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martes, 13 de septiembre de 2011

La colonización de Libia y la izquierda occidental: entre el otanismo y el internacionalismo

Albert Escusa La haine

La izquierda occidentalista –de la que forman parte tanto fragmentos mayoritarios de la izquierda institucional europea como corrientes de la extrema izquierda antisistema– va descubriendo sucesivamente la existencia de regímenes “delincuentes”, sus correspondientes dictadores y las recetas para eliminarlos a medida que la propaganda de guerra de los medios de prensa imperialistas focaliza su atención sobre un determinado país no occidental como cobertura para sus planes colonialistas.

El occidente imperialista ha planificado una recolonización descarada, por vía militar, del continente africano, repitiendo el modelo de la Conferencia de Berlín de 1885, donde las potencias europeas occidentales se repartieron África casi al completo y permitieron que únicamente Etiopía existiera como país independiente. En aquella época, la mayoría de partidos socialistas (“marxistas”) occidentales acabaron sucumbiendo a la propaganda colonialista y justificaron las políticas de conquista y esclavitud colonial con unas argumentaciones pretendidamente de izquierdas. Hoy, la izquierda occidentalista se adhiere a la misma posición y justifica por acción o por omisión las políticas colonialistas, los crímenes y las invasiones militares de occidente.

Afortunadamente, la intervención imperialista en Libia está haciendo resurgir a una izquierda internacionalista, solidaria y comprometida que parecía prácticamente desaparecida en occidente y que, por fin, emerge frente a las aberrantes complicidades de la izquierda occidentalista con el colonialismo y los crímenes de las potencias dirigentes de la OTAN. La izquierda internacionalista se consolida progresivamente a través de la solidaridad internacionalista con la resistencia patriótica y anticolonialista en Libia dirigida por el coronel Gaddafi –independientemente de la opinión que se pueda tener de su trayectoria histórica, de sus errores y sus aciertos–, la defensa de la soberanía nacional de los países objetivos del colonialismo y la denuncia del imperialismo y sus innumerables crímenes.

La izquierda occidentalista cómplice del colonialismo otánico

El otanismo y el atlantismo son las formas propias del colonialismo en el siglo XXI, variantes de un eurocentrismo expansionista que promueve la exportación de los derechos humanos y la democracia en versión occidental –el llamado imperialismo “humanitario”– como coartada para la devastación y la colonización de un determinado país en el que hay en juego intereses importantes. Una parte sustancial de la izquierda occidental –y también la izquierda de otras latitudes, que comparte similares puntos de vista– colabora directa o indirectamente con estos fines aportando justificaciones cosechadas entre su patrimonio ideológico. Se trata de la izquierda occidentalista-otanista, cuyos mensajes han sido ampliamente dominantes en los conflictos neocoloniales de los últimos años, principalmente Yugoslavia, Irak y ahora Libia, ahogando en muchas ocasiones a una izquierda internacionalista occidental que se encontraba todavía muy débil y dispersa, al estar sometida a los ataques conjuntos de los medios imperialistas y la izquierda otanista.

Los medios imperialistas utilizan para sus fines técnicas publicitarias clásicas basadas en consignas sencillas y mensajes esquemáticos, repetitivos y claros. Para justificar la necesidad de atacar un país determinado se simplifica la naturaleza de su régimen personificándolo en la figura de su dirigente, que es convertido en una mezcla de demonio sanguinario y siniestro personaje de películas de western americano. El régimen o el dirigente a destruir pierde así toda connotación política para convertirse en una figura semi-religiosa: la personificación del Mal absoluto. De esta manera se le ofrece a la opinión pública occidental un sencillo pack que le permita comprender fácilmente los motivos de la campaña contra el nuevo enemigo de la libertad, sin tener que entrar en espinosas consideraciones económicas, históricas o políticas que podrían crear dudas peligrosas sobre los verdaderos intereses en juego. La cuestión central es ocultar la agresión real de las potencias imperialistas contra un país independiente fabricando una imagen mitológica, la lucha del Bien –la OTAN y/o los rebeldes– contra el Mal –el demonio de turno–. Esta imagen es perfectamente asequible a una población saturada cotidianamente con productos de la industria del entretenimiento norteamericana y afín –como los innumerables productos cinematográficos de propaganda occidentalista–, donde las culturas no occidentales son presentadas como inferiores que deben ser “educadas” por occidente, o bien como entes potencialmente terroristas cuya única razón de existir es un odio obsesivo contra los valores de la democracia y la libertad encarnados en Estados Unidos y sus amigos europeos.

La izquierda occidentalista se mueve a sus anchas en este escenario de criminalización de otras culturas y de demonización semi-religiosa e irracional de cada nuevo enemigo de la libertad, ya que eso le permite no tener que justificar su postura abiertamente pro-colonialista, escudándose en las imágenes potentes creadas por la propaganda de guerra otanista. Para ello elabora sus propios packs ideológicos basados en un productos similares a la ideología neocolonialista otánica, pero con un envoltorio y una campaña publicitaria especializada que, beneficiándose de los mensajes dominantes de los medios imperialistas sobre el próximo demonio a destruir, se dirige a un segmento concreto de “consumidores”: sus propios seguidores o personas potencialmente solidarias con la lucha anticolonialista de los pueblos oprimidos.

La izquierda occidentalista promueve los valores morales y políticos surgidos del mundo occidental imperialista, a los que considera en última instancia superiores a cualquiera del resto del mundo, aunque para expresar la adhesión a estos valores emplee un vocabulario radical y de extrema izquierda. La izquierda occidentalista se transforma en izquierda otanista por el hecho de coincidir con la OTAN en la necesidad de destrucción de los gobiernos y Estados etiquetados como “delincuentes” por el imperialismo.

En el caso de Libia, la izquierda otanista es favorable a la eliminación de Gaddafi y la destrucción del régimen que representa, bien sea apoyando abiertamente la intervención de la OTAN como justificación del imperialismo humanitario, bien sea recurriendo a la acción de unos supuestos “revolucionarios” libios que luchan por la democracia y la libertad frente a la tiranía y que, como se ha demostrado, es una coalición formada por ex funcionarios occidentalistas y corruptos del régimen de Gaddafi aliados a los integristas islámicos y mercenarios de Qatar, Pakistán, Egipto y de Al Qaeda, teledirigidos por la OTAN.

La izquierda otanista está constituida por una mayoría significativa de la izquierda institucional europea, partidos ecosocialistas, renombrados intelectuales de izquierda, algunos llamados anticapitalistas, trotskistas y también algunos seguidores de Lenin –que curiosamente han roto con la política leninista de apoyar los movimientos de liberación nacional–. Además encuentra eco en otras partes del mundo: entre otros, la mayoría de partidos trotskistas y también hasta algún partido comunista árabe que coinciden en convertir en héroes del pueblo a las hordas criminales de integristas torturadores y asesinos, y ni siquiera se molestan en condenar las matanzas de la OTAN.

La izquierda occidentalista hunde sus raíces en un eurocentrismo arraigado en siglos de un salvaje colonialismo occidental sobre los pueblos oprimidos, que encontró apoyos entusiastas en las capas más progresistas de la sociedad del siglo XIX. Es interesante recordar al respecto la profunda reflexión que el escritor palestino Edward W. Said plasmó en Cultura e imperialismo:

«Durante muchas décadas de expansión imperial, en el corazón de la cultura europea latía un inocultable y latente eurocentrismo. Artistas y escritores de vanguardia, la clase obrera, las mujeres, mostraban un fervor imperialista que aumentaba en intensidad y febril entusiasmo al ritmo en que crecía la brutalidad y el insensato control de las potencias europeas y norteamericana sobre los pueblos sometidos. El eurocentrismo penetró la médula misma del movimiento obrero, de las mujeres y de la vanguardia artística: nadie significativo quedó fuera de su alcance».

Este eurocentrismo frecuentemente ha generado un grotesco complejo de superioridad sobre otros ensayos y experiencias políticas alternativas alejadas de los moldes occidentales, normalmente despreciados o poco comprendidas debido a que han sido observadas desde el microscopio occidentalista. Además comporta la defensa de un occidentalismo mesiánico “de izquierdas”, que se acentúa al tiempo que la influencia social y la base de una buena parte de la izquierda occidentalista –especialmente los grupos más radicales– se reduce alarmantemente por el hecho de estar circulando, con velocidad creciente, por los raíles de la dinámica grupuscular, endogámica y atomizadora que suele preceder a las fases de desintegración.

Libia y la doble moral de una parte de la izquierda

La actitud frente a los acontecimientos de Libia ha consagrado una doble moral impune entre una parte de la izquierda, y desgraciadamente no sólo entre la occidental.

Prosiguen con implacable determinación asesina las operaciones militares imperialistas en Libia y se suceden con «normalidad» los criminales bombardeos otánicos contra la población. Las matanzas, las mutilaciones y las torturas salvajes perpetradas por los mercenarios del Consejo Nacional de Transición, de Al Qaeda y del ejército de Qatar han producido miles de víctimas, la inmensa mayoría mujeres, niños y otros civiles inocentes. Al mismo tiempo, en Libia, los medios de comunicación imperialistas han alcanzado un grado de manipulación y desinformación que ha superado con creces incluso las anteriores guerras precedentes, donde las «fosas comunes de Milosevic» o las «armas de destrucción masiva de Saddam» fueron las coartadas fabricadas para el imperialismo humanitario en Yugoslavia e Irak.

Ante esta barbarie monstruosa, ¿cuál es la actitud de la izquierda occidentalista y de otras corrientes de la extrema izquierda que han defendido encendidamente otras causas políticas? Pues ni más ni menos, una actitud que oscila entre la hipocresía y la complicidad de la izquierda occidentalista, y una incomprensible falta de solidaridad entre parte de otra izquierda a la que se le supone de naturaleza diferente.

Hemos visto a organizaciones políticas, artistas e intelectuales pretendidamente de izquierdas rasgarse las vestiduras ante los «bombardeos del dictador Gaddafi contra su propia población» –otra mentira fabricada por el imperialismo–, firmando llamamientos grandilocuentes y comunicados incendiarios contra la «tiranía», y movilizándose en apoyo de la «revolución libia». En cambio, tras varios meses de bombardeos de la OTAN todos estos hooligans de los «revolucionarios libios» que estaban emocionalmente destrozados por «la «represión de la tiranía de Gaddafi contra su propio pueblo», ahora ni siquiera mueven un dedo o incluso apoyan medidas que permiten las matanzas y mutilaciones de miles de libios, la mayoría civiles inocentes, a manos de los ejército otánicos y las bandas de fanáticos asesinos integristas.

Hemos visto a una izquierda que defiende el laicismo o el ateísmo radical en su casa, pero en Libia apoya a los mercenarios islámicos extremistas que quieren destruir el régimen laico de Gaddafi. Una izquierda ultrafeminista en occidente, pero defiende a fuerzas políticas tan “revolucionarias” que pretenden devolver a la mujer a la edad media, al tiempo que ataca al gobierno libio gobierno que promovía la igualdad de género. Una izquierda que en España es ultra republicana y se pelea por demostrar quién odia más a la monarquía española, y en cambio en Libia apoya a los «revolucionarios» seguidores de la monarquía corrupta y neocolonialista suprimida por Gaddafi, aliados también a las siniestras monarquías feudales árabes. Una izquierda que en occidente defiende la expropiación de las riquezas y las nacionalizaciones, pero se opone radicalmente a un gobierno libio que nacionalizó el petróleo y otros recursos en la práctica, no sólo en palabras. Una izquierda que se estremece de emoción ante las fiestas de la “diversidad cultural y étnica” de colectivos de emigrantes típicas de occidente, pero en cambio condena al régimen de Gaddafi que promocionó las diversas etnias de Libia poniendo fin a la supremacía de la tribu de Bengasi. Una izquierda que dice estar a favor de la educación y la salud gratuitas y universales, y en cambio arremete contra un gobierno que trataba de garantizar tales derechos a su población.

Hemos visto una izquierda que en occidente tiene el antirracismo como religión, pero en cambio tolera que los mercenarios otánicos reivindiquen Libia «sólo para los blancos» y persigan, quemen vivos y asesinen a los trabajadores negros extranjeros por el color de su piel. Una izquierda que defiende los «papeles para todos» y ataca a un régimen que dio la nacionalidad a decenas de miles de trabajadores africanos. Una izquierda que dice estar a favor de la “auténtica democracia” y de la democracia directa, pero se horroriza ante la perspectiva de que en Libia existieran formas de participación directa. Una izquierda que dice estar contra la OTAN y ataca a uno de los pocos dirigentes que se opuso al establecimiento del Africom, la OTAN africana dirigida por Estados Unidos. Una izquierda que defiende el derecho de autodeterminación, pero sólo si es en su propio país o en lugares donde las potencias otánicas tienen intereses claves. Una izquierda que defiende la “justicia” como un principio universal, pero que tolera los intentos de asesinato de Gaddafi sin ningún tipo de juicio y el asesinato de varios de sus familiares por las bombas de la OTAN. En fin, una izquierda que defiende que los derechos humanos tal y como se entienden en occidente son principios universales inviolables y sagrados, pero no mueve un dedo cuando conoce que los mercenarios otánicos torturan y asesinan en masa, como jaurías de bestias salvajes, no sólo a partidarios de Gaddafi sino también a ciudadanos libios inocentes y a los trabajadores negros.

Hemos visto también recientemente a buena parte de la izquierda mundial –en este caso especialmente a la izquierda no occidental– rasgándose las vestiduras contra el presidente Hugo Chávez al que se le acusaba de «violar el derecho internacional» acerca de la política seguida por el gobierno bolivariano respecto a supuestos miembros de las guerrillas de las FARC y algún activista colombiano de izquierdas. Se han derrochando ríos de tinta, se han convocando movilizaciones, se han llenando miles de páginas de encendidas protestas airadas y listas de notables intelectuales izquierdistas y premios Nobel, y se han constituido asociaciones para protestar airadamente contra las decisiones del gobierno venezolano; en cambio una parte de esta izquierda que casi quería quemar en la hoguera a Chávez y a su gobierno –por fortuna, otra parte sí que está activamente pronunciándose a favor del pueblo libio– permanece ahora en el más absoluto silencio respecto un suceso que afecta a la vida de millones de personas y a la soberanía nacional de un país agredido por la OTAN, suceso que a todas luces es miles de veces más grave que la supuesta injusticia cometida contra algunas personas concretas por más que sean luchadores revolucionarios. ¿Acaso en Libia no se está pisoteando miles de veces más el «derecho internacional» que se considera sagrado para un grupo de ciudadanos colombianos, con el resultado de miles de muertos y la devastación del país? ¿Dónde están ahora los defensores heroicos del «derecho internacional violado», especialmente los intelectuales de renombre?

¿Tiene derecho a defenderse un país agredido?

¿Tiene derecho a defenderse un país y un gobierno que es atacado bárbaramente por fuerzas extranjeras, sin declaración previa de guerra y tras una campaña de mentiras y difamaciones? Según la izquierda occidentalista, no tiene ningún derecho a defenderse.

Si pusiéramos como modelo de derrocamiento por fuerzas invasoras, en coordinación con elementos internos, de un gobierno y un régimen legítimo surgido de la voluntad popular que promueve reformas sociales, reconocido por las instituciones internacionales y protegido por el derecho internacional, la inmensa mayoría de la izquierda occidental evocaría instantáneamente la rebelión de sectores civiles y militares de extrema derecha contra la República española y el gobierno del Frente Popular en julio de 1936, seguida de la inmediata invasión de los ejércitos fascistas de Hitler y Mussolini.

Pues bien, una situación probablemente mucho peor está sucediendo en Libia en estos momentos: un gobierno legítimo, miembro de la o­nU, protegido por este derecho internacional y reconocido por la llamada “comunidad internacional”, un gobierno que además había realizado una política de reformas sociales, está siendo derrocado y su población civil aniquilada impunemente por unas fuerzas militares extranjeras en coordinación con elementos locales insurrectos extremistas, amparándose en la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esta resolución –ya de por sí un atentado a la soberanía nacional y totalmente unilateral, puesto que se basaba en informaciones de los medios de comunicación occidentales que se han demostrado completamente manipuladas– ni permitía armar a los llamados “rebeldes”, ni el derrocamiento del gobierno libio, ni el asesinato de Gaddafi y sus familiares, ni tampoco el bombardeo indiscriminado de la población civil, tan sólo establecía la creación de una zona de exclusión aérea y un bloqueo de armas a Libia.

Nadie en su sano juicio entre la izquierda occidental en 1936 le negaría el derecho la República española –que, a diferencia de Libia, era una metrópoli colonial que poseía el Marruecos español, el Sáhara y la Guinea española– la lucha armada contra la invasión fascista. Y al igual que en 1936 la gran prensa burguesa mundial acusaba a los republicanos de cometer multitud de atroces crímenes manipulando la información y mintiendo, se utiliza hoy la misma técnica contra el régimen de Gaddafi. Las diferentes corrientes de la izquierda occidental que en 1936 se movilizaron para ayudar a la República española y condenaron la participación de Hitler y Mussolini, hoy en gran parte permanecen sordas y mudas, impávidas ante las matanzas de los nuevos caudillos nazi-otanistas. Si en 1936 las bombas incendiarias de la Legión Cóndor alemana contra Madrid y Gernika levantaban a una opinión pública mundial indignada y a los partidos de izquierdas, hoy ni siquiera hay interés en condenar los mucho más mortales bombardeos de la Legión Cóndor otánica contra los Gernikas libios.

¿Por qué hoy la inmensa mayoría de la izquierda occidental no sólo se niega a apoyar, sino que incluso socava la lucha patriótica anticolonial del pueblo libio y ni siquiera mueve un dedo por las víctimas de las matanzas nazi-otánicas? Sencillamente, porque la izquierda otanista considera a estas víctimas como los “daños colaterales” necesarios para implantar en Libia los valores que defiende; porque para esta izquierda son más tolerables los crímenes de los políticos atlantistas y los regímenes imperialistas herederos de aquellos que cometieron genocidios contra decenas de millones de indígenas y esclavos negros; porque es una postura políticamente correcta silenciar los millones de crímenes del imperialismo y los de Sarkozy, de Obama, Cameron y otros asociados menores, y cebarse en los crímenes –reales o supuestos– que se le atribuyen al demonio de turno, en este caso Gaddafi.

¿Era Gaddafi un agente del imperialismo en Libia?

La izquierda occidentalista promueve el derrocamiento de Gaddafi con el argumento de que era un agente del imperialismo en Libia.

Hasta hace pocos años Libia fue duramente aislada y bloqueada por los regímenes imperialistas, sufriendo un estancamiento económico y el aumento de problemas sociales. Para romper el aislamiento, desaparecido el antiguo bloque soviético con el que tenía buenas relaciones, se optó por una retirada política mediante concesiones y reformas liberales que pusieron a parte de la economía y el petróleo en manos occidentales y se desarrolló la corrupción entre sectores del régimen. La cooperación parece que alcanzó incluso a los servicios de inteligencia, que habrían trabajado –según algunas informaciones de la prensa imperialista, muy poco fiable– con la CIA y el MI6 en la persecución del terrorismo islámico. Gaddafi fue recibido con honores por todos los jefes de Estado occidentales, incluyendo Sarkozy, Berlusconi y Obama entre otros.

Pero Gaddafi no fue un agente del imperialismo como afirma la izquierda otanista. Hay evidencias de peso que muestran que varias corrientes políticas se desarrollaron en el interior del régimen de la conocida como Jamahiriya Árabe Popular Socialista. Estas corrientes desarrollaron intereses contrapuestos y sus propios calendarios políticos: desde los más afines a posiciones “socialistas” o, para entendernos, defensores de la igualdad y los derechos sociales –entre ellos el propio Gaddafi– así como de independencia nacional y panafricanismo, hasta los sectores más liberales y pro-occidentales, muchos de los cuales se desmarcaron del régimen y formaron parte de la conjura que preparó Francia para desencadenar la rebelión al servicio de la OTAN. El régimen libio, además, se estableció sobre una sociedad tribal relativamente frágil debido a las posturas tradicionalmente pro-colonialistas y monárquicas de la tribu de Bengasi y la potencial influencia desestabilizadora del islamismo radical, constantemente reprimido. Esta sociedad tribal, además, tenía sus canales de poder político y de participación directa en el régimen libio, resultando de todo ello una compleja interacción con las diferentes corrientes políticas del régimen y con el propio Gaddafi, que al parecer en determinados momentos quedó en minoría frente a algunas decisiones políticas importantes, como la de disolver ministerios corruptos.

No obstante, a ojos de gran parte del pueblo libio, la figura de Gaddafi seguía manteniendo un elevado valor simbólico como referente vivo de la independencia del país. Además, como suele suceder en otras experiencias revolucionarias –sobre todo cuando las revoluciones atraviesan dificultades económicas– es muy posible que la juventud de las ciudades fuera también mucho más receptiva a los valores, ideas y modelos culturales occidentales, procedentes de la globalización imperialista. De todo ello resulta un régimen y una sociedad libia mucho más compleja de lo que la ridícula qaesquematización occidental pretende. La deserción de los sectores más liberales y pro-occidentales del régimen libio –según parece tras la decisión de Gaddafi de revertir algunas políticas neoliberales– y las dificultades sociales provocadas por el bloqueo imperialista y las políticas neoliberales, fue aprovechada por el imperialismo–en el contexto de la controvertida “primavera árabe” que sacudió algunos regímenes del norte de África– para preparar la insurrección de Bengasi, que ya había sido decidida por Sarkozy desde mucho antes, tras comprar a desertores de Gaddafi y a las hordas asesinas de integristas islámicos. Sarkozy recibió rápidamente el apoyo cómplice de Obama, Berlusconi, Zapatero y Cameron –que no querían perder su parte del botín– entre la incomprensible inhibición de Rusia y de China, que perdían una posición estratégica en el mediterráneo.

Es curioso ver con qué facilidad la extrema izquierda etiqueta de «agente del imperialismo» a cualquiera que se le antoje, según el capricho ideológico de cada uno. Para algunos, Fidel Castro sería un agente del Partido Demócrata estadounidense por algunas declaraciones positivas que hizo sobre Kennedy, Carter o sobre Obama al principio de su mandato, o un agente del “imperialismo chino” por el comercio que tiene Cuba con este país. Para otros, Lenin y los bolcheviques eran agentes del imperialismo alemán ya que fueron los alemanes quienes pusieron un tren a disposición de Lenin para que éste entrara secretamente en Rusia con la esperanza de que los bolcheviques crearan dificultades al gobierno ruso. Más adelante, Lenin y Trotsky de nuevo fueron acusados de agentes del imperialismo alemán por negociar separadamente la paz con Alemania en 1918 cediéndoles una tercera parte del territorio ruso como indemnizaciones de guerra. Volvieron los bolcheviques y Lenin a ser agentes del imperialismo alemán cuando negociaron secretamente el Tratado de Rapallo en 1922 que, entre otros acuerdos, estipulaba la posibilidad de que el ejército alemán se entrenara secretamente en territorio soviético.

La lista de «traiciones» para la izquierda otanista sería interminable, tanto como el interés que exista en impedir los movimientos de solidaridad con pueblos concretos, pero eso no responde las preguntas necesarias: ¿era Gaddafi un agente del imperialismo? ¿Acaso el imperialismo derrocó a Franco, Salazar, Sukarno, Pol Pot, Pinochet, el Sha de Persia, las dictaduras argentinas, las monarquías despóticas y sanguinarias de Qatar, Bahrein, Arabia Saudí, los tiranos Batista, Somoza y tantos otros semejantes? ¿Por qué en Libia y en Siria se produce la injerencia occidental, y no en las monarquías árabes o en Yemen donde ha habido fuertes insurrecciones populares con decenas o cientos de muertos? ¿Tiene la izquierda otanista alguna respuesta creíble?

Conclusión

La invasión otanista de Libia forma parte de la larga cadena de agresiones y genocidios que el imperialismo viene perpetrando a diestro y siniestro desde que la Unión Soviética –cuya sola existencia hacía imposible que se cometieran estas monstruosas barbaridades– comenzó su declive y dejó de existir. Así, la primera guerra del golfo contra Irak, las guerras de Yugoslavia, la invasión de Afganistán, el genocidio del Congo, la segunda guerra contra Irak, la colonización francesa de Costa de Marfil y finalmente la guerra contra Libia –sin contar un buen número de conflictos menores, como los sucesos del Tíbet o la intervención silenciosa en muchos países de África–, muestran la senda por la que ha decidido avanzar el imperialismo moderno. Algunos han denominado a esta política la “guerra infinita” y otros la “balcanización” del planeta. Son conceptos que definen muy bien las formas que adopta el imperialismo moderno para conquistar un país. Pero su esencia real es que se trata pura y simplemente de una política de conquista colonial.

Mientras Libia se convierte en un inmenso cementerio colectivo y sus pueblos y ciudades son reducidos a escombros, la izquierda occidentalista se muestra impasible ante las matanzas de la OTAN o incluso apoya los designios del imperialismo para Libia y el resto del continente africano con sus irracionales y fantásticas argumentaciones pseudo-izquierdistas. Los regímenes que el imperialismo instaura en los países que conquista generan un grave deterioro de las condiciones de vida, privatizaciones salvajes, empobrecimiento masivo, retroceso brutal de los derechos sociales y de la igualdad de género, odios interétnicos y, además, convierten el país en protectorados del atlantismo dirigidos por las embajadas occidentales que instalan bases militares de la OTAN. Pero eso, para la izquierda occidentalista, no tiene ninguna importancia.

Por fortuna, frente a las repulsivas manifestaciones de fervor neocolonial de la izquierda otanista, comienza a emerger la izquierda internacionalista y solidaria en occidente, sumándose a los posicionamientos inequívocamente anticolonialistas de los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador así como el de Zimbabwe, Sudáfrica y la Unión Africana –por ahora–, además de un gran número de intelectuales africanos anticolonialistas. Esta tendencia se refuerza por las voces valientes de intelectuales y organizaciones políticas de la izquierda occidental que se oponen a la barbarie otanista. Esta izquierda defiende que el futuro de Libia debe decidirlo el pueblo libio sin que intervenga la injerencia imperialista. No sólo eso: también ha tomado conciencia de que Libia, como preámbulo probable de Siria, de toda África y de Oriente Medio, está siendo invadida por el neocolonialismo otanista y que Gaddafi –independientemente de la opinión que merezca o de sus aciertos y errores pasados– ahora mismo está liderando la lucha patriótica de liberación nacional y por ello merece la solidaridad internacionalista.

Si la defensa que hizo la Segunda Internacional socialdemócrata de la participación en la I Guerra Mundial y su pasividad o justificación de la esclavización de los pueblos colonizados provocó la ruptura de Lenin y los internacionalistas, hoy la actitud ante el neocolonialismo y la opresión de los pueblos oprimidos debería mostrar la diferente naturaleza de los partidarios del otanismo y los partidarios del internacionalismo, de la pseudo-izquierda occidentalista y neocolonialista, y de la izquierda comprometida y solidaria. Para ello, la izquierda internacionalista debería rechazar entrar en oscuras transacciones con la izquierda otanista basándose en estrechos cálculos electoralistas, y en un pragmatismo que daña la solidaridad con los pueblos oprimidos a cambio de mezquinas perspectivas de vida en las entrañas institucionalistas del propio país.

La izquierda crítica y valiente, que no tiene miedo a desafiar las mentiras imperialistas y lo políticamente correcto, puede ser la base de la reconstrucción del internacionalismo, el anticolonialismo y la solidaridad. Estos son los elementos sin los cuales es imposible que la izquierda occidental resucite como alternativa creíble ante unos trabajadores occidentales influenciados por décadas de un nacionalismo imperialista y un eurocentrismo brutalmente alienante contra los pueblos oprimidos, hechos históricos que permiten entender el apoyo que encuentran las formaciones de extrema derecha y racistas entre amplios sectores obreros y populares de occidente: el colonialismo en el exterior con su nacionalismo imperialista retroalimenta las tendencias racistas, reaccionarias y fascistas en el interior, y provoca la división de la clase obrera. La izquierda internacionalista, si quiere convertirse en alternativa para los trabajadores occidentales, deberá en primer lugar romper este círculo vicioso.

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sábado, 10 de septiembre de 2011

Contra el capitalismo


Fernando Martínez Heredia Cubarte

Dentro de diez días hará diez años de los atentados famosos en Nueva York y Washington. La población del mundo, convertida en público, vio miles de veces las mismas imágenes de aviones impactando a unas torres que se deshacían de inmediato. Tres mil muertos certificaban la gravedad del asunto. Desde entonces la ideología imperialista de la lucha contra el terrorismo se impuso, a tal punto que hasta sus opositores se ven en la necesidad de utilizarla, y muchos terminan adaptando su pensamiento a ella. Esa victoria es mayor que las obtenidas en una década de “batallas contra los servidores del mal”. Claro que la utilización impune y descarada de la violencia contra las personas y los pueblos inermes ha sido y sigue siendo lo habitual, pero lo fundamental para el dominio del capitalismo imperialista a escala mundial es el control de las opiniones y los pensamientos que consumen las mayorías, es el paso de la estrategia y las técnicas antisubversivas a una gigantesca operación dirigida al control permanente de los valores, la vida espiritual y las capacidades de esas mayorías.

Diez años de asesinatos en masa o selectivos, agresiones armadas a países, derribo descarado de gobiernos, ocupaciones militares, imposiciones abiertas, bombardeos de ciudades o bodas, secuestros, campos de tortura, son algo muy incómodo para una operación que pretende lograr el consenso de la mayoría de los oprimidos y dominados. ¿Cómo desmontar los extraordinarios avances en el ordenamiento internacional, el aprecio y reclamo de convivencia humana y la capacidad de rechazo y condena a los crímenes y los abusos de los poderosos, que se extendieron tanto en el mundo durante el siglo XX? Ya no podían apelar a ideologías de supremacía abierta, chovinista y racista, de “pueblos elegidos”, que justificaran y exigieran ser despiadados, como fue el fascismo. Sin desdeñar el manejo de gran número de formas tradicionales que perviven, de subestimación de unos seres humanos por otros, de prejuicios y de usos crueles, el sistema combina la exaltación manipulada de valores centrales –como el individualismo--, la producción y el consumo masivos de informaciones, opiniones y gustos rigurosamente seleccionados, organizados e impuestos con medios y métodos totalitarios, y la naturalización de todos los eventos sociales que considera convenientes. El conjunto constituye un formidable complejo cultural favorable a la permanencia de la dominación capitalista.

¿Se trata del triunfo de la astucia y la sagacidad, o de una necesidad crucial que ha encontrado un buen modo de solventarse? Asomémonos a las condicionantes de la cuestión.

Está en curso la liquidación progresiva de la soberanía nacional y la autodeterminación, que después de 1945 casi todos los pueblos del planeta obtuvieron, o tuvieron la conciencia de que eran valores superiores que era imprescindible obtener. La soberanía y la autodeterminación han estado en la base de la personalidad cívica de miles de millones de personas, han sido una motivación para sacrificios y heroísmos supremos y el contenido más visible del sistema internacional de la segunda mitad del siglo XX. Durante siglos, el capitalismo pudo ser y desplegar todos sus logros a costa de negarles soberanía y autodeterminación a las mayorías del planeta, mediante su empresa universalizadora más criminal y de consecuencias más trascendentes: el colonialismo. Después de 1945 esa situación cambió radicalmente por la conjunción de dos grandes procesos: las luchas y los sacrificios de cientos de millones de personas que hicieron revoluciones o movimientos independentistas; y las transformaciones del sistema económico y del poder de las potencias en el seno del capitalismo, que generalizaron el neocolonialismo.

En esa segunda mitad del siglo, el desarrollo de aquella mayoría del mundo --que llamaban “subdesarrollada”-- fue el objetivo de innumerables proyectos, esfuerzos, estrategias y gastos de energía. Revolucionarios y reformistas, aliados y enemigos de los imperialistas parecían compartir ese ideal, aunque lo cierto es que lo identificaban de maneras muy diferentes. Lo que tenían en común --lograr el llamado desarrollo-- era una lección extraída de la historia económica del capitalismo, y las condiciones en que lo intentaban eran las de una nueva fase de la universalización imperialista. Pero su contenido divergía mucho, ya que unos pretendían que su país fuera dueño realmente de sus recursos y sus decisiones, y tenían como objetivos beneficiar a la mayoría de su población y ser autónomos respecto al sistema mundial. Otros, por el contrario, asumían nuevas integraciones subordinadas al sistema mundial, mantenían la explotación capitalista de los recursos y del trabajo y repartían la mayoría de las riquezas entre los extranjeros y minorías del propio país. Es decir, unos se debían al socialismo de liberación nacional y otros al capitalismo.

El neocolonialismo constituyó la madurez de la universalización del capitalismo. Considerado en un sentido más amplio que el dominio económico con medios indirectos, reconocía, en varias dimensiones y hasta cierto punto, las libertades, los intereses y la dignidad de los dominados. En el mundo real –que no se parece al de los sectarismos-- existieron y se desplegaron realidades y experiencias muy diversas a lo largo del planeta, con resultados sumamente variados para las personas y los países. Se crearon más de cien nuevos Estados; la mayor parte de ellos se reconocieron como perteneciente a un mundo que llamaron “tercero”, y llegaron a establecer algunas coordinaciones, aunque eran muy diferentes, en ciertos aspectos a un grado abismal. En esta región se establecieron --unidas, combinadas o mezcladas-- todas las contradicciones que dimanan del proceso histórico que han llamado modernidad y las propias de las culturas y los sistemas previos a las colonizaciones, desde las provenientes de las formas más terribles de desigualdad y los más bajos niveles de calidad de la vida hasta las procedentes de los intentos de constituir sociedades socialistas de liberación. Pero era un mundo que albergaba realidades, proyectos y estrategias propias, y esperanzas.

Como resultado de la época de crisis que sufrió entre 1914 y 1945, el capitalismo se vio obligado a profundizar, en sus países centrales, políticas sociales beneficiosas para amplios sectores de población, y a darles legalidad y permanencia a medidas reformistas. Con diferencias, casi siempre el Estado fue su garante o ejecutor. El alto nivel de las luchas de clases y el descomunal conflicto armado de 1939-1945 estuvieron en la base de esos logros, pero el sistema llegó a pensarlos e integrarlos como parte de su economía política y sus políticas económicas. Amplios pactos sociales respaldaron y fortalecieron los sistemas políticos. En muchos países “subdesarrollados”, las revoluciones, movilizaciones y resistencias populares conquistaron políticas sociales y reformas favorables a mayorías; en cierto número de países, gobernantes y sectores dominantes locales viabilizaron esas conquistas y las integraron a su gestión. En todos los países “subdesarrollados” que continuaron dentro del sistema capitalista se mantuvieron gigantescas diferencias en la actividad de las personas, el ingreso, los servicios y la calidad de la vida, injusticia social atada al carácter de las relaciones sociales fundamentales y al carácter de las relaciones del país con el sistema capitalista mundial. Pero hasta los más humildes supieron que el hambre tiene causas sociales, las mayorías exigían políticas sociales y reformas que los favorecieran y el mundo político, los empresarios y los gobiernos estaban obligados a tenerlos en cuenta.

En esa época se generalizaron bastante en el planeta el gobierno por representaciones, los sistemas políticos con partidos y elecciones periódicas, la participación de mayorías en las jornadas cívicas, los equilibrios de los poderes públicos a escala nacional y local, el predominio de ideas que se suelen llamar democráticas y las demandas de que los gobiernos y los Estados las realicen o las respeten. Es cierto que ha sido un campo de batalla entre las formulaciones, instituciones, sentimientos e ideas, por un lado, y por otro sus incumplimientos y defectos, y las violaciones y manipulaciones que han colmado su existencia. El capitalismo rechazó y combatió a la democracia a lo largo de su historia, la adaptó a su dominio según fue madurando y ha sido su principal usufructuario. Pero ella constituye un avance formidable en el largo camino humano y social de búsqueda de formas de convivencia que instituyan la igualdad y la equidad reales, la justicia como norma y el poder del pueblo sobre los procesos sociales. Uno de los errores más graves del socialismo ha sido el menosprecio a la democracia, que le regala al capitalismo lo que solamente un poder popular anticapitalista podría desarrollar, y facilita la conversión de las transiciones socialistas en nuevos sistemas de dominación de minorías sobre las mayorías.

En los últimos treinta años se han ido abatiendo todos los avances a los que me he referido. La naturaleza actual del capitalismo –hipercentralizado, excluyente, parasitario, estafador en finanzas y cobrador de tributos, depredador del planeta-- ha sido decisiva en ese proceso. Profundizar en sus características y actividades principales evidenciaría que está obligado a ser monstruoso, incluso respecto a aspectos que integraban su propio orden. El capitalismo tiene una necesidad vital de arrebatarle al mundo aquellos avances. Al inicio del período reciente se vivían los efectos de la segunda gran ola revolucionaria del siglo, que tuvo su centro en el llamado Tercer Mundo, pero incluyó un ciclo de grandes protestas en muchos países de los llamados desarrollados. Para pasar a la ofensiva y revertir la situación se apeló a sabias combinaciones: debilitar las instituciones y coordinaciones que pudieran servir al Tercer Mundo; librar guerras “de baja intensidad”; conservatizar en alto grado las prácticas y el lenguaje políticos, pero también el material ideal que se da a consumir a la gente; apoderarse de banderas como la de los derechos humanos y lanzar campañas como las supuestas luchas contra el narcotráfico y la corrupción; no oponerse en América Latina al fin de las dictaduras de “seguridad nacional”.

La autoliquidación de los regímenes de dominación existentes en Europa en nombre del socialismo fue para el imperialismo un evento feliz en medio de esas tareas.

La base de aquella ofensiva provino del despliegue de la nueva fase del capitalismo mundial. Neoliberalismo es la palabra clave que permite sintetizarla. Ella brinda ropa y excluye explicaciones para la aplicación de las más rígidas y despiadadas medidas de un imperialismo económico que resuelve las tremendas contradicciones inherentes a su desarrollo mediante la destrucción de los equilibrios económicos y sociales preexistentes, la imposición a todos de los rasgos de su naturaleza actual, la exclusión práctica del sistema de una parte de la población del mundo, la profundización de las desigualdades y la multiplicación de las iniquidades. Es, al mismo tiempo, la palabra clave de una ideología del desarme de toda resistencia o protesta, que franquea un retroceso descomunal del intelecto humano: el paso de los hechos económicos del terreno de las relaciones sociales al reino de la naturaleza.

Las víctimas necesarias de este proceso han sido la soberanía nacional de la mayoría de los países y sus intentos y proyectos de desarrollo autónomo, la democracia, los pactos sociales y los repartos de renta de alguna amplitud, propiciados o avalados por los Estados, y la incapacidad de representarse y pensar la situación y los problemas y del mundo, inducida a las mayorías. La victoria principal obtenida por el capitalismo ha sido evitar que sus acciones acarreen respuestas que creen y generalicen conflictos agudos que amenacen su existencia. Ese triunfo es lo que le permite contrarrestar el peligro mortal en que lo ha colocado su naturaleza, y es mayor si nos damos cuenta del sentido de la gigantesca acumulación cultural obtenida por la humanidad durante el siglo que terminó, mediante las resistencias, tomas de conciencia, movilizaciones, revoluciones y construcciones sociales que protagonizaron cientos de millones de personas, que se tradujeron en logros palpables, proyectos, experiencias y profundos cambios humanos y sociales. Esa es la verdadera bomba que podría estallar y barrer a los que dominan el mundo actual.

Es imperioso comprender estas cuestiones esenciales, y atenerse a esa comprensión al decidir qué hacer frente a este presente ominoso. Es preciso conocerlas, divulgarlas, denunciarlas y combatirlas. Los que trabajamos con las ideas y los análisis podemos hacerlo respecto al sistema colosal que mencioné al inicio, de control permanente de los valores, la vida espiritual y las capacidades de las mayorías, que es el objetivo central en la guerra cultural que libra el capitalismo. Cuba no está fuera de esa guerra: somos un objetivo especial de ella, porque los expulsamos de aquí y hemos resistido con éxito al imperialismo durante más de medio siglo. Ellos quieren restaurar en Cuba el capitalismo neocolonizado, y para nosotros no hay opciones intermedias.

Una entre otras tareas sería trabajar contra las formas cotidianas en que se siembra, difunde y sedimenta ese control, sobre todo las que parecen ajenas a lo político o ideológico, e inofensivas. Por ejemplo, a través del consumo de un alud interminable de materiales se intenta norteamericanizar a cientos de millones en todo el planeta, en cuanto a las imágenes, las percepciones y los sentimientos. A veces tratan cuestiones políticas, con enfoques variados –aunque prima el conservatismo--, pero la proporción es ínfima en relación con las cuestiones no políticas. Lo decisivo es familiarizar y acostumbrar a compartir con simpatía las situaciones, el sentido común, los valores, los trajines diarios, los modelos de conducta, la bandera, las aventuras de una multitud de héroes, las ideas, los artistas famosos, los policías, la vida entera y el espíritu de Estados Unidos. Sin vivir allá ni aspirar a una tarjeta verde. Es suicida quien cree que esto es solamente un entretenimiento inocente para pasar ratos amables.

¿Qué es noticia al servicio de la dominación, para qué, cómo se trabaja, cuánto dura? En este campo tan crucial para la ideología coexisten los análisis espléndidos o rigurosos de especialistas, que lo muestran o explican muy bien, con el tratamiento que suele darse en la práctica a la información y la consecuente formación de opinión pública. Se ven y se oyen materiales que constituyen propaganda imperialista acerca de los hechos que realizan contra los pueblos, sin hacerles ninguna crítica, o se repiten sus términos, como el que le llama “servicio internacional” a su ejército de ocupación de un país. No basta con hacer divulgación o propaganda antimperialistas, si ellas conviven con mensajes imperialistas y fórmulas confusionistas. La necesidad de enfrentar esas campañas es más aguda hoy, cuando la operación de Libia nos ha mostrado la soberbia, el descaro y la arrogancia con que bombardearon durante meses un país, asesinaron a cincuenta mil personas, aplastaron la soberanía, derrocaron al gobierno y se reparten los contratos del petróleo, con la complicidad de lo que fue la ONU y la más completa impunidad.

No es posible ser ciego: están tratando de convertir en hechos naturales hasta sus mayores crímenes, en asunto de noticias sesgadas y empleo de palabras más o menos comedidas. Su apuesta es lograr que los activistas sociales y los intelectuales y artistas que son conscientes y se oponen queden solos y aislados en sus nichos, y sus productos sean consumos de minorías, mientras las mayorías conforman una corriente principal totalmente controlada por ellos.

El apoliticismo y la conservatización de la vida social son fundamentales para el capitalismo actual. Sin enfrentamientos políticos o de ideologías, se extienden y sedimentan conductas, valores, percepciones y juicios sobre sí y sobre los otros y sentidos de la vida en el terreno personal, de las familias y los grupos afines, que constituyen una acumulación cultural favorable al capitalismo. Las prácticas suelen ser lo principal, pero los seres humanos necesitan elementos para guiar sus acciones y sus proyectos, y concepciones más generales. El ideal es reducirles la capacidad de pensamientos complejos, y ocupar ese espacio con lugares comunes y dicotomías sencillas y fuertes. Es el caso, por ejemplo, de éxito-fracaso, que permite clasificar a las personas según les vaya respecto a lo que se mide; se excluyen así las relaciones sociales y la situación social, y quedan los individuos supuestamente soberanos y realmente aislados. Gana fuerza también el peso de pretendidos “valores eternos” como son el bien y el mal, la bondad y la maldad, abstractos y desasidos de las realidades y los conflictos sociales. En el complicado cuadro resultante pueden convivir la ostentación de riqueza que busca un lugar social privilegiado y el afán del más pobre para alternar –o que alternen sus hijos--, con la idea de la bondad como supuesto patrimonio de los pobres.

He optado siempre por ser intransigente en las cuestiones esenciales y atender a los matices y diversidades en todo lo demás. Pero me temo que en este asunto hoy no hay lugar para los usos profesionales ni las pluralidades, ni siquiera para la urbanidad: o estamos contra el capitalismo o estamos a favor de él.

Fuente:http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/contra-el-capitalismo/19813.html


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jueves, 8 de septiembre de 2011

Colombia: Estudiantes universitarios en lucha contra la reforma neoliberal de la Ley 30

Coordinadora Estudiantil de la Universidad del Valle
Red de Medios Alternativos y Populares Valle

* 7 de Septiembre, Gran marcha nacional en conjunto con otros sectores. * 6 de Octubre, Consulta nacional estudiantil sobre la reforma y ley 30. * 12 de Octubre, Gran marcha Estudiantil por la educación y cese de actividades.

Nos encontramos en medio de la más feroz arremetida del capital transnacional contra el derecho a la Educación Superior en diferentes latitudes del mundo y que ha provocado la valerosa movilización de miles de jóvenes griegos, ingleses, franceses, españoles y por supuesto del movimiento estudiantil chileno que ha colmado de nuevo las calles de dignidad y de sueños de transformación educativa y social latinoamericana.

No muy lejos de esas latitudes del cono sur de nuestro continente, específicamente en nuestro país, este tipo de Arremetidas no han hecho esperar, arremetidas expresadas en nuestro país en la propuesta de reforma a la Ley 30 de Educación Superior presentada por el gobierno de Juan Manuel Santos, propuesta que busca consolidar aquel viejo sueño neo liberal de la Universidad como empresa y para la empresa privada en la que el Estado renuncia expresamente a su responsabilidad sobre la financiación de la Universidad Colombiana, continuando entonces de esta manera con la política de exclusión, privatización y falta de soberanía que ha caracterizado este estado criminal a lo largo de la historia de nuestra nación.

Para cumplir su objetivo el gobierno de la “ unidad nacional”, busca imponer diversas formas de privatización y exclusión en la Universidad Colombiana, bien sea a través de las fórmulas más descaradas y perversas como la de las Universidades con ánimo de lucro, que se traducen en el entendimiento total de la educación universitaria como una mercancía sujeta a ser vendida solo a quien pueda pagarla, concepto que en la actualidad se tiñe de un mentiroso sofisma de distracción de haber desaparecido ya de esta nociva reforma, restructuración de la ya de por si reestructurada reforma que en el fondo de la misma no cambia para nada la intensión de este antipopular proyecto de ley.

Las Universidades con ánimo de lucro concepción supuestamente eliminada en la actualidad no deja de ser importante e indispensable para el futuro no tan lejano del actual proyecto político de Juan Manuel Santos, no por su capacidad trasformadora y emancipadora, sino por la generación de lucro, en esta fórmula no hay educación buena o mala, solo educación rentable; no hay comunidad universitaria, solo usuarios, empleados y juntas directivas; en este modelo no hay democracia, solo decisiones de accionistas anónimos; en síntesis este modelo representa la eliminación absoluta y definitiva de la Universidad pública y critica.
Otras singulares formulas de privatización se encuentran estipuladas en la propuesta de Universidades de carácter mixto (financiación público - privada) que no pretende nada distinto que ocultar el proceso lento de privatización al que se verán abocadas las Universidades públicas debido a la desfinanciación estatal y a la necesidad de buscar cada vez más capital privado, que si bien puede traer consigo “alivio financiero” también trae de su mano el criterio mercantil y empresarial a todo el quehacer universitario. Especial atención merece el esquema de financiación propuesto por esta reforma para las Universidades públicas que busca además de imponer las áreas en donde deben crecer las universidades en una flagrante vulneración del derecho a la autonomía universitaria, avanzar en la prelación de la demanda y no de la oferta a través de unidades por capitación.

Una vez más esta contra reforma educativa o nueva ley de educación superior busca ser aprobada de la forma más antidemocrática posible, característica constante de los Gobiernos oligarcas que han dominado nuestra nación a lo largo de su historia, tajantemente la voz crítica y propositiva de la comunidad Universitaria Nacional, comunidad, en espacial la estudiantil, que de manera enfática ha rechazado el contenido de dicho proyecto de Ley y que no se siente representada por entes e instituciones que se han tomado la vocería de las Universidades y los estudiantes.

De igual forma la imposición de este proyecto de Ley ha estado acompañado por una fuerte campaña de estigmatización en contra del movimiento estudiantil colombiano y sus formas de protesta, generando un ambiente propicio para la vulneración sistemática de los Derechos Humanos de la comunidad universitaria, a través de amenazas, intimidaciones y de la irrupción violenta y constante de la fuerza pública a los campos universitarios como actualmente se ha visto en la Universidad Industrial de Santander (UIS) y el Universidad de Antioquia (UDEA).

Las y los estudiantes colombianos no hemos sido inferiores al reto histórico que se nos presenta, hemos salido a la calles de manera apoteósica a defender lo que es nuestro; no de los estudiantes sino del pueblo Colombiano en general, hemos demostrado las solidez de nuestros argumentos y la firmeza de nuestras convicciones en las aulas de clase, en las asambleas universitarias, en los foros académicos, con las organizaciones sociales y en todos los espacios donde nuestra voz digna y contundente ha podido llegar, tal como quedó demostrado en aquella histórica movilización del pasado 7 de abril donde más de cien mil corazones, demostraron su claro rechazo ante semejante y lesiva ley de educación superior.


Y ahora…¿En qué estamos?


Con tan importantes movilizaciones en las que se mantiene en alto la dignidad del pueblo Colombiano; los y las estudiantes universitarios nos encontramos una ves mas el pasado 20 y 21 de agosto en Bogotá para dar forma dinámica al I Encuentro de la MANE (Mesa Amplia Nacional Estudiantil) importante espacio de análisis y debate quecontó con la importante y significativa de estudiantes organizados y no organizados de todas las regiones de nuestro país. En este espacio de encuentro estudiantil se construyeron de manera fraterna y ante todo bajo el criterio UNITARIO, los elementos metodológicos y programáticos que posibiliten a nuestro sector avanzar en la defensa de la Universidad pública y la consolidación de la dinámica organizativa del movimiento estudiantil colombiano.

Desde las diferentes mesas de trabajo que se desarrollaron se escuchó en cada una de las intervenciones, el rechazo y exigencia de hundimiento de la reforma y la ley 30 de 1992, y la construcción de una propuesta alternativa, amplia y democrática de educación. Para tal objetivo se hizo un llamado a la construcción, consolidación y fortalecimiento de las mesas amplias locales en las cuales se trabajara por la articulación de las expresiones organizativas de los estudiantes, buscando desde este espacio amplio e incluyente llevar a cabo las acciones pertinentes para la defensa de la Universidad pública y las reivindicaciones propias de cada Universidad, articulando a todo el estudiantado hacia la construcción de un nuevo modelo de educación.

Este importante esfuerzo nos deja como anticipo y bandera de lucha el Programa Mínimo de los Estudiantes Universitarios; importante hecho histórico que no se daba desde hace ya cuarenta años, recogiéndose actualmente en seis puntos claves:

1. Total financiamiento por parte del estado.

2. Defensa de la autonomía y democracia universitaria.

3. Calidad académica, sin estandarización de los programas, descongelamiento de la planta docente y aumento de la cobertura sin detrimento de la calidad.

4. Garantías de bienestar universitario.

5. Respeto y garantías democráticas y de movilización.

6. Educación y sociedad. Que la educación sea orientada a resolver las principales problemáticas que afrontan los sectores populares. En este último punto, ratificamos nuestro compromiso como estudiantes y sector social y juvenil de la nación, a levantar al lado de estas banderas de resistencia también la SoluciónPolítica del Conflicto Social y Armado que padece nuestro país hace ya más de 60 años y que mantiene a nuestra querida patria sumergida en la más ignominiosa guerra que a diario cobra la vida de cientos de personas y mancha de sangre y sufrimiento nuestra nación, exigimos también al lado de estas importantes banderas una paz verdadera y duradera donde la justicia social sea el motor que lleve a nuestro país a una verdadera reconciliación, una nación democrática y soberana y digna; en síntesis un nuevo país equitativo e incluyente de las grandes mayorías Colombianas.

¡Se viene el estallido!

Se hace un llamado a todo el estudiantado colombiano a asumir las banderas de la defensa de la universidad pública haciéndose participes de las movilizaciones y actividades convocadas desde este espacio

* 7 de Septiembre, Gran marcha nacional en conjunto con otros sectores.
* 6 de Octubre, Consulta nacional estudiantil sobre la reforma y ley 30.
* 12 de Octubre, Gran marcha Estudiantil por la educación y cese de actividades.


Hacia la consolidación del programa mínimo de los estudiantes, por la construcción de un nuevo modelo de educación amplio, democrático, popular. ¡A construir el paro nacional universitario ya! Viva la Marcha Patriótica y cabildo abierto permanente por la Independencia

COORDINADORA ESTUDIANTIL DE LA UNIVERSIDAD DEL VALLE. PUPSOC - VALLE
Colectivo Estudiantil Popular Núcleo 5 – CEP-N5. Identidad Universitaria Palmira – IDUP. Círculos Populares de Estudios Latinoamericanos – CPEL. Colectivo de Estudio e Investigación ARQ. Social .

http://coordiestudiantiluv.blogspot.com/

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El Capitalismo, su “Educación” y sus “Educadores”


Fernando Buen Abad Domínguez Universidad de la Filosofía

Con el argumento de que la “educación” es el gran remedio para (casi) todos los males sociales e individuales, se la usa como una de las más “respetables” trincheras ideológicas burguesas aparentemente irrefutable por su, no menos aparente, “filantropía”. En realidad es un arumento hipócrita, insustentable e ilusionista. Sin apología alguna por la ignorancia, recordemos que las revoluciones son impulsadas por la fuerza inmensa de la clase trabajadora que, a pesar de sufrir los estragos del capitalismo, en su trabajo, en su salud, en su vivienda, en su riqueza natural, en su conciencia, en su cultura y su estado de ánimo… cada día cobra mayor conciencia de lucha. Eso no es por estar “bien educados” sino por, entre otras razones, la clase trabajadora impulsa su conciencia y se educa, con sus fuerzas propias, para afianzarse en la batalla por emanciparse.

A la “educación” que la burguesía imparte, junto a sus miserias y falacias, se la baña con saliva limosnera. Nunca faltan los demagogos dispuestos a teñir con gestos de dádiva grandilocuente lo que en realidad debe ser el cumplimiento de una obligación y un derecho, social e histórico, conquistado por los pueblos. Los que se creen dueños del “saber”, metidos a mercaderes del conocimiento, van por el mundo dictando cátedra sobre su “bondad”, extraterrestre, expresada en “dar educación al pueblo”. Y pasar factura, desde luego. Y repiten, con ignorancia impúdica, que la “educación” lo arreglará todo. Hablan, claro, de su “educación” que es su gran negocio.

La maquinaria “educativa” financiada por la burguesía, en todos sus niveles y extensiones, (y con excepciones honrosas) es una maquinaria de guerra ideológica empeñada en sistematizar, en las aulas, los modos y los medios para amaestrar personas, para inocular la ideología de la clase dominante disfrazada con “prestigio científico” y para hacer tragar a los pueblos la “dignidad culterana” de las más vergonzosas teorías pseudocientíficas, y los más bochornosos exorcismos al capitalismo. Diariamente un ejército de “educadores” serviles infesta los espacios “académicos” (públicos o privados) para hacer creer a los “estudiantes”, gracias a un salario mayormente mediocre, que el “saber”, autorizado por las oligarquías y sus instituciones, es la verdad revelada que los conducirá a un futuro de “bienestar” a cambio de entregar su cerebro con docilidad y servilismo. Espejismos del cuentapropismo académico parasitario y decadente. Y lo avalan con títulos de pre-grado, grado, post-grado… el fetichismo de los títulos académicos.

Ese modelito de falacias y extorsiones “educativas”, ¡institucionales!, ha tendido trampas “lógicas” a diestra y siniestra para garantizar la sobrevivencia de un monstruo burocrático costoso, anacrónico, anti-democrático, autoritario y discriminador basado en reproducir en las aulas les relaciones obrero- patronales. Todo revestido con palabrería “científica” para hacer creer que es “conocimiento” cierto, ese magma de ignorancia, limitaciones y petulancia que desparraman diariamente millones de “educadores” cómplices de la farsa. Eso, claro, con la bendición de los jefes que no son menos serviles, ni menos cómplices, ni menos ignorantes que sus súbditos “cultos”. Aunque “administren” o “gerencien” bien.

No hay atenuantes, la historia de la educación burguesa, que por momentos fue exitosa sólo para la clase dominante, ha sido un fracaso horrísono que al proletariado sólo trajo penurias, gastos inmensos, estigmas, maltrato, marginación e inutilidad pasmosa. Una educación emancipadora está todavía por venir cuando sepamos des-mitificar y modificar el estado actual de esa “Educación” burguesa que no ha resuelto, ni resolverá, los verdaderos problemas de fondo. Los “grandes avances” burgueses, en ciencia y tecnología, se traducen mayoritariamente en penurias y explotación para los pueblos. Eso no lo tapan las migajas “educativas” de las demagogias.

Está en crisis la Educación originada por los aparatos burgueses para la dominación ideológica, como expresión de la Crisis de Dirección Revolucionaria que aqueja a la humanidad. Tal “crisis”, ya añeja, en el sentido de crisis rumbo y en el sentido de crisis de dirigentes, debe ser objeto supremo de la Educación Revolucionaria que bien debe servir como motor organizador que refresque y expanda la conciencia de la humanidad y libere los millones de categorías y conocimientos que le han sido vedados o secuestrados por obra y gracia de la ideología, y los intereses, de la clase dominante.

Algunos luchamos por una Revolución Educativa internacionalista, que sea producto de la gran Revolución Socialista impulsada por los trabajadores de todo el mundo. Algunos luchamos, e inventamos salidas, desde trincheras diversas. Quisiéramos la ciencia emancipada y al servicio de la humanidad y no la ciencia mercachifle que se adueñó de los centros de estudio para domesticar cerebros y ganancias. Quisiéramos terminar con los latifundios académicos y el besamanos doctoral. Quisiéramos vida democrática plena en las aulas, quisiéramos cultivo colectivo del conocimiento, quisiéramos docentes, estudiantes y científicos hermanados, hombro a hombro, con las luchas de los pueblos, especialmente en la lucha contra la ignorancia y la miseria intelectual. Quisiéramos educación y ciencia en plena Batalla de las Ideas, quisiéramos alegría y moral de lucha en el descubrimiento del saber, quisiéramos la ética socialista como epistemología de las ciencias y la pedagogía emancipadora sin las aberraciones “didácticas” que la niegan. Quisiéramos un programa educativo mundial no subordinado al interés de la usura, ni al negocio de élites, ni a la idolatría burguesa… “Necesitamos otra educación para otra sociedad y otra sociedad para otra educación” KM. No es mucho pedir.


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La verdadera guerra comienza ahora


Pepe Escobar Asia Times Online

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Basta de hablar de la caída del Gran G. Ahora llega lo fundamental: Afganistán 2.0, Iraq 2.0, o una mezcla de ambos.

Los “rebeldes de la OTAN” siempre han asegurado que no quieren ocupación extranjera. Pero la OTAN –que posibilitó la victoria– no puede controlar Libia sin tropas sobre el terreno. Por lo tanto, en la central de la OTAN en Mons, Bélgica, juegan con múltiples escenarios, bajo una cobertura de terciopelo de las Naciones Unidas.

Según los planes que ya se han filtrado, podrá haber tarde o temprano soldados de las monarquías del Golfo Pérsico y de aliados amistosos como Jordania y especialmente Turquía, miembro de la OTAN, también muy ansiosa de obtener grandes contratos comerciales. Casi ninguna nación africana formará parte del asunto, ahora se ha "reubicado" a Libia en Arabia.

El Consejo Nacional de Transición (CNT) estará de acuerdo –o lo obligarán a estar de acuerdo– si Libia cae, o cuando caiga, en el caos. A pesar de eso será extremadamente difícil que le acepten, mientras las extremadamente dispares facciones de los “rebeldes de la OTAN” consolidan frenéticamente sus feudos, y se preparan para volverse unas contra otras.

No existe evidencia hasta ahora de que el CNT –fuera de arrodillarse ante el altar de las naciones miembros de la OTAN– tenga la menor idea de cómo administrar un paisaje político complejo en Libia.

Cañones sin rosas

En Libia todos están ahora virtualmente armados hasta los dientes. La economía está paralizada. Ya ha comenzado una obscena disputa encarnizada por quién controlará los miles de millones de dólares descongelados de Libia.

La tribu Obeidi está furiosa con el CNT porque no ha habido ninguna investigación sobre el asesinato del comandante del ejército rebelde Abdul Fattah Younis el 29 de julio. Los miembros de la tribu ya han amenazado con tomarse la justicia por su mano.

El principal sospechoso del asesinato es la brigada Abu Ubaidah bin Jarrah, una milicia fundamentalista islámica de la línea dura que rechaza la intervención de la OTAN y se niega a combatir bajo el CNT, calificando tanto al CNT como a la OTAN de “infieles”.

Luego existe la pregunta empapada en petróleo: ¿Cuándo organizará la nebulosa del Grupo de Combate Islámico de Libia (LIFG, por sus siglas en inglés) su propio golpe para eliminar al CNT?

En todo Trípoli hay ecos gráficos del infierno de las milicias en Iraq. El ex recurso de la CIA y ex detenido de la “guerra contra el terror”, general Abdelhakim Belhaj –surgido del círculo Derna, la zona cero del fundamentalismo islámico en Libia– es el líder del nuevo Consejo Militar Trípoli.

Ya han sido lanzadas acusaciones por parte de otras milicias de que debe irse ya que no combatió por la “liberación” de Trípoli, lo quiera o no el CNT. Eso significa esencialmente que la nebulosa LIFG-al-Qaida combatirá tarde o temprano en una parte de la futura guerra de guerrillas, contra el CNT, otras milicias, o ambos.

En Trípoli, los rebeldes de Zintan, en las montañas occidentales, controlan el aeropuerto. El banco central, el puerto de Trípoli y la oficina del primer ministro están controlados por rebeldes de Misrata. Bereberes de la ciudad montañosa de Yafran controlan la plaza central de Trípoli, pintada ahora con espray “Revolucionarios de Yafran”. Todos estos territorios están claramente identificados como advertencia.

Mientras el CNT, como unidad política, ya se comporta como un gobierno en las últimas; y mientras las milicias simplemente no desaparecen, cuesta también imaginar Libia como un nuevo Líbano; la guerra en el Líbano comenzó cuando los vecindarios de Beirut se repartieron entre suníes, chiíes, maronitas cristianos, nasseristas y drusos.

La libanización de Libia, además, incluye la letal tentación islámica, que se propaga como un virus por toda la Primavera Árabe.

Por lo menos 600 salafistas que combatieron en la resistencia suní iraquí contra EE.UU. fueron liberados de la prisión Abu Salim por los rebeldes. Es fácil imaginarlos aprovechando el saqueo generalizado de Kalashnikovs y de misiles antiaéreos soviéticos Sam-7 lanzados desde el hombro para reforzar su propia milicia islamista de la línea dura siguiendo sus propios planes, su propia guerra de guerrilla.

Bienvenidos a nuestra ‘democracia’ racista

La Unión Africana (UA) no reconocerá al CNT; de hecho, acusa a los rebeldes de la OTAN de asesinatos indiscriminados de africanos negros, considerados todos como “mercenarios”.

Según Jean Ping de la UA: “… El CNT parece confundir a negros con mercenarios… [Parece pensar] que todos los negros son mercenarios. Si se hace algo semejante significa que un tercio de la población de Libia, que es negra, también son mercenarios.”

El pequeño puerto de Sayad, a 24 kilómetros al oeste de Trípoli, se ha convertido en un campo de refugiados africanos negros aterrorizados por la “Libia libre”. Médicos sin Fronteras descubrió la existencia del campo el 27 de agosto. Los refugiados dicen que desde febrero comenzaron a ser expulsados por los propietarios de los negocios en los que trabajaban, acusados de mercenarios, y que los están acosando desde entonces.

Según la mitología rebelde, el régimen de Gadafi estaba protegido esencialmente por murtazaka (“mercenarios”). La realidad es que Gadafi empleó un contingente de combatientes africanos negros, de Chad, Sudán y tuaregs de Níger y Mali. La mayoría de los africanos negros sub-saharianos de Libia son trabajadores emigrantes con trabajos legales.

Para ver por dónde van las cosas, hay que mirar al desierto. El inmenso desierto del sur de Libia no fue conquistado por la OTAN. El CNT virtualmente no tiene ningún acceso a todo el agua de Libia ni a gran parte del petróleo.

Gadafi tiene la posibilidad de “operar en el desierto”, de negociar con una serie de tribus, de comprar o consolidar su lealtad y organizar una continua guerra de guerrilla.

Argelia está involucrada en una cruenta lucha contra al-Qaida en el Magreb. La vasta y permeable frontera de 1.000 kilómetros de Argelia con Libia, sigue abierta. A Gadafi le resultaría fácil basar sus guerrillas en el desierto meridional con un refugio en Argelia, o incluso en Níger. El CNT ya está aterrorizado ante esta posibilidad.

La operación “humanitaria” de la OTAN ha lanzado por lo menos 30.000 bombas sobre Libia durante los últimos meses. Es seguro decir que muchos miles de libios han muerto en los bombardeos, los cuales no se detienen; pronto la OTAN puede atacar a algunos –civiles o no– a quienes en teoría estaba “protegiendo” hasta hace pocos días.

El Gran G derrotado puede resultar mucho más peligroso que un Gran G en el poder. La verdadera guerra comienza ahora. Será infinitamente más dramática y trágica. Porque ahora será una guerra darwiniana, norteafricana, de todos contra todos.

Pepe Escobar es autor de “ Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War ” (Nimble Books, 2007) y “ Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge ”. Su último libro es “ Obama does Globalistan ” (Nimble Books, 2009). Puede contactarse con él en: pepeasia@yahoo.com .

(Copyright 2011 Asia Times Online (Holdings) Ltd. All rights reserved.)

Fuente: http://www.atimes.com/atimes/Front_Page.html

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La vulnerabilidad del sistema financiero, la ilegitimidad de las deudas públicas y el combate político internacionalista por su anulación

François Chesnais Herramienta

En la primavera de 2010, los grandes bancos europeos, encabezados por los bancos franceses y alemanes, convencieron a la Unión Europea y al Banco Central Europeo que el riesgo de default de la deuda pública de Grecia ponía en peligro sus balances. Los grandes bancos europeos habían recibido una fuerte ayuda en el otoño del 2008, cuando la quiebra del banco Lehmann Brothers en Nueva York llevó la crisis financiera a su paroxismo. Luego del salvataje, no depuraron todos los activos tóxicos de sus cuentas. Y a pesar de todo siguieron haciendo colocaciones de alto riesgo. Para algunos, el más mínimo default de pago significaría la quiebra. En mayo 2010 se montó un plan de salvataje con un ribete financiero y otro de drástica austeridad presupuestaria y acelerada privatización: fuertes reducciones de los gastos sociales; disminución de los salarios de empleados públicos y reducción de su cantidad; nuevos ataques a los sistemas jubilatorios, fuesen por capitalización o por repartición. Los primeros países en aplicarlo, como Grecia y Portugal, quedaron atrapados en una infernal espiral cuyas víctimas inmediatas son las capas populares y los jóvenes. Esta política afecta a un número cada vez mayor de países en Europa occidental y mediterránea, después de haber asolado a los países bálticos y balcánicos. El costo del salvataje del sistema financiero europeo y, con él, del sistema mundial, se impone a los trabajadores, a la juventud y a las capas populares más vulnerables.

¿Qué necesidad tenemos de los bancos en su forma actual? ¿Hay que seguir salvándolos?

Dos series de ideas estrechamente entrelazadas son repetidas hasta el cansancio, con ligeras variantes, tanto por el gobierno como por los dirigentes del UMP, del Partido Socialista y de los partidos llamados centristas. Las primeras se refieren a la deuda pública, las segundas a los bancos. Los “sacrificios” reclamados a nivel de las jubilaciones, el congelamiento de las remuneraciones de los empleados públicos, los nuevos y drásticos recortes en el presupuesto educativo, etcétera, son necesarios, nos dicen, para que “la deuda de Francia sea honrada”. Es preciso evitar también que Francia pierda la calificación AAA que le conceden las agencias calificadoras, a fin de no quedar obligada a pagar intereses más altos de los que paga actualmente por la deuda pública. En lo que se refiere a los bancos, se nos dice que tienen funciones indispensables que cumplen bien, o en todo caso lo suficientemente bien como para que sea necesario y legítimo correr en su auxilio cada vez que lo piden.

La exhortación a “honrar la deuda” y ayudar a los bancos se basa en la idea de que habrían prestado sumas que son el fruto del ahorro pacientemente acumulado a través de un duro trabajo. “La mayor parte de los economistas, escribe un especialista crediticio que trabaja en los Estados Unidos, piensa que los bancos son simples intermediarios entre los depositantes y los tomadores de créditos. Otra manera de expresar esta creencia muy difundida es decir que los bancos recogen el ahorro y financian la inversión. A partir de esto, basta un pequeño paso para llegar a la conclusión de que, antes de que pueda hacerse una inversión debe constituirse un determinado monto de ahorro”1. La realidad es muy distinta. Los préstamos de los bancos no guardan relación con el monto de los depósitos y el pequeño ahorro que les es confiado. Nunca fueron simples intermediarios. Y después de su transformación en grupos financieros diversificados, con operaciones trasnacionales, menos que nunca. Los beneficios bancarios provienen de sus operaciones de creación de crédito. Y su fuente está en el flujo de riqueza (valor y plusvalor) provenientes de las actividades productivas. El camino seguido diferirá según quien tome el préstamo. En el caso de un Estado, pasa por el impuesto y los servicios por los intereses de la deuda pública. En el caso de una empresa, se trata de una fracción de la ganancia. En el caso de los particulares y hogares, es una parte de su salario o de su jubilación la que es absorbida por los intereses que pagan por sus créditos hipotecarios o sus cartas de crédito. Mientras más presta un banco, mayores son sus ganancias. En el transcurso de las dos últimas décadas, los bancos concibieron medios que aparentemente le permitían lograrlo. Las “innovaciones financieras” dieron origen a una red muy densa de transacciones interbancarias. Y fue a partir de estas “innovaciones” que los bancos pudieron poner en marcha el llamado “efecto de apalancamiento”, es decir una relación de préstamos de capitales propios y depósitos disponibles cuya altura (incluso más de 30%) los coloca permanentemente en situación de gran fragilidad. Ellos lo saben, pero cuentan con los gobiernos para que les aseguren en cualquier circunstancia y a cualquier costo social un cinturón de seguridad, y en los casos extremos, la socialización de sus pérdidas.

El FMI publica, cada seis meses y más o menos simultáneamente, dos grandes informes, uno sobre las perspectivas de la economía mundial, y el otro sobre el estado del sistema financiero mundial. El primero atrae la atención de todos los economistas, allí el FMI presenta sus proyecciones macroeconómicas: es un terreno familiar. El segundo apenas si es leído por quienes, en el marco de la mundialización comercial y financiera, dan importancia a la finanza y a las crisis financieras. En enero 2011, el FMI estimaba ya que una de las grandes incógnitas de la situación económica mundial tenía que ver con que en Europa, “la integración entre los riesgos soberanos y bancarios se intensifica”2. El primer capítulo del nuevo informe sobre la situación del sistema financiero mundial confirma esta apreciación. El mismo pone el acento en la vulnerabilidad de los bancos, en particular de los bancos europeos3. El juicio del director del departamento de mercados financieros y monetarios del FMI es el siguiente: “casi cuatro años después del comienzo de la crisis financiera, la confianza en la estabilidad del sistema bancario global todavía debe ser restablecida totalmente”. Y subraya, en lo referido a los bancos europeos, que “algunos bancos siguen teniendo un porcentaje de apalancamiento demasiado importante, tienen capitales propios insuficientes, teniendo en cuenta la incertidumbre en la cualidad de sus activos. Estos débiles niveles de fondos propios hacen vulnerables a algunos bancos alemanes ante nuevos choques, así como las cajas de ahorro italiana, portuguesas y españolas en dificultades”4.

El rol de los bancos es proveer crédito comercial (suministrar efectivos comerciales a muy corto plazo) y préstamos a más largo plazo a las empresas para sus inversiones. Este rol es indispensable para el funcionamiento del capitalismo. Y lo será también para cualquier forma de organización económica basada en modalidades descentralizadas de propiedad social de los medios de producción que supongan recurrir al intercambio. Pero el balance de tres décadas de liberalización financiera y de cuatro años de crisis plantea, en todo caso, la cuestión de la utilidad económica y social de los bancos en su forma actual. Convertidos en conglomerados financieros, ¿tienen derecho los bancos al respaldo de los gobiernos y los contribuyentes, cada vez que sus balances están amenazados debido a sus propias decisiones de gestión? Mucha gente comienza a cuestionarlo. Ellos se expresan a veces, como lo ha hecho Eric Cantona, de una forma que los medios no pueden ignorar. No se trata de destruir los bancos, sino de tomarlos para que puedan cumplir las funciones esenciales que en principio les son propias, es la respuesta que doy junto a otros, como Frederic Lordon5.


Definamos la ilegitimidad de las deudas públicas



El concepto de deuda odiosa fue aplicado desde los años 1980 a la deuda de los países del tercer mundo. Se ha discutido su posible aplicación al caso de la deuda griega. Se trata de una noción que se remonta al período de entreguerras. La primer definición pertenece a Alexander Sack, jurista ruso y profesor de derecho internacional en París: “deuda contraída por un régimen despótico [diríamos ahora “dictadura” o “régimen autoritario”] en función de objetivos extraños a los intereses de la nación, a los intereses de los ciudadanos”6. El Centro por el Desarrollo Sustentable Internacional de la Universidad Mc Gill de Montreal dio a comienzo de los años 2000 una definición bastante semejante, más en sintonía con la financiarización contemporánea. Las deudas odiosas son “las que fueron contraídas contra los intereses de las poblaciones de un estado, sin su consentimiento y con pleno conocimiento de causa por el lado de los acreedores”7. Esta definición se aplica perfectamente a la deuda específica que pesa en Francia aún sobre municipalidades, consejos regionales e incluso algunos hospitales, en los que representantes o directivos acaban de constituirse como asociación para entablar acciones judiciales colectivas contra los bancos8. Ellos fueron incitados por estos últimos a comprar los “productos estructurados”, que supuestamente facilitarían por sus elevados rendimientos el financiamiento de proyectos de inversiones costosas en un contexto de transferencia de los gastos del Estado hacia las regiones. Esos títulos financieros opacos, convertidos en “activos tóxicos” con la crisis del otoño de 2008, pesan sobre los presupuestos. El hecho que ellos fueran comprados ejemplifica, por supuesto, el hecho de que el fetichismo del dinero no es característico solamente de los traders puesto que se impone también en el juicio de los electos y las administraciones locales. Pero los bancos sabían perfectamente los riesgos que les hacían tomar, el juego del casino en el cual los hacían ingresar. El suplemento de endeudamiento contraído por las municipalidades, debido a la compra de títulos podridos, tiene que ver con las “deudas odiosas”.

La noción más amplia de deuda ilegítima me parece que se ajusta más a la deuda de los países capitalistas avanzados, en particular los de Europa. Esta es también la posición de los militantes del Comité por la anulación de la deuda del tercer mundo (CADTM)9. Los factores que se esgrimen más frecuentemente se vinculan con las condiciones que condujeron a que un país acumula una deuda elevada se ponga en manos de los mercados financieros. Aquí, la ilegitimidad tiene su fuente en tres mecanismos: los gastos elevados tienen el carácter de regalos hechos al capital; un bajo nivel de fiscalidad directa (impuestos sobre la ganancia, el capital y los ingresos de las empresas) y su muy débil progresividad; una importante evasión fiscal. Estos tres factores se reencuentran tanto en el caso de Grecia como en el de Francia, y por supuesto también en el de todos los países hoy atacados por los fondos especulativos y los bancos. En el caso de Francia, la deuda nació, a partir de 1982, del regalo que se hizo al capital financiero con las nacionalizaciones del gobierno de la unión de izquierda. Su crecimiento se unió luego al movimiento de liberalización financiera, que en su primera fase de los años 1980 estuvo marcado por tasas de interés reales muy altas; el endeudamiento del estado se origina en la debilidad de la fiscalidad directa (impuesto sobre los ingresos e impuesto sobre las impresas) y en la evasión fiscal. En lugar de enfrentar a los grupos sociales beneficiados y con recursos, los gobiernos del Partido Socialista, tal como los del RPR-UMP, han “esquivado” el problema de la manera más favorable al capital y la riqueza. Se les concedieron préstamos a quienes se dejaba de aplicar tasas. Los impuestos al capital y a los altos ingresos fueron reducidos primero con prudencia, y luego, bajo los gobiernos Jospin, Raffarin y de Villepin, de un modo aún más fuerte, con la multiplicación de 1000 de los fiscales, con el Bouclier fiscal, con mecanismos que restituyeron a los más ricos una parte del impuesto. Analizar los orígenes de la deuda de Francia ayudará a precisar la noción de deuda ilegítima y por lo tanto a plantear la cuestión de su anulación, no solamente desde un punto de vista económico, sino como una cuestión política con fundamento ético.

Pero la ilegitimidad está basada también en la naturaleza de las operaciones de “préstamo” que es preciso “honrar”, por las cuales se requiere pagar elevados intereses y asegurar su reembolso. La obligación de pagar la deuda se basa, implícitamente, es necesario repetirlo, en esta idea de que los montos, fruto de un ahorro pacientemente amasado por un duro trabajo, habría sido prestado. Este puede ser el caso de los ahorros de los hogares o de los fondos de los sistemas de pensión por capitalización. Pero no es el caso de los bancos o de los Hedge Founds. Cuando éstos “prestan a los Estados” comprando los Bonos del Tesoro emitidos por los ministerios de finanzas, se trata de sumas ficticias que se ponen a disposición en base a la red de relaciones y transacciones interbancarias. La transferencia de riqueza, la que nace del trabajo, se produce en el otro sentido. La deuda y el servicio de los intereses son un componente de la “bomba financiera”, bautizada por Frederic Lordon en homenaje a Jarry y a su Padre Ubu. La naturaleza económica y las sumas prestadas son un factor más que cuestiona la legitimidad de la deuda pública.

Auditoría y anulación de la deuda pública


El CADMT sostiene, desde siempre, la necesidad de la auditoría de la deuda como etapa hacia su anulación; el objetivo de la auditoría es identificar los factores que permiten caracterizar la deuda como ilegítima, así como aquello que justifican o incluso exigen, pese a todo el reembolso de una fracción de la deuda a algunos acreedores. Yo no estaba demasiado convencido hasta que los militantes griegos demostraron su alcance. Hasta entonces, el único ejemplo de auditoría fue el realizado en Ecuador en 2007: fue como resultado de una decisión gubernamental, el presidente Rafael Correa quería conocer las condiciones en las cuales la deuda del país había sido concebida. La auditoría permitió al gobierno decidir la suspensión del reembolso de la deuda, constituida por títulos de la deuda con vencimiento, algunos en 2012, y otros en 2030. Forzó así a los banqueros, sobre todo norteamericanos, poseedores de los títulos a negociar. Ecuador pudo recomprar títulos estimados en 3,2 mil millones de dólares por un monto algo menor a mil millones de dólares. En Europa no es concebible un escenario similar al del Ecuador. La reivindicación de moratoria inmediata y de la auditoría preparatoria de la anulación debe ser dirigida evidentemente a los partidos políticos en ocasión de las campañas electorales. Los militantes, y tal vez incluso algunos dirigentes, serán sensibles. Sin embargo, estas reivindicaciones solamente pueden ser sostenidas por comités del tipo como los que han nacido durante la campaña de 2005 contra el proyecto de tratado constitucional europeo o, más recientemente, por el problema de la jubilación. Sólo hay un país en el que se ha creado un Comité nacional que permite la constitución de comités locales: se trata de Grecia, donde se conformó el comité griego contra la deuda. Veamos cómo define sus objetivos10.

La auditoría debe deuda y ejercicio de los derechos democráticos


“El primer objetivo de una auditoría es clarificar el pasado (...) ¿Qué pasó con el dinero de esos préstamos, en qué condiciones se establecieron esos préstamos? ¿cuántos intereses fueron parados, a qué tasa, que parte del capital fue ya reembolsado? ¿cómo se infló la deuda sin que ella sirviese el pueblo? ¿qué camino siguieron los capitales? ¿a quiénes sirvieron? ¿qué parte fue desviada, por quiénes y cómo? ¿quién prestó y cuál fue su rol? ¿cómo quedó comprometido el Estado, mediante cuál decisión y a título de que? ¿quién encaró proyectos irrealizables, quién empujó en ese sentido y quién los aprovechó? ¿qué delito, o incluso crímenes, fueron cometidos con ese dinero? ¿por qué no se establecieron las responsabilidades civiles, penales y administrativas?

La auditoría de la deuda pública no tiene nada que ver con la caricatura que la reduce a una simple verificación de números hecha por contadores rutinarios. Los partidarios de las auditorías invocan siempre dos necesidades fundamentales de la sociedad: la transparencia y el control democrático del Estado y de los gobiernos por los ciudadanos. Se trata acá de necesidades referidas a los derechos democráticos más elementales, reconocidos por el derecho internacional, aunque violados permanentemente. El derecho de control de los ciudadanos sobre los actos de aquellos que los gobiernan, de ser informados sobre todo lo referido a su gestión, como sus objetivos y sus motivaciones, es intrínseco a la democracia misma, puesto que emana del derecho fundamental de los ciudadanos a ejercer su control sobre el poder y participar activamente en los asuntos comunes. (…) Esta permanente necesidad de transparencia en los asuntos públicos adquiere en la época del neoliberalismo más salvaje y de corrupción sin frenos ––sin precedente en la historia mundial–– adquiere una enorme importancia suplementaria que se transforma en una necesidad social y política completamente vital. El ejercicio de los derechos democráticos de los ciudadanos, considerados siempre como “elementales”, es visto por los gobernantes casi como una declaración de guerra a su sistema llevada a cabo por “los de abajo”. Y naturalmente, es tratada en consecuencia de manera represiva (...). La auditoría de la deuda externa adquiere una dinámica socialmente saludable, políticamente casi subversiva. La utilidad de una auditoría no puede resumirse únicamente a la defensa de la transparencia y la democratización de la sociedad. Va mucho más lejos, puesto que abre el camino a un proceso que podría revelarse extremadamente peligroso para el poder establecido, y potencialmente liberador para la aplastante mayoría de los ciudadanos! En efecto, al exigir abrir y auditar los libros de la deuda pública, y mejor todavía abriendo y auditando estos libros, el movimiento de la auditoría ciudadana se atreve a lo “impensable”: penetra en la zona prohibida, en el más sagrado santuario del sistema capitalista, allí donde, por definición no se tolera ningún intruso!” (subrayado en el original).

Así comprendida, la reivindicación de auditoría de la deuda y sobre todo el inicio de su implementación mediante la creación de comités, como instancias populares donde las pruebas de la ilegitimidad serían reunidas y debatidas, constituirían un formidable instrumento de “redemocratización”11.

Tratándose de los tenedores de la deuda pública, generalmente se esgrime la salvaguarda del pequeño ahorro, con una objeción importante, como un cálculo determinante. Esto no plantearía ningún problema. Durante las declaraciones de impuestos directos, los bancos calculan en detalle los montos correspondientes a diferentes formas de ahorro de los hogares. Ello podría ser garantizado, porque no representan más que una minúscula parte de las “ acreencias” reclamadas. La anulación de la deuda pública no puede evidentemente ser una medida de manera aislada. Aquí pondremos en primer lugar el acento, muy brevemente, en dos aspectos. El primero es la apropiación social de los bancos y de su reconfiguración, de modo tal de restablecer sus funciones esenciales de creación de determinadas formas ilimitadas de crédito, y ponerlas al servicio de la economía. El segundo es la reconfiguración de la fiscalidad, que debe dejar de caer pesadamente sobre los asalariados y las capas populares. Los sindicatos, SNUI y Sud Trésor tienen proposiciones bien elaboradas. Igualmente importante es la utilización que se hace del impuesto, nacional o localmente percibido. El control democrático del uso del impuesto ha pasado a ser puramente formal.

Más en general, la cuestión es la que está definida en este documento griego, es decir la creación de una dinámica política en la cual aquellas y aquellos que han mostrado, repetidamente, una fuerte capacidad de movilización debían apoyar la campaña por la anulación como una cuestión esencial que condiciona el futuro. En Francia, pero también en toda Europa, los asalariados están confrontados a las cuestiones cruciales del empleo y de la precarización. Su solución pasa por el control social de la inversión. No puede seguir dependiendo de estrategias de maximización de las ganancias de las grandes empresas. La satisfacción de las necesidades sociales apremiantes tiene como contexto la crisis ecológica en todas sus dimensiones. Es indispensable que esté basada en profundas transformaciones en los modos técnicos de producción, en la industria y en la agricultura. El financiamiento sería asegurado por el impuesto y el crédito bancario controlado. La “sobriedad energética” y la desmercantilización serían su complemento. La liberalización de los intercambios, cuyo costo ecológico es inmenso, es un pilar del capitalismo financiero erizado. El control social de la inversión permitiría la relocalización de múltiples actividades y un acortamiento de las cadenas de aprovisionamiento, de producción y de comercialización. La anulación de las deudas en los países cuyos pueblos se movilizarían para imponerlas crearían las condiciones de una real “salida de la crisis”.

Aferrar la oportunidad del combate en varios países


La campaña contra la deuda no puede hacerse “por encargo”. El pueblo griego no puede hacerla por los otros pueblos europeos. Las agencias calificadoras no se encarnizan todavía con Francia; esta no sufre todavía significativas subas en las tasas de interés. Pero el imperativo de “la deuda a honrar” no deja de caer pesadamente sobre la situación económica y social, así como sobre la vida política francesa. Tanto el gobierno como los dirigentes del UMP y el Partido Socialista, así como los partidos llamados centristas, repiten día a día que la decencia exige a los ciudadanos que “acepten sacrificios” para que Francia pague sus deudas. Sólo difieren en la manera exacta de hacerlo, sobre la mejor policy mix. La deuda obstruye el futuro de las clases populares, por supuesto, pero también de toda la sociedad. Llevar adelante la campaña por la anulación no está más allá de la capacidad del movimiento social francés. La movilización que centenares de miles de personas realizaron el otoño último por las jubilaciones coloca a las asociaciones, a los sindicatos y a los partidos franceses en una situación de especial responsabilidad. El rechazo de los trabajadores franceses a pagar la deuda, sería también el apoyo internacionalista más eficaz que podrían dar a los de Grecia, de Portugal, de Irlanda. Una campaña popular impulsada por comités por la moratoria inmediata y la auditoría de la deuda, prepararía al movimiento social para nuevos episodios de la crisis financiera. Los publicistas y los responsables políticos que hoy preconizan la reestructuración de la deuda de Grecia e Irlanda reconocen que los riesgos que los adversarios subrayan son reales. La vulnerabilidad sistema financiero europeo, pero también mundial, hace posible una nueva crisis. La quiebra de sectores enteros de sistema bancario no está excluida. En países en los que el pago de la deuda esté cuestionado por el movimiento social, los trabajadores y los jóvenes volcados de diversas maneras hacia las cuestiones “políticas” estarían preparados, al menos parcialmente.

Uno de los grandes argumentos de los partidarios de la salida del euro es que quienes apuestan al movimiento social europeo persiguen una quimera. El desafío es aferrar la ocasión para su nacimiento. Varios países están confrontados muy duramente al problema de la deuda. Otros más lo estarán después. Todos están sometidos a políticas económicas y monetarias pro cíclicas. Incluso la Confederación Europea de Sindicatos estuvo obligada a desvincularse de la Comisión Europea y del Banco Común Europeo. Están dadas las condiciones para que exista la oportunidad de construir entre los ciudadanos de los países de Europa una verdadera unión. La solución progresista no es salir del euro. Consiste en ayudar a la convergencia de las luchas sociales y políticas, llevadas adelante hoy de manera dispersa, hacia un objetivo de control social democrático común de sus medios de producción y de cambio, y por lo tanto también del euro. “Tomar los bancos”! Sí, en todos los países en los que el movimiento tenga fuerza; sí, incluyendo entre ellos al Banco Común Europeo.

La campaña por la anulación de las deudas públicas europeas debe estar acompañada, por supuesto, por la anulación de la deuda de los países del sur, en manos de los bancos de los fondos de inversión europeo. Para los pueblos de los países europeos, esta campaña es un paso obligado y también un trampolín. Paso obligado, porque ninguna política mínimamente progresista, tanto a nivel social como en el plano ecológico, puede ser conducida, ninguna gran inversión puede ser hecha mientras se mantenga la sangría del servicio de los intereses. Trampolín, porque toda victoria alcanzada en este terreno constituiría un verdadero sismo para el capitalismo mundial. La anulación de las deudas modificaría profundamente las relaciones de fuerza políticas entre trabajo y el capital. Liberaría los espíritus a “la amplitud de lo posible”. Cuando se presenta una ocasión como ésta, ¿no hay que tomarla...?



1 Robert Guttmann; How Credit-Money Shapes the Economy, M.E. Sharpe, Armonk, Nueva York, 1944, pág. 33.

2 FMI, Rapport sur la stabilité financiere dans le monde, Note interimaire, Actualité des marchés, enero 2011.

3 FMI, Global Financial Stability Report, abril 2011, capítulo uno, tabla 1.1.

4 Palabras de José Vinals, citadas por Martine Orange, Mediapart, 15 abril 2011.

5 Fréderic Lordon, “Pas détruire les banques, les saisir!”, La pompe à Phynance, blog.mondedplo.net/2010-12-02

6 http://www.cadmt.org/Dette-odieuse/

7 Ver Global Economic Growth Report, Toronto, julio 2003.

8 “Préts toxiques: les élus s’allient pour attaquer les banques”, Le Monde, 9 marzo 2011.

9 Ver Eric Toussaint, “Face à la dette du Nord, quelques pistes alternatives”, www.cadtm.org/, 19 de enero 2011.

10 Yirgos Mitralias; “Face a la dette: l’apetit vient en auditant!...” 12 abril 2010 (www.cadmt.org/). El autor es el principal animador del comité griego contra la deuda.

11 En oposición a la desdemocratización nacida del neoliberalismo. Ver Wendy Brown; Les Habits neufs de la politique mondiale, traducción de Christine vivier, Les Prairies ordinaires, París, 2007, y también Pierre Dardot y Christian Laval; La nouvelle raison du monde. Essaie sur la societé neoliberale.

Chesnais, François. Profesor emérito en la Universidad de París 13-Villetaneuse. Destacado marxista, es parte del Consejo científico de ATTAC-Francia, director de Carré rouge, y miembro del Consejo asesor de Herramienta, con la que colabora asiduamente. Es autor de La Mondialisation du capital y coordinador de La finance mondialisée, racines sociales et politiques, configuration, conséquences. La finance capitaliste, último libro bajo su dirección, acaba de ser publicado por Ediciones Herramienta. E-mail: chesnaisf@free.fr

http://www.herramienta.com.ar/herramienta-web-9/la-vulnerabilidad-del-sistema-financiero-la-ilegitimidad-de-las-deudas-publicas-y-

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lunes, 5 de septiembre de 2011

Generación sin futuro

Ignacio Ramonet Le Monde Diplomatique

“El mundo será salvado, si puede serlo, sólo por los insumisos.” André Gide

Primero fueron los árabes, luego los griegos, a continuación los españoles y los portugueses, seguidos por los chilenos y los israelíes; y el mes pasado, con ruido y furia, los británicos. Una epidemia de indignación está sublevando a los jóvenes del mundo. Semejante a la que, desde California hasta Tokio, pasando por París, Berlín, Madrid y Praga, recorrió el planeta en los años 1967-1968, y cambió los hábitos de las sociedades occidentales. En una era de prosperidad, la juventud pedía paso entonces para ocupar su espacio propio.

Hoy es diferente. El mundo ha ido a peor. Las esperanzas se han desvanecido. Por vez primera desde hace un siglo, en Europa, las nuevas generaciones tendrán un nivel de vida inferior al de sus padres. El proceso globalizador neoliberal brutaliza a los pueblos, humilla a los ciudadanos, despoja de futuro a los jóvenes. Y la crisis financiera, con sus “soluciones” de austeridad contra las clases medias y los humildes, empeora el malestar general. Los Estados democráticos están renegando de sus propios valores. En tales circunstancias, la sumisión y el acatamiento son absurdos. En cambio, las explosiones de indignación y de protesta resultan normales. Y se van a multiplicar. La violencia está subiendo...

Aunque, en concreto, el formato mismo del estallido no es semejante en Tel Aviv y Santiago de Chile o Londres. Por ejemplo, la impetuosa detonación inglesa se ha distinguido, por su alto grado de violencia, del resto de las protestas juveniles, esencialmente no violentas (aunque no hayan faltado los enfrentamientos puntuales en Atenas, Santiago de Chile y varias capitales).

Otra diferencia esencial: los amotinados ingleses, quizás por su pertenencia de clase, no supieron verbalizar su desazón. Ni pusieron su furor al servicio de una causa política. O de la denuncia de una iniquidad concreta. En su guerrilla urbana, ni siquiera saquearon con ira sistemática los bancos... Dieron la (lamentable) impresión de que sólo las maravillas de los escaparates atizaban su rabia de desposeídos y de frustrados. Pero, en el fondo, como tantos otros “indignados” del mundo, estos revoltosos expresaban su desesperación, olvidados por un sistema que ya no sabe ofrecerles ni un puesto en la sociedad, ni un porvenir.

Un rasgo neoliberal que, de Chile a Israel, irrita particularmente es la privatizacion de los servicios públicos. Porque significa un robo manifiesto del patrimonio de los pobres. A los humildes que no poseen nada, les queda por lo menos la escuela pública, el hospital público, los transportes públicos, etc. que son gratuitos o muy baratos, subvencionados por la colectividad. Cuando se privatizan, no sólo se le arrebata a la ciudadanía un bien que le pertenece (ha sido costeado con sus impuestos) sino que se desposee a los pobres de su único patrimonio. Es una doble injusticia. Y una de las raíces de la ira actual.

A este respecto, para justificar la furia de los insurrectos de Tottenham, un testigo declaró: “El sistema no cesa de favorecer a los ricos y de aplastar a los pobres. Recorta el presupuesto de los servicios públicos. La gente se muere en las salas de espera de los hospitales después de haber esperado a un médico una infinidad de horas...” (1)

En Chile, desde hace tres meses, decenas de miles de estudiantes, apoyados por una parte importante de la sociedad, reclaman la desprivatización de la enseñanza (privatizada bajo la dictadura neoliberal del general Pinochet, 1973-1990). Exigen que el derecho a una educación pública y gratuita de calidad sea inscrito en la Constitución. Y explican que “la educación ya no es un mecanismo de movilidad social. Al contrario. Es un sistema que reproduce las desigualdades sociales” (2). A fin de que los pobres sean pobres para la eternidad...

En Tel Aviv, el 6 de agosto pasado, al grito de “¡El pueblo quiere la justicia social!”, unas 300.000 personas se manifestaron en apoyo al movimiento de los jóvenes “indignados” que piden un cambio en las políticas públicas del gobierno neoliberal de Benyamin Netanyahou (3). “Cuando a alguien que trabaja –declaró una estudiante– no le alcanza ni siquiera para comprar de comer es que el sistema no funciona. Y no es un problema individual, es un problema de gobierno” (4).

Desde los años 1980 y la moda de la economía reaganiana, en todos estos países –y singularmente en los Estados europeos debilitados hoy por la crisis de la deuda–, las recetas de los gobiernos (de derechas o de izquierdas) han sido las mismas: reducciones drásticas del gasto público, con recortes particularmente brutales de los presupuestos sociales. Uno de los resultados ha sido el alza espectacular del paro juvenil (en la Unión Europea: 21%; en España: ¡42,8%!). O sea, la imposibilidad para toda una generación de entrar en la vida activa. El suicidio de una sociedad.

En vez de reaccionar, los gobiernos, espantados por los recientes derrumbes de las Bolsas, insisten en querer a toda costa satisfacer a los mercados. Cuando lo que tendrían que hacer, y de una vez, es desarmar a los mercados (5). Obligarles a que se sometan a una reglamentación estricta. ¿Hasta cuándo se puede seguir aceptando que la especulación financiera imponga sus criterios a la representación política? ¿Qué sentido tiene la democracia? ¿Para qué sirve el voto de los ciudadanos si resulta que, a fin de cuentas, mandan los mercados?

En el seno mismo del modelo capitalista, las alternativas realistas existen. Defendidas y respaldadas por expertos internacionalmente reconocidos. Dos ejemplos: el Banco Central Europeo (BCE) debe convertirse en un verdadero banco central y prestarle dinero (con condiciones precisas) a los Estados de la eurozona para financiar sus gastos. Cosa que le está prohibida al BCE actualmente. Lo que obliga a los Estados a recurrir a los mercados y pagar intereses astronómicos... Con esa medida se acaba la crisis de la deuda.

Segundo: dejar de prometerlo y pasar a exigir ya la Tasa sobre las Transacciones Financieras (TTF). Con un modesto impuesto de un 0,1% sobre los intercambios de acciones en Bolsa y sobre el mercado de divisas, la Unión Europea obtendría, cada año, entre 30.000 y 50.000 millones de euros. Suficiente para financiar con holgura los servicios públicos, restaurar el Estado de bienestar y ofrecer un futuro luminoso a las nuevas generaciones.

O sea, las soluciones técnicas existen. Pero ¿dónde está la voluntad política?

(1) Libération, París, 15 de agosto de 2011.

(2) Le Monde, París, 12 de agosto de 2011.

(3) Según una encuesta de opinión, las reivindicaciones de los “indignados” israelies cuentan con la aprobación del 88% de los ciudadanos. (Libération, op. cit.)

(4) Le Monde, París, 16 de agosto de 2011.

(5) Léase Ignacio Ramonet, “Desarmar a los mercados”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 1997.

Fuente: http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial%2F0000856412872168186811102294251000%2Feditorial%2F%3Farticulo%3Dfc0825cc-f54a-4a41-aa81-844a4fa9fdeb



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Venezuela, empuje económico y social

Hedelberto López Blanch Rebelión

Venezuela ha logrado echar adelante su economía y sacar de la pobreza a millones de personas desde que en 1999 el presidente Hugo Chávez llegó al poder y puso a disposición de todo el pueblo las riquezas obtenidas de la producción petrolera que antes eran llevadas al extranjeros mediante las compañías transnacionales.

Esos resultados los alcanzó pese a la fuerte crisis económica mundial (iniciada en Estados Unidos), y haber tenido que enfrentar las afectaciones ocurridas por los desastres naturales y los intentos de desestabilización provenientes del Norte.

En un informe divulgado recientemente, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) señaló que en la región, desde 1990 hasta 2010, la pobreza en algunos países se incrementó, aunque en general disminuyó cerca del 25 %. “El caso venezolano, enfatizó, hay que mirarlo con atención porque en ese mismo periodo, la pobreza se redujo en más del 50 %”.

Según CEPAL, en Venezuela disminuyó de más del 60 % al 28 % la pobreza general y en cuanto a la pobreza extrema aún es más drástica: de 29 % a 7 %”, e invitó a proyectar esos logros en los próximos veinte años.

En solo una década, la República Bolivariana, logró reducir a la mitad, la pobreza acumulada de 200 años.

Las noticias también son halagüeñas para la economía en general pues un documento emitido por el Banco Central de Venezuela (BCV) indica que en el primer semestre de 2011 el Producto Interno Bruto (PIB) creció 3,6 %.

La actividad petrolero marcó un incremento de 0,8 % y se prevé que con las grandes inversiones que se realizan, específicamente en la zona de la Faja del Orinoco, el por ciento aumente al final del año. Este sector atrajo capitales por 80 000 millones de dólares de empresas de América, Europa y Asia, con reglas que comprenden minoritaria participación en las acciones, pago de un bono a la República y respeto al medio ambiente.

La parte no petrolero tuvo un aumento de 2,8 % motivado por una mayor demanda interna por gastos de consumo en los sectores público y privado.

El desempleo bajó a 7,2, bien lejos del 15 % existente a la llegada de Chávez al Palacio de Miraflores.

El BCV explicó que los resultados fueron posibles por un mayor gasto gubernamental, por el aporte fiscal del sector petrolero, el aumento salarial dictado por el Ejecutivo, los ajustes realizados por contrataciones colectivas del sector privado y el aumento de las importaciones de materias primas e insumos destinados a la producción.

En el período, las instituciones financieras crecieron 9 %; comercio, 6,8 %; comunicaciones, 6,2 %; electricidad y agua, 7,3 %; servicios de transporte y almacenamiento, 4,8 %, servicios producidos por el Gobierno central, 3,6 % y la industria manufacturera, 1,3 %.

No se debe olvidar que esos logros se alcanzaron pese a sufrir el país, a finales del pasado año, fuertes lluvias con grandes inundaciones en 12 Estados, las cuales provocaron enormes pérdidas económicas.

Miles de viviendas quedaron destruidas y cerca de 130 000 personas tuvieron que ser ubicadas en 920 albergues donde recibieron todo lo necesario para su alimentación y aseo. Asimismo, colapsó parte de la infraestructura vial, industrial y de comunicaciones, y la agricultura sufrió importantes pérdidas.

A pocos días de los desastres, el gobierno bolivariano impulsó un ambicioso plan de reconstrucción nacional con prioridad en la fabricación de viviendas.

Los éxitos alcanzados por la República Bolivariana se deben a que desde 1999 el gobierno acogió un sistema de desarrollo social y económico a favor de las mayorías pobres, completamente opuesto al sistema neoliberal que durante años impusieron a la América Latina los organismos financieros internacionales a instancias de Estados Unidos.

La prioridad fue combatir la pobreza nacional mediante la nacionalización de empresas, que generaran empleos y riquezas para el bien público y a la par impulsar diferentes Misiones sociales a lo largo y ancho del país.

En 2010 y 2011 Venezuela consolidó su plena soberanía sobre los recursos naturales, como el oro, el gas y el petróleo.

Con respecto al oro, recuperó el control de miles de hectáreas en el estado de Bolívar, donde mafias extranjeras y locales explotaban ilegalmente el mineral, mientras el Ejecutivo anunció que las reservas en oro depositadas en bancos extranjeros, equivalentes a 11 000 millones de dólares, serán rescatadas para su resguardo en las bóvedas del BCV con el objetivo de proteger la economía venezolana de los embates de la crisis financiera internacional.

En la última década, 330 000 millones de dólares, de los 545 000 millones obtenidos por concepto de ingreso fiscal (el 60 %), fueron para la inversión social, algo sin precedentes en la historia del país.

Al recuperar el Estado la mayor parte de la ganancia proporcionada por la producción petrolera, se pudo instaurar (con ayuda del gobierno y cooperantes cubanos) un sistema de atención médica de salud que cuenta con más de 7 700 instalaciones, entre consultorios, sedes de diagnóstico integral, salas de rehabilitación y centros de alta tecnología reunidos en la misión Barrio Adentro.

La tasa de mortalidad infantil bajo de 21,4 % en 1998 a 12,3 % en 2010 lo cual es otro factor para que Caracas cumpla con las metas del milenio fijadas por ONU para 2015.

En el ámbito educacional se continuó el impulso a las Misiones Ribas, Robinson, Sucre y Madres del Barrio. Para ese objetivo, mediante el programa Canaima, se entregaron miles de computadoras a niños de la enseñanza primaria y de las Aldeas Universitarias, dirigidos a llevar los estudios superiores a cada uno de los 335 municipios.

Dentro del proyecto social se destaca la entrega de alimentos de calidad a precios asequibles a 11 000 000 de personas, o sea, el 40 % de la población.

Resultan relevantes los logros alcanzados por el gobierno bolivariano los que no han podido ser opacados por sus detractores ni por la amplia campaña llevada a cabo por los medios de comunicación occidentales.


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Libia: socios del horror

Atilio A. Boron Rebelión

Días atrás el corresponsal del periódico londinense The Independent estacionado en Trípoli dio a conocer una serie de documentos que él mismo había hallado en una oficina gubernamental abandonada con toda premura por sus ocupantes. Ese material arroja una luz cegadora para quienes creen que para oponerse y condenar el criminal ataque aéreo de la OTAN sobre Libia es necesario enaltecer la figura de Gadafi y ocultar sus crímenes hasta convertirlo en un socialista ejemplar y ardiente enemigo del imperialismo. La oficina en cuestión era la de Moussa Koussa, ex Ministro de Relaciones Exteriores de Gadafi, hombre de la más absoluta confianza de éste y, anteriormente, jefe del aparato de seguridad del líder libio. Como se recordará, ni bien estalló la revuelta en Bengazi Koussa defeccionó y se marchó sorpresivamente a Londres. Pese a las numerosas acusaciones que existían en su contra por torturas y desapariciones de miles de víctimas, el hombre no fue molestado por las siempre tan alertas autoridades británicas y poco después se esfumó. Ahora se sospecha que sus días transcurren bajo la protección de algunas de las feroces autocracias del Golfo Pérsico. La papelería descubierta por el corresponsal del Independent ayuda a entender por qué.

Los documentos ponen en evidencia los estrechos y amistosos lazos existentes entre el régimen de Gadafi, la CIA y el MI6, el espionaje británico. Gracias a esa vinculación Washington trasladó a Libia a personas sospechosas de terrorismo -o colaboradoras de éste- para someterlas a sesiones especiales de “interrogatorios reforzados”, un poco sutil eufemismo para referirse a la tortura. Gracias al apoyo de un gobierno como el de Gadafi, que había arrojado por la borda sus antiguas convicciones, George W. Bush pudo sortear las limitaciones establecidas por su propia legislación en relación con el tipo de tormentos “aceptables” en una confesión. Según la documentación incautada por el periodista la Casa Blanca realizó por lo menos ocho envíos de prisioneros –no hay información exacta acerca del número de personas despachadas en cada envío- para ser interrogados brutalmente en las mazmorras de Gadafi, aparte de los que pudieron haberse remitido a ese país sin que por el momento exista constancia escrita de ello. Este canallesco maridaje entre el robocop del imperio y su compinche libio llegó tan lejos que en uno de los documentos enviados por la CIA a los esbirros de Gadafi se incluye una lista de 89 preguntas que éstos tenían que formular cuando se “interrogara” a uno de los sospechosos. Es decir, nada quedaba librado a la improvisación. A cambio de estos infames servicios la CIA y el MI6 ofrecían por escrito toda su colaboración para identificar, localizar y entregar a los enemigos del régimen en cualquier lugar del mundo. La agencia estadounidense lo hizo con Abu Abdullah al-Sadiq –uno de los dirigentes del Grupo Libio Islámico Combatiente y, al día de hoy, líder militar de los rebeldes libios- apenas dos días después de que llegara una solicitud expresa de Trípoli en tal sentido. Sadiq, cuyo nombre verdadero es Abdel Hakim Belhaj, declaró el pasado miércoles 31 de agosto que estando en Bangkok en compañía de su esposa, embarazada, fue detenido y torturado en las cárceles libias por dos agentes de la CIA, tal cual se anticipaba en el escrito rescatado de los escombros de la oficina de Koussa. Similares intercambios de favores fueron frecuentes entre los organismos de seguridad libios y el MI6, dado que numerosos exiliados políticos libios residían en el Reino Unido.

Lo anterior es apenas la punta de un iceberg atroz y aberrante. La correspondencia entre el número dos de la CIA en aquel momento, Stephen Kappes, y Koussa, exhibe una repugnante cordialidad. El mismo sentimiento provoca la cómplice hipocresía de George W. Bush y Tony Blair, sabedores de los crímenes que por su encargo estaba realizando Trípoli mientras proclamaban su mentirosa defensa de los derechos humanos, la justicia, la democracia y la libertad. Farsantes supremos, al igual que Gadafi, que hace mucho tiempo dejó de ser lo que había sido pese a que son muchos los que todavía no se dieron cuenta. El fiscal del Tribunal Penal Internacional ha declarado que iniciará una investigación sobre las gravísimas violaciones de los derechos humanos perpetradas por Gadafi. Pero, ¿qué hará con George W. Bush y Tony Blair, partícipes necesarios, cómplices y encubridores de esos crímenes? Además, ¿tendrá las agallas suficientes para hacer lo propio con Anders Fogh Rasmussen, Secretario General de la OTAN, responsable de (hasta el 1 de septiembre) los 21.200 ataques aéreos a Libia, causantes de innumerables víctimas civiles y de la casi total destrucción de ese país? La operación “reconquista neocolonial” de Libia –ensayo general de una metodología destinada a aplicarse en los más diversos escenarios regionales- hizo caer muchas máscaras que dejaron al desnudo a personajes siniestros y a instituciones como el TPI, otra farsa como el “antiimperialismo” de Gadafi y los “derechos humanos” de Bush, Blair, Cameron, Sarkozy y Berlusconi.



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