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miércoles, 13 de julio de 2011

La mitad (Acerca de las elecciones del domingo en Buenos Aires)

Fito Paez Kaos en la Red

Nunca Buenos Aires estuvo menos misteriosa que hoy. Nunca estuvo más lejos de ser esa ciudad deseada por todos. Hoy hecha un estropajo, convertida en una feria de globos que vende libros igual que hamburguesas, la mitad de sus habitantes vuelve a celebrar su fiesta de pequeñas conveniencias. A la mitad de los porteños le gusta tener el bolsillo lleno, a costa de qué, no importa. A la mitad de los porteños le encanta aparentar más que ser. No porque no puedan. Es que no quieren ser. Y lo que esa mitad está siendo o en lo que se está transformando, cada vez con más vehemencia desde hace unas décadas, repugna. Hablo por la aplastante mayoría macrista que se impuso con el límpido voto republicano, que hoy probablemente se esconda bajo algún disfraz progresista, como lo hicieron los que “no votaron a Menem la segunda vez”, por la vergüenza que implica saberse mezquinos.

Aquí la mitad de los porteños prefiere seguir intentando resolver el mundo desde las mesas de los bares, los taxis, atontándose cada vez más con profetas del vacío disfrazados de entretenedores familiares televisivos porque “a la gente le gusta divertirse”, asistir a cualquier evento público a cambio de aparecer en una fotografía en revistas de ¿moda?, sentirse molesto ante cualquier idea ligada a los derechos humanos, casi como si se hablara de “lo que no se puede nombrar” o pasar el día tuiteando estupideces que no le interesan a nadie. Mirar para otro lado si es necesario y afecta los intereses morales y económicos del jefe de la tribu y siempre, siempre hacer caso a lo que mandan Dios y las buenas costumbres.

Da asco la mitad de Buenos Aires. Hace tiempo que lo vengo sintiendo. Es difícil de diagnosticarse algo tan pesado. Pero por el momento no cabe otra. Dícese así: “Repulsión por la mitad de una ciudad que supo ser maravillosa con gente maravillosa”, “efecto de decepción profunda ante la necedad general de una ciudad que supo ser modelo de casa y vanguardia en el mundo entero”, “acceso de risa histérica que aniquila el humor y conduce a la sicosis”, “efecto manicomio”. Siento que el cuerpo celeste de la ciudad se retuerce en arcadas al ver a toda esta jauría de ineptos e incapaces llevar por sus calles una corona de oro, que hoy les corresponde por el voto popular pero que no está hecha a su medida.

No quiero eufemismos. Buenos Aires quiere un gobierno de derechas. Pero de derechas con paperas. Simplones escondiéndose detrás de la máscara siniestra de las fuerzas ocultas inmanentes de la Argentina, que no van a entregar tan fácilmente lo que siempre tuvieron: las riendas del dolor, la ignorancia y la hipocresía de este país.

Gente con ideas para pocos. Gente egoísta. Gente sin swing. Eso es lo que la mitad de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires quiere para sí misma.

* Vecino de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

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Videoclips, sueños envenenados y revoluciones castradas

Jon Juanma Aporrea

El videoclip es un formato audiovisual relativamente reciente que surgió con fuerza en el último cuarto de siglo XX. Se fue expandiendo primero por las cadenas y los programas temáticos musicales, para más tarde hacerlo por la red, con la expansión de Internet entre poblaciones populares crecientes de todo el mundo1.

La bibliografía especializada acostumbra a citar como primer vídeo musical de la historia el “Bohemian Rapsody” de Queen, realizado en 1975. El mismo año que Margaret Thatcher se hizo líder de los tories en el Reino Unido. Dos años después del golpe de Estado contra Allende en Chile, cuando los Chicago Boys comenzaron la barbarie social con sus politicas monetaristas bajo la protección de Pinochet y la CIA. A falta de un año para la muerte de un Máo Zédōng (毛泽东) cada vez más debilitado dentro de un Partido Comunista Chino que pronto vería cómo la hegemonía del mismo se dirigía hacia la restauración capitalista impulsada por Déng Xiǎopíng (邓小平). En definitiva, justo cuando comienza la superestructura política neoliberal: la contraofensiva de la clase capitalista según Harvey o el comienzo del capital-imperialismo según Virgínia Fontes.

Ha llovido mucho desde entonces, y muy fuerte. Tanto en el mundo del videoclip como en nuestro planeta. Su inserción histórica se produce con el auge del neoliberalismo y nos aventuramos a decir que muy probablemente se extenderá, de diferente modo, por las nuevas y truculentas fases que se avecinan en nuestro sistema-mundo capitalista. Ello no significa que no puedan existir videoclips de izquierda o anticapitalistas, simplemente contextualizamos el escenario de su nacimiento histórico y posterior desarrollo. En otro momento y lugar nos centraremos en la realidad de los videoclips contrahegemónicos y su multiplicidad de lenguajes.

El clip musical o videoclip es un formato que bebe tanto de la publicidad como del cine, a los cuales a su vez retroalimenta. Su objetivo mayoritario es la publicidad del artista (la verdadera mercancía) a la par que, muchas veces de modo secundario, la propia canción. Este formato ha sido celebrado por los teóricos posmodernos como la quinta esencia del posmodernismo. Según ellos, el videoclip representa audiovisualmente todos los valores que vindican esos autores del tipo: cultura híbrida e inestable, ritmo quebrado y experimental, falta de argumento y cronología, ausencia de relatos, hibridación, etc. Sin embargo, después de casi dos años de investigación, puedo asegurar que esto es empíricamente falso. En el videoclip dominante prima la división clásica de la trama: introducción, nudo y desenlace. Si bien por la breve duración del clip, cada una de estas fases tiende a comprimirse con un alto grado de síntesis audiovisual. El esqueleto del videoclip es sumamente clásico, lo que se acelera es el ritmo, y lo que cambia sin cesar: el desfile de disfraces, su envoltura, mas no su estructura.

Los autores posmodernos de los estudios culturales han analizado el nuevo formato desde una perspectiva semiótica atendiendo a cuestiones de género, etnia y también observando las llamadas subculturas o microculturas del sistema, de un modo, la mayor de las veces, sumamente acrítico. Estos académicos del status quo celebran el cosmopolitismo de los clips, de un modo bastante superficial, olvidando por completo la ligazón tan estrecha de este formato con el sistema productivo que los ampara, junto al papel que cumplen dentro del mismo. No sólo como medio para el fomento de la sociedad capitalista de consumo, sino como ariete de su reproducción ideológica, en especial entre la juventud. Los posmodernistas se olvidaron no sólo de todo esto por el camino, sino como acostumbran a hacer, también de esa clase a la que prácticamente niegan su existencia: la trabajadora. Los “intelectuales” acríticos con el capitalismo neoliberal no atienden a ver la reproducción ideológica sistémica que el videoclip reproduce y alimenta. Sí lo ven, en cambio, los principales think-tank y las élites que se encargan de financiarlos y seleccionar cuáles de entre todos ellos serán promocionados, y cuáles no, por sus conglomerados mediáticos transnacionales (Vivendi, Sony Corporation, etc). La inmensa mayoría de los videoclips están financiados por las 4 grandes discográficas (the Big Four: Universal, Sony, EMI y Warner Music) las cuales controlan más del 80% de la producción, si bien se difunden por corporaciones de tendencia oligopólica tan importantes como Google, YouTube, MTV o Disney. Estos videoclips nos muestran un mundo absolutamente mistificado de la realidad socioeconómica. No por su imaginación, ni por su cierta irreverencia o ensoñación artística, no. Si fuera por esto, no habría mucho que añadir porque el arte siempre ha tenido un alto componente imaginativo, de ensoñación y elucubración simbólica. El problema es que siempre que estos vídeos musicales nos quieren hablar de la realidad, la mistifican, nos mienten a favor de una misma dirección: la apología capitalista. Estos clips no son sólo unos potentes generadores de estereotipos de género y pueblos del mundo, sino de clase. Nos muestran un planeta repleto de clases medias-altas y magnates (legales e ilegales), donde el sueño que se fomenta en el espectador es el de hacerse rico (como sea) y tener poder sobre el resto de congéneres mientras se compite continuamente con ellos. No aparecen, o raramente lo hacen, centros de trabajo donde se crea toda la riqueza social que luego sí se muestra ya fetichizada en su forma de mercancía lista para el consumo, como coches de lujo, mansiones, yates, aviones, etc. Casi nunca aparecen localizaciones laborales como la industria o el campo, muy raramente son representados los trabajadores del sector servicios a no ser que sean vendedores ambulantes o empleados de agencias de publicidad y la banca (cuando no narcotraficantes). No suelen aparecer ni pobres ni trabajadores, sólo consumidores, ese arquetipo de ciudadano amputado soñado por la burguesía. Las huellas del trabajo social, la actividad humana que nos caracteriza, brillan por su ausencia. Además, en los clips hegemónicos la correlación física con la realidad se acerca al terreno de la ciencia ficción, no sólo porque todos sean jóvenes y guapos, sino porque en algunos lugares como Latinoamérica, las estrellas musicales son en su mayoría eurodescendientes con cero representatividad indígena e infrarrepresentatividad de mulatos, mestizos y afrodescendientes (sobre todo entre los más exportados a otros lugares del mundo).

El videoclip es un formato perfecto utilizado para la alienación ideológica de la juventud del sistema mundial, tanto para aquella que vive en los países centrales como para la que vive en periféricos o semiperiféricos. Tanto para los jóvenes de los países enriquecidos como para los de países empobrecidos; para los chicos de clases medias y para los trabajadores pobres con una incidencia cada vez más destacada en los hijos lumpemproletarizados de los trabajadores en paro estructural o de larga duración. Los pueblos periféricos se retratan caricaturizados, los “otros” son minusvalorados o ridiculizados: blancos por negros, negros por blancos, mujeres por hombres y hombres por mujeres. Se enfrentan a los seres humanos con el fin de extraer plusvalía de esa autoafirmación consumista en base a la dominación o minusvaloración del “otro”, siempre peligroso, acechante, continuamente diferenciado, como mercancía actuante y devoradora sujeta a un nicho de mercado en espera de recibir más mercancías para consumir (destruir) y continuar con la reproducción de la plusvalía con su conocida fórmula D-M-D- (Dinero-Mercancía-Dinero).

Para que la velocidad reproductiva del capital sea cada vez más corta, imperativo crecientemente acuciante debido al peso del capital especulativo sobre el capital global total que exige menos tiempo para el retorno de las inversiones, qué mejor que recurrir a la pornocastración o la promesa del coito sin fin2. La sexualidad lo impera todo y es el motor pregnático de la mayoría de videoclips. Sexualidad emotiva a modo de pareja ideal, sexualidad promiscua a modo de orgías, pero sexualidad más o menos velada, más o menos explícita, al fin y al cabo. La sobredimensionalización visual de los atributos femeninos y masculinos es constante, como su fetichización. El canto a la superficialidad casi siempre presente. No existe reflexión y prácticamente ningún ensalzamiento de valores humanos de carácter cooperativo y no competitivo. Con su ritmo constante y frenético, con su flujo3 de imágenes de cuerpos y coches, brillos y yates, luces fosforescentes y culos oleosos, promueven una propaganda de la sociedad pecuniaria, un culto al valor de cambio, al dinero en tanto supremo fetiche, como nunca antes se había producido en toda la Historia del Arte. Es por ello que es la propaganda más auténtica del capitalismo neoliberal junto con la publicidad, que aunque importante, ya provenía en su apogeo de la superestructura del capitalismo imbricado o keneysiano de las dos décadas largas de la sociedad dorada de consumo central occidental (1945/1973). Como nos enseñó Gramsci, cada momento histórico tiene su mezcla de superestructuras, algunas del pasado y otras originadas en el presente como realmente pertinentes y representativas de su momento histórico. Siguiendo al filósofo italiano, tanto por su funcionalidad, como por su popularización entre las masas, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que el videoclip funciona actualmente como una de las manifestaciones más coherentes de la superestructura capital-imperialista de nuestro sistema-mundo contemporáneo, como una de las expresiones de vanguardia de su propaganda más poderosa.

Para entender la influencia de un videoclip basta con decir que algunos de Beyoncé, Ryhanna, Pitbull o Don Omar4 pueden ser visto por cientos de millones de personas en todo mundo, y tiene un efecto propagandístico mil veces superior a cualquier libro de autores de izquierda tan (re) conocidos como Eduardo Galeano o Amy Goodman. Es una de las armas más letales para la reproducción ideológica en la juventud debido a que permite interiorizar a los futuros trabajadores los valores de la reproducción capitalista como naturales. Incluso antes de su incorporación al mercado laboral. Ya no es la escuela el lugar de reproducción principal de la superestructura como decían autores tan diferentes como Althusser o Bourdieu, los videoclips y otras manifestaciones culturales le disputan el predominio sobre todo por su nivel de fascinación y fomento de las pulsiones animales. Por su mensaje directo, su envoltorio virtuoso y su lógica persuasivamente ejemplificante. Mientras que al adolescente de turno, los mensajes de izquierda que pueda escuchar en el instituto o la universidad, le sonarán “a chino” comparados con el mensaje sencillo, comprensible y poderosamente seductor de los videoclips, éstos los consumirá como fast-food intelectual. Además, según los patrones de integración sistémica y autovaloración conductista verá a esos “compañeros protestones” de los sindicatos o las asociaciones de estudiantes más combativas, como desfasados, mutilados o apestados revoltosos que no se integran en la “buena sociedad” (la sociedad de triunfadores, de los “guapos” y “deseables”, de la sonrisa siempre brillante). En el mismo sentido, mediante una ensoñación de altísima factura técnica producida por una estética idealizada en base a cuerpos modelados en el gimnasio, por el bisturí quirúrgico o el pincel digital, los videoclips disociarán a los jóvenes justo cuando estos podrían ejercer el papel de seres humanos rebeldes que luchan por mejorar su futuro y actuar de fuerza contrahegemónica. En cambio, este tipo mayoritario de videoclips atemperan sus pulsiones sexuales por medio de la estrategia del coito ininterrumpido y las reconduce hacia la esquizofrenia del consumo aciago. Los paralizan en una masturbación mental infinita de la que salen enormemente frustrados, pero convenientemente distraídos.

Estos últimos días se habló de la “Spanish Revolution” de un modo más voluntarista que riguroso. Mientras que cientos de miles de jóvenes (y no tan jóvenes) salían a las plazas para protestar por un sistema incapaz de otorgarles un futuro digno, ¿cuántos permanecían en casa alienados viendo clips de YouTube en un flujo continuo de disociación de una realidad cada vez más hedionda? Las mayorías silenciosas son una realidad, no sólo porque voten a la derecha de la derecha y no sean capaces de dar el paso a la izquierda, no. Las mayorías calladas lo son porque se cultivan desde la cuna y se las forma con especial intensidad en la adolescencia y la juventud, donde se les da el golpe de gracia.

Así la Izquierda no entiende porqué no aumenta su presencia en casi ningún sitio con la que está cayendo bajo la crisis, e incluso desciende su apoyo popular allí donde históricamente tuvo fuerza (y no hablo sólo de la mentira social-liberal). La izquierda anticapitalista no entiende prácticamente nada porque nunca consiguió trasladar a las bases (ni a la mayor parte de los dirigentes) la importancia de la lucha de clases en la cultura. La Izquierda (electoral o no) está perdida porque no está entendiendo que para luchar contra un enemigo más fuerte se tiene que empezar a construir sueños más allá del cortoplacismo de la protesta que solloza porque vuelvan los derechos sociales perdidos (puro tradeunionismo melancólico del keneysianismo perdido). Esta actitud reformista y pestilente no anima a casi ningún joven para comenzar la lucha, la organización, el compromiso militante entre compañeros. Es necesario más que nunca, como decía Marx, repetir la consigna de “tomar el cielo por asalto”. Si la izquierda no genera sueños de cambios profundos, sueños de un mundo mejor; la derecha seguirá vendiendo fantasías de humo a esos jóvenes que necesitan soñar por imperativo hormonal. Para que una vez llegados a la adultez postergada, cuando ya estén fatalmente endeudados mediante el vasallaje financiero, vean que la neblina capitalista, con todas sus drogas y las luces de neón, no eran sino finas cortinas de implacable opacidad que no les dejaban ver la triste realidad que significaba estar caminando sobre el vacío.

La juventud es idealista, en el buen sentido del término, por naturaleza. Entonces cabría preguntarse, ¿por qué la Izquierda entregó los sueños a sus enemigos de clase? ¿Por qué tiene miedo siquiera a atreverse a soñar? ¿Por qué permanece en la prisión aterrorizada por si su utopía resuena en el resto de las celdas y debilita las cadenas? ¿A quién tienen miedo de despertar? ¿A la propia Izquierda, al Socialismo, al Comunismo? No hay rejas más fuertes para la emancipación del género humano que la del “realismo” de aquellos que todo lo ven imposible. Mientras que desde la irreverencia (científica) de los sueños, sembraremos la realidad fértil del mañana; desde la realidad de los sueños, no cosecharemos más que la miseria del presente.

Los “realistas” de izquierda se creen que viven en una foto en blanco y negro cuando la vida es puro movimiento. Permanecen enfangados en políticas obsoletas de símbolos caducos y banderas que nadie comprende, en ceremonias laicas que los alejan de las mayorías, procesiones amaestradas e inofensivas para el conjunto de los defensores del Capital, absolutamente fuera de juego. La derecha y su élite se toman muy en serio la cultura y el mundo de los sueños. ¿Y nosotros qué vamos a hacer? Hacia arriba o hacia abajo, hacia delante o para atrás. ¿Hacia dónde queremos mirar?

Ya es hora de prohibir entre la militancia de izquierda el no pensar, el no reflexionar, el no estudiar, la falta de autocrítica5, pero sobre todo, es el momento de prohibir desde la intransigencia jacobina más radical posible, la enorme desidia de izquierdas que significa el no soñar. Deberíamos reservar el destierro a las filas de la derecha para todo aquel que no se atreva a cerrar los ojos de vez en cuando e imaginarse un futuro mejor. Para todos.

Nos jugamos la libertad y cualquier mundo que merezca la pena ser vivido.

* Jon Juanma es el seudónimo de Jon E. Illescas Martínez.

Artículo acabado el 12 de julio de 2011.

Blog: http://jonjuanma.blogspot.com/

Obra artística: http://jon-juanma.artelista.com/

Correo: jonjuanma@gmail.com

Notas

1. Según el Banco Mundial, más del 25%: http://www.google.com/publicdata?ds=wb-wdi&met_y=it_net_user_p2&tdim=true&dl=es&hl=es&q=usuarios+de+internet+en+el+mundo, según otros indicadores la cifra asciende al 30%: http://eleconomista.com.mx/tecnociencia/2011/04/04/30-poblacion-mundial-usa-internet . De cualquier modo, se refiere a usuarios fijos, con lo que la gente que accede como internauta disperso es superior. En este enlace de la CIA World Factbook se puede ver un desglose detallado por países, siendo el que más usuarios tiene la China: https://www.cia.gov/library/publications/the-world-factbook/rankorder/2153rank.html

2. Teoría explicada en mi investigación: “Estetización y mistificación de la vida en el sistema publicitario”: http://www.rebelion.org/docs/89506.pdf , en portugués en: http://e-revista.unioeste.br/index.php/temposhistoricos/issue/view/378/showToc .

3. Concepto de Raymond Williams que adquiere mayor significación si cabe del paso de la TV al Internet.

4. Ver por ejemplo: http://www.youtube.com/watch?v=EVBsypHzF3U, http://www.youtube.com/watch?v=e82VE8UtW8A o http://www.youtube.com/watch?v=t4H_Zoh7G5A.

5. Incluida por supuesto, no sólo la crítica a las organizaciones de izquierda, sino a nuestro propio sujeto. La revolución comienza por casa.

jonjuanma@gmail.com

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lunes, 11 de julio de 2011

Rosa Luxemburgo y las luchas revolucionarias

Atilio Boron Punto Final

La nueva crisis general del capitalismo, evidenciada no sólo en la periferia del sistema sino en su propio corazón europeo y norteamericano, torna más urgente que nunca el reexamen de los grandes legados teóricos de la tradición marxista. La bancarrota del neoliberalismo, sostenido apelando a dosis cada vez mayores de violencia, se torna evidente en los “acampes” que conmueven al Estado español, la inesperada “poblada” islandesa (meticulosamente oculta por la prensa del capital), la tenaz resistencia de los griegos (siete huelgas generales en contra del ajuste y el FMI) y la insurgencia de los trabajadores estadounidenses en Wisconsin. Signos estos de una crisis que salta a la vista de todos, pese a las mentiras de las oligarquías mediáticas que engañan, desaniman y desmoralizan a nuestros pueblos.

En Nuestra América, tras la contraofensiva imperialista luego de las múltiples derrotas sufridas en la primera década de este siglo con el derrumbe del ALCA, continúa la heroica sobrevivencia de la revolución cubana, el ascenso del chavismo, los triunfos de Evo Morales y Rafael Correa y el paralelo surgimiento, en el flanco atlántico, de gobiernos calificados de “progresistas” en Argentina, Brasil y Uruguay que, aunque con vacilaciones y ambigüedades y no siempre movidos por las mejores causas, prestaron su colaboración para viabilizar la existencia de proyectos más radicales como los arriba nombrados.

Derrotas infligidas por nuestros pueblos a las que ahora se agrega la incertidumbre provocada por el despertar de las masas del norte de Africa y Medio Oriente y la inesperada reacción de hombres y mujeres del Primer Mundo que, como decía una pancarta en la Puerta del Sol, en Madrid, cayeron en la cuenta de que lo que había no era una crisis sino una estafa.

En este contexto, nada puede ser más necesario que revisar el arsenal donde se guardan las armas de nuestra crítica. Por supuesto, se trata de un rearme teórico, que sólo será efectivo en la medida en que se anude inseparablemente con una praxis transformadora. Una vez más conviene recordar aquellas conocidas sentencias de Lenin cuando decía que “sin teoría revolucionaria no hay praxis revolucionaria”; o que “nada es tan práctico como una buena teoría”; o que “el marxismo no es un dogma sino una guía para la acción”. Una de las grandes victorias ideológicas del capital ha sido convencer a los explotados de todo el mundo que las ideologías han muerto, que sólo importa “lo práctico, lo útil”, confinando la reflexión teórica a las estériles aulas universitarias, cada vez más escindidas de la tragedia que se desenvuelve extramuros.

Despojadas del bagaje teórico del marxismo, fundamento irreemplazable de cualquier crítica a la sociedad capitalista, las clases populares quedan indefensas; podrán dar muestras de abnegación y heroísmo, pero difícilmente derrotar a sus enemigos. Lo ocurrido en Argentina en 2001 es una prueba irrefutable de esta tesis; y existe el peligro de que las grandes victorias populares obtenidas en Egipto y Túnez se evaporen sin dejar rastros a causa del mismo defecto: la ausencia de una buena teoría que guíe el impulso contestatario de las masas, señalando claramente quién es el enemigo, de qué armas dispone, cuál es el terreno de la lucha y cómo se puede hacer para prevalecer en ella.

No hay aquí el menor asomo de “teoreticismo” o escolasticismo. Se trata de una convocatoria a fortalecernos mediante la recuperación de nuestro gran legado teórico, instrumento indispensable e insustituible en la lucha contra la dominación del capital. Es a causa de esto que Fidel llamó a librar la gran batalla de ideas.

Crítica implacable del reformismo

Y es en este terreno, precisamente, donde la herencia teórica de Rosa Luxemburgo (aparte de las enseñanzas ejemplares que nos deja su propia vida) adquiere una extraordinaria actualidad. Rosa fue una crítica implacable del reformismo socialdemócrata y de las maliciosas trampas que tendía a los movimientos populares. Situada en una encrucijada fundamental de la historia del capital -la recuperación, luego de la “Larga Depresión” que se extendió entre 1873, poco después de la derrota de la Comuna de París, hasta casi finales del siglo diecinueve-, Rosa se vio tempranamente involucrada en la polémica sobre el revisionismo, propuesto nada menos que por el albacea testamentario de Friedrich Engels, Edouard Bernstein. En ese extraordinario debate descollaron dos figuras marginales al mundo de la socialdemocracia: Vladimir I. Lenin y Rosa Luxemburgo, ambos procedentes de la periferia europea -uno de la atrasada Rusia, otra de la no menos atrasada Polonia, gran parte de la cual se encontraba bajo el dominio del zar-. Al calor de la polémica uno y otra fueron proyectados al centro de un debate intelectual y político, otrora reservado casi con exclusividad para los intelectuales socialistas de las metrópolis europeas del capitalismo, principalmente Alemania.

Nacidos en 1870 y 1871 respectivamente, y del todo marginales hasta el momento, sus contribuciones habrían de marcar el punto más alto de un debate cuya actualidad no sufrió merma con el paso de los años. Sociológicamente hablando, el protagonismo de Lenin y Rosa señaló la entrada en escena de una nueva generación de intelectuales marxistas. Si Bernstein había sido amigo de Engels; si Bebel y Liebknecht tenían fluidas relaciones con los fundadores del materialismo histórico; si Kautsky también disfrutaba de la confianza de ambos, la abrupta irrupción de Lenin y Rosa, que jamás habían tenido contacto alguno con Marx o Engels, reflejaba, por una parte, la extraordinaria difusión alcanzada por el marxismo en la periferia europea y, por la otra, un salto generacional significativo. Al momento de estallar la polémica, en 1899, ninguno de los dos alcanzaba los treinta años de edad. Luego de su intervención en el “Bernstein Debatte” sus nombres se convertirían en referencia obligada del movimiento socialista internacional.

¿Reforma social o revolución?

El ¿Qué hacer? de Lenin, y ¿Reforma social o revolución? de Rosa, son los escritos en donde se plasman sus críticas frontales contra el revisionismo bernsteiniano(1). Si en el primero de los textos el eje fundamental de la argumentación lo constituye el problema de la organización de las clases y capas explotadas -un problema esencialmente político, por supuesto, y no meramente instrumental o burocrático-, la obra de Rosa incluye un amplio abanico de temas relacionados con el curso del desarrollo capitalista, el papel y los límites de las reformas sociales y la misión del Partido Socialista.

Más allá de algunos lugares comunes -como, por ejemplo, la acusación de “espontaneísmo” contra la revolucionaria polaca, o de “aparatismo” con que se suele (mal)interpretar el libro de Lenin- ambos textos expresan un contrapunto susceptible de conjugarse en una armoniosa síntesis. Tarea tanto más urgente en tiempos como los actuales, cuando una reflexión sobre las perspectivas del socialismo a comienzos del siglo xxi está signada por una temeraria subestimación de la centralidad de la organización (que habilita ensoñaciones como la de “cambiar al mundo sin tomar el poder”) y un no menos temerario desprecio por la teoría, cuando no un sesgo abiertamente antiteórico.

Por eso, al menos en América Latina, las reflexiones actuales sobre el porvenir del socialismo tienen todavía mucho que ver con ambos autores. Con Lenin, por la decisiva importancia de las cuestiones organizativas en la lucha contra una “burguesía imperial” organizada como nunca antes en su historia: contrástese si no, la fría eficacia práctica de Davos con el intrascendente colorido del Foro Social Mundial, que se resiste tercamente a darse una organización global para luchar contra una burguesía globalizada. Con Rosa, por sus aportaciones sobre los límites del reformismo y la necesidad de pensar en “otro” tipo de reformas, que lejos de consolidar al capital (como hicieron los “reformistas” latinoamericanos) preparen el advenimiento del socialismo. O sus reflexiones sobre el surgimiento de la conciencia obrera como producto de la lucha de clases; o acerca de los infranqueables obstáculos que la lógica del capital impone a la democracia y, por ende, la necesidad de construir una democracia socialista porque, según ella, “sin socialismo no hay democracia, y sin democracia no hay socialismo”. ¿Qué podría ser más actual que esta fórmula para develar la miseria de las democracias liberales en América Latina, en realidad, plutocracias disfrazadas de democracia?(2)

Lamentablemente, ambos autores y su densa obra teórica son muy poco conocidos en la actualidad. Por decisivos y cruciales que sean los temas abordados por Rosa, ellos constituyen una parte que sólo cobra pleno sentido cuando se la vincula con la obsesiva preocupación leninista por las cuestiones organizativas, dado que, como Lenin lo recuerda con frecuencia, la única arma con que cuentan las clases subalternas para cambiar este mundo es su propia organización. Por eso, uno de los más graves peligros que enfrenta el movimiento popular en América Latina es caer en la falsa antinomia que opone a Lenin y Rosa. Si las fuerzas de las clases subalternas han de prevalecer en su combate contra el capital, la síntesis de la obra de estos dos grandes revolucionarios constituye un imperativo categórico.

Actualidad de su herencia teórica

Quisiéramos poner fin a esta breve nota planteando la pregunta acerca de la actualidad de la herencia teórica de Rosa. En su penetrante ensayo sobre Rosa, Lelio Basso fustiga el balance final que Karl Kautsky extrae de la obra de la revolucionaria polaca. Este decía que “Rosa Luxemburgo y sus amigos tendrán siempre un puesto de gran relieve en la historia del socialismo; de esta historia ellos personificaron una época, la cual ha llegado al final”. Precisamente lo que sostiene el teórico italiano es lo contrario: sólo ahora, con el fracaso de la socialdemocracia y con la crisis del dogmatismo, se abre verdaderamente el período histórico en el que el método y el pensamiento de Rosa Luxemburgo pueden y deben convertirse en una guía intelectual del movimiento obrero, porque hoy más que nunca es necesaria la síntesis luxemburguiana de lucha cotidiana y objetivo final para combatir tanto el oportunismo como el revisionismo, que han llevado a la mayoría del proletariado occidental a una capitulación y al extremismo seudomarxista, que ignora las mediaciones necesarias y quiere “rápida y absoluta” la revolución total.(3)

En esta misma línea se inscribe una valoración sobre la herencia de Rosa hecha por Néstor Kohan, al decir que en el renovado clima político que se vive en América Latina comienzan nuevamente a discutirse las alternativas al capitalismo y las perspectivas del socialismo, estigmatizadas y dejadas fuera de la agenda de la Izquierda durante largos años. El fracaso del seudoprogresismo -o del “retroprogresismo”, como lo llama Alfredo Grande- de los regímenes de la “centroizquierda” en Argentina, Brasil, Uruguay y Chile, algunos de los cuales, como el chileno, fueron exaltados hasta la saciedad como el “modelo a emular”, porque supuestamente habría exitosamente completado las dos transiciones cruciales: del autoritarismo a la democracia -imitando a la perfección las “virtudes” del Pacto de la Moncloa hoy repudiado en las calles y plazas de toda España-, y desde una economía “estatista y socialista” hacia una de libre mercado. Estos regímenes han desnudado su absoluta incapacidad para crear sociedades más justas y equitativas, ya ni digamos socialistas, porque nunca fue eso lo que sus gobernantes se propusieron. En este nuevo clima ideológico, la reaparición del interés por la obra de Rosa no tiene nada de casual. Y Kohan agrega, con razón: “Cuando ya nadie se acuerda de los viejos pusilánimes de la socialdemocracia, de los jerarcas cínicos del estalinismo, ni de los grandes retóricos tramposos del nacional-populismo, el pensamiento de Rosa Luxemburgo continúa generando polémicas teóricas y enamorando a las nuevas generaciones de militantes”.(4)

Agobiados por un régimen de producción cada día más opresivo, predatorio y explotador, que hace que la revolución sea hoy más necesaria que nunca, el extraordinario libro de Rosa combina una mirada analíticamente penetrante y acerada como pocas con una inclaudicable pasión puesta al servicio de la revolución. Por la relevancia de los problemas que aborda, por el modo como los resuelve, por la sorprendente actualidad de sus análisis sobre la articulación entre capitalismo, reformismo, democracia y revolución, su pequeño gran libro, un legítimo clásico del pensamiento marxista, ofrece una contribución invalorable para las luchas emancipadoras de nuestra época. ¡A no desaprovechar ese formidable recurso que pone en nuestras manos!

(*) Retomo algunos conceptos vertidos en la Introducción a la nueva edición de ¿Reforma social o revolución?, de Rosa Luxemburgo (Buenos Aires, Ediciones Luxemburg, 2010).
(1) El título de la obra de Rosa en diversas traducciones aparece como Reforma o revolución, algunas veces entre signos de interrogación y otras no. Otras traducciones ofrecen Reforma o revolución social. El título exacto es ¿Reforma social o revolución?, traducción del que la autora le puso en alemán: Sozialreform oder Revolution?

(2) Hemos examinado este tema en Aristóteles en Macondo. Notas sobre el fetichismo democrático en América Latina (Córdoba, Ediciones Espartaco, 2009).

(3) Basso, Lelio: Rosa Luxemburgo (México, Nuestro Tiempo, 1977 ), pp. 213-214.

(4) Kohan, Néstor: “Rosa Luxemburg. La flor más roja del socialismo”, en Rebelión, http://www.rebelion.org/docs/17281.pdf, p. 2.

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 737, 8 de julio, 2011)

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El marxismo crítico de Adolfo Sánchez Vázquez

Néstor Kohan Rebelión

[Nota introductoria]

Triste noticia. Se murió don Adolfo. Simplemente, un viejo maravilloso y un compañero entrañable… sencillo, humilde, sin poses ni puestas en escena…

En un comienzo, lo conocimos a la distancia, por sus libros. Luego, personalmente, en su departamento de México DF que era una gigantesca biblioteca. Corrían los primeros años ’90, cuando muchos (ex) «marxólogos» nadaban con la onda del momento y escupían sobre Marx, Sánchez Vázquez seguía remando contra la corriente y contra las modas del momento.

A diferencia de lo que sucede con muchos intelectuales, que es mejor leerlos pero no encontrárselos en vivo y en directo… con Adolfo pasaba algo muy distinto. Una persona muy cálida, amable, suave, siempre aconsejando con sabiduría. Siempre con un libro a la mano. Siempre con la palabra justa. Un viejo realmente muy querible.

Con una coherencia admirable, este militante comunista de la guerra civil y la revolución española de la década del ’30, continuó fiel a sus ideales de juventud en su exilio mexicano —adonde había llegado en 1939— hasta el último día. Un fragmento de historia viviente.

Las líneas que siguen fueron escritas hace algunos años, como presentación y prólogo a una antología que hicimos de sus escritos y publicamos en Argentina con el título Filosofía, praxis y socialismo (Buenos Aires, editorial Tesis 11, 1998). Vayan pues como homenaje a este militante revolucionario y MAESTRO de varias generaciones, de quien todos aprendimos y continuaremos aprendiendo en todos los sentidos. Hago mías las palabras de nuestro amigo Atilio Borón:

¡Hasta la victoria siempre, don Adolfo!

[Fin de nota introductoria]

La euforia terminó. Ha pasado una década desde el bochornoso derrumbe del Muro de Berlín y de la cultura filosófica y política que lo legitimó. El debate resurge. ¿Quién se acuerda hoy del triunfalismo liberal del filósofo-funcionario Francis Fukuyama? ¿Dónde ha quedado arrumbado el metarrelato legitimador del supuesto "fin de la historia"? Las discusiones sobre Marx y su herencia, sobre la revolución -fantasma, topo y espectro- y sobre la emancipación, vuelven a ocupar hoy el centro de la escena filosófica. Hasta Jacques Derrida, padre intelectual del desconstruccionismo, le dedica un libro a Marx y le replica al pragmático estadounidense Richard Rorty: "La emancipación vuelve a ser hoy una vasta cuestión. No tengo tolerancia por aquellos -desconstruccionistas o no- que son irónicos con el gran discurso de la emancipación. Esta actitud siempre me ha preocupado y molestado. No quiero renunciar a este discurso". [i] Nuevamente volvemos a empezar. En ese contexto, entonces, nada más oportuno que releer a Adolfo Sánchez Vázquez (1915). Su obra representa para nosotros, marxistas argentinos de algunas generaciones posteriores, el despertar -en palabras de Kant- del sueño dogmático, la quiebra de esa "envoltura ontologizante" que había petrificado mundialmente la filosofía del marxismo tras el congelamiento de la revolución bolchevique en los años 30.

Hay silencios y ausencias que resultan sintomáticos. ¿Por qué hasta ahora no se lo había editado ni leído sistemáticamente en la Argentina? La razón principal consiste en que en la izquierda tradicional predominaron los rudimentarios manuales escolásticos del diamat y el hismat ( materialismo dialéctico e histórico en versión soviética), así como los de factura althusseriana de Marta Harnecker. Hubo excepciones, sí, pero nunca llegaron a predominar. No podemos soslayar que a pesar de todo eso existieron recepciones fragmentarias y marginales de Sánchez Vázquez en revistas como Nuevos Aires en la década del 70 o Praxis en la del 80. [ii] Pero más allá de estos casos aislados, el gran obstáculo para su difusión en nuestro país fue sin duda tanto la antigua hegemonía del stalinismo político como la cerrazón doctrinaria de la academia universitaria local, reacia a cualquier corriente que osara cuestionar o remover su dirección sofocante y dogmática.

Ahora bien, este injusto silencio argentino sobre la obra de Sánchez Vázquez no fue el único. Por ejemplo Perry Anderson, a pesar de su erudición enciclopédica y de su característica rigurosidad (rayana en la obsesividad, sin duda imprescindible para cualquier investigador serio), inexplicablemente no lo menciona ni en Consideraciones sobre el marxismo occidental [1976] ni tampoco en Tras las huellas del materialismo histórico [ 1983] [iii] , sus dos principales reconstrucciones del itinerario de Marx en el pensamiento occidental. Y eso que podría haber tomado en cuenta que Sánchez Vázquez es español de origen y que participó en la guerra civil española (aunque su obra filosófica se haya desarrollado en su exilio de México). Esa sorprendente e injustificada ausencia fue parcialmente remediada por Michael Löwy quien, si bien tampoco lo incluyó en su antología El marxismo en América latina (1980) -porque esta obra no estaba centrada en la filosofía sino en el debate sobre el carácter de la revolución latinoamericana- sí lo reconoce en 1985 junto a Lukács, Bloch y Benjamin como uno de los principales pensadores que supo poner en el centro del marxismo tanto la negatividad de la praxis anticapitalista como el sueño revolucionario del futuro sin el cual no existiría ninguna lucha presente. [iv]

Creemos que aquel silencio de Anderson resulta injustificado porque precisamente la obra de Sánchez Vázquez se sitúa en el centro mismo del marxismo occidental. No sólo porque fue el introductor al castellano -en la colección Teoría y Praxis de editorial Grijalbo que él dirigió- de marxistas "heréticos" e indigeribles para el stalinismo como Mihailo Markovic y Gajo Petrovic, agrupados en torno de la revista yugoslava Praxis o también de los pensadores checos Jindrich Zeleny y Karel Kosik, sino además por la tonalidad de sus propias tesis reunidas en su Filosofía de la praxis (1967). [v] La diferencia, en todo caso. de Sánchez Vázquez con el marxismo occidental europeo reside en que este último se constituyó en sus principales coordenadas teóricas y culturales a partir de una derrota (insurrecciones consejistas en Alemania, Hungría e Italia) y un aislamiento (Rusia bolchevique), mientras que el marxismo humanista de Sánchez Vázquez se estructuró a partir de la victoria de la Revolución Cubana y el espíritu continental de ofensiva política y teórica que ésta imprimió al pensamiento anticapitalista latinoamericano.

Filosofía de la praxis, que prolonga filosóficamente Las ideas estéticas de Marx (1965) y algunos artículos sobre los Manuscritos de 1844 aparecidos inicialmente en Cuba durante los primeros 60, marca entonces un quiebre en toda su trayectoria intelectual. A partir de la Revolución Cubana, de la invasión soviética a Checoslovaquia y de los ecos occidentales del informe Jruchov sobre los crímenes de Stalin, Sánchez Vázquez termina en ella de cortar definitivamente amarras con la cultura política y filosófica -que él compartía cuando trabajaba en la universidad junto al lógico Elí de Gortari- proveniente de la Unión Soviética. No ahora..., a fines de los 90, cuando resulta relativamente fácil someter a crítica aquella constelación ideológica, sino más de dos décadas antes de la caída del Muro.

Escrita en polémica abierta con la socialdemocracia y con el stalinismo, Filosofía de la praxis ubica la categoría de "praxis" como el núcleo medular, como el carozo esencial de la filosofía de Marx. Aun con ciertas tensiones a la hora de comprender el orden lógico-estructural de las leyes históricas que explica El capital (Sánchez Vázquez termina afirmando allí que esas leyes estructurales del modo de producción capitalista no son más que leyes y tendencias de la praxis), esta obra le devuelve al marxismo su frescura vital.

Desde esa perspectiva, critica al mismo tiempo las versiones que se autoproclamaban "ortodoxas" en nombre de la metafísica materialista, del determinismo y desde el cientificismo. Si el marxismo es, como postula Sánchez Vázquez, una teoría de la revolución y una filosofía de la praxis, entonces se desdibujan inmediatamente la ontología cosmológica (diamat soviético), la policía epistemológica (escuela de Althusser) y la continuidad lineal entre el empirismo de Galileo Galilei y Marx (escuela de Della Volpe y Coletti). Sólo desde este ángulo pueden articularse y conjugar sin abandonar ninguna, dirá nuestro autor, las distintas dimensiones del pensamiento de Marx: el conocimiento, la crítica y el proyecto transformador.

De este modo, por un camino propio y a partir de debates específicos, Sánchez Vázquez termina coincidiendo con las conclusiones de los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci -sobre todo con el cuaderno undécimo de crítica a Bujarín- y con los yugoslavos del grupo Praxis, a los que conocerá más tarde.

A partir de esta constatación, si hubiera que clasificar su obra –algo siempre incómodo y esquemático, por cierto- no podríamos dejar de incluirlo en aquel "izquierdismo teórico", humanista e historicista, tan vituperado por Althusser. [vi] En otro contexto y con otros debates de por medio, su obra prolonga la radicalidad totalizante del joven Lukács, de Korsch y en algunos aspectos también de Benjamin.

Esta lectura "izquierdista" que articuló en su Filosofía de la praxis tuvo ecos claramente identificables en el movimiento estudiantil mexicano que participó de las rebeliones de 1968 y que fue impunemente masacrado -una metodología que también se implemento en nuestro país- en la noche de Tlatelolco. También el diablo mostró su cola entre la militancia de izquierda encarcelada por aquellos años en la cárcel mexicana de Lecumberri. Años en los que, paralelamente a las heréticas tesis praxiológicas de Sánchez Vázquez, la difusión de Althusser en México comenzaba a cosechar sus primeros discípulos (A. Hijar, César Gálvez, Carlos Pereyra, entre otros, algunos de ellos alumnos de Sánchez Vázquez, como es el caso de Pereyra).

Atendiendo a ese particular clima filosófico que se iba gestando, años más tarde, en Filosofía y economía en el Joven Marx (1978) y en Ciencia y revolución, el marxismo de Althusser (1982) Sánchez Vázquez no perderá la ocasión de volver a la carga con sus críticas demoledoras. Si en el primero de estos dos trabajos desnuda todos los puntos ciegos del "humanismo" especulativo -desde Rodolfo Mondolfo a Erich Fromm, pasando por Herbert Marcuse, Maximilien Rubel, Fierre Bigo e Ivez Calvez-, en el segundo se ensaña impiadosamente con la otra gran tradición que hizo pie en la intelectualidad de México, epistemológicamente crítica de los soviéticos pero no menos dogmática, el althusserianismo. El envío de su libro Ciencia y revolución a uno de los discípulos franceses de Althusser (cuando éste ya estaba internado en la clínica psiquiátrica) motiva un sugerente intercambio teórico con Etienne Balibar, uno de los coautores de Lire le Capital (Para leer "El capital").

Esa fuerte diatriba antialthusseriana que atraviesa gran parte de la reflexión humanista y praxiológica de Sánchez Vázquez motiva en 1980 la crítica de un joven y desconocido estudiante mexicano de filosofía, por entonces seducido por la ampulosa prosa de Althusser y también de Foucault. Dirigido académicamente por Cesáreo Morales -a su vez discípulo de Sánchez Vázquez, luego althusseriano y hoy dirigente del oficialista pri ( Partido de la Revolución Institucional)-, este joven e irreverente estudiante titula su tesis de licenciatura "Filosofía y educación. Prácticas discursivas y prácticas ideológicas. Sujeto y cambio históricos en libros de texto oficiales para la educación primaria en México". En ella le dedica justamente una dura crítica al "humanismo teórico" y a "la filosofía de la praxis". Ese estudiante era nada menos que el futuro líder zapatista hoy conocido mundialmente como el subcomandante insurgente Marcos [vii] , quien en una polémica con Adolfo Gilly en 1994 seguía reivindicando parcialmente la epistemología de Althusser. [viii]

Si tuviéramos que enumerar, acordaríamos fácilmente en que Filosofía de la praxis; Filosofía y economía en el joven Marx-, el estudio previo de 1971 (editado recién en 1974) a los Cuadernos de París (las notas de lectura de Marx de 1844 anteriores a los célebres Manuscritos económico-filosóficos de París), Ética (1969, donde Sánchez Vázquez comienza a criticar las posiciones del marxismo analítico, tarea que prolongará años más tarde), Las ideas estéticas de Marx, los dos imponentes volúmenes Estética y marxismo (1970); Ciencia y revolución y Del socialismo científico al socialismo utópico (1975) constituyen probablemente sus principales libros. Una producción más que prolífica. [ix]

De toda esta inmensa obra creemos necesario focalizar la mirada en dos de sus últimos textos: Filosofía, praxis y socialismo y De Marx al marxismo en América latina. En estas dos recopilaciones emerge en primer plano la crítica del europeísmo y el rescate del marxismo latinoamericano de Mariátegui y el Che Guevara -que no equivale al marxismo "importado en América latina", como alertaba con justeza Pancho Aricó-. Un marxismo silenciado que no encajaba en los pétreos moldes de la otrora "ortodoxia" oficial.

En el horizonte de esa herencia disruptiva se inscribe su reivindicación del Che, no limitada al mero símbolo-afiche-imagen con el que el mercado y sus industrias culturales hegemónicas pretendieron neutralizarlo durante 1997, a treinta años de su asesinato. Por el contrario, la revalorización del Che que realiza Sánchez Vázquez incursiona en las vetas menos conocidas de su pensamiento más profundo, como pensador de la praxis e incluso estéticamente como crítico del realismo socialista. Una reivindicación que tampoco es tardía sino que ya estaba presente en su obra en aquellos fogosos y esperanzados años 60, en los cuales Sánchez Vázquez sentenciaba con no poca razón que el trabajo de Guevara "El socialismo y el hombre en Cuba" era "una de las aportaciones teóricas más valiosas que pueden encontrarse sobre la concepción marxista del ser humano". [x]

Nada más lejos entonces de la casualidad el hecho de que si para Althusser resultaba condenable el "izquierdismo teórico", humanista e historicista del Che, para la filosofía de la praxis de Sánchez Vázquez ese mismo humanismo anticapitalista daba justa y certeramente en el blanco.

En cuanto a Mariátegui, "primer marxista de América" (Antonio Melis dixit), Sánchez Vázquez recupera lo más filoso de su herejía, opacada en América latina durante los años oscuros del stalinismo y resurgida con ímpetu durante los mejores momentos de la Revolución Cubana. Herejía que planteó ya en los 20 un "marxismo contaminado", es decir, no un amurallamiento teórico sino un diálogo permanente y fructífero con otras tradiciones -F. Nietzsche, G. Sorel, H. Bergson, entre otros- de filosofía. Meritorio rescate del amauta a pesar de que Sánchez Vázquez no se formó inicialmente con él (sus primeras lecturas y contactos teóricos con el autor de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana probablemente se hayan originado en una recomendación de César Falcón, amigo y compañero de Mariátegui).

También se destaca en estos últimos libros la aguda e impostergable critica del autodenominado "socialismo real". Pero nuevamente no post festum, al estilo de muchos dogmáticos recalcitrantes que "descubrieron" los crímenes stalinistas, la falta total de democracia y las deformaciones burocráticas de los regímenes euroorientales después de desaparecida la urss, volcándose graciosa y elegantemente en los seductores brazos de la socialdemocracia europea. La crítica de Sánchez Vázquez fue formulada cuando la urss estaba todavía de pie y el dogma gozaba aún de buena salud. [xi] Y si bien es verdad que en alguno de sus escritos posteriores su cuestionamiento se extiende e incluye también a Lenin y a Trotsky -probablemente su tesis más discutible desde nuestro punto de vista-, el grueso de su artillería está apuntada al blanco stalinista.

Finalmente, en estas reflexiones de madurez emerge una puesta entre paréntesis tanto del marxismo dieciochesco, ilustrado, cientificista y claramente deudor de la modernidad, como del pensamiento débil posmoderno. Las coordenadas actuales de una crítica radical de la modernidad presuponen también una crítica del posmodernismo (no quizá como descripción de una sensibilidad epocal sino en tanto ideología que prescribe la muerte de todo proyecto emancipatorio). La reconstrucción de un marxismo abierto y no dogmático de cara al siglo xxi se juega en ese doble, frágil y al mismo tiempo apasionante desafío.

Por todas estas razones consideramos que su verbo y su pedagogía centrada en la difusión de un marxismo crítico es la mejor garantía de que el hilo de continuidad del pensamiento revolucionario latinoamericano no se corte.

Una tradición, pensaba Gramsci, se construye y se sostiene con la continuidad de los cuadros culturales e intelectuales. La vitalidad reflexiva que mantiene Adolfo Sánchez Vázquez en estos múltiples ensayos a sus más de ochenta años constituye seguramente el mejor reaseguro de que la llama no se extinga, de que el fuego no se apague en esta época de vientos fuertes, de tormentas conservadoras mundializadas, de pensamiento débil y moral flácida.

Esa obra que todavía merece ser largamente repensada y revalorada en su conjunto (incluyendo tanto los libros sistemáticos como sus pronunciamientos coyunturales y ensayos políticos) representa sin duda el mayor aliento intelectual de aquel marxismo que sufrió y combatió en la revolución española, la última ola de la ofensiva anticapitalista que se abre en octubre de 1917, asiste a la tragedia de los levantamientos italianos, alemanes y húngaros de los años 20 y culmina trágicamente en los 30 en España. Un marxismo que al mismo tiempo, por esas vicisitudes aleatorias de la historia, se engarza -exilio mexicano mediante- con la ofensiva que en nuestra América abre la Revolución Cubana.

Sánchez Vázquez se convierte de este modo en uno de los principales goznes, en una de las imprescindibles bisagras intelectuales y morales que mantienen la continuidad entre aquel fulgurante e incandescente marxismo europeo de los años 20 y primeros 30 -luego pisoteado, apagado y aprisionado mundialmente por la cerrazón stalinista- y ese nuevo e irreverente marxismo latinoamericano que se abre a partir de la década del 60 y continúa hasta hoy.

Su vida y su obra cabalgan entre estas dos olas, entre estas dos ofensivas por tomar ese cielo, que tan porfiadamente resiste nuestros asaltos. Vivió, gozó y sufrió ambas esperanzas. Y como tal las lega, con la lucidez y la agudeza de sus escritos y sus análisis, a las nuevas generaciones que continuarán —continuaremos— esa lucha en el nuevo siglo. En la Argentina y en México, en América Latina, en Europa y en todo el mundo.
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[i] Véase el debate entre R. Rorty y J. Derrida (que tuvo lugar en París durante 1993) en Simón Critchley, R. Rorty, J. Derrida et al; Desconstrucción y pragmatismo, Buenos Aires, Paidós, 1998.

[ii] En su primer número Nuevos Aires (i, 1, junio-agosto de 1970, pp. 3-6) reprodujo "Vanguardia artística y vanguardia política” de Sánchez Vázquez. Una década después, en 1984, Praxis ( i, 2, pp. 151-152) reprodujo "El joven Marx y la filosofía especulativa". En números posteriores insistió nuevamente con este filósofo publicando su "Marx y la democracia". Cabe agregar que Sánchez Vázquez tradujo dos tomos -uno de ellos en colaboración con Wenceslao Roces- de las Obras completas de Lenin que la editorial Cartago de Buenos Aires publicó a inicios de los 60.

[iii] Véase Perry Anderson: Consideraciones sobre el marxismo occidental [1976]. México, Siglo XXI, 1990 y Tras las huellas del materialismo histórico [1983]. México, Siglo XXI, 1988.

[iv] Véase Michael Löwy, "Marxismo y utopía", en Praxis y filosofía. Ensayos en homenaje a Sánchez Vázquez, México, Grijalbo, 1985, pp. 387-395.

[v] En la colección Teoría y Praxis, que incluyó más de cuarenta volúmenes, Sánchez Vázquez también editó a V.I. Lenin, L. Trotsky, A. Lunatcharsky, E.B. Pashukanis, E. Preobrajenski, N. Bujarín, L. Goldmann, R. Rossanda, P. Naville, H. Lefebvre, M. Löwy, C. Colliot-Thélene, A. Schaff, U. Cerroni, L. Coletti, L. Althusser y B. Brecht, entre muchos otros.

[vi] Al hacer la enumeración de las corrientes y autores izquierdistas que habrían "recaído" en el humanismo y el historicismo, Althusser incluía -sin mencionar a Sánchez Vázquez- a: a) Rosa Luxemburg y Franz Mehring: b) Bogdanov y el Proletkult ("cultura proletaria"); c) György Lukács y Karl Korsch; d) "la oposición obrera" (es decir, la corriente de León Trotsky); e) Antonio Gramsci y, finalmente, f) "los pueblos del Tercer Mundo" que realizan "combates políticos verdaderamente revolucionarios para conquistar y defender su independencia política y comprometerse en la vía socialista" (es decir, Cuba y el Che Guevara). Véase Louis Althusser: Para leer «El Capital» [Lire le Capital, 1965]. México, Siglo XXI, 1988. , "El marxismo no es un historicismo", p. 153.

[vii] Véase Rafael Sebastián Guillén Vicente, "Filosofía y educación. Prácticas discursivas y prácticas ideológicas. Sujeto y cambio históricos en libros de texto oficiales para la educación primaria en México", UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, 1980. La velada referencia crítica a Sánchez Vázquez -sin mencionarlo con nombre y apellido-, en pp. 17-18.

[viii] Véase Adolfo Gilly, Subcomandante Marcos, Carlo Ginzburg, Discusión sobre la historia México, Taurus, 1995. La carta de Marcos, en pp. 15-22; la referencia elíptica a la epistemología "materialista" de Althusser, en p. 17.

[ix] A esta larga enumeración de obras, cuya amplitud expresa la perduración sistemática a lo largo de décadas de un mismo esfuerzo de reflexión filosófica por parte de Sánchez Vázquez habría que agregarle los últimos títulos que en los amargos años 90 -cuando muchos otros antiguos partidarios del marxismo se golpeaban el pecho abjurando de sus "pecados de juventud" y renegaban públicamente de esta tradición teórico-política- produjo este pensador. Entre ellos destacamos Invitación a la estética (1992); Los trabajos y los días (semblanzas y entrevistas: 1995); Cuestiones estéticas y artísticas contemporá neas (1996): Filosofía y circunstancia (l997); Filosofía, praxis y socialismo (1998: antología prologada por nosotros) : De Marx al marxismo en América latina (1999) y Entre la realidad y la utopía (1999). Desde un ángulo "macro" advertimos que la problemática estética -disciplina que inicialmente marcó en su obra la crisis del materialismo dialéctico y su pasaje a la filosofía de la praxis- vuelve en sus últimos libros a ocupar el eje de reflexión (como también lo ocupó en otros pensadores del marxismo occidental) . Junto a la estética, Sánchez Vázquez actualmente [ 1998] está preparando un nuevo volumen sobre ética y marxismo.

[x] Véase Adolfo Sánchez Vázquez, "El socialismo y el Che", en Casa de las Américas, 46, La Habana, octubre de 1967.

[xi] En un encuentro organizado en Caracas durante mayo de 1981, Sánchez Vázquez somete duramente a crítica a la URSS. Allí enjuicia públicamente los privilegios burocráticos, la inexistencia de una auténtica democracia socialista, la existencia de un Estado cada vez más reforzado y autonomizado y el predominio del productivismo por sobre los valores humanistas. Véase "Ideal socialista y socialismo real", publicado luego por En Teoría, 7, julio-septiembre de 1981, pp. 59-78; recopilado posteriormente en Entre la realidad y la utopía, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, pp. 165-182.

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Replanteos marxistas del Imperialismo


Claudio Katz Rebelión

Las discusiones marxistas contemporáneas sobre el imperialismo parten del enfoque de Lenin y jerarquizan el estudio de las tendencias económicas del capitalismo. Se le asigna a estos procesos un papel determinante en la dinámica imperial. Los autores que postulan la validez de la visión leninista resaltan su actualidad. Destacan la preeminencia de los monopolios, la hegemonía rentista del capital financiero y la existencia de un bloqueo al progreso técnico que generaliza el estancamiento.

LA CENTRALIDAD DE LA COMPETENCIA

Lenin identificaba el dominio de los monopolios con el control de los precios, a través de concertaciones entre grandes empresas. Coincidía con Bujarin en estimar que la competencia había perdido relevancia a escala nacional y sólo regía plenamente en el plano mundial [3] .

Este diagnóstico remarcaba el agotamiento de la libre competencia y la consiguiente disolución de la concurrencia plena. Consideraba que las empresas ya no rivalizaban entre sí para reducir costos, ampliar mercados y aumentar los beneficios.

Luego de un intenso debate en la entre-guerra, esta concepción fue reformulada en los años 50 por varios teóricos keynesianos. Ilustraron cómo los oligopolios ajustaban las cantidades producidas (en lugar de alterar los precios), para asegurar la continuidad de altas tasas de ganancia (Steindl). Estimaron que este comportamiento conducía a la sistemática sub-utilización de la capacidad instalada (Kalecki) y remarcaron los efectos nocivos de esa “competencia imperfecta” sobre el nivel de crecimiento (Joan Robinson). Consideraban que la fijación concertada de los “precios de exclusión” generalizaba el estancamiento e imponía fuertes barreras de entrada a la actividad de los rivales (Sylos Labini) [4] .

Una corriente de teóricos marxistas (Sweezy, Baran) reivindicó este enfoque, describiendo como las corporaciones se repartían los mercados, creando situaciones de sub-inversión y sobre-capacidad permanente de las plantas. Los discípulos de esta escuela (Foster, Chesney) resaltan el peso dominante de los monopolios bajo el neoliberalismo y otros autores (Vasapollo), utilizan el mismo criterio para evaluar las tendencias del capitalismo contemporáneo [5] .

Estas miradas subrayan acertadamente los impactos generados por el incremento de la escala productiva. El desarrollo del capitalismo agigantó la dimensión de las firmas y la mundialización actual incentiva un salto en la envergadura de los colosos que operan a nivel global.

Pero este incremento del tamaño no es sinónimo de control monopólico, ni de supresión de la competencia. El capitalismo recrea la concurrencia y el oligopolio en forma complementaria y mediante reciclajes recíprocos. En los momentos de mayor rivalidad ciertas empresas introducen formas transitorias de supremacía, que no pueden conservar ante el resurgimiento de las batallas competitivas. Esta dinámica es constitutiva del capitalismo y perdurará mientras subsista a este régimen social.

El capitalismo no podría sobrevivir a la erradicación completa de la competencia, puesto que en ese escenario desaparecerían las normas mercantiles y quedaría regulada la asignación de los recursos. En el proceso de la acumulación, la rivalidad siempre genera nuevos gigantes que compiten entre sí. Lo que cambia en cada etapa del sistema es la modalidad de esta combinación.

La trayectoria del capitalismo no ha seguido una curva idílica desde prosperidades competitivas hasta nocivas concertaciones. Esta imagen romántica, olvida la enorme gravitación que tuvieron los monopolios en el debut de la acumulación. Por otra parte, la pugna contemporánea entre poderosos oligopolios, no difiere cualitativamente de las viejas rivalidades entre pequeñas compañías. Los principios que regulan ambas confrontaciones son muy semejantes.

Los acuerdos entre empresas para distribuirse los negocios son frecuentes. Pero estos arreglos siempre quedan socavados por violaciones internas o por la aparición de otro concurrente.

Este comportamiento rige en los mercados nacionales y mundiales. La suspensión de la concurrencia en el primer terreno e intensificación en el segundo (que describieron Lenin y Bujarín) fue un rasgo coyuntural, que no perduró como tendencia del capitalismo. Existe una discusión historiográfica sobre el acierto o error de esa evaluación a principio del siglo XX, pero la continuidad posterior de la competencia es un dato incontrovertible.

Los teóricos keynesianos de posguerra presentaban equivocadamente la desaparición (o debilitamiento) de este rasgo, como un defecto del capitalismo monopolista, frente a las ventajas de la “concurrencia perfecta” del pasado. Como localizaban los defectos del sistema en las falencias del mercado (y no en las contradicciones de la acumulación), convocaban a recuperar la vitalidad del capitalismo, introduciendo reglas de protección de la competencia. Desconocieron que esa concurrencia perduraba y que su eventual intensificación, sólo acentuaría la inestabilidad crónica del sistema.

Los marxistas que compartieron ese diagnóstico tendieron a prestar más atención a los acontecimientos secundarios de la esfera circulatoria, que a los procesos determinantes de la actividad productiva. También olvidaron que los cambios de precios son el principal instrumento que tienen los capitalistas para desenvolver su actividad. Sólo mediante aumentos y rebajas de esas cotizaciones, los empresarios pueden actuar en el mercado, ofreciendo nuevos productos en función de los costos de fabricación y obteniendo mayores ganancias en las disputas con sus concurrentes.

PERDURABILIDAD DE LA LEY DEL VALOR

La tesis de total control monopólico fue acertadamente objetada por varios autores marxista en los años 70 (Shaik, Clifton, Weeks, Semmler). Estos críticos restauraron la centralidad analítica de la rivalidad mercantil.

En sus cuestionamientos aceptaron la existencia de mayores obstáculos a la caída de los precios, pero atribuyeron estas barreras a la existencia de transformaciones económicas (mayor peso de la deuda pública) y cambios político-sociales (limitaciones a la reducción nominal de los salarios por la gravitación de los trabajadores). Estos rasgos limitan el vaivén de los precios, pero no anulan la preeminencia de la competencia. Este mecanismo continúa actuando a través de ajustes relativos, dentro de una dinámica más inflacionaria [6] .

El neoliberalismo revirtió parcialmente ese cuadro de ascenso generalizado de precios e introdujo un entorno de mayores vaivenes, junto a cierta reaparición de las tendencias deflacionarias. Este curso refutó adicionalmente, muchos supuestos de los teóricos del capital monopolista.

También la mundialización incentivó la pugna competitiva. Hay traslados de fábricas a las regiones que ofrecen salarios bajos, se recalientan las batallas por el control de las materias primas y se afianzan las rivalidades financieras por colocar préstamos o acaparar los negocios de alto riesgo. Esta renovada competencia de costos es ilustrada por numerosas descripciones periodísticas del “darwinismo mercantil” y la “competencia por la supervivencia” que impera entre las empresas.

La transferencia de actividades fabriles hacia el continente asiático y la reorganización de la división internacional del trabajo son nítidos indicadores de la continuada rivalidad de precios. Estas batallas desembocaron en las crisis itinerantes de las últimas décadas. La competencia fabril genera excedentes, la concurrencia financiera multiplica los capitales sobrantes y la pugna por acaparar negocios precipita desproporcionalidades sectoriales. Estas tensiones irrumpen por el carácter inviable que tiene la manipulación oligopólica de los precios.

Al considerar que el capitalismo ha quedado sometido a reglas arbitrarias de manipulación de los precios, los teóricos del capital monopolista modifican la interpretación que postuló Marx, para explicar la fijación de esas cotizaciones. El pensador alemán consideraba que ese proceso estaba objetivamente regulado por normas de costos, productividad y exacción de plusvalía, que guían la valorización del capital.

Marx estimaba que ese desenvolvimiento estaba regido por una ley de valor, que determinaba la distribución del trabajo social en las distintas ramas de la economía, en función de las expectativas de beneficio. Esa regulación definía a su vez el nivel de los precios, de acuerdo al trabajo socialmente necesario para la producción de las diversas mercancías. La propia marcha de la acumulación ajustaba finalmente esas cotizaciones, a través de una sucesión de periódicos desequilibrios, que intercalaban la prosperidad con la crisis.

La teoría del capital monopolista sustituye este principio por otras normas, que explican la fijación de los precios por relaciones sociales de fuerza (poder de cada corporación para imponer sus exigencias) o por gravitaciones institucionales (intervención del estado para favorecer a uno u otro grupo). El poder de los monopolios es derivado de esas influencias, con criterios que se alejan del análisis marxista objetivo de la acumulación.

Se podría argumentar que la preeminencia de las grandes corporaciones afecta al propio desenvolvimiento de la ley del valor, al concentrar el poder económico en grupos reducidos. Pero esta transformación tampoco implica una preeminencia de manipulaciones monopólicas. Lo que está en juego es la distribución de plus-ganancias entre actores capitalistas, que sólo pueden disputar la captura estable de esos beneficios, mediante reducciones de costos o incrementos de la productividad. La batalla por esos lucros no sigue un curso contingente de astucias monopólicas. Obedece a los parámetros que impone la ley del valor, a la reproducción capitalista.

Este mismo principio ha extendido su alcance bajo la mundialización neoliberal, con la regionalización o internacionalización de muchos precios estratégicos de la economía. Junto al incremento de los movimientos de capital, la reducción de las barreras aduaneras y la implantación de las empresas transnacionales, los mercados internos son penetrados por competidores foráneos y la autonomía de cada estado (para fijar tasas de interés, manejar la moneda y modificar gravámenes) se reduce significativamente. Este cambio se refleja a su vez en los precios, que sufren mayor impacto de la competencia mundial.

En esta producción más globalizada, una porción significativa de la actividad económica se desenvuelve dentro del propio espacio de las transnacionales. Las filiales localizadas en distintos puntos del planeta utilizan precios de transferencia, que las gerencias administran en función de sus propios cálculos de rentabilidad. Pero tampoco estas cotizaciones son arbitrarias, ni provienen de maniobras concertadas entre grandes grupos. Las empresas continúan compitiendo a una escala más global y los resultados de esta concurrencia se expresan en una fijación de los precios, dependiente de la dinámica del valor.

¿HEGEMONÍA DEL CAPITAL FINANCIERO?

La teoría de Lenin postula la preeminencia del capital financiero, a medida que los bancos controlan las operaciones comerciales e industriales y asumen la dirección de las grandes empresas. Se supone que también manejan los paquetes accionarios, la emisión de valores y la especulación inmobiliaria.

Esta concepción surgió del retrato que presentó Hilferding de la fusión que realizaron los bancos alemanes con la industria, a través de las sociedades anónimas y la digitación del crédito. También se basó en la descripción de Hobson de las altas finanzas inglesas, como estructuras receptoras de los dividendos aportados por el crédito externo [7] .

Esta visión fue muy discutida en su época y enfrentó cuestionamientos marxistas al concluir la entre-guerra. Algunos autores que postularon la existencia de una secuencia histórica inversa del poderío inicial y debilitamiento posterior de los financistas. D estacaron que la dominación de los bancos rigió tan sólo en las primeras fases de acumulación, cuándo la industria necesitaba obtener capitales para emprender un desarrollo acelerado. Una vez concluido ese despegue los empresarios recuperaron independencia y se sustrajeron de cualquier sujeción a los banqueros [8] .

La teoría de la supremacía financiera perdió seguidores en la posguerra, en la medida que el boom económico estuvo signado una prosperidad comandada por la industria. El florecimiento de este sector fue tan evidente, como el rol complementario jugado por los banqueros, durante el período de explosión de productividad y el consumo.

Este giro condujo a cuestionar la caracterización del imperialismo como una etapa de hegemonía financiera. Algunos autores estimaron que Lenin generalizó en forma incorrecta la descripción presentada por Hilferding para el caso particular de Alemania. Como en ese país el capitalismo se erigió en forma tardía fue necesaria una fusión forzada desde el estado entre los banqueros y los industriales, para acelerar el proceso de acumulación.

Pero esa amalgama no se extendió a otras economías. La gravitación lograda por los banqueros ingleses no era tan absoluta y en todo caso correspondió a un período peculiar de un imperio en declive. En las potencias ascendentes -como Estados Unidos- se observaba un nítido predominio del sector productivo junto a la ausencia de fusión con los bancos . Otros analistas objetaron también la extrapolación del caso alemán, d estacando la inexistencia de una preeminencia perdurable de los banqueros, frente a los protagonistas de la acumulación [9] .

Pero el debate recobró intensidad en los últimos veinte años, ante la significativa gravitación financiera que acompañó al neoliberalismo. Este modelo introdujo drásticas transformaciones regresivas, bajo el comando de los bancos. Con esa dirección se impuso una ofensiva del capital sobre el trabajo, asentada en las exigencias impuestas a todas las empresas por los acreedores y los prestamistas. Los financistas volvieron a ocupar el mando de una armada burguesa que atropelló los sindicatos, redujo los salarios y potenció la informalidad laboral.

Los autores que remarcan esta función clave ubican el surgimiento del neoliberalismo en un golpe financiero, que determinó el ascenso de las tasas de interés (Paul Volcker en 1979-82). Esa acción otorgó a los banqueros un rol director de la arremetida patronal e introdujo una nueva pauta de disciplina regresiva en todas las actividades económicas [10] .

Este período inauguró una etapa signada por el protagonismo financiero de Nueva York, la proliferación de operaciones de alto riesgo y la expansión de los bancos de inversión y los fondos de pensión. Los circuitos financieros se internacionalizaron y se afianzó un nuevo rol global de los banqueros en la administración del riesgo, con los nuevos instrumentos de la titularización y los derivados.

Este papel determinante de los banqueros quedó confirmado en la crisis reciente. Los estallidos irrumpieron en la esfera financiera y se procesaron mediante monumentales rescates de las entidades a cuenta del estado. Esta socialización de pérdidas se llevó a cabo por mandato directo de la elite financiera.

Pero la renovada gravitación de los financistas presenta fechas de inicio y objetivos muy precisos. No ha sido un proceso continuado desde principios del siglo XX, sino un fenómeno específico de las últimas dos décadas, determinado por la función que cumple la banca en la ofensiva del capital. Este liderazgo sucedió a la supremacía industrial de posguerra y confirmó el carácter cambiante de los sectores que ejercen el comando de la acumulación capitalista .

Ninguna cronología (o razonamiento) justifica la existencia de un despotismo permanente de los financistas. Esa creencia presupone que el desenvolvimiento del capitalismo se ha mantenido invariable desde el comienzo del siglo XX

La “financiarización” reciente no constituye, además, un proceso que favorece exclusivamente a los banqueros. Ha sido un instrumento de todos los capitalistas para recuperar la tasa de ganancia, mediante generalizados aumentos de la explotación. En este campo se localiza la extracción de plusvalía que sostiene al sistema. La hegemonía de las finanzas puede interpretarse a lo sumo, como un aspecto de la reestructuración neoliberal, pero no como un dato estructural del capitalismo.

La etapa reciente de ascenso de los financistas ha empalmado, además, con un avance de la mundialización, que modifica las viejas formas del accionar bancario. Se ha consumado una expansión de empresas transnacionales, que mixturan distintas formas de capital y propician más la asociación que la dominación financiera.

En muchas áreas se diluyeron las fronteras que separaban a los industriales de los banqueros, puesto que numerosos conglomerados operan indistintamente como compañías financieras y productivas. En estas organizaciones los banqueros no actúan como simples succionadores de un lucro ajeno.

Los financistas participan de todo el dispositivo de la acumulación, mediante la canalización de los préstamos hacia los negocios más rentables. Al observarlos como meros penalizadores del resto de la economía -e identificarlos con la simple absorción del beneficio- se desconoce el estratégico rol que juegan en la generación de esas ganancias .

CAPITAL RENTISTA

La sustitución de conductas favorables a la acumulación por actitudes rentistas es otro aspecto de la tesis leninista, que retoman muchos seguidores de ese enfoque. Esta mutación fue atribuida por el líder bolchevique a una preeminencia del capital financiero, que disminuye las inclinaciones productivas de la burguesía y potencia el parasitismo de los banqueros.

Esta caracterización es actualizada por los autores que subrayan la presencia de los “capitales que hacen dinero con dinero”. Mediante este manejo conquistan posiciones e imponen sus exigencias de valorización rentista a toda la sociedad. Consideran que ese despojo rentista se exacerbó bajo el neoliberalismo, a través del acaparamiento de mayores ganancias por parte de financistas, que acrecentaron la improductividad y obstruyeron la acumulación [11] .

En las descripciones de este despilfarro se remarca la hipertrofia de las operaciones financieras, que no incorporan valor a la producción. También se resalta como estas actividades afectan al proceso productivo, a través de operaciones titularizadas y seguros emitidos para respaldar los bonos en circulación. En la gestión rentista, los riesgosos fondos de inversión han reemplazado a los bancos más conservadores [12] .

A diferencia de los economistas pos-keynesianos, este enfoque presenta el giro hacia la especulación como una transformación objetiva del capitalismo. No atribuye esta mutación a perversiones de los gerentes o a conspiraciones de Wall Street. Pero al evaluar que el sistema tiende a desprenderse de su basamento productivo, sugiere que la lógica de la explotación ha sido reemplazada por una dinámica de fraude.

Ese tipo de malversaciones ha estado presente en toda la historia del capitalismo y fue más dominante en el origen, que en la madurez de este sistema. Con el afianzamiento de la acumulación los financistas quedaron integrados a un modo de producción, basado en la confiscación del trabajo excedente de los asalariados y la conversión de plusvalía en capital. La distribución de ese beneficio entre los banqueros e industriales se consuma mediante disputas competitivas.

Es importante subrayar la vigencia actual de estos procesos. La presentación simplificada del capitalismo como un casino regido por el azar y administrado por una elite de jugadores, es desacertada. Esta visión desconoce que el sistema continúa regido por ciertas leyes favorables al conjunto de las clases dominantes y se encuentra socavado por contradicciones procesadas en el ámbito de la producción y la realización de la plusvalía.

Estos desequilibrios centrales no provienen del parasitismo de los banqueros. Los derroches de estos individuos sólo introducen trastornos adicionales, a las obstrucciones que genera la acumulación, en procesos de expansión motorizados por el beneficio. Este apetito insaciable por las ganancias genera excedentes invendibles, restricciones al consumo, desproporcionalidades sectoriales y declives tendenciales de la tasa de ganancia.

La comprensión de estas tensiones exige ir más allá de la esfera financiera y superar la mirada del capitalismo como un sistema gobernado por la renta improductiva. Este componente ha sido un dato del sistema desde su nacimiento, pero nunca alcanzó la primacía que tenía en los regímenes pre-capitalistas. El modo de producción vigente funciona en torno a beneficios surgidos de la explotación, cuya continuidad exige renovación de la inversión y confrontación entre competidores. Esta dinámica genera consecuencias nefastas para los trabajadores, pero no implica la existencia de una supremacía rentista.

Es por otra parte equivocado identificar simplemente a los financistas con el parasitismo. Esta asimilación sugiere una distinción con otros sectores de las clases dominantes, olvidando que la explotación industrial del trabajo ajeno no es un acto meritorio.

Los banqueros son algo más que estafadores y el endeudamiento es un proceso más complejo que el fraude. Los financistas cumplen una función estratégica para la reproducción del capital, al movilizar los créditos que amplían el radio geográfico y sectorial de la acumulación. La acertada denuncia de los especuladores no debe conducir a ignorar ese rol. Esta función explica por qué razón la tasa de interés no se equipara con la renta agraria. No constituye una punición al desenvolvimiento capitalista, sino un instrumento para organizar la inversión, en función de la rentabilidad diferenciada que ofrece cada negocio.

Las finanzas contemporáneas desenvuelven este papel mediante administraciones del riesgo que pueden derivar en todo tipo de desfalcos. Pero el proceso de titularizar bonos, mediante la compra-venta de créditos y el empaquetamiento de los títulos es una forma de organizar el crédito, contemplando la confiabilidad y el beneficio potencial de cada operación.

La presencia de los financistas en la cúspide de muchas empresas transnacionales no modifica ese rol. Más bien genera una mixtura de tendencias productivo-financieras, en conglomerados que tienden al auto-financiamiento y a la asunción parcial de muchas funciones, que anteriormente desarrollaban los bancos. A su vez los financistas actúan en estas corporaciones, amoldando su acción a las estrategias productivas de las compañías. Este rol desborda ampliamente la simple apropiación de beneficios.

Algunos teóricos estiman que el capital financiero desenvuelve su acción anticipando los lucros futuros que genera la actividad de los asalariados. Consideran que ese valor presente es una captura rentista previa de la plusvalía en gestación [13] .

Pero ese proceso sólo puede continuar si existe fabricación y venta de las mercancías. Si esta secuencia no se efectiviza, resulta imposible absorber una plusvalía que jamás será creada. Para que exista trabajo excedente confiscado a los obreros, debe regir algún proceso inversión y acumulación genuina de capital. Esta actividad no rentista es el fundamento de todo el sistema. Que los financistas anticipen la captación de una porción del botín en juego, no modifica su dependencia de esa lógica material reproductiva.

La actualización literal de la tesis leninista también incluye la presentación del capital financiero como el nodo central de un sistema internacional de sometimiento de los países deudores a las naciones acreedoras. Se supone que esa atadura financiera de principios del siglo XX ha perdurado sin grandes cambios [14] .

Pero la alteración de ese paisaje salta a la vista. Basta observar el status actual de Estados Unidos. La primera potencia es la principal deudora de China y nadie podría afirmar, que se ha convertido en país sometido al látigo de los banqueros orientales. La teoría del capital rentista no logra captar las especificidades de etapa en curso .

INNOVACIÓN TECNÓLOGICA

Otros analistas actualizaron hace varias décadas la visión del estancamiento tecnológico, que Lenin dedujo de la fijación monopólica de precios y de la generalización de las patentes . Consideraron que las grandes innovaciones desaparecieron luego del vapor, los ferrocarriles y la electricidad. Estimaron que el automóvil, los plásticos y la energía nuclear ya no incluyeron transformaciones de envergadura [15] .

Esta pérdida de impulso innovador es proyectada hasta el presente por quiénes relativizan la importancia de la informática. Sostienen que esa tecnología no encuentra oportunidades de inversión comparables al pasado. Consideran que el cambio tecnológico contemporáneo ya no es relevante y no permite contrarrestar el estancamiento [16] .

Pero si este proceso central del capitalismo ocupa un lugar tan secundario, también la plusvalía relativa ha dejado de operar como fuente decisiva del beneficio. Este razonamiento choca con el esquema analítico de Marx, que ubicaba el principal nutriente de la ganancia en la elevación de la productividad, generada por la introducción de nuevas tecnologías.

El filósofo alemán consideraba vital esa dinámica para el surgimiento y continuidad del capitalismo. No existe ninguna razón para modificar esta caracterización, restringiendo la influencia de la innovación a cierta etapa histórica de este sistema. El cambio tecnológico es un rasgo incorporado al modo de producción vigente, puesto que impulsa la competencia entre concurrentes para bajar costos y obtener mayores ganancias.

La renovación de la maquinaria es definitoria para la ubicación de cada empresa en el mercado. Si este principio dejara de operar, el poderío de cada grupo patronal ya no dependería de la plusvalía que extrae, sino de algún otro mecanismo que hasta ahora nadie ha expuesto.

Tampoco existen justificaciones convincentes del carácter irreproducible de las innovaciones que acompañaron al vapor o al ferrocarril. En todos los cambios posteriores estuvo presente alguna revolución tecnológica, gestada en torno a invenciones transformadas en innovaciones. Estos descubrimientos aparecieron en forma discontinua y en estrecha conexión con la irrupción de plus-ganancias, que se disolvieron con la generalización posterior de esos cambios tecnológicos.

Al desconocer esta trayectoria se ignora la relevancia actual de la informatización. Se puede discutir la etapa de esta transformación. Pero es innegable su impacto sobre los índices de productividad, las mutaciones del proceso de trabajo y la extensión de los mercados. La microelectrónica, la generalización de las computadoras y el uso de las redes han sido decisivos para la reorganización capitalista que introdujo la mundialización neoliberal [17] .

Una eliminación total del progreso técnico sería incompatible con la continuidad de la acumulación. Impediría a las empresas generar beneficios, mediante el incremento de la productividad. El papel puramente c omplementario que Marx le asignó a la plusvalía absoluta (surgida de ampliaciones e intensificaciones de la jornada de trabajo) no se ha modificado. Sólo las coyunturas de gran depresión detienen la innovación. Son suspensiones momentáneas, que no alteran las reglas del dinamismo tecnológico.

A veces se argumenta que la innovación presentó formas creativas en el origen del capitalismo y exhibe modalidades destructivas en la actualidad. Pero esta clasificación no define si las máquinas y los instrumentos de trabajo persisten como transmisores del trabajo confiscado por los patrones. Si ese basamento perdura, también se mantiene lo esencial de la innovación.

Además, conviene recordar que el capitalismo se nutrió desde su nacimiento de las tecnologías destructivas generadas en la esfera militar. El papel de esa rama no es novedoso, puesto que allí siempre se han experimentado las técnicas que posteriormente se transfieren a la órbita civil. Este componente destructivo de la innovación ha sido intrínseco al régimen social vigente en todos sus períodos.

ESTANCAMIENTO Y CICLOS

El cambio tecnológico determina el carácter de todos los desequilibrios que afectan al capitalismo. Estas tensiones provienen del descontrolado dinamismo (y no del estancamiento) que rodea al sistema. El ejemplo reciente de este condicionamiento es la debacle ambiental, que ha irrumpido por una furiosa competencia entre las empresas que fabrican nuevos bienes, a cualquier costo ecológico.

Los males del capitalismo contemporáneo derivan de la intensidad competitiva y de la ambición por el lucro, que impone la expansión del sistema. El neoliberalismo ha confirmado plenamente este principio, al demostrar cómo el capitalismo vuelve a extender su radio reproductivo, cuando se restauran las condiciones favorables para la extracción de la plusvalía.

L a principal sorpresa de este período ha sido la irrupción de China, que dejó atrás su status marginal para convertirse en una ascendente potencia. Si el capitalismo estuviera acosado por un estancamiento sostenido, no habría dejado espacio para avances de este alcance. Lo ocurrido con China es totalmente inexplicable en un marco analítico de regresión de las fuerzas productivas.

Es cierto que también se multiplicaron las actividades parasitarias. Pero esos despilfarros son complementarios. Hay guerras para asegurar el sometimiento de los oprimidos, se incentivan las necesidades de consumo artificial para realizar el valor de las mercancías y se amplían los préstamos para materializar los beneficios gestados en la producción. Es un error buscar en estas áreas las singularidades del capitalismo contemporáneo.

El declive innovador es postulado por algunos autores junto a la extinción del comportamiento cíclico del nivel de actividad. Se considera que han cesado de operar las fluctuaciones cortas y los movimientos largos, que rigieron durante el surgimiento y madurez del capitalismo [18] .

¿Pero cómo funciona el sistema sin ese fundamento? Los vaivenes periódicos permiten procesar la valorización y desvalorización de capitales, que necesita un modo de producción basado en el beneficio. Sin esa sucesión de recuperaciones y recaídas, la acumulación no podría desenvolverse.

En realidad no existe ninguna evidencia de esa desaparición de oscilaciones productivas. Tampoco hay signos de reemplazo de estas ondulaciones por secuencias continuadas de caídas del PBI. Una pendiente de este tipo contradeciría la lógica del capital y no se ha verificado en ninguna crisis reciente. Las recesiones continúan precedidas por períodos inversos de crecimiento.

La desaparición del ciclo es tan inconcebible como la sub-utilización permanente de la capacidad instalada. Esa inmovilización se verifica en las fases de recesión y se revierte en los momentos de prosperidad. El uso de las plantas por debajo de sus posibilidades incorpora costos adicionales, que todas las firmas buscan eludir para amortizar la inversión y evitar las pérdidas.

El ritmo exacto de los ciclos constituye una incógnita. Algunos analistas evalúan la temporalidad de esas fluctuaciones, reconsiderado su determinación tecnológica o remarcado el peso de múltiples factores (comportamiento de los salarios, consumo de los sectores no productivos, precios de las materias primas, desproporcionalidades) [19] .

Pero está fuera de discusión el carácter intrínseco de los ciclos en el desenvolvimiento del capitalismo. Las crisis siempre irrumpen entre fases de ascenso y descenso económico. Si las oscilaciones hubieran quedado reemplazadas por crisis permanentes, resultaría imposible diferenciar esos estallidos de cualquier otra circunstancia. No habría forma de evaluar la aparición de estos episodios como acontecimientos específicos. Lo que permite distinguirlos es la subsistencia de los ciclos.

Ningún investigador omite este fenómeno. Todos evalúan las fluctuaciones como contrapartes de la prosperidad, la reactivación o el crecimiento. En la eclosión del 2008-09 se verificó claramente la persistencia de ambos procesos. Las expresiones de la crisis salieron a la superficie (pánico bursátil, insolvencia bancaria, quebranto industrial), al concluir una fluctuación del ciclo (marcha ascendente de los negocios y auge de ganancias antes del temblor). La persistencia de ambos fenómenos es indispensable para un sistema que necesita digerir a través de oscilaciones periódicas, los procesos sucesivos de valorización y desvalorización del capital.

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RESUMEN

Todas las discusiones marxistas contemporáneas sobre el imperialismo parten del enfoque de Lenin, que resaltaba la sustitución de la libre competencia por el dominio de los monopolios. Los defensores contemporáneos de estas tesis olvidan el carácter complementario de ambos rasgos y la necesaria continuidad de la concurrencia bajo el capitalismo.

La mundialización neoliberal reavivó la pugna competitiva, confirmando que el comportamiento de los precios no está sujeto a reglas arbitrarias, ni a simples concertaciones. Sigue un principio objetivo de ajuste en función de la ley del valor.

La teoría de la hegemonía del capital financiero quedó cuestionada por la supremacía industrial durante el boom de posguerra. Esa concepción generalizó una situación peculiar de Alemania. Bajo el neoliberalismo los financistas han ocupado nuevamente un acotado rol dirigente, que favorece a toda la clase capitalista. Su papel en la acumulación que no se limita a la succión de beneficios.

Las tesis que enfatizan el rentismo improductivo sugieren una presentación simplificada del capitalismo como un casino regido por el azar. Omiten que los principales desequilibrios del sistema se generan en el área productiva y desconocen los cambios registrados en los países deudores.

Los teóricos del estancamiento tecnológico suponen erróneamente que la innovación radical ha desaparecido. No logran explicar la transformación informática en curso e ignoran que la renovación tecnológica es indispensable para sostener la rivalidad por el beneficio. Estas mejoras son el fundamento de la plusvalía relativa y siempre adoptaron modalidades constructivas y destructivas.

Las principales tensiones del capitalismo no provienen del parasitismo, sino de su descontrolado dinamismo. La concepción que postula la desaparición del ciclo olvida que los vaivenes periódicos son necesarios para procesar valorizaciones y desvalorizaciones del capital.


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[1] Este artículo forma parte de un libro sobre el imperialismo contemporáneo de próxima aparición.


[2] Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es www.lahaine.org/katz

[3] Lenin, Vladimir Ilich El imperialismo, fase superior del capitalismo Buenos Aires, Quadrata, 2006. Bujarin Nikolai. El imperialismo y la acumulación de capital, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1973, (cap 4 y 8).

[4] Steindl Joseph, ¨Karl Marx y la acumulación del capital¨, Horowitz David. Marx y la economía moderna. Laia, Barcelona, 1968. Steindl, Josef, "Teoría del estancamiento y la política estancacionista", en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Kalecki, Michal, "Las determinantes de las ganancias", en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Sylos Labini, ¨La determinación del precio¨, en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Robinson, Joan, La acumulación del capital, FCE, México, 1972.


[5] Sweezy Paul, Magdoff Harry, ¨The crisis of American Capitalism”, The deepening crisis of U.S. Capitalism, Monthly Review Press, 1981. Foster John Bellamy, “Interview”, Klassekampen, 18-10-08. Foster John Bellamy, “The rediscovery of imperialism”. Montlhy Review, vol 54, n 6, November 2002. Vasapollo Luciano. “Imperialismo y competencia global”, Laberinto n 18, segundo cuatrimestre 2005.

[6] Ver: Shaikh, Anwar. Valor, acumulación y crisis, (cap 1) Ed Tercer Mundo, Bogotá, 1991.


[7] Hilferding Rudolf. El capital financiero, Tecnos, Madrid, 1973, (cap 13, 14). Hobson John, E studio del imperialismo, Alianza Editorial, Madrid, 1981.


[8] Grossman Henryk. La ley de la acumulación y el derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI, México, 1979.(parte B)


[9] Ver: Brunhoff Suzanne. La concepción monetaria, Ediciones del siglo, Buenos Aires 1973.


[10] Dumenil Gérard, Levy Dominique, 1996, La dynamique du capital, PUF, Paris .

[11] Foster John Bellamy, Chesney Robert, “Monopoly-finance capital and the paradox of accumulation”, Monthly Review n 5, vol 61, October 2009


[12] Chesnais Francois, “The economic foundations and needs of contemporary imperialism”, Historical Materialism vol 15, Issue 3, 2007.


[13] Serfati Claude. “Imperialism et militarisme. Reponse a Antoine Artous”, Critique Communiste n 176, juillet 2005.


[14] Serfati Claude. “La economía de la globalización y el ascenso del militarismo”. Coloquio Internacional Imperio y Resistencias. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, México, 6 de octubre de 2005.

[15] Sweezy, Paul. "La economía keynesiana", en El capitalismo moderno, Ed. Nuestro Tiempo, México, 1973.

[16] Foster John Bellamy, Magdoff Fred, “Financial implosion and stagnation”, Monthly Review, vol 60, n 7, December 2008.


[17] Hemos expuesto nuestra visión en: Katz Claudio, “Mito y realidad de la revolución informática”. ESECONOMIA. Instituto Politécnico Nacional, número 6, año 2, invierno 2003-04

[18] Beinstein Jorge, “Las crisis en la era senil del capitalismo” El Viejo Topo 253, 2009, Madrid.


[19] Martins sugiere el primer determinante y Astarita subraya la incidencia de los segundos componentes. Martins Carlos Eduardo. “Los impasses de la hegemonía de Estados Unidos”. Crisis de hegemonía de Estados Unidos. Siglo XXI, México, 2007. Astarita Rolando, El capitalismo roto, La linterna sorda, Madrid, 2009 (cap 3).

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