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domingo, 6 de noviembre de 2011

Declaración de las FARC-EP

FARC-EP Aporrea

Escuchamos de la oligarquía colombiana y sus generales el anuncio oficial de la muerte del Camarada y Comandante Alfonso Cano. Resuenan aún sus alegres carcajadas y sus brindis de entusiasmo. Todas las voces del Establecimiento coinciden en que ello significa el final de la lucha guerrillera en Colombia.

La única realidad que simboliza la caída en combate del camarada Alfonso Cano, es la inmortal resistencia del pueblo colombiano, que prefiere morir antes que vivir de rodillas mendigando. La historia de las luchas de este pueblo está repleta de mártires, de mujeres y de hombres que jamás dieron su brazo a torcer en la búsqueda de la igualdad y la justicia.

No será esta la primera vez que los oprimidos y explotados de Colombia lloran a uno de sus grandes dirigentes. Ni tampoco la primera en que lo reemplazarán con el coraje y la convicción absoluta en la victoria. La paz en Colombia no nacerá de ninguna desmovilización guerrillera, sino de la abolición definitiva de las causas que dan nacimiento al alzamiento.Hay una politica trazada y esa es la que se continuará.

Ha muerto el Camarada y Comandante Alfonso Cano. ha caido el mas ferviente convencido de la necesidad de la solución política y la paz. ¡viva la memoria del comandante Alfonso Cano!

Secretariado del Estado Mayor Central de las FARC-EP


Montañas de Colombia, 5 de noviembre de 2011


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lunes, 17 de octubre de 2011

Santos, luz verde para la guerra sucia en Colombia

José Antonio Gutiérrez D. Rebelión

Como parte de una controvertida reforma a la Justicia (que produjo un amago de choque entre el Ejecutivo con la Corte Suprema y el Consejo del Estado) [1], el gobierno de Juan Manuel Santos incluyó, a última hora, entre gallos y media noche, un artículo que “establece la presunción de que los delitos cometidos por policías y militares corresponden a actos de servicio y serán conocidos sólo por la justicia penal militar, salvo puntuales excepciones” [2]. El artículo decía textualmente “En todo caso, se presume la relación con el servicio en las operaciones militares y procedimientos de la Policía Nacional. En estas situaciones, cuando haya lugar al ejercicio de la acción penal, la misma se adelantará por la Justicia Penal Militar y Policial”. Según el Ministro de Defensa Pinzón, es necesario para proporcionar “mayor seguridad jurídica” (¿impunidad?) a la tropa en su guerra contrainsurgente. Aun cuando la impunidad sea altísima en Colombia, sobre todo en lo relativo a crímenes de Estado (los cuales bordean el 98%), este artículo no oculta su pretensión de volverla absoluta, haciendo aún más vulnerable a la población de lo que ya es.

Pese a esta elevada impunidad, la tenacidad de algunas organizaciones defensoras de derechos humanos, así como la labor de ciertos jueces independientes de carácter (la que han pagado siendo víctimas del acoso de los organismos del Estado [3], llegando algunos a ser asesinados [4]), han llevado a un número relativamente insignificante de uniformados ante los tribunales (4.280 procesos judiciales, insignificantes desde la escala de las atrocidades que se cometen en Colombia, pero significativo desde el punto de vista político [5]) por su participación en crímenes atroces, lo cual ha sido suficiente para generar pavor entre las filas castrenses. Según, el senador oficialista Roy Barreras, “además del temor de los militares de perder la vida en combate, está el temor de terminar en la cárcel tras una condena en la que la investigación y el juzgamiento la hacen civiles que desconocen el lenguaje y los procedimientos de la guerra” [6]. Mediante este sofisma, el Estado colombiano se saca su careta de “democracia asediada” y de “respeto a los derechos humanos” para mostrar, al desnudo, la necesidad que tiene de echar mano del terrorismo de Estado y los crímenes atroces para avanzar en la guerra contrainsurgente... procedimientos que los “burros civiles” desconocen o no aceptan de buena gana.

A pesar a toda la retórica vacía del gobierno de Santos de que su estrategia militar se apoya en el respeto irrestricto a los derechos humanos (en parte, ingeniada para sacarse de encima el pesado bulto de los “falsos positivos” que le penan desde su época de Ministro de Defensa estrella del anterior gobierno), en palabra de sus propios ministros y parlamentarios, los derechos humanos representan un estorbo al ejército. El respeto a los derechos humanos causa “temor” a los militares, que estarían bien empapados del lenguaje y los procedimientos de esta guerra sucia.

No es necesario aclarar con detalle las limitaciones obvias de la Justicia Penal Militar, la cual pone al ladrón a juzgar al ladrón –no hay que sorprenderse de que los escasos procesos que han terminado en condenas de militares, sean por obra y gracia de la justicia ordinaria (casos que incluyen la desaparición de personas, la promoción de escuadrones de la muerte para violar y torturar a “sospechosos” y que incluyen el secuestro de civiles para asesinarlos y presentarlos como “guerrilleros dados de baja en combate” –o “falsos positivos”- entre otros crímenes igualmente perversos). Existen también limitaciones más específicas las cuales ya han sido suficientemente denunciadas por el parlamentario y dirigente del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (MOVICE), Iván Cepeda, quien aclaró que ésta no cubre temas como el narcotráfico, extorsiones, violaciones de derechos humanos, concierto para delinquir, entre otros –todos temas por lo cuales algunos uniformados hoy están compareciendo ante las cortes [7].

Todos serían, ahora, “actos de servicio”. Como botón de muestra de lo que interpreta el Estado como “actos de servicio”, tenemos el alevoso asesinato a tiros por la espalda del adolescente graffitero Diego Felipe Becerra [8], el cual ha sido pasado a la Justicia Militar porque la Fiscalía estimó que este inexcusable infanticidio constituiría un “acto de servicio” [9]. Difícil es negar, con esta clase de “criterio”, que Colombia no sólo sea el imperio de la impunidad, sino también el de la arbitrariedad.

Debido a la polémica que esta inclusión ocasionó a última hora, el Ministro del Interior, Vargas Lleras, afirmó el viernes pasado que, finalmente, este artículo no haría parte de la reforma, sino que se presentaría como otro proyecto [10]. Independientemente de si la ampliación del fuero militar haría parte o no de la reforma judicial, lo cierto es que lo que esta propuesta pone en el tapete es la necesidad que siente el gobierno de Santos de profundizar la guerra sucia como una manera de contener los avances de la insurgencia, cuyos ataques crecen de manera sostenida desde el 2005, pero los cuales son más evidentes desde 2009.

Empantanamiento de la salida militar al conflicto social y armado

Más allá del triunfalismo mediático que se impuso durante la última década, como parte de una guerra psicológica desde el Estado, la insurgencia está lejos del “fin del fin” como aseguró el 2008 el venido a menos general Montoya. En lugar de sucumbir ante la gigantesca ofensiva montada con miles de millones de dólares aportados por el gobierno de los EEUU para el Plan Colombia, con tantos más aportados para planes de “cooperación cívico-militar” y planes de “consolidación”, con un hipertrofiado ejército cercano al medio millón de hombres, con toda la asistencia técnica que reciben de Israel o EEUU, con un gasto militar sostenido superior al 5% del PIB, con una red de informantes de dimensiones más propias de la Alemania nazi que de una supuesta “democracia occidental” (dos millones de personas oficialmente reconocidas), con miles de paramilitares realizando tareas de milicia privada en prácticamente todo el territorio, con bombardeos de proporciones bíblicas en los cuales se arrojan toneladas de bombas sobre la selva (no es casual el nombre de la “Operación Sodoma”), con la colaboración militar de los gobiernos “progresistas” de Venezuela y Ecuador… con toda esta presión militar, la insurgencia, lejos de haber sido derrotada, ha asimilado los golpes, ha adecuado su estrategia y ha retomado, en vastas regiones del país, la ofensiva.

Esto no es algo que se estén inventando los “áulicos de la guerrilla”, como solía llamar el ex presidente Uribe Vélez a quien osara cuestionar su “revelada y divina” política de la (in)Seguridad (anti)Democrática. No, es algo que reconocen organismos como la Corporación Nuevo Arco Iris (CNAI), dirigida por el estrecho colaborador del presidente Santos y entusiasta partisano de la Seguridad Democrática, León Valencia.

¿Qué dicen los últimos informes de la CNAI? Según el informe titulado “De la Guerra de Jojoy a la Guerra de Cano” [11], las FARC-EP habrían adecuado su estrategia en varios aspectos cruciales mediante el llamado “Plan 2010”:


· Abandono de la guerra de posiciones y las grandes movilizaciones de tropas que caracterizaron al período de 1996-2007; vuelta a la movilización de pequeños contingentes de alta movilidad para evitar ser detectados por aire y predominio del hostigamiento como forma de ataque;


· Descentralización de las estructuras guerrilleras para absorber los golpes del ejército a los mandos medios y a los comandantes;


· Creación de Unidades Tácticas de Combate con expertos en explosivos y especialización de guerrilleros como francotiradores;


· Creación ad hoc de “comandos conjuntos de área” entre diferentes frentes que se combinan y dispersan en función de tareas específicas (a lo menos se han registrado cinco de estos);


· Desarrollo de campos minados con minas colgantes y estrategias de minas ofensivas al borde de caminos (en el informe del 2008, describen estas minas de carácter ofensivo como “campos minados muertos” que se activarían a control remoto al paso de la tropa o las patrullas) [12];

En un nuevo informe, “La Nueva Realidad de las FARC” dan cuenta de nuevos aspectos de la estrategia militar de las FARC-EP:


· Utilización de carros bombas que facilitan hostigamientos a guarniciones militares sin necesidad de agrupamientos masivos de tropas;


· Desarrollo de cuerpos de élite, los “pisa suaves” que se especializarían en penetrar las líneas de guardia de diversos frentes y hostigar con ataques explosivos desde la retaguardia

Sobre el ELN, los informes de la CNAI confirman una tendencia al fortalecimiento de esta guerrilla y a la consolidación de su hegemonía en tres áreas del país –Cauca, Nariño y Arauca-. Ha habido expansión de sus frentes en el Chocó, Antioquia y mantiene su presencia en áreas como el Sur de Bolívar, Cesar y Norte de Santander. El pacto político-militar con las FARC-EP no solamente habría servido para controlar el conflicto entre ambas organizaciones en ciertas regiones como Arauca, sino que además para potenciar la lucha contra las fuerzas del Estado colombiano. Su estrategia militar ha estado caracterizada por:

· La organización de estructuras pequeñas y el fortalecimiento de las redes de apoyo;

· Estrategia de repliegue durante la mayor parte de la década para evitar el golpe directo de la ofensiva del ejército-paramilitares [13];

Los resultados no dejan de ser sorprendentes para quienes han digerido años de propaganda sobre el “fin del fin”: 2010 terminó con más de 2.000 bajas en la Fuerza Pública [14] -1.855 bajas solamente hasta septiembre de 2010 según la CNAI [15]-. Entre enero y mayo de 2011, la Fuerza Pública ha sufrido 967 bajas [16]. Tampoco se ajustan estos resultados al escenario descrito por el ex Ministro de Defensa Rivera, quien definía estas bajas como “patadas de ahogado”, como “acciones desesperadas” de una insurgencia acorralada.

Obviamente, los golpes insurgentes han remecido al gobierno de Santos, propiciando un recambio de Ministro de Defensa en septiembre, con la salida del entonces ministro Rodrigo Rivera, y la entrada de Juan Carlos Pinzón. De la misma manera, se cambió la comandancia de las Fuerzas Militares, pasando la comandancia general del almirante Edgar Cely al general Alejandro Navas. Cambios que, sin duda, reflejan la insatisfacción del establishment por el rumbo de la guerra [17].

Pero también estos golpes han tenido un impacto sobre la moral del ejército. Según el último informe de la CNAI, la situación de desgaste o desmoralización de las tropas del Estado se deberían a los embates de la nueva estrategia de lucha guerrillera, la prolongación de campañas militares infructuosas y la certeza de que el anunciado “fin del fin” no tiene para cuándo. Según, este mismo informe, la estrategia de las fuerzas armadas ha sido exitosa desde una perspectiva mediática, pero no así en el terreno de combate [18]. Es decir, se puede mentir a ese sector del país idiotizado con la televisión y la propaganda del gobierno, pero no a quienes viven el conflicto en carne y hueso.

Es comprendiendo este panorama como mejor entendemos las voces que surgen hoy para culpar a la rama judicial del empantanamiento militar. “La tesis se desprende de la que se oye hace tiempo en los cuarteles: no se puede ganar una guerra sucia con armas limpias” [19].

Más allá de la dicotomía santismo-uribismo: una guerra de clases contra los campesinos y los sectores populares

Pese a todos los esfuerzos de los apologistas de Santos para mostrarlo como una versión civilizada de su predecesor, el cavernícola Uribe Vélez, los argumentos con los que han defendido la ampliación del fuero militar, reproducen al pie de la letra la cantinela recitada por el proto-fascista asesor presidencial de Uribe, José Obdulio Gaviria, quien ha expresado que la desmoralización del Ejército se debe a que “las fuerzas militares y hasta la policía están siendo víctimas de una persecución muy fuerte de parte de la fiscalía (…) Cualquier operación de la fuerza pública es examinado como si fuera un crimen, y eso ha bajado muchísimo la moral de las fuerzas armada” [20].

“La guerra hay que ganarla, carajo, aunque haya que masacrar a media Colombia; si usted mata diez patirrajados seguro que hay un guerrillero entre medio”. Esto no lo dicen textualmente en público, pero es lo que se desprende de todas las intervenciones de la élite política y militar.

Una lógica parecida ha sido aplicada por José Félix Lafaurie, presidente de la Federación de Ganaderos (Fedegán), gremio que apoyó activamente al surgimiento de la maquinaria de muerte paramilitar conocida como las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), organismo responsable del asesinato y desaparición de decenas de miles de colombianos, y del desplazamiento forzado de millones de campesinos cuyas tierras han terminado en buena medida en las manos de latifundistas ganaderos. Los ganaderos no ocultan su interés en profundizar la guerra contrainsurgente que les ha dado enormes privilegios económicos, como lo revela el último informe del PNUD [21]. En realidad, ellos están en el centro del conflicto social y armado que vive Colombia y son una parte integral de las “condiciones estructurales” que alimentan la violencia política. Lafaurie insiste, al igual que José Obdulio Gaviria, que la baja moral de las tropas “está en que la justicia y la sociedad se volvieron en su contra y se nutre de una estrategia de desprestigio mediático de la institución” [22]. Es decir, la sociedad debería callarse ante los falsos positivos, los bombardeos indiscriminados, los escuadrones de la muerte, la violencia sistemática contra la población.

En otro artículo, Lafaurie, ha definido a los militares como “ciudadanos especiales, fuera del común”, que no pueden ser juzgados por una justicia ordinaria, aún cuando sus crímenes afecten a la población civil, porque ésta desconocería las tácticas y estrategias de guerra. Implícitamente, se reconoce que la violación de los derechos humanos es parte de estas “estrategias”. Pero la “lógica” perversa de este argumento (que la justicia civil desconoce los “procedimientos de guerra” y por tanto estaría inhabilitada para juzgar a militares) ha sido brillantemente evidenciada por el columnista Alfredo Molano, quien indica que “Los militares argumentan que la justicia civil no sabe de conductas militares y por tanto no puede fallar sobre ellas, que es como decir que porque los jueces no son empresarios no deben fallar en delitos mercantiles; o que por no ser médicos deberían abstenerse de fallar en casos de homicidios culposos por, digamos, dejar un bisturí en la barriga de un cliente operado de apendicitis. A ese paso llegamos a que sólo los ganaderos están habilitados para legislar en materia agrarias. Mejor dicho, ¿para qué leyes habiendo armas?” [23] Pero ¿cuál es la conclusión a la que llega Lafaurie con esta perversa “lógica”? Sin pelos en la lengua, dice que “necesitamos dotar de garantías a los hombres y las operaciones militares. Estamos en mora de despejar el camino a nuestros héroes anónimos. Necesitamos reconocer la naturaleza de estos hombres y aliviar el desasosiego que acompaña la tarea de ser militar hoy en Colombia” [24]. Lafaurie insiste en otra columna escrita en septiembre que “la urgencia de mejorar el bienestar de la fuerza pública, que pasa (…) por fortalecer el Fuero y la Justicia Penal Militar (…) Una democracia plena como la nuestra puede y debe derrotar a los violentos, y lo hará de la mano del Fuero Militar. Las guerras se ganan en el corazón de los soldados” [25].

Es importante referirse a las declaraciones del Presidente de Fedegán, porque ellas reflejan a los sectores que se han enriquecido mediante la guerra y que hoy buscan profundizarla, los sectores que jamás apostarán por una solución política del conflicto armado que ponga en cuestión la posesión ilegítima que tienen del 39% de las tierras. Resulta además claro que esta auténtica ofensiva mediática de su cara más visible preparó el terreno para que este artículo de ampliación del fuero militar se sacara de la manga ahora que se debate la reforma judicial. No queda duda, con esta clase de intervenciones, de cuáles son los intereses que defienden los soldados en la guerra.

La naturaleza de clase de este conflicto, así como el rol de los ganaderos que representa Lafaurie, son evidenciados en un relato sobre el desplazamiento campesino en los corregimientos de Guanapalo y Charras, en San José del Guaviare, en un informe que ya hemos citado de la CNAI:

“El representante a la Cámara Ignacio Antonio Javela adquirió 1.250 hectáreas de tierras a los campesinos de esa región, pero otros comienzan a desplazarse ante amenazas e intimidaciones. Mientras, grupos ilegales rearmados han comenzado a posicionarse sobre toda la denominada Trocha Ganadera, donde actualmente ejercen presión contra algunas comunidades campesinas. Las FARC, por su parte, han prohibido a los campesinos vender sus predios y han manifestado que defenderán la zona de otros grupos armados ilegales.

Tácitamente se trata de desplazar para concentrar la propiedad de la tierra. Las compras masivas a muy bajo precio o la intimidación armada han llevado a desplazamientos gota a gota en esta región. Paradójicamente, el que garantiza la propiedad a campesinos y colonos es un grupo armado ilegal –las FARC- y no el Estado.” [26]

Digamos, solamente, que no hay nada de paradójico en esta situación si se entiende la dinámica de clases que en última instancia explica el conflicto colombiano (la cual se vela frecuentemente con discursos que plantean el debate en la falsa contradicción ilegales contra legales) y que esto no es nada tácito sino una clara política de Estado, ligada a las locomotoras del Plan de Desarrollo Nacional de Santos y a los intereses seculares de los gamonales y cacaos colombianos. El último informe del CODHES nos dice que buena parte de la expansión paramilitar se está dando en zonas de “consolidación” o de fuerte presencia de la fuerza pública. Según ellos, en el primer semestre del 2011, según sus informaciones parciales y preliminares, se habría desplazado a unas 89.750 personas, de ellas el 28% provendrían de las zonas de consolidación territorial del Estado [27], lo cual es coincidente, grosso modo, con las cifras globales de desplazamiento de 2010, que indicarían un 33% de desplazamiento de las zonas de consolidación [28]. Este desplazamiento va de la mano, como hemos dicho, de las “locomotoras”, de los megaproyectos, del agronegocio, del latifundio, de la palma, del caucho, de la minería [29].

Al final de cuentas, más allá de la dicotomía que se ha pretendido hacer entre la política de Uribe Vélez y la de Santos, hay una continuidad de este modelo de guerra que beneficia un patrón de enriquecimiento por despojo violento.

La dialéctica política del conflicto social y armado

Los ganaderos saben muy bien por qué piden a gritos profundizar la impunidad y con ella la guerra sucia: porque un conflicto que no es solamente militar, sino ante todo social como el colombiano no puede ganarse sino mediante la aplicación a gran escala del terrorismo de Estado en contra de la población. Esto lo explica muy bien Ever Veloza, alias HH, uno de los paramilitares que hizo por varios años el trabajo sucio del Estado al mando de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y el Urabá (ACCU) y más tarde, de las AUC, sobre la estrategia de tierra arrasada del paramilitarismo en una entrevista en el 2008:

“La guerrilla está, pero no está tan fuerte como antes. Cuando nosotros empezamos en las AUC la guerrilla tenía el control de todo el país, como en el Urabá. Hoy en día la guerrilla está en sectores marginales. Por eso el movimiento de las autodefensas no fracasó. Fue tanto el crecimiento y la penetración de las autodefensas a nivel nacional que mire cuántos políticos hay en la cárcel por vínculos con nosotros, cuántos militares hay vinculados, cuántos empresarios. Yo creo que fue un éxito total.” [30]

Quizás un éxito en lo puramente militar, en lo inmediato, más no así un éxito sustentable o total si se considera la naturaleza social del conflicto. Desde el 2008, cuando HH hace estas declaraciones, la insurgencia ha logrado revertir los avances de las Fuerzas Militares durante la primera fase del Plan Colombia y han vuelto a mostrar un renovado dinamismo. Ese dinamismo está ligado, indudablemente, a la dialéctica política del conflicto, por más que el discurso oficial intente “pabloescobarizar” a la insurgencia [31] – algo que, por lo demás no es nada nuevo, ya que desde el comienzo se ha buscado “bandolerizar” o “chusmear” a la insurgencia para así negar las profundas causas estructurales, políticas y sociales que la animan. La paradoja, es que mientras se niega que la insurgencia tenga motivaciones políticas, el ejército trabajo de la mano con grupos paramilitares que se definen como “anti-comunistas” [32]. No debe sorprender que el oficialismo niegue la legitimidad política de la insurgencia –jamás una tiranía (y Colombia, desde el punto de vista político y humanitario, no puede ser considerada otra cosa pese a los formalismos democráticos ritualizados) ha aceptado la legitimidad de quienes la interpelan [33].

Pero los informes mencionados de la CNAI, a contravía de estas declaraciones oficiales por parte del gobierno de que la insurgencia no tendría sustento ideológico, nos entregan algunas luces sobre la complejidad ideológica en el mundo de la insurgencia. Más aún, nos señalan que es en el terreno de lo político donde se encuentran en gran medida las raíces de este nuevo dinamismo de la insurgencia. Sobre las nuevas orientaciones políticas en la insurgencia, nos señala un informe relativo a las FARC-EP que “‘Alfonso Cano’ (…) logró darle al grupo guerrillero una nueva estrategia militar y un nuevo rumbo político. Este antropólogo, a pesar de sus raíces urbanas, pudo coordinar a la guerrilla de las FARC compuesta mayoritariamente por campesinos (…) En los últimos años a pesar de la violenta persecución que desató la Fuerza Pública, con la Operación Fuerte, ‘Cano’ ha logrado tener una actualización académica, los libros de Toni Negri, Zizek, Chomsky ya hacen parte de la bibliografía actual de este comandante en jefe de las FARC (…) Esta apertura ideológica, si bien, no ha modificado su forma de ver la vida desde el marxismo ortodoxo, le ha concedido [sic, conseguido] dar ese nuevo rumbo político a las FARC”. [34]

Es esa dinámica política la que explica los señalamientos de Santos en un discurso el 28 de Septiembre en una base militar en Nariño: “Sabemos muy bien que la estrategia de las Farc va a ser la de estimular la protesta social y la de infiltrar esa protesta social para producir violencia, producir caos” [35]. No es casualidad el innegable tufillo “uribista” de estas temerarias acusaciones, que nuevamente ponen en contradicho a quienes, mediante toda clase de contracciones, pretenden mostrar a Santos como un “paladín democrático” (a diferencia de su predecesor y maestro Uribe). Reflejan una comprensión de que el conflicto no es solamente armado, sino que ante todo social, y que la reactivación de la protesta popular tiende a ser coincidente con la reactivación de la lucha armada, no porque los movimientos sociales o las organizaciones populares sean “fachadas de la guerrilla” o “guerrilleros de civil” como frecuentemente dicen las élites para estigmatizar y para minar la legitimidad de los movimientos –como si no hubiera causas legítimas para la protesta por parte de estudiantes, campesinos, cocaleros, trabajadores y comunidades. Para esas élites, toda marcha es un “siniestro plan del terrorismo” para perturbar la paz social en su apacible país de las maravillas. La realidad, es otra: cuando hay un incremento del malestar social y de la protesta popular, es natural que la insurgencia canalice parte de este malestar porque ella ha sido, gústele o no al establecimiento, una forma de respuesta histórica del pueblo a la violencia sistemática del Estado contra los de abajo. Uno podrá considerar que es una respuesta buena o mala, pero es innegable que la insurgencia no viene de la Luna a "infiltrar" al pueblo, sino que son producto de las entrañas mismas de las clases populares. Para amplios sectores en Colombia, fundamentalmente rurales, la insurgencia sigue siendo una respuesta legítima contra la violencia de clase institucionalizada por los gamonales, cacaos, ganaderos y sus socios multinacionales.

Callejón sin salida para la vía militar

Ante el aumento progresivo de la protesta social desde el 2002 [36], el cual se ha vuelto explosivo desde el 2008, y ante la persistencia y el reacomodo de la lucha armada –reacomodo que no sólo es militar, sino también político como hemos visto-, es de esperar que el gobierno intente salir del empantanamiento del conflicto mediante la profundización de la guerra sucia. Y ahí está la contradicción vital de la oligarquía colombiana: que sus avances en lo militar se comprometen por lo político, y que la profundización de la guerra sucia tiene un efecto degradante ante todo en sus propias filas. No es la judicialización de militares, como hacen creer los José Obdulio Gaviria o los José Féliz Lafaurie, lo fundamental detrás de la desmoralización o el desgaste de las Fuerzas Armadas en Colombia. Sólo en cierta medida lo son las tres causas dadas por el CNAI: las expectativas imposibles de una victoria fácil alimentadas en el último período de Uribe Vélez, el hecho que las campañas sean cada vez más largas e infructuosas, así como los golpes crecientes de la insurgencia. Es mi opinión que el factor sin lugar a dudas de mayor peso en la desmoralización de las tropas del ejército colombiano es la naturaleza misma de la guerra absurda que pelean en defensa de ganaderos, multinacionales extranjeras y gamonales criollos, quienes los desechan apenas ya no les son de utilidad. Es la naturaleza misma de una guerra degradada (y degradada fundamentalmente por la acción del Estado y su herramienta paramilitar) la que está en la base de la desmoralización de la tropa.

Por más que la propaganda oficial insista que en “Colombia los Héroes Existen”, la tropa sabe que allá donde se pelea la guerra, donde el conflicto se sufre en carne y hueso, en el terreno, las percepciones son muy diferentes a las de los televidentes citadinos que creen todo lo que Caracol les dice. Siguiendo con este mismo informe del CNAI: “la corrupción de miembros de la Fuerza Pública hace que la población desconfié de la institucionalidad. En los Llanos Orientales, por ejempo, con el Plan Consolidación lo que se observa es que a medida que la Fuerza Pública desplaza a las FARC, los hombres del ERPAC [ie., un escuadrón paramilitar] van tomando este tipo de posiciones, en Córdoba algunos miembros de las Fuerzas Militares parecen uno sólo con ‘Los Urabeños’ y ‘Los Rastrojos’ [ie., dos bandas paramilitares] (…) Durante el trabajo de terreno realizado para realizar (sic) el presente informe, se logró detectar que las Fuerzas Militares funcionan en algunos territorios como fuerzas de ocupación. Nuevamente, La Macarena es el mejor ejemplo, allí las denominadas brigadas cívico-militares parecen acciones típicas de fuerzas de ocupación, sirven para hacer censos, listados de personas, pero no para consolidar el Estado de Derecho. La tropa aún sigue viendo a la población civil como un enemigo” [37].

En estas condiciones, ¿cómo se espera ganar el conflicto social y armado por la vía militar?

La insatisfacción con la presencia militar en las regiones de tradición guerrillera se refleja en un informe de Gary Leech escrito hace unos meses sobre las operaciones en contra de “Alfonso Cano” en el Tolima: “La mayoría de las comunidades en la región han vivido bajo el control de las FARC por décadas. Un líder comunitario en Limón explica que las FARC aseguraban que no hubiera violencia ni crímen, y que los campesinos no dañaran el medio ambiente. Bajo el control del Estado el crímen va en aumento y la economía no ha mejorado (…) Pese a estos reveses, la fuerza militar así como el apoyo popular a las FARC se mantiene relativamente intacto en sus baluartes tradicionales” [38]. A comienzos de Agosto del 2008, en el Tiempo apareció un artículo inusualmente honesto que refleja las dificultades de la lucha contrainsurgente en el Sumapaz: “el Ejército se ha encontrado con una población que lo mira con desconfianza. Caseríos tradicionalmente comunistas cierran sus vitrinas y su comercio para los soldados y por allí hasta se ven carteles con la frase 'Reyes vive'” [39]. Situaciones parecidas se ven en todos los territorios en conflicto, en áreas tanto de influencia de las FARC-EP o del ELN, o de grupos insurgentes menores que también existen.

Mientras tanto, la guerra sucia continúa con su inercia de seis décadas. Bombardeos indiscriminados en Chaparral; envenenamiento con glisofato de las poblaciones en el Chocó y en el Bajo Cauca Antioqueño; descuartizamientos, masacres y violaciones en Guapi, en el Sur de Bolívar, en Nariño, realizados por paramilitares en perfecta connivencia con el Ejército y la Policía; cercos paramilitares en Curvaradó y Jiguamiandó; secuestro y asesinato de civiles para presentarlos como “falsos positivos”; estrategias como la red de cooperantes que en las propias palabras del informe de la CNAI “parecieran más encaminadas a destruir cualquier tipo de organización social que intente prosperar en la zona” [40]. Ya lo dijimos: no se puede ganar la guerra sucia con armas limpias. ¿Nos puede sorprender la desmoralización de una tropa enfrentada de manera sistemática a esta clase de prácticas degradadas? Que no se culpe, pues, a los jueces.

La salida militar que se impuso como el discurso único de los círculos dominantes está enfrentando una grave crisis de legitimidad, acechada por acuciantes interrogantes ¿Qué tipo de sociedad se puede crear mediante esta violencia de clase? ¿Qué sentido tiene el “triunfo militar” al que aspira el Estado mediante la profundización de la guerra sucia? Pues, aunque el gobierno de Santos insista en que “no ha tirado las llaves de la paz”, en su lenguaje la paz equivale a la victoria militar, la cual puede ser en el campo de batalla o en la mesa de negociación ante una insurgencia aislada y desmoralizada. En su lenguaje, la paz equivale a la desmovilización de las tropas insurgentes y eso no es sino un escenario de victoria militar.

Las llaves de la paz no se encuentran, pese a lo que pueda creer el gobierno, en el campo de batalla sino en el campo de la lucha de clases: las tiene el movimiento popular que comienza hoy a dar pasos muy importantes de articulación y movilización, como se aprecia con ciertas iniciativas de convergencia popular y encuentros como los de Barrancabermeja y Cali que dan muestras del deseo del pueblo de convertirse en un actor en derecho propio, gestor de su propia institucionalidad, de su propio poder, de su propio proyecto de futuro. Ellos vienen elaborando las propuestas para la solución política; porque saben que paz no significa sencillamente ausencia de conflicto. De poco sirve que se declare con bombos y platillos la paz cuando subsista la violencia institucionalizada del Estado, esa violencia sistemática del sistema capitalista que aniquila por física hambre a miles de colombianos año tras año. Esa violencia que se expresa en Tratados de Libre Comercia y en un Desarrollo Nacional que destruye las comunidades y la vida de los seres humanos. Es la hora de evocar una vez más los horizontes emancipatorios que han animado al pueblo colombiano durante décadas, entender estas aspiraciones y necesidades profundas, leerlas y actualizarlas bajo el signo de nuestros nuevos tiempos. Mientras el Estado se prepara para profundizar la guerra sucia, el pueblo se prepara para profundizar su proyecto emancipador

NOTAS DEL AUTOR:


[1] http://elespectador.com/noticias/judicial/articulo-2895...forma

[2] http://www.semana.com/politica/gobierno-incluye-ampliac....aspx

[3] http://anarkismo.net/article/16405 http://anarkismo.net/article/16403

[4] http://anarkismo.net/article/19272

[5] Estamos hablando de poco menos del 1% de los uniformados siendo procesados por violaciones graves a los Derechos Humanos, en circunstancias que estas prácticas terroristas son ampliamente aplicadas en la institución castrense, son aprendidas y transmitidas en cadena de mando.

[6] http://www.semana.com/politica/gobierno-incluye-ampliac....aspx

[7] http://elespectador.com/noticias/judicial/articulo-3040...lidad

[8] http://www.eltiempo.com/colombia/bogota/ARTICULO-WEB-NE....html http://www.semana.com/nacion/diego-felipe-muerte-muchas....aspx

[9] http://www.semana.com/nacion/caso-patrullero-disparo-gr....aspx

[10] http://www.semana.com/nacion/reversazo-del-gobierno-tem....aspx

[11] En “Revista Arcanos” Número 16, Abril del 2011, pp.28-47.

[12] “La Guerra contra y de las FARC”, en “Revista Arcanos”, Número 15, Abril del 2010, p.20.

[13] “ELN: Debilitamiento Nacional, Fortalecimiento Regional”, en “Revista Arcanos”, Número 16, Abril del 2011, pp.62-72.

[14] http://www.ddhh-colombia.org/html/noticias%20ddhh/estad...1.pdf


[15] “La Nueva Realidad de las FARC”, p.42

[16] Ibid, p.


[17] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-...tares

[18] “La Nueva Realidad de las FARC”, p.10. Reconocen, por ejemplo, que la muerte del ‘Mono Jojoy’ no trajo las desmovilizaciones masivas que se esperaban, y por el contrario, el ejército enfrentó una tenaz resistencia, con tres o hasta cinco combates diarios semanas después del bombardeo, lo cual no indica, precisamente, desmoralización de la insurgencia aún ante un golpe tan contundente.


[19] http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-299...acaos

[20] http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/07/110719_colo...shtml
[21] http://pnudcolombia.org/indh2011/index.php/el-informe/r...vo/31

[22] El Colombiano, 3 de Septiembre, 2011, puede consultarse en http://www.pensamientocolombia.org/DebateNacional/?p=37516

[23] http://elespectador.com/impreso/opinion/columna-299951-...acaos

[24] El Heraldo, 16 de Septiembre, 2011, puede consultarse en http://www.pensamientocolombia.org/DebateNacional/?p=37922


[25] El Universal, 10 de Septiembre, 2011, puede consultarse en http://www.pensamientocolombia.org/DebateNacional/?p=37737

[26] “La Guerra de y contra las FARC”, p.9 (subrayado nuestro)

[27]http://www.codhes.org/images/stories/pdf/codhes%20infor...8.pdf

[28] http://www.codhes.org/images/stories/pdf/bolet%C3%ADn%2...7.pdf

[29] http://anarkismo.net/article/19933

[30] http://www.elespectador.com/impreso/judicial/articuloim...fiesa

[31]http://www.elcolombiano.com/BancoConocimiento/L/las_far...a.asp

[32] El Ejército Revolucionario Popular Anti-Comunista (ERPAC) de los Llanos.

[33] El más inmundo de los defensores del paramilitarismo, Ernesto Yamhure, escribió, con motivo de un nuevo aniversario del nacimiento del ELN, una columna para El Espectador la cual es típica de esta ambivalencia discursiva entre la guerrilla comunista pero sin ideales: “El pasado 4 de julio, el Eln cumplió 47 años de historia delincuencial. Para celebrarlo, emitió una proclama que desempolvó el caduco discurso comunista que supuestamente los rige. Quieren hacernos creer que mientras secuestran y trafican con cocaína, sustancia que los hace fabulosamente ricos, estudian a profundidad los textos de Engels y Kropotkin.” http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-282...error Lo interesante del caso, es que su reconocimiento del estudio de Kropotkin reflejaría una complejidad ideológica mucho mayor que un supuesto “caduco discurso comunista”.

[34] “La Nueva Realidad de las FARC”, p.14

[35] http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-...ocial


[36] Según el CINEP, el ciclo de protestas del 2002 al 2008 es el ciclo más alto de luchas populares en el último medio siglo, según el análisis cuantitativo de movilizaciones y acciones colectivas, registrándose un promedio de 643 acciones colectivas anuales (“La Protesta Social 2002-2008”, CINEP, 2009). Sin embargo, desde el 2008 la protesta social ha adquirido proporciones mucho mayores, con importantes puntos de inflexión como la lucha de los corteros, la minga del 2008 y ahora las movilizaciones de los obreros petroleros y estudiantes.

[37] “La Nueva Realidad de las FARC”, pp.16-17

[38] http://colombiajournal.org/the-hunt-for-farc-commander-...o.htm Artículo original en inglés, la traducción es del autor de este artículo.


[39] http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-4424463


[40] “De la Guerra de Jojoy…”, p.33


Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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martes, 26 de julio de 2011

La burocracia intelectual de la guerra y la creación de una nueva historia oficial sobre la violencia

Renán Vega Cantor Rebelión

Con la mal llamada Ley de Víctimas se abre el camino a una nueva historia oficial, cuyo relato se centra en negar las causas históricas del conflicto armado en Colombia y se fortalece una memoria oficial, la de la oligarquía colombiana, una memoria mutilada y fragmentada que sirve al capitalismo salvaje a la colombiana para presentarse como una victima más de la guerra y ocultar su protagonismo como el responsable del genocidio continuado que ha desangrado a este país durante los últimos 65 años.

La llamada ley de Víctimas es un decreto demagógico e insustancial que no ataca los problemas de fondo que han originado la tremenda impunidad que encubre el terrorismo de Estado, entre otras razones porque el Estado no asume ninguna responsabilidad en la violencia, como si hubiera sido, y lo siguiera siendo, una mansa paloma. En la mencionada ley se incurre en el esperpento de señalar que hasta los militares forman parte de las víctimas (Artículo 3, parágrafo 1º). Tamaño despropósito no se compadece con la historia de horror en que se han visto involucrados los cuerpos represivos del Estado en los últimos 50 años, sobresaliendo como el hecho más reciente los denominados “falsos positivos”, un nombre elegante para referirse al asesinato de más de tres mil colombianos por parte del Ejército.

Cuando se plantea el asunto en estos términos, se está incurriendo en una tremenda falsificación de la historia colombiana, para negar las raíces históricas del conflicto interno y para ocultar la responsabilidad de las clases dominantes y de su Estado en la perpetuación de la violencia en este país hasta el momento actual.

Para hacer posible esta maniobra orquestada de maquillaje han sido funcionales la mayor parte de los violentoólogos y de los pazólogos (expertos en la paz) una gran cantidad de los cuales fueron uribistas, y ahora son santistas. Estos violentólogos, unos verdaderos mercenarios en el campo del intelecto, se han dado a la tarea de lavarle la cara al capitalismo criollo, a cambio de unas cuantas migajas. Estos violentólogos son los que han hecho del tema de la violencia no tanto un asunto de reflexión sino una forma de vivir. Para ello, han creado ONG’s, fundaciones, institutos de investigación, a través de las cuales han recibido cuantiosos fondos en moneda dura (léase euros o dólares) de entidades ligadas en forma directa con los intereses imperialistas, como la Fundación Ford, la Unión Europea y la USAID, entre otras.

Esos violentólogos se autoproclaman como los representantes de la “sociedad civil”, una noción por completo insustancial y sin sentido alguno, pero que les sirve para presentarse como “intelectuales de avanzada” y obtener reconocimiento tanto dentro como fuera del país, lo que es otra forma de decir que se cotizan en el mercado del conocimiento como los expertos número uno en el tema de la violencia, a cambio de lo cual obtienen cuantiosos dividendos. Son los mismos que aparecen como “expertos” en todos los asuntos que guardan relación con la guerra y la paz y continuamente son invitados por canales de televisión a que den sus doctas opiniones, en las cuales difícilmente se encuentra una idea crítica del capitalismo criollo, algo que ha desaparecido por completo de su imaginario. Se han convertido en asesores de presidentes, ministros o alcaldes en materia de seguridad y brindan consejos al respectivo “príncipe” sobre la forma como deben hacer la guerra y le dan sugerencias al Ejército sobre las tácticas y estrategias más eficientes que deben emplear en el campo de batalla para salir triunfadores, al tiempo que piden que se inviertan más recursos en comprar aviones y helicópteros para bombardear a la gente del campo, así como alaban todos los resultados “positivos” de las acciones contrainsurgentes y el refinamiento en el “arte” de matar por parte del Estado.

Estos mismos violentólogos se convirtieron en una de las columnas centrales, de tipo ideológico, del régimen uribista y ahora continúan por esa misma senda durante el régimen santista. Uno de sus “teóricos” de cabecera vendió la idea que Colombia es una democracia asediada por los violentos y el Estado es una de las victimas y luego puso en circulación la ocurrencia funcional del uribismo de que nos encontramos en la etapa del posconflicto. Ese mismo individuo presidió durante los ocho años de AUV la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) y ahora, como para que no quede duda del carácter burocrático de su labor, forma parte de la junta directiva del Fondo de Víctimas de la Corte Penal Internacional (CPI).

En la práctica, esos violentólogos contribuyeron a escribir una nueva historia oficial de la violencia en Colombia, muy en sintonía con la llamada “historia revisionista”, que practica un individuo como Eduardo Posada Carbo (ver ese conjunto de ocurrencias sin sentido histórico que se encuentran en ese libelo de mal gusto titulado La nación soñada), que pretende convencernos que este país es un remanso de paz, democracia y libertad, con unas instituciones sólidas y, además, se deleitan en alabanzas a la Constitución de 1991 como el máximo logro de nuestra pretendida civilidad.

Esos violentólogos han copado los pocos espacios de opinión que existen en este país. Son indistintamente “investigadores” o “directores de investigación” de proyectos avalados por COLCIENCIAS, por la ONU o por cualquier ente burocrático nacional o extranjero, siempre y cuando entreguen dinero, manejan departamentos y programas académicos en universidades públicas y privadas (el IEPRI de la Universidad Nacional, Departamentos de Ciencias Políticas, Corporación Nuevo Arco Iris…). Los periódicos y revistas tradicionales de la oligarquía (El Tiempo, El Espectador, El Colombiano, Semana…) les han abierto sus páginas para que escriban columnas en las que, codeándose con sicarios de pluma de la extrema derecha, alaben al Estado colombiano, al Ejército, al Plan Colombia, a la intervención estadounidense como medidas necesarias para acabar con el “terrorismo”, porque con muy contadas excepciones, el grueso de los violentólogos ha asumido la misma matriz analítica de las clases dominantes de este país y del imperialismo.

No por casualidad, los violentólogos y pazólogos han contribuido a difundir el término de “victimas” para referirse indistintamente a antagónicos sectores sociales y políticos, porque con este lenguaje lastimero se le quita el carácter político y consciente de lucha a sujetos que han resistido la opresión y han defendido su dignidad (y por eso sería mejor llamarlos vencidos) y para cerrar el cuadro se le asigna el mismo carácter a quienes han enfrentado la injusticia (ubicados en el espectro político en la izquierda y pertenecientes a comunidades campesinas, indígenas o de trabajadores), como a los que forman parte de organismos criminales por excelencia (como son las fuerzas armadas de Colombia).

Ahora, para completar, la Ley de Victimas va a fundar una extendida burocracia en diversos ámbitos, entre la que sobresale la creación de un Sistema Nacional de Atención a las Victimas, que reemplaza a la inútil Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. Pero también, y es lo que debe subrayarse, se crean otras entidades burocráticas como el Centro de Memoria Histórica, “adscrito al Departamento Administrativo de la Presidencia de la República” (artículo 146). Aunque en el Parágrafo del artículo 143 se afirme que las instituciones del Estado no impondrán una historia o verdad oficial, la creación de un Centro de Memoria Histórica, ligada de manera directa a la Presidencia de la República, apunta en la dirección de fortalecer una visión oficial de la historia de la violencia en Colombia, versión que, por lo demás, ya aparece en la Ley de Victimas, porque allí ni el Estado, ni sus cuerpos represivos, ni las clases dominantes son responsables de la violencia y el terrorismo oficial. Esta tergiversación de nuestra historia ya forma parte de la “verdad oficial”, y es la que los violentólogos y pazólogos han contribuido a reforzar en los últimos años desde la CNRR y desde todos los medios de difusión académicos y periodísticos en los que participan.

Como la Ley de Victimas tiene una vigencia de diez años, los negociantes académicos de la violencia, deben estarse frotando las manos de jubilo y alegría y deben estar haciendo cuentas con calculadora en mano, porque durante un decenio van a tener asegurado un empleo rentable, como investigadores y asesores en la repugnante tarea de contar muertos o desaparecidos, con lo cual los más prestigiosos violentólogos y pazólogos aseguran cuantiosos ingresos económicos, mientras explotan a vasta escala a estudiantes y asistentes de investigación, los que en realidad efectúan las labores duras de recolección de información y trabajo de campo.

Por supuesto, a cambio de empleo y recursos, los intelectuales de la guerra van a contribuir a fortalecer la historia oficial y la memoria del poder en Colombia, en lo cual ya han avanzado de manera notable al negar todas las barbaridades y crímenes cometidos durante los ocho años del régimen narcotraqueto del ordinario finquero que ocupó el Palacio de Narquiño, al que alaban abiertamente por su política de “inseguridad antidemocrática” y por devolverle la “tranquilidad al país”, porque, entre paréntesis, algunos violentólogos tienen finca en las afueras de las grandes ciudades y se regocijan porque son los que pueden viajar por las carreteras del país. Incluso, esos mismos violentólogos apoyaron, de manera abierta o velada, acciones tan criminales y violatorias del derecho internacional, como la masacre de Sucumbíos en marzo de 2008.

Así que con la mal llamada Ley de Victimas se abre el camino a una nueva historia oficial, cuyo relato se centra en negar las causas históricas del conflicto armado en Colombia y se fortalece una memoria oficial, la de la oligarquía colombiana, una memoria mutilada y fragmentada que sirve al capitalismo salvaje a la colombiana para presentarse como una victima más de la guerra y ocultar su protagonismo como el responsable del genocidio continuado que ha desangrado a este país durante los últimos 65 años.

En esa perspectiva, no resulta raro que en lo sucesivo veamos la repetición constante de imágenes de un cinismo extremo, como aquellas en las que un personaje que por su amplio prontuario criminal ocupó la presidencia de la República, se declaró victima y perseguido ante las cámaras de televisión. Esto es una simple expresión de la forma -y un anticipo de todo lo que nos espera en materia de “memoria”- como se está reescribiendo la historia contemporánea de la violencia en Colombia, en la que los criminales aparecen como “prósperos empresarios” y “hombres de bien” y el resto de colombianos pobres y humildes, que han sido despojados y masacrados por terratenientes, cuerpos represivos y sus paramilitares, son presentados como simples “bandidos” o “terroristas”.

(*) Renán Vega Cantor es historiador. Profesor titular de la Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá, Colombia.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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miércoles, 29 de junio de 2011

Hacer acuerdos es una cosa, negociar los principios es otra


Francisco Martínez

Un principio leninista de la política, es que de acuerdo a las cirscuntancias, a una correlación de fuerzas determinadas, las organizaciones revolucionarias (gobiernos, partidos, etc.) pueden establecer acuerdos y negociaciones con fuerzas conservadoras, siempre y cuando se mantengan firmes ciertos principios innegociables, los cuales dan identidad programática a las fuerzas del cambio. Es decir, pueden establecerce acuerdos comerciales e incluso alianzas electorales, siempre y cuando no se desdibujen los fundamentos revolucionarios de la política.

Lenin en vida dio ejemplos prácticos de esto, el tratado de Brest-Litovsk, la reactivación de relaciones diplomáticas y comerciales con países capitalistas claramente enemigos del estado soviético, sin poner en duda el caracter socialista de la revolución, sin poner en cuestión el principio de la autodeterminación nacional y el internacionalismo proletario. El Proceso Bolivariano también ha dado demostraciones concretas de la aplicación de estos principios, por ejemplo, el hecho de vender regularmente petróleo a los Estados Unidos no es impedimento para tener una política energética soberana.

Teniendo claro lo anterior, quiero referirme a la actual política del Gobierno Bolivariano frente al Estado colombiano, la cual ha dado a mi entender un viraje pernicioso para nuestros intereses estratégicos. Hasta 2010 el gobierno venezolano ha hecho esfuerzos sustanciales para mantener una política armoniosa con los gobiernos colombianos, ha incentivado el intercambio comercial y las relaciones diplomáticas tendientes a profundizar la integración regional, manteniendo a su vez, que el conflicto colombiano es un conflicto interno el cual debe ser resuelto por los colombianos y colombianas, sin descartar la ayuda internacional para brindar condiciones para facilitar el diálogo entre las fuerzas beligerantes. Debe destacarse que el Gobierno Bolivariano pidió durante años el reconocimiento de la insurgencia colombiana (FARC-EP, ELN) como fuerza beligerante, negándose de esta manera ha catalogar de terroristas a estas organizaciones revolucionarias, es decir, el comandante Chávez se negó a reconocer la doctrina de criminalización del movimiento antiimperialista y revolucionario mundial establecida a partir de los sucesos del 11 de septiembre de 2001.

Sin embargo, el acercamiento al gobierno de Santos a traído un cambio cualitativo, la nueva posición del Gobierno Bolivariano frente al conflicto interno colombiano. Nuestro gobierno se ha alineado con la política de la “Seguridad Democrática” y el Plan Colombia, estrategias que tienen entre otros objetivos agredir nuestra propia soberanía nacional. De acuerdo a lo planteado inicialmente, podemos entender perfectamente la reactivación de las relaciones comerciales y diplomáticas con Colombia, esto es absolutamente necesario y sería infantil oponerse a ello (aunque la gran ganadora de la balanza comercial sea la burguesía criminal colombiana), pero entrar a participar al conflicto interno colombiano transgrede algunos principios revolucionarios, como el internacionalismo, el respeto a los Derechos Humanos, a la autodeterminación nacional, entre otros.

Dos casos específicos han traido la atención de la opinión pública por lo sensible de la situación de dos camaradas colombianos, uno ya deportado y otro actualmente encarcelado en Venezuela. El primer caso, la detención y deportación de Joaquín Pérez Becerra es el más escandaloso por que se violaron los derechos elementales de este ciudadano sueco (renunció a la nacionalidad colombiana hace más de 10 años), se violaron principios establecidos en el derecho internacional para el resguardo de la integridad de los refugiados políticos, principios constitucionales, en fin, el debido proceso que es lo mínimo que se exige a un Estado de Derecho, en el marco de una legislación burguesa. Pérez Becerra es deportado bajo el pretexto de unas pruebas que fueron hace unas semanas desestimadas por el Tribunal Supremo de Justicia colombiano, los famosos computadores de Raúl Reyes, que por cierto también inculpaban a los gobiernos de Ecuador, Nicaragua y Venezuela. En fin no existen pruebas, más allá de su solidaridad militante con las luchas del pueblo colombiano, que indiquen Pérez Becerra sea un militante de las FARC EP.

En el caso de la detención de Guillermo Enrique Torres en Barinas, conocido popularmente como Julian Conrado, causa suspicacia que la operación haya sido en coordinación con los organismos de seguridad colombianos, porque eso sería avalar una clara injerencia en nuestro territorio. Por otro lado, aunque en el caso de Conrado, este cantor revolucionario sea militante activo fariano, el Gobierno Bolivariano debe evaluar su situación porque hay informes que afirman que este compañero estaba en nuestro país tratándose una enfermedad, en este sentido, nuestras autoridades deben respetar el debido proceso y garantizar los derechos humanos del detenido, comenzando por el básico derecho a la defensa, nosotros abogamos por el derecho al asilo de este revolucionario.

Nos gusten o no sus métodos la insurgencia colombiana y las organizaciones de izquierda que actuan legalmente en el hermano país, son los aliados estratégicos de la Revolución Bolivariana, debilitarlos a ellos es golpear la resistencia al imperialismo en la región. Seguir con esa política de entrega de guerrilleros y guerrilleras, invitan a la insurgencia entrar en guerra contra nuestro Estado.

La entrega del narcotraficante Makled no puede equipararse moral y politicamente con la entrega de revolucionarios. Y la reciprocidad del gobierno de Santos brilla por su ausencia, el golpista derechista Carmona Estanga disfruta de su estancia en Bogotá, asi como Posada Carrilles descansa tranquilo en Florida, al parecer la derecha si sabe respetar la solidaridad militante.

En conclusión, la política de Estado no debe ponerse por encima a los principios revolucionarios, esta política mancha las hermosas páginas de solidaridad encarnadas en el ALBA, Petrocaribe, la internacionalización de las misiones sociales.

Bienvenidos los acuerdos comerciales y las relaciones diplomáticas con todo el mundo, pero no se entregan a los camaradas, no debe ser la Venezuela bolivariana la que reedite prácticas del despreciable “Plan Condor”.

No a la deportación de Julián Conrado

Rectificación en el Caso Pérez Becerra

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miércoles, 16 de febrero de 2011

Apresan e intentan extraditar a Colombia a Leyla Ordoñez


La Haine

1.- Leyla tiene el status de refugiada política reconocido por la ONU y por el Gobierno Español, por ser perseguida por el estado colombiano debido a su actividad política en defensa de los Derechos Humanos (DDHH).

2.- Es práctica habitual del estado colombiano perseguir tanto dentro como fuera del país a todas aquellas persona que denuncian la situación de violación sistemática de los DDHH en Colombia: persecución y asesinato de sindicalistas, desplazamientos masivos de poblaciones campesinas, asesinato de profesionales y candidatos electorales, desapariciones, etc., ostentando este país el record de sindicalistas asesinados en el mundo.

3.- La detención de Leyla responde al intento del gobierno colombiano de callar las voces que en el exterior denuncian el verdadero carácter del estado colombiano.

4.- Responsabilizamos al gobierno y a la justicia española de la suerte de Leyla en caso de ser extraditada, ya que en Colombia su vida correría peligro.

5.- Denunciamos el juicio paralelo y la campaña mediática, de criminalización de la solidaridad con los pueblos que luchan por su liberación.

6.- Exigimos la libertad inmediata sin cargos de Leyla y el archivo de todas las actuaciones.

Madrid, 15 de febrero de 2011

Urge solidaridad, enviar firmas a Annalisa melandri annalisamelandri@yahoo.it

Plataforma de Solidaridad con Colombia, Coordinadora Estatal de Solidaridad con Cuba-Madrid, Colectivo 26 de Julio, Asociación de Cultura Popular Estrella Roja, Nodo50, Ateneo Popular de Solidaridad entre los Pueblos, Coordinadora Antifascista de Madrid, Iniciativa Comunista, Corriente Roja, Partido Comunista Marxista-Leninista (PC-ML), Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE), Círculos Jóvenes Comunistas (CJC), Izquierda Castellana (IzCa), Movimiento Caamañista (MC) de la República Dominicana-RD, Juventud Rebelde-RD, Narciso Isa Conde (Coordinador de la Presidencia Colectiva del Movimiento Continental Bolivariano (MCB)….

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domingo, 16 de enero de 2011

Comercio sexual, comercio de drogas, la nueva fase paramilitar urbana: control comercial de las niñas y jóvenes

www.justiciaypazcolombia.com

Alguno son llamados reciclables, otros son despreciables, otros son simplemente desechables y otras son las llamadas pre pago. Y uno, dos, y tres… y más, muchos más desde el 2008, uno de los rostros de esta fase paramilitar se develó entre agosto y noviembre de este año por los asesinatos de jóvenes en serie, de un grupo de 69 que fueron amenazados en redes de facebook.

La naturalización de la muerte violenta, justificada en valores democráticos, religiosos, estéticos es frecuentemente invisibilizada. El silenciamiento del grupo social victimizado y el ocultamiento de las pretensiones de fondo con el mercado sexual y local de drogas es una secuela del terror, del uso de la fuerza. Las razones que se ocultan detrás de una máquina criminal de exterminio de lo otro, es la instauración de un orden por parte de quién ejerce un rol policivo, represivo, justiciero, de bondad y de estética.

Las bases de una cultura del complejo de pirámide, ascenso social, sobre carencias materiales y su satisfacción de cualquier manera; la definición de unos roles ciudadanos consumidores en la lógica del poder y la estética traqueta y paramilitar son el asidero para comprender el control narcoparamilitar de estos sectores de población.

En 2008 se conocieron los primeros casos de esa nueva tendencia urbana del paramilitarismo en medio de la fase de consolidación de plan Colombia apoyado por los Estados Unidos. Esta etapa combina la represión y la seducción, la consideración de blanco militar, control psicológico y comercial de las y los niños y niñas y jóvenes.

Como en la década de los 90, hace dos años, las estructuras paramilitares reiniciaron el asesinato de jóvenes habitantes de sectores marginales, sobrevivientes en la vida en la calle, o con su cuerpo y huyendo como un ritual semanal en el consumo de drogas. Todos los muertos con una historia común de exclusión, mientras los victimarios estaban asegurados en sus pagos y en la actuación sobreseguro, operaban de día y de noche, favorecidos por el silencio y complicidad de la fuerza pública.

Evidentemente ese círculo de silencio por el terror, de acostumbramiento a la muerte se infringe, se rompe en pocas o en muchas ocasiones, cuando ello ocurre se logra dimensionar lo qué ha pasado, su gravedad.

Relatos de las víctimas indicaban como se pasaba de la extorsión comercial paramilitar, que aún hoy se mantiene en el Putumayo, al inicio de un negocio sexual con el uso de niñas para la prostitución y una fase de distribución local de drogas para sectores juveniles, que estuvo antecedida de fases de la mal llamada “limpieza social”.

Los espacios urbanos se convirtieron en escenarios de actuaciones indiscriminadas de control social con amenazas, muertes violentas de habitantes de la calles en 2008, una concepción de la estética urbana fundada en el crimen. Luego estas, desde el 2009 se focalizaron en mujeres y hombres jóvenes e incluso niñas y niños. La definición de estos como blancos de represión o de seducción por o para el comercio sexual o el comercio de drogas son parte de la reingeniería paramilitar.

La doble moral vehicula en lo público la virtud de controles y normas de comportamiento tradicional no sexualidad pagada, no prostitución no consumo de drogas con el control por parte de las mismas estructuras criminales del negocio.

Los jóvenes no pueden ser consumidores se les amenaza con panfletos paramilitares y después se les mata. Pero al mismo tiempo, quiénes les amenazan de muerte son los que controlan y reciben las ganancias de los circuitos de distribución y consumo. Como ocurrió con las trabajadoras sexuales, con algunas redes de taxistas, con habitantes de las calles.

Las jóvenes deben ser pagadas previamente para su uso sexual, previamente, autorizadas o abusadas por el paramilitarismo o mando paramilitar, que opera en medio de la presencia y con conocimiento de la fuerza pública, de las autoridades civiles y los gremios económicos. Luego, después de su uso, se define su buen retiro o exilio.

Algunas de ellas luego de ser introducidas en ese negocio del cuerpo mercantilizado en los moldes del consumo varonil del poder narcoparamilitar, fueron extorsionadas y amenazadas de muerte, por los mismos criminales que la obligaron a ser parte de su sucio negocio. Matones con balas y matones del cuerpo. Cuando estas se resistían a seguir siendo víctimas de esa explotación y abuso sexual, eran asesinadas. Usadas, abusadas y tiradas. Algunas lograron escapar a ese circuito de muerte, a ese negocio, donde fueron también explotadas.

Los crímenes que ahora se conocen de jóvenes significan que la política contrainsurgente amplio sus ámbitos de control a lo juvenil. La aplicación de la política de seguridad “democrática” que en lo rural ha significado un sin número de violaciones de derechos humanos de campesinas y campesinos bajo la modalidad de la ejecución extrajudicial y desplazamientos forzados familiares, amenazas de muerte, militarización cotidiana, sitiamiento, entre otros; se transforma en lo urbano en control social para el uso y consumo en los circuitos económicos del mercado sexual y de las drogas.

La muerte de disidente político era y es algo justo, es mejor que herirlo o capturarlo. La muerte del opositor legal es justa. Lo distinto, lo disidente, lo disfuncional no tiene derecho a existir. Si la lucha contra el alzamiento armado no tiene límites, o mejor, en las palabras de la inseguridad, “los terroristas”, mucho menos, tales límites pueden beneficiar a quienes son poco adecuados para un orden social.

Mientras persiste el conflicto armado interno en particular o con mayor intensidad en las áreas rurales de Putumayo, las operaciones de tipo paramilitar en lo urbano se destinan, ya no solo a lo que conciben como base social, apoyo o auxilio en las operaciones guerrilleras si no sobre todo a aquellos sectores sociales, que bajo un lógica moralista, se concibe como sujetos de la inseguridad, sujetos de peligrosidad pero al tiempo como mercancía y consumidores

En pleno corazón de la implementación del Plan Patriota, Plan de Consolidación la estrategia paramilitar continúa existiendo alentando la “buena conciencia” que justifica el asesinato o la amenaza a sectores juveniles.

Los blancos de los asesinatos conocidos en agosto pasado fueron anunciados cínicamente en redes de internet como Facebook. El listado de los nombres de los jóvenes era preciso y la amenaza también a quienes les daban tres días de plazo para abandonar el pueblo.

Días después a menos de un minuto de una base militar de la brigada móvil 13 fue asesinado un joven, ese mismo día se habla de un listado, pero semanas atrás ya habían sido asesinados varios jóvenes con los mismos modos de operación de los victimarios. Días después un consejo de seguridad. Sus resultados la historia oficial. En Puerto Asís nada pasa, todo está normal y lo que sucede eventualmente son las reacciones de una culebra herida de muerte (las FARC) que han asesinado por problemas de drogas. Esa noche del Consejo de Seguridad otro joven fue asesinado

La gente de a pié, el común, afirma que detrás de estas muertes y lista está la misma policía, la SIJIN, los paramilitares. Otras personas creen que estas muertes son represalias tomadas por la policía por el asesinato de los dos policías..

Este mismo día, en Puerto Caicedo, llegaron decenas de paramilitares con el retorno de alias “Mata Siete”, y allí también jóvenes están siendo asesinados.

Y dos días después en la estrategia de la confusión circular un panfleto PUERTO ASIS PUEBLO DE MUDOS…MUERTE A POLICÍAS. En el cual se responsabiliza a la policía por las muertes de jóvenes y se les amenaza: “”por cada joven asesinado, será asesinado un policía”.

La respuesta deja nuevas sombras de duda. Se incrementó la fuerza militar y policial en el casco urbano de Puerto Asís, sin embargo, llegada la noche éstos se repliegan, desaparecen de los barrios.

Los secretos a voces indican que las lógicas paramilitares continúan. Comerciantes y “dueños” del pueblo avalan este tipo de actuaciones, se trata de mantener una imagen buena sin drogadictos, con prepagos que aseguren intereses económicos, proyecciones turísticas y/o hospitalarias para las petroleras y sus funcionarios.

El Defensor del Pueblo hizo lo mínimo condenó las amenazas, intimidaciones y muertes violentas de adolescentes en el municipio de Puerto Asís y precisó a medios internacionales que en la zona de Puerto Asís, al sur colombiano, actúan desde las rebeldes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), hasta las llamadas Aguilas Negras y Los Rastrojos. Esos grupos "hacen presencia en algunos barrios de la cabecera municipal de Puerto Asís, ejecutando acciones violentas, dirimiendo conflictos comunitarios, imponiendo normas de conducta y de convivencia, intimidando, aplicando castigos contra personas socialmente estigmatizadas", dijo Pérez en entrevista telefónica. http://www.elnuevoherald.com/2010/0...

Toda esa tragedia se asocia a la lógica del mercado global. El aseguramiento de la confianza inversionista se propicia con la militarización, la oferta sexual de primera y el consumo de drogas combinada con una buena imagen, la de la buena moral publicitaria. Los operadores internacionales deben contar con un espacio “adecuado”, “decente” para su relax y su diversión. Todos pueden ganar, ellos y sus casas matrices, los que matan con balas y los que pagan por matar, los creyentes en la estética maniquea que ven protegidas hipócritamente, las buenas costumbres, los que venden la “merca” a los jóvenes para su consumo mientras sean rentables. Estos son los costos colaterales del “progreso”, la muerte aleccionadora de los jóvenes, la estética urbana conforme a la globalización.

Fuente: http://www.justiciaypazcolombia.com/Comercio-sexual-comercio-de-drogas

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lunes, 26 de julio de 2010

Uribe: función de despedida

Atilio A. Boron Rebelión

Incondicional peón del imperio, Álvaro Uribe se despide de la presidencia de Colombia con una nueva provocación: la denuncia de la existencia de campamentos de las FARC en territorio venezolano. Ni lerdo ni perezoso el Departamento de Estado salió a respaldar sin reservas la acusación formulada por Bogotá en la OEA, alentado por la supuesta “contundencia” de las pruebas presentadas por Uribe que denuncian al gobierno de Hugo Chávez por permitir la instalación de campamentos de la FARC y la realización de diversos programas de entrenamiento militar de unos 1.500 efectivos de la guerrilla en territorio venezolano. El vocero del Departamento de Estado, Philip Crowley, declaró con singular insolencia que “Venezuela ha mostrado una conducta desafortunada e insolente” con su vecino y amenazó que si ese país “no coopera, Estados Unidos y los demás países obviamente lo tomarán en cuenta". Hay que recordar que desde 2006 Estados Unidos incluye a Venezuela en la lista de países que no cooperan en la lucha contra el terrorismo. En la misma línea se manifestó el Subsecretario Adjunto para América Latina, Arturo Valenzuela, declarando que la denuncia hecha por Uribe era “muy seria”. Ambas declaraciones arrojan espesas sombras de dudas sobre las capacidades intelectuales de ambos funcionarios y, lo que es aún más grave, alimentan la sospecha de que por su afición a la mentira la calidad moral de ambos no parece ser demasiado diferente de la de Álvaro Uribe.

Es evidente que para los administradores imperiales cualquier cosa que convenga a sus intereses tratan de hacerla aparecer ante los ojos de la opinión pública como “seria y contundente”. Y son esos intereses los que movieron a la Casa Blanca a pedirle una última “prueba de amor” al gobernante colombiano pocos días antes de abandonar la presidencia. Como es de público conocimiento, el prontuario que la DEA, la CIA y el FBI han venido construyendo sobre Uribe por sus íntimas y prolongadas vinculaciones con los narcos no le permite al mandatario colombiano desobedecer ninguna orden originada en Washington, so pena de correr la misma suerte que el ex presidente panameño Manuel A. Noriega y terminar sus días en una cárcel de máxima seguridad de los Estados Unidos.1 La disparatada denuncia de Uribe, un inveterado mentiroso, viene de perlas para impulsar la desestabilización que Washington quiere producir en vísperas de las cruciales elecciones venezolanas programadas para el 26 de septiembre y, a la vez, legitimar el impresionante programa de militarización que está imponiendo en América Latina, una de cuyas mayores expresiones ha sido la firma del tratado Obama-Uribe mediante el cual el país sudamericano cede al menos siete bases militares para uso de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Por eso los personeros del gobierno norteamericano simulan que consideran “serias y contundentes” las pruebas que respaldan la denuncia de Uribe, sabiendo que no tienen asidero alguno y que son puro palabrerío y montajes fotográficos. Pero las mentiras son parte del discurso oficial de Estados Unidos, elementos imprescindibles para rodear con un halo de legitimidad los designios del imperialismo norteamericano, y esto por varias razones.

Mentiras porque, en primer lugar, si las FARC controlan cerca del 30 % del territorio nacional (cosa que es archisabida en Colombia) no se entiende que sentido puede tener distraer nada menos que 1.500 hombres del teatro de operaciones, enviar a sus jefes a vacacionar en Venezuela y organizar 85 campamentos guerrilleros en el vecino país. Si hay un político que miente sistemáticamente en nuestra región -¡y hay muchos!- Uribe se lleva las palmas: es en la propia Colombia donde la crisis y putrefacción del estado oligárquico permite que amplias franjas de su territorio, especialmente en las zonas selváticas, estén contraladas por la guerrilla, los narcos y los paramilitares. Diversas autoridades ecuatorianas comentaron luego del ataque que las fuerzas colombianas realizaron en su territorio que Ecuador no limita al norte con Colombia sino con una tierra de nadie controlada por las organizaciones descritas más arriba. Con una necedad sin límites Uribe acusa a sus vecinos de no hacer lo que él ha dado sobradas muestras de ser incapaz de hacer: controlar su propio territorio. Cerrando los ojos ante esta realidad, Estados Unidos se monta sobre esta falaz denuncia para, desde allí, acosar al gobierno bolivariano por su falta de colaboración en la lucha contra el narcotráfico, ocultando ante la opinión pública -¡con la complicidad de la “prensa libre”, por supuesto!- el molesto hecho de que el mayor exportador mundial de cocaína (y también de narcotraficantes) es la Colombia militarizada por Uribe y devenida gracias a su invalorable colaboración en un protectorado norteamericano. Ante semejante cuadro de descomposición política, denunciar que las FARC se instalan en Venezuela -¡y para colmo con el aval y la complicidad del gobierno de Hugo Chávez!- no pasa de ser una vulgar engañifa al servicio del imperio ; una acusación que carece por completo de entidad como para ser tomada mínimamente en serio. Es la calumnia que descerraja un personaje completamente inescrupuloso como Uribe. 2

En segundo lugar, ¿cómo olvidar que Uribe fue el hombre que mintió alevosamente cuando sus fuerzas, apoyadas por las de Estados Unidos, incursionaron en territorio ecuatoriano aduciendo que iban en persecución de una columna de las FARC? Las pruebas demostraron que los guerrilleros a los que supuestamente se perseguía luego de un enfrentamiento ocurrido en territorio colombiano estaban durmiendo -vestidos inclusive con pijamas- al momento de producirse el ataque y que, en consecuencia lo que tuvo lugar en Santa Rosa de Sucumbíos no fue un combate sino lisa y llanamente una masacre indiscriminada. Esta operación, realizada poco después de la medianoche del 1º de marzo del 2008, fue realizada con el apoyo logístico y material de los efectivos norteamericanos estacionados en la base de Manta, los únicos que disponían de la tecnología necesaria y de aviones capaces de efectuar un bombardeo de asombrosa precisión en plena selva y en medio de la más absoluta oscuridad. Una muestra más de la enfermiza afición de Uribe por la mentira fue la historia montada en torno a la famosa laptop de Raúl Reyes, que en un prodigio tecnológico sin precedentes sobrevivió indemne a un bombardeo que destruyó todo lo que había a su paso y cuyo disco rígido habría entregado valiosísima información sobre los profusos contactos de Reyes y las FARC con todos los enemigos de Uribe y Estados Unidos.3

Tercero, ¿cómo se le puede creer a un hombre que desde la presidencia de Colombia convalidó la acción de los paramilitares y del terrorismo de estado? El 16 de febrero de este año la unidad de “Justicia y Paz” de la Fiscalía colombiana publicó un informe en el que se revela que algo más de 4.000 paramilitares de las AUC, las Autodefensas Unidas de Colombia, aseguraron haber perpetrado 30.470 asesinatos en el período comprendido desde mediados de los ochenta hasta su “desmovilización” en 2003-2006. No sólo eso: la Fiscalía recibió además declaraciones de los paramilitares dando cuenta de 1.085 masacres, 1.437 reclutamientos de menores, 2.520 desapariciones forzadas, 2. 326 desplazamientos forzados y 1.642 extorsiones, además de 1.033 secuestros. Pese a este luctuoso record Uribe es considerado por sus mandantes en Washington como un campeón en la lucha por los derechos humanos.4 En relación a esto, si el ansiado TLC entre Colombia y Estados Unidos no ha sido todavía ratificado por el Congreso norteamericano es porque, tal como lo señala el conservador periódico colombiano El Tiempo, tan sólo en el año 2009 los paracos y las “fuerzas de seguridad” asesinaron a 40 sindicalistas, convirtiendo a Colombia en el país más peligroso del mundo para ese tipo de actividad. Sobre un total de 76 dirigentes gremiales asesinados en todo el mundo, el 52 % de esos crímenes se perpetraron en un país al que Estados Unidos considera un ejemplar paradigma de la lucha por los derechos humanos y el combate al terrorismo. La Central Única de Trabajadores de Colombia informó pocos meses atrás que desde 1986, año de su creación, 2.721 activistas y dirigentes de esa organización fueron asesinados por las “fuerzas de seguridad.” 5 Pese a ello, las credenciales democráticas de Colombia jamás fueron puestas en duda por Washington.6

Cuarto, el denunciante es nada menos que el responsable intelectual y político de la masacre serial conocida con el nombre de “falsos positivos.” Tal como lo señalan distintas notas publicadas en Colombia por el Observatorio Latinoamericano, Cronicón, durante estos tres últimos años de gobierno de Uribe el balance es funesto. Se comprobó que el ejército, ante el acoso del gobierno para que mostrara resultados concretos en la lucha contra la guerrilla, diseñó y ejecutó un plan criminal: recorrer las comunidades y aldeas más pobres del país ofreciendo trabajo a la enorme masa de desocupados y reclutando a un elevado número de indigentes, campesinos indefensos y jóvenes marginados, que luego eran asesinados a sangre fría y hacer pasar sus cadáveres como pertenecientes a guerrilleros ejecutados en combate para cobrar la recompensa establecida por el gobierno u obtener estímulos o ascensos en su carrera militar. Según estimaciones muy conservadoras, estos crímenes de Estado, perpetrados cuando el futuro presidente de Colombia, Juan M. Santos era Ministro de Defensa, superan los mil setecientos casos.7 Otra faceta de esta criminal política mal llamada de seguridad democrática la brinda el hallazgo, dado a conocer el 16 de febrero del 2010, “de la mayor fosa común de la historia contemporánea del continente americano, horrendo descubrimiento que ha sido casi totalmente invisibilizado” por los principales medios de comunicación de masas en Colombia y en el mundo. "La fosa común contiene los restos de al menos 2.000 personas, está en La Macarena, departamento del Meta…(y fue descubierta ) gracias a la perseverancia de los familiares de desaparecidos y a la visita de una delegación de sindicalistas y parlamentarios británicos que investigaba la situación de derechos humanos en Colombia, en diciembre 2009."8 Cabe añadir que esa zona había sido objeto de preferente atención por parte de las fuerzas armadas colombianas desde el 2005, con los nefastos resultados recientemente revelados.

Como ocurrió con todos los terrorismos de estado que asolaron la región en los años setentas del pasado siglo, los crímenes de lesa humanidad cometidos por sus perpetradores tenían también un trasfondo económico. En el caso de la Colombia de Uribe, con su comparsa de sanguinarios esperpentos, entre las corruptas fuerzas armadas, los paramilitares y el narco se repartieron millones de hectáreas que en su desesperado éxodo dejaban tras de sí los campesinos desplazados por los bombardeos y masacres indiscriminadas a que estaban sometidos. Tal como lo expusiera Jomary Orteon Osorio, del Colectivo de Abogados de Colombia, en la conferencia del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU reunida en Ginebra a comienzos de mayo de este año, la cifra de los campesinos desplazados ascendería a 4.500.000 y sus tierras fueron luego transferidas, con gran provecho para los encargados de desalojarlos, a los terratenientes y el agronegocios, auspiciantes y cofinanciadores del paramilitarismo. En esa misma conferencia se estableció que pese a los “éxitos” del gobierno de Uribe el número de desplazados sigue creciendo a razón de 150.000 personas por año. El Ministro de Planeación de Colombia, Esteban Piedrahita Uribe, jefe de la delegación colombiana en esta conferencia, no desmintió las alegaciones antes formuladas y se limitó a decir que "hemos confiscado 2.000.000 de hectáreas a grupos criminales que se apropiaran ilegalmente de esas tierras y ahora la justicia va a decidir la devolución a sus verdaderos propietarios."9 En todo caso, hay que subrayar que el cálculo del número de hectáreas expropiadas en esta salvaje reedición del proceso de acumulación originaria que Marx describiera en su célebre capítulo 24 del primer tomo de El Capital está sujeto a fuertes controversias. Hay quienes sostienen que el número de hectáreas así transferidas asciende a 6 millones pero hay otros que fijan esa cifra en torno a los 10 millones. En todo caso, cualquiera que sea el número que finalmente se establezca más allá de toda duda, lo cierto es que la política de seguridad democrática si hay algo que efectivamente aseguró: la expropiación de la masa campesina y la apropiación de las mismas por el capitalismo agrario.10

Este es el hombre que hoy levanta su dedo acusador contra la revolución bolivariana. Es evidente que lo suyo es una maniobra más, dictada por los estrategas del imperio, para acosar al gobierno de Hugo Chávez y para legitimar la política del hard power (poder duro) a la cual parece haberse vuelto más afecto Obama que su ignominioso predecesor, pese a que en las declaraciones oficiales y en los escritos de algunos analistas cercanos a la Casa Blanca, como Joseph Nye, se hable con insistencia de las ventajas del soft power (poder blando, o la diplomacia tradicional) o el smart power (el poder inteligente, de la nueva diplomacia) sobre la brutalidad y elevado costo del primero. Sin embargo, el imperio insiste en el poder duro de su impresionante dispositivo militar: por eso las bases en Colombia; en Aruba y Curazao, a pocos kilómetros del litoral marítimo venezolano; las que se encuentran en El Salvador y en Honduras y, ahora, la autorización para introducir nada menos que 7.000 marines y toda clase de armamento, además de portaviones, helicópteros, buques anfibios, aviones de última generación, en la vecina Costa Rica. Por eso también la Cuarta Flota. El gobierno de Uribe cumple así un servicio de extraordinaria importancia para facilitar los planes destituyentes del imperialismo: incapaz de proteger su frontera de 586 kilómetros con Ecuador, a la que destina apenas 8 minúsculos destacamentos militares, y mucho más incapaz todavía de hacer lo propio en los 2.216 kilómetros que tiene la frontera colombo-venezolana, convertida en una zona liberada para narcos y paracos, trata por todos los medios de crear las condiciones que justifiquen la intervención militar norteamericana en América del Sur; en lo inmediato, mantener viva la tensión entre Colombia y Venezuela luego del recambio presidencial, evitar que Santos modifique la agenda de confrontación permanente con la revolución bolivariana instituida por Uribe y enlodar la cancha para que Chávez llegue desgastado y acosado internacionalmente a las elecciones de finales de septiembre. Preocupado por su futuro y agobiado por el espectro de Noriega pudriéndose en una cárcel gringa o de una querella planteada ante la Corte Penal Internacional, Uribe se esmera hasta el último día de su mandato para mostrar su total sumisión a los dictados de los imperialistas. Por eso es importante desenmascarar al denunciante, y exigir la pronta intervención de la UNASUR para desbaratar los planes de Washington en Nuestra América. Este no es un tema para la OEA (que además no supo desbaratar la provocación uribista) sino para la UNASUR, que será puesta a prueba con este incidente. Es de esperar que esta naciente organización de los países suramericanos actúe de inmediato, ya mismo, porque de lo contrario puede ser demasiado tarde para evitar las graves consecuencias de todo orden que tendría la consumación del proyecto belicista de los Estados Unidos, implementado por Washington y sus proxys latinoamericanos.

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jueves, 10 de junio de 2010

Marchas estudiantiles sacudieron Colombia

PACOCOL

Las principales ciudades colombianas han sido escenario de nutridas concentraciones y movilizaciones de estudiantes universitarios y secundarios en conmemoración del Día del estudiante asesinado por el terrorismo de estado y en agitación de importantes banderas como es la exigencia de una tarifa diferencial en transporte público; Por una educación accesible, publica y de calidad; Rescate de una historia vigente de lucha estudiantil por la paz y la democracia; Por derecho a la objeción de conciencia al Servicio Militar Obligatorio SMO y condena a la presencia de bases y tropas norteamericanas en suelo patrio.

En Bogotá la jornada tuvo punto de partida el Planetario Distrital el miércoles 9 de junio a las 10:00 AM desde donde centenares de estudiantes, trabajadores de sindicatos, asociaciones de padres y asociaciones de personas con alguna discapacidad marcharon hacia la Plaza de Bolivar rodeados por un cordón policial que pareciera ser la única respuesta del estado a las peticiones ciudadanas.

Entre tanto, desde la ciudad de Neiva, Huila, Voceros de la Asociación Nacional de Estudiantes de Secundaria Andes denunciaron que el 9 de junio una manifestación de más de dos mil jóvenes de colegios y Universidad Sur colombiana fue reprimida cuando transcurría en total calma por el Puente Pastrana. Relatan que los policías agredieron verbalmente a los manifestantes y lanzaron chorros de agua, gases lacrimógenos y bombas de aturdimiento con resultado de 6 estudiantes heridos. Hubo 10 estudiantes detenidos.

Los directivos de la Andes anunciaron que en la ciudad de Ibagué, Capital del Departamento del Tolima, al sur de Colombia, tendrá lugar una muestra teatral, musica, poesia y asamblea informativa el próximo viernes 11 de junio, a las 9am en el salon comfenalco calle 37 con cra.6.

La asociación Andes con 15 años de existencia realizó en la capital de Colombia los días 4 y 5 de junio la reunión de la coordinación nacional con participación de delegados del Tolima ,Huila, Caquetá, Cauca , Valle, Chocó, Antioquia, Risaralda, Santander, Norte de Santander, Bogotá, Boyacá, Bolivar, Magdalena, Barranquilla. El encuentro discutió los principales problemas de los estudiantes y las iniciativas del movimiento estudiantil secundarista colombiano para contrarrestarlos con la acción de los estudiantes desde el mundo escolar hacia la sociedad. En el evento aprobaron un plan de acciones tendientes al fortalecimiento de la unidad de los sectores sociales en la confrontación al modelo neoliberal del uribismo que elimina derechos a los habitantes.

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miércoles, 7 de abril de 2010

Colombia: Los estudiantes piensan a pesar de la represión estatal-Paramilitar. VIDEOS que falsimedia no muestra




Kaos en la Red

Aún con el obligado porte de la capucha, para salvaguardar sus vidas, los estudiantes Colombianos adelantan las denuncias contra el Estado Criminal que sojuzga a Colombia y contra la ocupación militar Gringa.

Aún debiendo cubrir sus juveniles e inteligentes rostros, y debiendo tapar parte de su brío cultural, los estudiantes encuentran las maneras ingeniosas y muy valientes de seguir fomentando el debate en el seno de universidades y calles, siguen fomentando pensamiento con los discursos, las arengas políticas, las protestas…

Los estudiantes colombianos son valientes entre los valientes de esta humanidad: pues aún clandestinizados y tapando su rostro, la policía y el ejército del régimen criminal que sojuzga Colombia, los persigue y a veces los desaparece para acallar su pensamiento crítico y su resistencia.

Sin embargo la medida de taparse la cara le ha salvado la VIDA a muchas y muchos estudiantes críticos, y ha frenado en algo el crecimiento exponencial de la larga lista de estudiantes desaparecidos y masacrados por los agentes estatales y su herramienta paramilitar, por lo menos muchos de sus nombres y brillantes cabezas pensantes no han caído víctimas de los agentes estatales, y aunque de forma clandestina, pueden continuar a pensar y construir un nuevo país con Justicia Social, que es lo que sustenta la verdadera Paz. La capucha ha logrado prolongar sus vidas y pensamientos, algo que le hace tanta falta a Colombia: pensamiento crítico, y que los que osen adelantarlo puedan prolongar sus vidas sorteando el exterminio que contra toda reivindicación social implementa el estado colombiano, que no es otra cosa que el instrumento de la oligarquía y las multinacionales. Un instrumento que viabiliza el saqueo y el empobrecimiento, acallando mediante su herramienta paramilitar o sus policías y militares a los que reivindican justicia social.

Puede parecer impactante ver a los estudiantes todos cubiertos, con los rostros cubiertos y uniformados de negro; pero hay que contextualizarlo dentro de lo que es el Terrorismo de Estado en Colombia para entenderlo plenamente : 50.000 personas han sido desaparecidas por el terrorismo de estado mediante su herramienta paramilitar y sus militares (1) ; 5000 militantes de un partido de oposición(la Unión Patriótica) han sido asesinados en lo que constituye un genocidio político; 4,5 millones de campesinos, afro-descendientes e indígenas han sido desposeídos y desplazados de sus tierras mediante horrendas masacres; hay 7.500 presos políticos encarcelados en las mazmorras de un régimen denunciado por la OMCT, como uno de los regímenes más torturadores del mundo. Son miles los estudiantes, sindicalistas y líderes sociales desaparecidos y asesinados; el movimiento estudiantil ha sido duramente golpeado por el régimen, por constituir un foco importante de pensamiento crítico.

El instrumento de exterminio represivo en Colombia es financiado por el dinero público (impuestos de tod@s) y por los dineros del narcotráfico: en efecto, la Estrategia paramilitar y sus cruentas masacres ha recibido la gestión de una parte del narcotráfico, como “premio” a su labor de exterminar comunistas y opositores. La otra parte del narcotráfico la gestiona la oligarquía secular, y los funcionarios claves en aduanas y aeronáutica; todos ellos por supuesto bajo la dirección de la DEA y la CIA, que son los verdaderos grandes gestores del narco en Colombia y a nivel internacional. Los lavaderos de narco-dinero se encuentran en las grandes plazas financieras de UE y USA, y la CIA se queda con gran parte del Narco-dinero para financiar sus operaciones encubiertas en la región (golpes de estado, desestabilización contra Venezuela, inyección de paramilitarismo en Perú, Honduras, Venezuela, México, inyección de Maras para desintegración del tejido social en América Central, etc.…)

Colombia no es sólo el “Israel de América” (su Estado es un criminal regional); Colombia es también la Palestina de América por la resistencia valiente y sacrificada de su pueblo.

Vean en este video a los increíbles estudiantes colombianos que luchan clandestinamente en las ciudades: algo que la falsimedia no muestra, y que si muestra es marginalmente, y solo para tergiversar la realidad. El primer video es de los mass-media colombianos, y por lo tanto lo difundieron dentro de una campaña de criminalización de la universidades y de legitimación de la militarización Estatal de las Universidades, pero muestra una realidad (haciendo caso omiso de los comentarios absurdos del “periodista” mercenario).

El segundo video es filmado por los estudiantes del MB, Movimiento Bolivariano, y muestra diversas protestas estudiantiles y la represión que afrontan los estudiantes en sus protestas contra la privatización de la universidad, contra el desmantelamiento de la educación pública y contra la ocupación estadounidense de Colombia. El tercer video es un video que muestra las protestas estudiantiles contra las bases militares USA en Colombia, filmado por el Movimiento bolivariano.

Vean lo que pasa en Colombia. La gente sí resiste: Colombia es también la Palestina de América.

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NOTAS:
(1) Terrorismo de Estado, 50.000 desaparecidos en Colombia: http://justiciaypazcolombia.com/50-000-personas-desaparecidas-en

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