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jueves, 15 de septiembre de 2011

Contrahegemonía: La “belleza” agresora

Willey Peñuela.

La base La hegemonía cultural del capital no se ha constituido en poco tiempo, muchos de los mecanismos culturales de dominación han sido el resultado de una evolución de mecanismos propios de otras épocas que resultaban atractivos a la clase dominante de las diversas sociedades. En Europa es costumbre antigua la elección de reyes y reinas ficticios para la celebración de fiestas. En nuestras sociedades latinoamericanas, caracterizadas por la lucha histórica entre coloniaje e independencia, las formas culturales “correctas” casi siempre debían contar con la venia de la iglesia católica europea como el ente regulador conformador de la moralidad. Sin embargo, en la historia contemporánea la influencia de la iglesia europea ha venido disminuyendo y ha pasado a ser fundamental la promoción estadounidense de formas culturales, principalmente para impulsar negocios.

Los concursos de belleza tal como se conocen hoy, vienen de Estados Unidos, no de Europa. Los primeros intentos tuvieron forma de un negocio playero en Delaware, y comenzaron a ser habituales en las playas, comenzó a expandirse este negocio en forma de franquicia playera. Se hizo oficial por primera vez cuando se desarrolló el primer Miss Estados Unidos, en Atlantic City, 1921.

Estrategia de Guerra

La idea de los concursos de belleza, no tuvo tanto arraigo y consolidación sino hasta que fue impulsado por el poder norteamericano. En la segunda guerra mundial se reclutaron a las “reinas de belleza” para entretener a las tropas y vender bonos, como una estrategia comunicacional estadounidense para legitimar la guerra y asociarla al entretenimiento. A partir del impulso de los órganos de poder de los Estados Unidos, se consolidó el modelo de concursos de belleza como lo conocemos hoy.

En Venezuela

Venezuela no había conocido los concursos de belleza hasta 1952 cuando Panamerican Airways delegó a una persona para fundar el negocio en nuestro país, con fines de legitimar el concurso Miss Mundo con una participante venezolana.

En el país no tuvieron suficiente fuerza estos concursos hasta que en 1962 la tristemente célebre Radio Caracas Televisión transmitió por primera vez el evento. En la época ya los principales grupos económicos abrazaban la idea de hacerse de estas franquicias pues identificaron que este tipo de concursos impulsa un modelo de belleza que requiere muchísimas compras cosméticas cotidianas y diarias. El sistema capitalista entonces, reconoció en los concursos de belleza, una forma cultural que le brindaba muchísimos recursos a la industria cosmética, textil, entre muchísimas otras. Exaltaba el consumo y terminaba beneficiando al gran capital transnacional en proporciones inimaginables. El modelo estético impulsado cada vez se ha hecho más exigente para aumentar el gran consumo y por lo tanto las grandes corporaciones buscaron apoderarse de los concursos. Así fue como la organización Cisneros en la década de los 80 se apoderó de la franquicia de los concursos de belleza y delegó a Osmel Souza como el dirigente de la organización.

La Agresión Permanente

Este modelo de concursos es siempre una forma cultural sumamente agresiva para millones y millones de mujeres en el mundo, en especial en nuestro país. Ya desde niñas muchísimas de nuestras mujeres se sienten excluidas y agredidas por el sistema cultural con aquella vieja costumbre persistente de las reinas de carnaval (tal vez heredadas de la vieja Europa) en la que una niña era realzada y mostrada como la más bella de todas delante de otras cientos de niñas que quedaban excluidas y agredidas por una forma cultural ajena a la humanidad misma. Ese tipo de concursos se realizan hoy día con absoluta libertad. No debería permitirse que se agreda con tanta naturalidad a niñas.

No falta quien afirme con parsimonia que eso es parte de nuestras tradiciones, pues, de serlo, hay que transformarlas. No pueden todas las supuestas tradiciones ser positivas; para la formación de una cultura nuestra basada en la convivencia hay que superar formas históricas como esa.

Además de la etapa infantil donde millones de niñas sufren la exclusión cultural de los concursos locales, se han convertido en una permanente y sistemática agresión los concursos de bellezas para mujeres adultas. Algunos pensarán: “yo no he visto a ninguna Miss ni a Osmel Souza meterse con ninguna mujer, ni agredir a nadie. Esos chaburros si son fastidiosos y amargados”. La agresión de la publicidad, de estos concursos, de la televisión, de los medios de comunicación, de la música, del cine, y de otros aparatos culturales, tienen esa característica: Son sutiles y parecen hasta agradables a la percepción humana, a veces incluso las peores agresiones se presentan en formas caritativas. Sin embargo, sus mensajes de fondo son siempre de una agresividad tan grande que merece el análisis de toda la sociedad.

Pero hay que explicarlo, a veces no basta tener la razón. Un sistema cultural que ha captado tantas simpatías no se combate sino haciendo ver a quienes tienen esa simpatía que se trata de una agresión. Tampoco se logran los mejores resultados agrediendo a quienes sienten la simpatía. Para el desmontaje hay que ser más hábiles que los agresores. Aún no he descubierto la mejor manera, pero hay que construirla.

Concursos y Modelo Capitalista

Muchísimas empresas se benefician de los concursos de bellezas. Pero este negocio es mucho más impactante y profundo que cualquier otro. Basado en una agresión a las formas físicas de la gran mayoría de las mujeres del país, impulsa un modelo casi inalcanzable de belleza con el objetivo de crear mujeres INCONFORMES consigo mismas y así lograr el gran objetivo: VENDERLES MUCHOS PRODUCTOS, tan variados como las inconformidades que genera el modelo estético. Dichas inconformidades generan día tras días desordenes alimenticios graves y desequilibrios psicológicos en millones de mujeres. ¿todavía se duda de que sean una agresión?

Así que cuidado a las camaradas mujeres cuando afirman no seamos tan amargados, que se trata de un “simple concurso”. No se trata sólo de eso, hay que pensarlo a fondo. Cuidado a las camaradas con estar legitimando formas de agresión capitalistas contra millones de mujeres.

Cuidado también a las y los revolucionarios con creer que los enemigos son quienes sienten la simpatía por los concursos, o las mujeres mismas que participan (que en ese caso serían victimas útiles); hay que caracterizar y enfrentar un sistema cultural que no se reduce sólo a los concursos, sino que se reproduce dicho modelo estético en la publicidad, en el cine, en la televisión y en muchísimas esferas de la sociedad.

A quienes no consideren que el vínculo entre los concursos de bellezas y el capitalismo es tan fuerte, imagínense una cosa: Si los concursos promovieran una belleza 100% natural, son productos, ni maquillajes, ni operaciones, ni nada, seguramente no fueran transmitidos por TV y Osmel estuviera metiendo currículo en algunas empresas.

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jueves, 3 de marzo de 2011

La contracultura en la crisis de civilización

Miguel Urbano Rodrigues La Haine

Cuando el hombre en el Neolítico creó las primeras civilizaciones en Mesopotamia, en Egipto, en China, ocurrieron crisis cuyo desenlace fue la destrucción de la mayoría.

La única gran civilización que, transformándose, sobrevivió hasta la actualidad fue la que surgió y se desarrolló en China. Todas las otras desaparecieron, pero muchas dejaron simientes que florecieron en una multiplicidad de pueblos.

Las causas de muerte de las civilizaciones, en la acepción amplia y restricta de la palabra suscitan polémicas entre los historiadores. La decadencia de algunas se prolongó a los largo de los siglos, marcadas por crisis devastadoras. Así aconteció con Roma y con otras cuyas elites dirigentes fueron incapaces de comprender que sus crisis internas, endémicas, se agravaban, menos a consecuencia de amenazas exteriores que por la propia dinámica de rupturas sociales internas.

Obviamente, las generalizaciones son peligrosas. Difirieron mucho los procesos de ruptura civilizacional en la Pérsia Aqueménida, el primer estado en aspirar al dominio del mundo conocido, en el subcontinente hindú, y en la Europa Occidental después de la disgregación del Imperio Romano de Occidente.

También en Asia, muerto el macedonio Alejandro, su imperio se destruye casi inmediatamente. Pero la civilización helenística se implantó en un área vastísima, del Mediterráneo Oriental a las fronteras de China y de la India, dejando marcas profundas en el caminar de los pueblos.

En Europa Occidental, la toma de Roma por los Hérulos, a mediados del siglo V, no significó el fin de una civilización al contrario de lo que sustentan muchos historiadores. En Italia, en las Galias, en la Península Ibérica la herencia de Roma, golpeada, no desapareció en una época de gran desorden. La alta Edad Media, como afirman Henri Pirenne y Marc Block, no fue un tiempo de obscuridad, una fase de regresión absoluta. Además en el Mediterráneo Oriental, en el área donde se hablaba griego, Bizancio continúo por mil años siendo el polo de una gran civilización.

La noción de civilización se confunde por veces con la de cultura. Una cultura no siempre coincide con la existencia de una civilización. Los mongoles que, en su aventura irrepetible dominaron el mundo por un tiempo breve del Pacifico al Adriático, salieron de las estepas con una cultura propia, más no crearon una civilización. Ningún otro pueblo cometió, en el espacio de décadas, un genocidio de proporciones comparables. En la fase de la conquista destruyeron todo lo que encontraron en el mundo de los sedentarios. Pero duró poco la violencia de los gengiskanidas. En China se chinizaron, en Irán se islamizaron y fueron absorbidos por la cultura persa. En ambos casos, el nómada, asimilado por la cultura de los vencidos, se convirtió en su mayor defensor.

Un flagelo cultural

Las grandes crisis europeas no desencadenaron, desde el fin del imperio Romano de Occidente, crisis de civilización.

La gran peste del siglo XIV y la Guerra de los 30 Años, que despobló a Alemania, y las hecatombes de la I y II Guerras Mundiales fueron acontecimientos trágicos con consecuencias políticas, sociales y económicas que alteraron profundamente a la vida en Europa. Lo mismo se puede afirmar de la Revolución Francesa de 1789 y de la Revolución Rusa de Octubre de 1917. De ambas resultaran rupturas que destruirán estructuras seculares, modificando drásticamente las relaciones sociales.

Más aquello a que se puede llamar el “modelo” civilizacional permaneció, en lo esencial. El propio Lenin señalo más de una vez que Rusia revolucionaria no podía abdicar de la herencia cultural acumulada a lo largo de los siglos, incluyendo a la de la burguesía. Para él era fundamental la incorporación en la nueva cultura de ese legado de la Historia de la humanidad.

En el último cuarto del siglo XX ocurrió un fenómeno con implicaciones poco estudiadas, que pasan aún desapercibidas a historiadores y sociólogos. La vida en la Tierra, en muchos aspectos, cambio más en treinta años de lo que en los doscientos anteriores.

El hombre realizó prodigiosas conquistas. Más la revolución técnico-científica, hegemonizada por un sistema de poder deshumanizado, fue colocada al servicio de un proyecto imperialista que, para sobrevivir, exige, en la práctica, la transformación del hombre en un ser pasivo, robotizado.

Este objetivo es una consecuencia de la crisis estructural del capitalismo. La resistencia de los pueblos a las guerras y crímenes de las últimas décadas, de ella inseparable, fue atenuada, casi neutralizada, por la imposición, en escala planetaria, de una cultura –en realidad contra-cultura- que es componente importante de la crisis de civilización.

El polo de tal cultura se localiza en los Estados Unidos donde ella fue generada y donde irradió, contaminando a Canadá, a Europa, a América Latina, el Japón, Asia Oriental, a Australia y hoy a casi la totalidad de los pueblos. La interacción entre los mecanismos del capitalismo y ese fenómeno cultural, epidémico, es sutil, siendo difícil de identificar en muchas de sus manifestaciones. El objetivo del capital es su multiplicación ininterrumpida; el acceso del hombre a la felicidad posible no le interesa.

La presencia y los efectos de la contra-cultura estadounidense – calificada de mc world culture por algunos sociólogos- son identificables en áreas muy diferenciadas, abarcando, se pueda firmar, la totalidad de la vida. La ofensiva en ocasiones casi invisible, pero con frecuencia avasalladora, se manifiesta en los frentes político, social, económico, militar y, evidentemente, en el cultural.

Sin el control casi absoluto de los medios de comunicación social y de los audiovisuales por el sistema de poder, la diseminación epidémica de la contracultura exportada por los EEUU país donde, se registra, coexiste en conflicto con la cultura autentica, sería imposible.

La televisión, el cinema, la radio, la prensa escrita y, ahora, sobre todo la internet cumplen un papel fundamental, imprescindible, en el avance de una contracultura que en los países industrializados alteró profundamente en los últimos años el quehacer de los pueblos y su actitud frente a la existencia. La mudanza es evidente actuando como un vendaval sobre adultos, adolecentes y niños.

La construcción del hombre formateado principia en la infancia y exige una ruptura con el empleo tradicional del tiempo libre. El convivio tradicional, incluyendo el del ambiente familiar, es substituido por ocupaciones lúdicas frente a la televisión y al computador, con prioridad para juegos violentos y filmes que difunden la contracultura.

Las horas dedicadas a la lectura de obras que transforman el conocimiento en cultura pasaron a ser escasos o inexistentes. Con la peculiaridad de los escritores de calidad, que forman, fueron cambiados por novelistas light, presentadores de televisión y por las revistas de chismes. En el proyecto de vida, la mayoría de los jóvenes tienen hoy como meta el suceso mediático, ser famoso, ganar una celebridad efímera sin importar que para ello abdiquen de la dignidad.

Las novelas de TV desempeñan en este panorama un papel importante como factor de embrutecimiento del espíritu.

La contracultura actúa intensamente en el terreno de la música, de la canción, de las artes plásticas. Apreciar una sinfonía de Beethoven, un concierto de Bach se volvió una actitud rara. La contramusica atrae multitudes juveniles a conciertos de extraños personajes que gritan y gesticulan exhibiendo ropas exóticas en gigantescos palcos, en una atmosfera ensordecedora, en rebeldía abstracta contra lo vacuo.

El periodismo se degradó. Transmite el mensaje de una falsa objetividad para ocultar que los medios, al servicio del engranaje del poder, son, con raras excepciones, instrumentos de la difusión de la ideología dominante. La mediocridad de los periodistas refleja además la caída del nivel cultural.

En el caso portugués, el 25 de abril abrió las puertas de la enseñanza secundaria y universitaria a centenas de millares de jóvenes. Pero la instrucción no genera automáticamente cultura. Al sistema solamente le interesa formar cuadros que sirvan con docilidad al capital. De las universidades salen anualmente jóvenes que en materia de saber son analfabetos con diploma. Obviamente el hombre formateado –que trae a la memoria a los robotizados de las utopías de Huxley y Orwell- no tiene conciencia de su condición de individuo manipulado. Casi se enorgullece de ser muy diferente de las generaciones que lo precedieron.

Reescribir la Historia

La contracultura estadounidense, dominadora, no podría haberse implantado a escala mundial sin una campaña, paralela, desarrollada simultáneamente. En Washington los ideólogos del sistema percibieron que era indispensable reescribir la Historia. En otras palabras, falsificarla. Una maquinaria mediática gigantesca emprendió esa tarea. El cine, la televisión, la prensa, internet, con la complicidad de intelectuales de las grandes universidades, de las Fuerzas Armadas, de una legión de periodistas, de miembros del Congreso y de destacadas personalidades de las Finanzas, fueron los instrumentos utilizados para ocultar o deformar la Historia profunda de que nos hablan Lucien Febvre, y la sustituyen por una Historia inventada, ficcional, que corresponda a los intereses y fines del capital.

La falsificación –es la palabra adecuada- principia por las antiguas civilizaciones mediterráneas. En filmes famosos, Hollywood presentó de la Grecia de Pericles, de la Persia de Darío, de la Roma de Cesar, falsos héroes que transmiten sobre la democracia, la libertad, la violencia, el progreso económico, hasta el amor, conceptos e ideas supuestamente progresistas, usando el discurso del norteamericano “ideal” del siglo XX.

Esa agresión a la Historia es particularmente nociva y peligrosa para las masas cuando incide sobre temas y personajes contemporáneos. La versión estadounidense de la II Guerra Mundial, por ejemplo, es una grosera deformación de la Historia. El objetivo fue en gran parte alcanzado. Mundo afuera centenas de millones de personas creen que fueron los Estados Unidos, en defensa de la libertad y de la civilización, quien, en batallas épicas, enfrentó y destruyó el poderío militar de Alemania nazi. El papel desempeñado por la Unión Soviética habría sido secundario. La mentira es de tal tamaño que episodios irrelevantes en los combates de Sicilia o en una ofensiva del general Patton son elevados a epopeyas de la humanidad, en tanto las batallas de Stalingrado y Kursk merecen atención mínima.

El anticomunismo ha sido a lo largo de décadas una prioridad en esa permanente ofensiva del sistema del capital para reescribir la Historia.

La satanización del socialismo y la apología del capitalismo como sistema supuestamente democrático y hasta progresista, son ingredientes básicos en la masacre mediática orientada para el formateo de un tipo de hombre alienado, inofensivo para el engranaje del poder.

En Portugal la clase dominante se ha comportado como discípula aplicada de los maestros del imperialismo estadounidense y europeo.

Diariamente los canales de televisión promueven mesas redondas que falsifican groseramente la Historia. Una corte de “analistas”, presentados como especialistas en materias que, al final ignoran, charlan sobre la totalidad del conocimiento humano, desde la actual rebelión del mundo árabe a las cruzadas por la “democratización” de Afganistán y de Iraq, pasando por el agujero del ozono a la polución de los océanos.

Sería un error subestimar los efectos negativos de ese torrente de disparates y mentiras. El contribuyó para confundir, y engañar a una parte significativa del pueblo portugués.

Sin la anestesia de la conciencia social sería impensable que en el país del 25 de Abril la memoria del general Vasco Gonçalves sea rutinariamente insultada por columnistas cautivos de los grandes diarios, en tanto aventureros de la política y caballeros de la extrema derecha reciben la Gran Cruz de la Orden de la Libertad de sucesivos Presidentes de la República.

¿Qué hacer, entonces frente a un panorama desolador, en una época de crisis cuando un reccionario como el Primer Ministro, portavoz oficial de la contracultura, ofende la palabra democracia, exhibiéndose como su defensor e intérprete?

Luchar, luchar, luchar, en Portugal y en el vasto mundo, sin hallarnos condicionados por el calendario de la victoria distante.

La humanidad resistirá la contracultura que la amenaza. En el caminar de la Historia, el capitalismo contiene las simientes de su propia destrucción.

Vila Nova de Gaia, 1 de Marzo de 2011
Traducción de Jazmin Padilla
El original de este articulo se encuentra en www.odiario.info

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viernes, 29 de enero de 2010

Avatar: los límites de una película producida bajo la lógica espectacular del capitalismo


Luis Martín-Cabrera
Rebelión

He leído con curiosidad y asombro la cantidad de reseñas y artículos --la mayoría de ellos hiperbólicamente positivos-- que han aparecido en Rebelión sobre la película Avatar. Una buena parte del debate gira en torno a la posibilidad de que la película sea una fábula anticapitalista en defensa de la humanidad y el medioambiente. Desde un punto de vista estrictamente marxista, hay que decir que ninguna película sometida a las normas de producción, distribución y consumo de un estudio de Hollywood puede ser realmente anticapitalista. Tanto los medios de producción, como la circulación y distribución de las películas están en manos de unos cuantos estudios que se lucran con la exhibición y producción de las películas. Y si en algunos casos es posible para algún director de éxito como Sodemberg hacer una película sobre El Ché, el control de la distribución ya se encarga de que la película circule sólo en cines alternativos o en todo caso en los cines de las grandes ciudades, pero no en las grandes zonas rurales del centro de los Estados Unidos (algo que pasa sistemáticamente con las películas de Michael Moore). Zonas éstas, por cierto, de mayoría republicana.

Sin embargo, creo que sería errado pensar que todas las películas de Hollywood responden a un mismo formato estético o a una misma preocupación ideológica. Por más que las películas de Hollywood estén sometidas a férreas normas de producción y distribución, el circuito que une creadores, productores, y espectadores nunca es cerrado ni unidireccional, existen creadores insumisos y espectadores heterodoxos capaces de producir interpretaciones alternativas a las dominantes. Si afirmamos que todas las películas hechas en Hollywood representan sólo y exclusivamente una visión capitalista y pro norteamericana del mundo, estaremos ignorando casi todo lo que hemos aprendido de las concepciones de la cultura que han articulado pensadores como Antonio Gramsci o Raymond Williams. No toda producción de Hollywood responde a los valores hegemónicos –algunas muestras claras en mi opinión serían El Padrino o The Matrix – y, sobre todo, no todas las interpretaciones de una película coinciden con las intenciones del director o los productores.

Por eso, aunque debemos tener en cuenta los límites impuestos por la producción y distribución capitalista de las películas, es necesario también discutir sus propuestas, los modos en que construyen y atacan la realidad. Y es aquí donde discrepo con la mayoría de las interpretaciones sobre Avatar . En mi opinión Avatar responde a una demanda del mercado –la necesidad de una representación cultural anticolonial, anticapitalista y pro medioambiental--, pero lo hace ayudándose de los formatos narrativos más convencionales de Hollywood y, en última instancia, reproduciendo la misma mirada colonial que trata de criticar. Me explico. Los estadounidenses ocupan el planeta Pandora, porque en éste se halla un mineral de incalculable valor económico cuyo mayor filón se encuentra debajo del árbol de la vida de los Na’vi. La coalición norteamericana esta compuesta por militares, empresarios y científicos. Y aquí es donde empiezan los primeros problemas. Mientras que el Coronel Quaritch y el empresario aparecen como personajes perversos y sádicos, la doctora Grace Augustine, el personaje de Sigourney Weaver, aparece como la típica científica genuinamente interesada en las riquezas naturales de Pandora e incómoda con las maniobras mercantiles y coloniales de militares y empresarios. Si bien es cierto que una parte del complejo militar industrial de los Estados Unidos está basado en la alianza de estos tres sectores, es rigurosamente falso que los científicos participen a regañadientes en este triunvirato. Las universidades norteamericanas –y la doctora Augustine luce una camiseta de Stanford, una de las más elitistas-- tienen miles de contratos extremadamente lucrativos con la industria militar que se aceptan sin cuestionamientos. El establishment de la ciencia en Estados unidos no es víctima de la industria militar, es su cómplice.

Inexactitudes históricas tal vez, pero vayamos a la trama. La trama de avatar usa uno de los ganchos narrativos más convencionales del género: el romance intercultural. Como ha mostrado la crítica feminista y los estudios queer, un porcentaje muy elevado de las películas de Hollywood se apoyan en esta matriz heterosexista que coloca a la mujer en una posición de subordinación y refuerza la normatividad de la heterosexualidad. En este caso, Jake Sully, un ex marine parapléjico acepta formar parte de un experimento, se transforma virtualmente en un Na’vi y conoce a una indígena de la que se enamora tras superar sus prejuicios culturales y su arrogancia colonial. Lo hemos visto otras veces. Chico busca chica, pero pertenecen a distintas clases sociales, a distintas etnicidades, tienen personalidades diferentes, etc. El espectador se engancha a la trama con la esperanza y la seguridad de que habrá final feliz, se superarán las diferencias y se consumará la unión heterosexual. ¿En qué se diferencia Avatar de Pretty Woman o de Mi gran boda griega?

Algunos dirán que utiliza la convención para construir un mensaje anticolonial. En efecto, Avatar sigue el esquema de algunas crónicas coloniales como Los Naufragios de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, la historia de un soldado español que se pierde en la Florida y se hace curandero o, como han señalado acertadamente José Miguel Company y Manuel Talens, la historia de Gonzalo Guerrero, el español que se queda a vivir con los indígenas y rechaza el proyecto imperial español. Pero cabe preguntarse si Avatar rompe con la mirada imperial o reproduce la fábula del antropólogo occidental “going primitive”. Hay una escena siniestra y estremecedora que para mí resuelve está cuestión. Cuando Sully es finalmente aceptado por los Na’vi para organizar la resistencia frente a los invasores estadounidenses, todas las tribus Na’vi se reúnen alrededor del árbol de la sabiduría. Sully aparece al lado de Neitziri, su amante Na’vi ocupando la posición que antes ocupaban sus padres, líderes de la comunidad Na’vi. La diferencia es que ahora están en una especie de pedestal con todos los Na’vi en una posición de sumisión abajo, esperando a recibir instrucciones de Sully. En mi opinión, está escena pone en juego una concepción de la soberanía política que es en toda su extensión occidental e imperial. En primer lugar, la liberación viene de afuera, es el ex marine blanco el que finalmente ayuda a los Na’vi --cuyos actores, por cierto, son mayoritariamente afroamericanos—a liberarse de la opresión colonial. El modelo de organización cultural responde a una concepción de la soberanía monárquica: Sully es el nuevo heredero del trono tras unirse con Neitziri. Esta representación visual del poder tiene más que ver con filmes con Apocalipto que con las formas de organización comunal indígena que tan brillantemente describió José Carlos Mariatégui, en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana .

La película culmina está lógica colonial, hipermasculina, heterosexista y blanca en el combate final, también predecible entre el marine sádico y perverso y Sully, el marine bueno y comprometido con la causa indígena. Como nos ha enseñado Gayatri Spivak, hay que sospechar siempre de aquella lógica que nos presenta a hombres blancos salvando a mujeres de color de los hombres de color. No puede haber dialéctica emancipadora en una confrontación entre dos militares blancos norteamericanos. Habrá segunda y tercera parte de Avatar, mientras tanto concentrémonos en la lucha por la defensa del medioambiente y la lucha contra el capitalismo y el colonialismo.

Luis Martín-Cabrera es profesor de Literatura en la Universidad de California, San Diego.

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domingo, 3 de mayo de 2009

Tribus juveniles chilenas de la era visual


El capitalismo contemporáneo ha creado un conjunto de patrones culturales juveniles tendientes a crear diversos patrones de consumo de distintas prendas y a su vez para desviar la rebeldía inherente a la juventud a estilos de vida totalmente inofensivos para el sistema, conozcamos un poco de esto:

Daniela Estrada IPS

¿Quiénes son los pokemones, visual, emo, peloláis y flaites? La joven estudiante de filosofía Andrea Ocampo se sumergió en el mundo de estas nuevas tribus de adolescentes y jóvenes urbanos de Chile y encontró múltiples respuestas.

"Las nuevas tribus urbanas vienen a romper toda la tradición chilena de la doble faz y de la siutiquería (personas que presumen de finas y elegantes o que procuran imitar a las capas más elevadas de la sociedad)", comentó a IPS Ocampo, autora del ensayo "Ciertos Ruidos. Nuevas tribus urbanas chilenas", publicado por el Grupo Planeta.

Hablamos de grupos de chilenas y chilenos de entre 11 y 23 años que comparten particulares códigos estéticos, musicales y comunicacionales.

Su principal plataforma es Internet. Son grandes usuarios de los diarios de fotografías (fotolog) y de los foros temáticos, explica Ocampo, de 24 años, editora de la revista digital Indie.cl y ganadora de premios de poesía y ensayo en Chile.

Aunque en Argentina existen los floggers (amantes de los fotolog), en México los emos, en Venezuela hay comunidades de visual y en otros países se repiten grupos similares, la diversidad e intensidad con que estos grupos se han desarrollado en todo Chile ha llevado a transformarse en referencia mundial en la materia, asevera la autora.

Los pokemones, visual y emos suelen vestirse, peinarse y maquillarse llamativamente y utilizar accesorios distintivos. Algunos se reconocen como tales, otros no. Cada tribu tiene innumerables variantes y sub-estilos, que están en constante variación.

Los primeros tienen entre 11 y 21 años y su mayor símil es el mantenimiento de una estética cuidada, pero diversa, explica Ocampo. Mezclan desde los accesorios del hardcore punk hasta los del reggaetón. Utilizan el pelo teñido, "escarmentado" o con extensiones y se delinean exageradamente los ojos.

Su nombre deriva de la popular serie animada japonesa "Pokémon". Ellos han popularizado numerosos términos, como "poncear", que significa besar a muchas personas en una misma fiesta. Según la autora, es la única tribu netamente chilena.

Los visual-kei, de inspiración japonesa, se dividen en otakus, kote-kote, eroguro, décora, oshare, lolitas, entre muchos otros. Algunos se destacan por su estética andrógina, otros por el colorido de su apariencia o la utilización de múltiples accesorios.

Los emos son jóvenes de entre 12 y 22 años "que hacen de la exaltación de los sentimientos tristes un destino en sus vidas", dice Ocampo. Se trata de sujetos infelices, deprimidos, incomprendidos y excluidos. Algunos se autoflagelan.

En tanto las y los flaites, de entre 13 y 23 años, son asiduos a la cultura hip-hop, a la cumbia, el reggaetón y la música romántica. Se los asocia al hampa y a las "barras bravas" (hinchas violentos) de los clubes de fútbol. Suelen hablar en "coa" (lenguaje de la delincuencia) y muchos tienen nombres exóticos. Se destacan por su comportamiento provocativo, al filo del peligro.

Finalmente, la autora define a las peloláis como mujeres entre 13 y 20 años, de pelo liso natural, delgadas, poseedoras de una actitud reservada, de clase alta o media-alta, provenientes de familias conservadoras, matriculadas en colegios religiosos privados y con acceso a lujos. Son las únicas que se escapan de la apuesta transgresora de las demás tribus.

"Es una cultura audiovisual que se manifiesta, expresa y explota a través de la estética. La desconfianza que sienten hacia sus padres e instituciones la llevan a sus cuerpos y la hacen estética", reflexiona Ocampo en el libro de 488 páginas, que además de describir a estos grupos, analiza los procesos históricos, políticos, económicos y sociales detrás de ellos.

Apelan al respeto por la diversidad y a la falta de prejuicios, pero no tienen muchas aspiraciones. "Saben que tiene pocas oportunidades. La mayoría no ve a la educación como herramienta de progreso. Son chicos que quieren terminar el cuarto medio (escolar) para poder trabajar, en cualquier cosa", asegura Ocampo.

¿Qué diferencia a estas tribus de anteriores movimientos como los hippie, punk o góticos?

"La diferencia está en el factor de la ideología. Las antiguas tribus urbanas tenían una ideología que era 'verbalizada' (hablada). La ideología de los nuevos grupos es óptica, estética. Ellos se reconocen al ojo. Porque comparten el mismo collar o porque tienen la misma costura en la hombrera derecha de su chaqueta", responde la estudiante de filosofía.

"No es una identidad que deviene de una ideología. Es una identidad visual, óptica, que se arma a través de retazos culturales. Su lenguaje no es verbalizado sino que es mostrado. Ellos hacen ruido social a través de cómo se visten, de cómo caminan, de lo que les gusta y no les gusta", enfatiza.

Estos grupos, principalmente los pokemones, visual y emo, alcanzaron gran notoriedad en el país cuando empezaron a reunirse en plazas y otros lugares públicos a consumir alcohol y drogas y a mostrar abiertamente conductas homosexuales, lésbicas y bisexuales.

Para conocerlos, la autora entrevistó a numerosos jóvenes y se inmiscuyó en sus foros de Internet. También consultó los reportajes periodísticos que han intentado adentrarse en sus mundos. Pero la ignorancia sobre el tema es generalizada, observó.

Los padres de estos adolescentes generalmente no conocen los espacios físicos y virtuales por los que transitan sus hijos. Los adultos suelen llegar tarde a sus hogares por el exceso de trabajo y una vez allí se "inyectan televisión en la vena" para evadir los problemas, describe Ocampo. La comunicación entre ellos es precaria.

"La mayoría de las veces tienen una relación conflictiva. Estos chicos están acostumbrados a demandar mucho y a entregar poco. Suplican por un plan de telefonía más amplio, pero cuando los papás llegan a la casa ven que éstos no han hecho su cama. El tono de las peleas tiene que ver con el capital: 'dame plata' (dinero), 'eres un vago', recriminaciones mutuas", enfatiza la autora.

En el plano sexual, "tienen una relación directa con su cuerpo", sin pudores, a diferencia de generaciones anteriores más reprimidas. "Ellos se reconocen como seres con deseo" y no dudan en experimentar, plantea Ocampo, lo cual tiene a escandalizar a los mayores.

Pero esta libertad sexual tiene sus riesgos: desde el grooming o acoso sexual por Internet hasta los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual. Por su extravagancia, también son intimidados por skinheads (cabezas rapadas de orientación fascista).

"El fenómeno llegó para quedarse. Yo creo que las tribus urbanas van a aumentar y se van a mezclar", anticipa Ocampo. Por lo mismo, más que subestimarlos o discriminarlos, la sociedad chilena debería respetarlos y recoger su aporte --la revalorización de las libertades personales--, así como reflexionar sobre lo que transmiten con su estética y actitud.

"Ellos están llamando la atención. Ahora, hay que ver sobre qué están llamando la atención, qué están indicando. Esto no es anodino. Yo creo que esto hay que contextualizarlo y pensar desde ahí la sociedad chilena que somos y la que queremos ser. Estos son los niños del bicentenario. Son los administradores de este país en 10 años más", concluye.

Según la quinta Encuesta Nacional de la Juventud, de 2007, los jóvenes de entre 15 a 29 años llegaban a 24,6 por ciento de los 16,6 millones de chilenos.

http://www.ipsnoticias.net/print.asp?idnews=91999


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