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miércoles, 31 de agosto de 2011

Breve historia del movimiento estudiantil chileno

Alvaro Ramis Aporrea

Chile tiene larga historia pero corta memoria. Y sin memoria es difícil saber hacia donde avanzar.

Para el movimiento estudiantil mantener el recuerdo es difícil por su constante renovación de cuadros y dirigentes. Esta característica, que le aporta una clara vitalidad democrática, puede ser también un problema si se deja de tener en cuenta que las transformaciones que se promueven hoy ya han sido pensadas y discutidas bajo otros contextos por las generaciones anteriores. Recuperar y dar continuidad a esta memoria permite destacar a un movimiento que ha sido central en nuestra historia reciente. No es equivocado afirmar que el movimiento estudiantil chileno ha sido el más importante de América Latina en los últimos cincuenta años. Y no porque los estudiantes de nuestro país sean más conscientes o activos que los del resto del continente. Simplemente es porque en ningún país se ha vivido con tanto dramatismo la descomposición y mercantilización de un sistema educativo que llegó a ser uno de los mejores de la región. Si repasamos estos cincuenta años deberíamos identificar las siguientes etapas:

1961-1973: La reforma universitaria fue un proceso que exigió el fortalecimiento de las federaciones universitarias y consolidar alianzas con partidos, académicos y otros sectores sociales por medio del movimiento “Universidad para todos”. El proceso se aceleró a partir de 1967 y desembocó en un nuevo modelo basado en los criterios de amplia cobertura, gratuidad y una profunda democratización de la gestión educativa. El sistema educativo chileno alcanzó el mayor nivel de calidad de su historia, de acuerdo a todos los parámetros y estándares de la época.

1973-1982: La represión golpista cuesta la vida de cientos de estudiantes, profesores y académicos. Se pierden casi todas las conquistas del periodo anterior, especialmente desde 1981 cuando entra en vigor la Constitución de 1980. Los aprendizajes acumulados permiten luchas parciales pero la resistencia se expresa prioritariamente mediante la acción cultural en movimientos como la ACU, de la Universidad de Chile, y en el ámbito de la defensa de los derechos humanos.

1983-1989: Reconstrucción y democratización de las federaciones de estudiantes, tanto en el ámbito universitario como en el de los secundarios, que se expresan por medio de la Feses. La agenda se concentra casi exclusivamente en la democratización del país, y en intentar detener las políticas privatizadoras, lográndose algunos éxitos como la destitución del rector designado José Luis Federici y su “plan de racionalización universitaria”. El movimiento es fuertemente reprimido, pero logra dar cauce a las expectativas democratizadoras de la ciudadanía, especialmente de los sectores medios e intelectuales. Sin embargo, la centralidad que adquiere la lucha política nacional impide una reflexión específica sobre las políticas educacionales que se empiezan a desplegar. Una carencia que se evidenciará en la siguiente etapa.

1990-1995: La transición pactada produce desconcierto en el movimiento. Por un lado la fuerte identificación de los dirigentes estudiantiles con los partidos de la Concertación les lleva a moderar excesivamente sus demandas. El vínculo partidario entrampa la acción política y coopta los temas de debate, que se terminan trivializando. Se producen escándalos de corrupción que mellan la representatividad y la participación estudiantil, lo que lleva en muchos casos a la reformulación de muchas de las federaciones de estudiantes y a un desprestigio de las juventudes de los partidos políticos.

1996-2005: La reconstrucción del movimiento estudiantil, en resistencia a las políticas de la Concertación, comienza con la refundación de la Fech en 1996, que da pie a un ciclo de fuertes y masivas movilizaciones entre 1997 y 1999. Se logra quebrar el ciclo de dependencia y cooptación del periodo anterior y el movimiento adquiere autonomía y capacidad propositiva. Se confrontan activamente las políticas privatizadoras con resultados ambiguos: desde el año 2000 se logran mayores recursos para las universidades públicas, se garantiza un marco básico de autonomía institucional e instancias de participación acotadas, pero el modelo en términos generales no se altera. Los universitarios buscamos construir una agenda única a nivel nacional, pero no se logró articular las sensibilidades políticas. Desde el punto de vista actual se apelaba a un programa que hoy consideraríamos mínimo: arancel diferenciado, mantener el crédito fiscal para evitar el crédito bancario, reconocimiento de la participación institucional de los estudiantes y académicos en las universidades y una agenda excesivamente centrada en la defensa de las universidades del Consejo de Rectores, más específicamente, de las universidades públicas. Respecto a las privadas no había propuestas ni coordinación. Tampoco existían vínculos significativos con otros sectores sociales, como los estudiantes secundarios y los profesores, porque no existía una reflexión sobre el sistema educativo en su conjunto. En síntesis, el movimiento estudiantil recuperó su autonomía y comenzó una fase activa de resistencia en su campo específico, pero llegó a un límite en la medida en que sus objetivos políticos le exigían alianzas más amplias. Necesitaba lo que György Lukács llamaba “perspectiva de totalidad”.

2006-2011: La revolución de los secundarios en 2006 logró incorporar esta perspectiva de totalidad, al masificar una lucha más allá del campo universitario. Desde ese momento se empezó a hablar de la Loce, de la Constitución del 80, de las desigualdades, de la gratuidad. No porque antes no se hubiera debatido en las universidades, sino porque desde ese año la discusión salió a la calle, se logró entender en las familias, se logró hacer el vínculo entre el malestar privado y el malestar público por la falta de respuesta del sistema político ante una educación cara y de baja calidad.

Y así llegamos al presente, en el que hay que agradecer a personajes como Piñera, Hinzpeter y Lavín haber contribuido a eliminar todas las cortinas de humo que la Concertación había logrado instalar para fragmentar y sectorizar las demandas estudiantiles. Si bien es imposible predecir el futuro, creo que a la luz de tantos aprendizajes acumulados, de tanta lucha y de tanto sacrificio no cabe más que una apuesta. Será mañana o será en diez años, pero a este movimiento sólo le espera una cosa: la victoria.

Alvaro Ramis: Ex presidente de la Federación de Estudiantes de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago (1998)

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 740, 19 de agosto, 2011

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