de la I y II Guerras Mundiales fueron acontecimientos trágicos con consecuencias políticas, sociales y económicas que alteraron profundamente a la vida en Europa. Lo mismo se puede afirmar de la Revolución Francesa de 1789 y de la Revolución Rusa de Octubre de 1917. De ambas resultaran rupturas que destruirán estructuras seculares, modificando drásticamente las relaciones sociales.

Más aquello a que se puede llamar el “modelo” civilizacional permaneció, en lo esencial. El propio Lenin señalo más de una vez que Rusia revolucionaria no podía abdicar de la herencia cultural acumulada a lo largo de los siglos, incluyendo a la de la burguesía. Para él era fundamental la incorporación en la nueva cultura de ese legado de la Historia de la humanidad.

En el último cuarto del siglo XX ocurrió un fenómeno con implicaciones poco estudiadas, que pasan aún desapercibidas a historiadores y sociólogos. La vida en la Tierra, en muchos aspectos, cambio más en treinta años de lo que en los doscientos anteriores.

El hombre realizó prodigiosas conquistas. Más la revolución técnico-científica, hegemonizada por un sistema de poder deshumanizado, fue colocada al servicio de un proyecto imperialista que, para sobrevivir, exige, en la práctica, la transformación del hombre en un ser pasivo, robotizado.

Este objetivo es una consecuencia de la crisis estructural del capitalismo. La resistencia de los pueblos a las guerras y crímenes de las últimas décadas, de ella inseparable, fue atenuada, casi neutralizada, por la imposición, en escala planetaria, de una cultura –en realidad contra-cultura- que es componente importante de la crisis de civilización.

El polo de tal cultura se localiza en los Estados Unidos donde ella fue generada y donde irradió, contaminando a Canadá, a Europa, a América Latina, el Japón, Asia Oriental, a Australia y hoy a casi la totalidad de los pueblos. La interacción entre los mecanismos del capitalismo y ese fenómeno cultural, epidémico, es sutil, siendo difícil de identificar en muchas de sus manifestaciones. El objetivo del capital es su multiplicación ininterrumpida; el acceso del hombre a la felicidad posible no le interesa.

La presencia y los efectos de la contra-cultura estadounidense – calificada de mc world culture por algunos sociólogos- son identificables en áreas muy diferenciadas, abarcando, se pueda firmar, la totalidad de la vida. La ofensiva en ocasiones casi invisible, pero con frecuencia avasalladora, se manifiesta en los frentes político, social, económico, militar y, evidentemente, en el cultural.

Sin el control casi absoluto de los medios de comunicación social y de los audiovisuales por el sistema de poder, la diseminación epidémica de la contracultura exportada por los EEUU país donde, se registra, coexiste en conflicto con la cultura autentica, sería imposible.

La televisión, el cinema, la radio, la prensa escrita y, ahora, sobre todo la internet cumplen un papel fundamental, imprescindible, en el avance de una contracultura que en los países industrializados alteró profundamente en los últimos años el quehacer de los pueblos y su actitud frente a la existencia. La mudanza es evidente actuando como un vendaval sobre adultos, adolecentes y niños.

La construcción del hombre formateado principia en la infancia y exige una ruptura con el empleo tradicional del tiempo libre. El convivio tradicional, incluyendo el del ambiente familiar, es substituido por ocupaciones lúdicas frente a la televisión y al computador, con prioridad para juegos violentos y filmes que difunden la contracultura.

Las horas dedicadas a la lectura de obras que transforman el conocimiento en cultura pasaron a ser escasos o inexistentes. Con la peculiaridad de los escritores de calidad, que forman, fueron cambiados por novelistas light, presentadores de televisión y por las revistas de chismes. En el proyecto de vida, la mayoría de los jóvenes tienen hoy como meta el suceso mediático, ser famoso, ganar una celebridad efímera sin importar que para ello abdiquen de la dignidad.

Las novelas de TV desempeñan en este panorama un papel importante como factor de embrutecimiento del espíritu.

La contracultura actúa intensamente en el terreno de la música, de la canción, de las artes plásticas. Apreciar una sinfonía de Beethoven, un concierto de Bach se volvió una actitud rara. La contramusica atrae multitudes juveniles a conciertos de extraños personajes que gritan y gesticulan exhibiendo ropas exóticas en gigantescos palcos, en una atmosfera ensordecedora, en rebeldía abstracta contra lo vacuo.

El periodismo se degradó. Transmite el mensaje de una falsa objetividad para ocultar que los medios, al servicio del engranaje del poder, son, con raras excepciones, instrumentos de la difusión de la ideología dominante. La mediocridad de los periodistas refleja además la caída del nivel cultural.

En el caso portugués, el 25 de abril abrió las puertas de la enseñanza secundaria y universitaria a centenas de millares de jóvenes. Pero la instrucción no genera automáticamente cultura. Al sistema solamente le interesa formar cuadros que sirvan con docilidad al capital. De las universidades salen anualmente jóvenes que en materia de saber son analfabetos con diploma. Obviamente el hombre formateado –que trae a la memoria a los robotizados de las utopías de Huxley y Orwell- no tiene conciencia de su condición de individuo manipulado. Casi se enorgullece de ser muy diferente de las generaciones que lo precedieron.

Reescribir la Historia

La contracultura estadounidense, dominadora, no podría haberse implantado a escala mundial sin una campaña, paralela, desarrollada simultáneamente. En Washington los ideólogos del sistema percibieron que era indispensable reescribir la Historia. En otras palabras, falsificarla. Una maquinaria mediática gigantesca emprendió esa tarea. El cine, la televisión, la prensa, internet, con la complicidad de intelectuales de las grandes universidades, de las Fuerzas Armadas, de una legión de periodistas, de miembros del Congreso y de destacadas personalidades de las Finanzas, fueron los instrumentos utilizados para ocultar o deformar la Historia profunda de que nos hablan Lucien Febvre, y la sustituyen por una Historia inventada, ficcional, que corresponda a los intereses y fines del capital.

La falsificación –es la palabra adecuada- principia por las antiguas civilizaciones mediterráneas. En filmes famosos, Hollywood presentó de la Grecia de Pericles, de la Persia de Darío, de la Roma de Cesar, falsos héroes que transmiten sobre la democracia, la libertad, la violencia, el progreso económico, hasta el amor, conceptos e ideas supuestamente progresistas, usando el discurso del norteamericano “ideal” del siglo XX.

Esa agresión a la Historia es particularmente nociva y peligrosa para las masas cuando incide sobre temas y personajes contemporáneos. La versión estadounidense de la II Guerra Mundial, por ejemplo, es una grosera deformación de la Historia. El objetivo fue en gran parte alcanzado. Mundo afuera centenas de millones de personas creen que fueron los Estados Unidos, en defensa de la libertad y de la civilización, quien, en batallas épicas, enfrentó y destruyó el poderío militar de Alemania nazi. El papel desempeñado por la Unión Soviética habría sido secundario. La mentira es de tal tamaño que episodios irrelevantes en los combates de Sicilia o en una ofensiva del general Patton son elevados a epopeyas de la humanidad, en tanto las batallas de Stalingrado y Kursk merecen atención mínima.

El anticomunismo ha sido a lo largo de décadas una prioridad en esa permanente ofensiva del sistema del capital para reescribir la Historia.

La satanización del socialismo y la apología del capitalismo como sistema supuestamente democrático y hasta progresista, son ingredientes básicos en la masacre mediática orientada para el formateo de un tipo de hombre alienado, inofensivo para el engranaje del poder.

En Portugal la clase dominante se ha comportado como discípula aplicada de los maestros del imperialismo estadounidense y europeo.

Diariamente los canales de televisión promueven mesas redondas que falsifican groseramente la Historia. Una corte de “analistas”, presentados como especialistas en materias que, al final ignoran, charlan sobre la totalidad del conocimiento humano, desde la actual rebelión del mundo árabe a las cruzadas por la “democratización” de Afganistán y de Iraq, pasando por el agujero del ozono a la polución de los océanos.

Sería un error subestimar los efectos negativos de ese torrente de disparates y mentiras. El contribuyó para confundir, y engañar a una parte significativa del pueblo portugués.

Sin la anestesia de la conciencia social sería impensable que en el país del 25 de Abril la memoria del general Vasco Gonçalves sea rutinariamente insultada por columnistas cautivos de los grandes diarios, en tanto aventureros de la política y caballeros de la extrema derecha reciben la Gran Cruz de la Orden de la Libertad de sucesivos Presidentes de la República.

¿Qué hacer, entonces frente a un panorama desolador, en una época de crisis cuando un reccionario como el Primer Ministro, portavoz oficial de la contracultura, ofende la palabra democracia, exhibiéndose como su defensor e intérprete?

Luchar, luchar, luchar, en Portugal y en el vasto mundo, sin hallarnos condicionados por el calendario de la victoria distante.

La humanidad resistirá la contracultura que la amenaza. En el caminar de la Historia, el capitalismo contiene las simientes de su propia destrucción.

Vila Nova de Gaia, 1 de Marzo de 2011
Traducción de Jazmin Padilla
El original de este articulo se encuentra en www.odiario.info

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