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lunes, 12 de marzo de 2012

China: Auge, caída y resurgimiento como potencia global

James Petras Rebelión

Los estudios sobre la potencia mundial aparecen contaminados de la visión de los historiadores eurocéntricos, que distorsionaron e ignoraron el papel dominante que China jugó en la economía mundial entre 1100 y 1800. La brillante investigación histórica sobre la economía mundial a lo largo de ese período realizada por John Hobson [1] proporciona una abundancia de datos empíricos que defienden la superioridad económica y tecnológica de China sobre la civilización occidental durante buena parte del milenio referido antes de su conquista y decadencia en el siglo XIX.

La reaparición de China como potencia económica mundial plantea importantes preguntas sobre qué podemos aprender de su anterior auge y caída y sobre las amenazas externas e internas a las que puede enfrentarse esta superpotencia económica emergente en el futuro inmediato.

En primer lugar, vamos a trazar los contornos principales del auge histórico de China hasta su superioridad económica global sobre Occidente antes del siglo XIX siguiendo estrechamente el relato de John Hobson en The Eastern Origins of Western Civilization. Debido a que la mayoría de los historiadores económicos occidentales (liberales, conservadores y marxistas) han presentado a la China histórica como una sociedad estancada, atrasada y provinciana, un “despotismo a la oriental”, es preciso hacer ciertas detalladas correcciones. Y es especialmente importante subrayar cómo China, la potencia tecnológica mundial entre 1100 y 1800, hizo posible la aparición de Occidente. Fue solo tomando prestadas y asimilando las innovaciones chinas que Occidente pudo llevar a cabo la transición al capitalismo moderno y a las economías imperialistas.

En segundo lugar, analizaremos y discutiremos los factores y circunstancias que llevaron a la decadencia china en el siglo XIX y su consiguiente dominación, explotación y pillaje por parte de los países imperiales occidentales, primero Inglaterra y después Europa, Japón y los EEUU.

En tercer lugar, señalaremos brevemente los factores que llevaron a la emancipación china del dominio colonial y neocolonial y analizaremos su reciente auge hasta convertirse en la segunda mayor potencia económica global.

Finalmente, consideraremos las amenazas pasadas y presentes al auge de China como potencia económica global, subrayando los parecidos entre el colonialismo británico de los siglos XVIII y XIX y las actuales estrategias imperialistas de EEUU, centrándonos en las debilidades y fortalezas de las pasadas y presentes respuestas chinas.

China: Auge y consolidación como potencia global (1100-1800)

En un formato comparativo sistemático, John Hobson proporciona una abundancia de indicadores empíricos que demuestran la superioridad económica global de China sobre Occidente y, en particular, sobre Inglaterra. Estos son algunos de los hechos destacados:

Ya en el año 1078, China era el mayor productor de acero (125.000 toneladas); mientras que Gran Bretaña produjo, en 1788, 76.000 toneladas. Y China estaba a la cabeza del mundo en innovaciones técnicas para la fabricación de textiles siete siglos antes de la “revolución textil” del siglo XVIII de Gran Bretaña.

China era la principal nación en el sector comercial, con un comercio a larga distancia que llegaba hasta la mayor parte del Sur de Asia, África, Oriente Medio y Europa. La “revolución agrícola” y la productividad superaron las de Occidente hasta el siglo XVIII.

Sus innovaciones en la producción de papel, imprenta, armas de fuego y herramientas la convirtieron en una superpotencia manufacturera cuyos productos se transportaban por todo el mundo a través del más avanzado sistema de navegación. China poseía el mayor número de barcos comerciales en el mundo. En 1588, los buques ingleses más grandes desplazaban alrededor de 400 toneladas, los de China 3.000 toneladas. Incluso hasta finales del siglo XVIII, los comerciantes chinos disponían de 130.000 buques privados de transporte, varias veces los de Gran Bretaña. China conservó su posición preeminente en la economía mundial hasta principios del siglo XIX.

Los fabricantes británicos y europeos seguían el ejemplo de China, asimilando y adoptando sus más avanzadas tecnologías y estaban ansiosos por penetrar en el avanzado y lucrativo mercado chino.

La banca, la economía con papel moneda estable, la industria manufacturera y los altos rendimientos en la agricultura hicieron que el ingreso per capita de China igualara el de Gran Bretaña en 1750.

La posición global dominante de China se vio desafiada por el auge del imperialismo británico, que había adoptado las avanzadas innovaciones tecnológicas, de navegación y mercado de China y otros países asiáticos a fin de eludir las primeras etapas para llegar a convertirse en una potencia mundial [2].

El imperialismo de Occidente y la decadencia de China

La conquista imperial británica y occidental del Oriente se basó en la naturaleza militarista del estado imperial, en sus no recíprocas relaciones económicas comerciales con los países de ultramar y en la ideología imperial occidental que motivó y justificó las conquistas en el exterior.

A diferencia de China, fue la política militar la que impulsó la revolución industrial británica y la expansión exterior. Según Hobson, durante el período 1688-1815, Gran Bretaña estuvo implicada en guerras durante el 52% de ese período [3]. Mientras que los chinos confiaban en sus mercados abiertos y en su producción superior y sofisticadas técnicas bancarias y comerciales, los británicos acudieron a la protección arancelaria, a la conquista militar, a la destrucción sistemática de empresas competitivas extranjeras, así como a la apropiación y saqueo de recursos locales. El predominio global chino se basaba en “beneficios recíprocos” con sus socios comerciales, mientras que Gran Bretaña dependía de ejércitos mercenarios de ocupación, de la represión salvaje y de la política de “divide y vencerás” para fomentar rivalidades locales. Frente a la resistencia de los nativos, los británicos (así como otras potencias imperiales occidentales) no dudaron en exterminar a comunidades enteras [4].

Incapaces de apoderarse del mercado chino a través de la competitividad económica, Gran Bretaña se apoyó en un poder militar brutal. Movilizó, armó y envió mercenarios, desde sus colonias en la India y más lugares para forzar a China a aceptar sus exportaciones e imponer tratados injustos con tarifas más bajas. Como consecuencia, China se vio inundada del opio británico producido en las plantaciones británicas en la India, a pesar de las leyes chinas que prohibían o regulaban la importación y venta de narcóticos. Los gobernantes chinos, acostumbrados desde hacía mucho tiempo a su superioridad manufacturera y comercial, no estaban preparados ante las “nuevas normas imperiales” para hacerse con el poder global. La disposición de Occidente a utilizar el poder militar para establecer colonias, saquear recursos y reclutar ejércitos inmensos de mercenarios dirigidos por oficiales europeos anunció el fin de China como potencia mundial.

China había basado su predominio económico en la “no interferencia en los asuntos internos de sus socios comerciales”. En cambio, los imperialistas británicos intervinieron violentamente en Asia, reorganizando las economías locales para ajustarlas a las necesidades del imperio (eliminando los competidores económicos, incluidos los más eficientes fabricantes indios del algodón) y se apropiaron del control del aparato político, económico y administrativo para establecer el estado colonial.

El imperio británico se construyó con los recursos saqueados a las colonias y mediante la militarización masiva de su economía [5]. Fue así como pudo afianzar la supremacía militar sobre China. La excesiva confianza de las elites gobernantes chinas en las relaciones comerciales obstaculizó su política exterior. Las elites de comerciantes y funcionarios chinos trataron de apaciguar a los británicos y convencer al emperador de que hiciera devastadoras concesiones extraterritoriales abriendo mercados en detrimento de los fabricantes chinos, a la vez que renunciaban a la soberanía local. Como siempre, los británicos favorecieron las revueltas y rivalidades internas desestabilizando aún más el país.

La penetración y colonización británica y occidental del mercado chino creó toda una nueva clase: Los “compradores” chinos ricos importaban productos británicos y facilitaban la apropiación de los mercados y recursos locales. El pillaje imperialista forzó la explotación, además de mayores impuestos, de las grandes masas de campesinos y trabajadores chinos. Los gobernantes de China se vieron obligados a pagar las deudas de la guerra y los déficits financieros comerciales impuestos por las potencias imperiales occidentales exprimiendo a su campesinado. Esto provocó hambre y revueltas entre los campesinos.

A primeros del siglo XX (menos de un siglo después de las Guerras del Opio), China había descendido de potencia económica mundial a convertirse en un destrozado país semicolonial con una inmensa población indigente. Los puertos principales estaban controlados por los funcionarios de las potencias occidentales y el campesinado estaba sometido al dominio de corruptos y brutales señores de la guerra. El opio británico esclavizó a millones de seres.

Los académicos británicos: Excelentes apologistas de la conquista imperial

Toda la profesión académica occidental –sobre todo los historiadores imperiales británicos- atribuyeron el dominio imperial británico de Asia a la “superioridad tecnológica” inglesa y la miseria y status colonial de China al “atraso oriental”, omitiendo cualquier mención al milenio de progreso y superioridad técnica y comercial de China hasta comienzos del siglo XIX. A finales de la década de 1920, con la invasión imperial japonesa, China dejó de existir como país unificado. Bajo la égida del dominio imperial, cientos de millones de chinos habían muerto de hambre o habían quedado desposeídos o masacrados. Toda la elite compradora “colaboracionista” china había quedado desacreditada a los ojos del pueblo chino.


Lo que quedó en la memoria colectiva de la gran masa del pueblo chino –totalmente ausente de los relatos de los prestigiosos académicos estadounidenses y británicos- fue la sensación de que China había sido en otro tiempo una potencia mundial próspera, dinámica e importante. Los comentaristas occidentales rechazaban esa memoria “colectiva” de la supremacía china como las locas pretensiones de una realeza y señores nostálgicos: la vana arrogancia Han.

China emerge de las cenizas de la humillación y el saqueo imperialistas: La revolución comunista china

El auge de la China moderna hasta convertirse en la segunda mayor economía mundial fue posible solo a través de los éxitos de la revolución comunista china de mediados del siglo XX. El Ejército Rojo de Liberación Popular derrotó primero al invasor ejército imperialista japonés y después al ejército nacionalista del Kuomintang, al que apoyaba el imperialismo estadounidense. Esto permitió reunificar China como estado soberano independiente. El gobierno comunista abolió los privilegios extraterritoriales de los imperialistas occidentales, puso fin a los feudos territoriales de los señores de la guerra y gángsteres regionales y expulsó a los millonarios propietarios de burdeles, a los traficantes de mujeres y drogas así como a otros “proveedores de servicios” al Imperio Europeo-Estadounidense.

La revolución comunista forjó el moderno estado chino en todos los sentidos. Los nuevos dirigentes procedieron entonces a reconstruir una economía arrasada por las guerras imperiales y saqueada por los capitalistas japoneses y occidentales. Después de 150 años de infamia y humillación, el pueblo chino recuperó su orgullo y dignidad nacionales. Los elementos socio-psicológicos eran esenciales para motivar a los chinos en la defensa de su país ante los ataques, sabotajes, boicots y bloqueos orquestados por EEUU inmediatamente después de su liberación.

A diferencia de lo que dicen los economistas neoliberales chinos y occidentales, el crecimiento dinámico de China no empezó en 1980. Empezó en 1950, cuando la reforma agraria proporcionó tierra, infraestructuras, créditos y asistencia técnica a cientos de millones de campesinos destituidos y trabajadores rurales sin tierras. Mediante lo que ahora se llama “capital humano” y una movilización social gigantesca, los comunistas construyeron carreteras, aeropuertos, puentes, canales y vías férreas así como industrias básicas, como la del carbón, hierro y acero, para formar la columna vertebral de la economía moderna china. Los inmensos sistemas sanitario y educativo gratuitos de la China comunista crearon una fuerza de trabajo saludable, educada y motivada. Su ejército, altamente profesional, impidió que EEUU extendiera su imperio militar a través de la península de Corea hasta las fronteras territoriales chinas. Al igual que los académicos y propagandistas occidentales del pasado fabricaron una historia acerca de un imperio “estancado y decadente” para justificar sus destructivas conquistas, de la misma forma sus homólogos modernos han vuelto a escribir los primeros treinta años de la historia comunista china, negando el papel de la revolución en el desarrollo de todos los elementos esenciales para un estado, una sociedad y una economía modernas. Está claro que el rápido crecimiento económico de China se basó en el desarrollo de su mercado interno, en el rápido crecimiento de su equipo de científicos, técnicos y trabajadores bien formados y en la red de seguridad social que protegió y promovió la movilidad de la clase trabajadora y campesinado, todo ello producto de la planificación e inversiones chinas.

El auge de China como potencial global empezó en 1949 con la eliminación de las parásitas clases financieras, compradoras y especulativas que habían servido de intermediarias para los imperialistas europeos, japoneses y estadounidenses que despojaron a China de sus grandes riquezas.

La transición de China al capitalismo

A principios de 1980, el gobierno chino inició un cambio drástico en su estrategia económica: Durante las tres décadas siguientes, abrió el país a la inversión exterior a gran escala; privatizó miles de industrias y puso en marcha un proceso de concentración de la renta basado en una deliberada estrategia de recrear una clase económica dominante de multimillonarios vinculados a capitalistas extranjeros. La clase política gobernante china abrazó la idea de “prestar” conocimientos técnicos y el acceso a los mercados de ultramar de firmas extranjeras a cambio de proporcionar abundante mano de obra barata al coste más bajo. El estado chino desvió subvenciones públicas masivas a promover un alto crecimiento capitalista desmantelando su sistema nacional de educación y sanidad públicas gratuitas. Acabaron con la vivienda pública subvencionada para cientos de millones de campesinos y trabajadores de fábricas urbanas y proporcionaron financiación a los especuladores inmobiliarios para la construcción de apartamentos privados de lujo y rascacielos de oficinas. La nueva estrategia capitalista de China, así como su crecimiento de dos dígitos, se basaron en los profundos cambios estructurales y en las masivas inversiones públicas del anterior gobierno comunista. El despegue del sector privado de China se llevó a cabo en base a los inmensos desembolsos públicos hechos a partir de 1949.

La nueva clase capitalista triunfante y sus colaboradores occidentales reclamaron todo el crédito posible para este “milagro económico” mientras China se convertía en la segunda mayor economía mundial. Estas nuevas elites chinas han estado menos dispuestas a anunciar el estatus de primera categoría de China a partir de las brutales desigualdades de clase, rivalizando solo con EEUU.

China: De la dependencia imperial al competidor mundial de primer orden

El sostenido crecimiento chino en el sector manufacturero fue consecuencia de inversiones públicas altamente concentradas, altos beneficios, innovaciones tecnológicas y un mercado interno protegido. Aunque el capital extranjero obtuvo beneficios, fue siempre dentro del marco de las prioridades y reglamentaciones estatales chinas. La dinámica del régimen de la “estrategia de exportación” ha creado inmensos excedentes comerciales, que finalmente han hecho de China uno de los mayores acreedores del mundo, especialmente de deuda estadounidense. Para mantener sus dinámicas industrias, China ha necesitado de entradas inmensas de materias primas, lo que ha motivado inversiones exteriores a gran escala y acuerdos comerciales con países exportadores de agro-minerales en África y Latinoamérica. En 2010, China desplazó a EEUU y Europa como principal socio comercial de muchos países de Asia, África y Latinoamérica.

El ascenso de la China moderna a potencia económica mundial, como su predecesora entre 1100 y 1800, se ha basado en su gigantesca capacidad productiva: el comercio y la inversión se han regido por una política de estricta no interferencia en las relaciones internas de sus socios comerciales. A diferencia de EEUU, China no inició guerras brutales por el petróleo; en cambio firmó contratos lucrativos. Y China no combatió guerras en interés de los chinos de ultramar, como EEUU ha hecho en Oriente Medio a favor de Israel.

El aparente desequilibrio entre el poder económico y militar de China contrasta de forma aguda con EEUU, donde un imperio militar inflado y parasitario continúa socavando su propia presencia económica global.

El gasto militar de EEUU es doce veces el de China. Cada vez más, el ejército de EEUU juega un papel clave a la hora de moldear la política en Washington mientras trata de debilitar el ascenso de China a potencia global.

El ascenso de China a potencia mundial: ¿se repetirá la historia a sí misma?

China ha estado creciendo a un 9% por año y sus productos y servicios están aumentando rápidamente en calidad y valor. En cambio, EEUU y Europa llevan revolcándose en un crecimiento 0% desde 2007 a 2012. El innovador establishment tecno-científico chino asimila rutinariamente los inventos más recientes de Occidente (y Japón) mejorándolos, rebajando por tanto los costes de producción. China ha sustituido a las “instituciones financieras internacionales” controladas por EEUU y Europa (el FMI, el Banco Mundial, el Banco de Desarrollo Interamericano) como principal prestamista en Latinoamérica. China continúa estando a la cabeza como principal inversor en los recursos mineros y energéticos de África. China ha sustituido a EEUU como principal mercado para el petróleo iraní, sudanés y saudí y pronto sustituirá a EEUU como principal mercado para los productos petrolíferos venezolanos. En la actualidad, China es el mayor exportador y fabricante de manufacturas del mundo, dominando incluso el mercado estadounidense, mientras juega el papel de salvavidas financiero al poseer alrededor de 1.300 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense.

Bajo las crecientes presiones de sus trabajadores y campesinos, los gobernantes chinos han estado desarrollando el mercado interno aumentando los salarios y el gasto social para reequilibrar la economía y evitar el espectro de la inestabilidad social. En cambio, los salarios y servicios públicos vitales de EEUU han disminuido de forma aguda en términos absolutos y relativos.

Teniendo en cuenta las tendencias históricas actuales, está claro que China sustituirá a EEUU como principal potencia económica mundial en la próxima década si el imperio estadounidense no contraataca y si las profundas desigualdades de clase chinas no provocan importantes agitaciones sociales.

El ascenso de la China moderna a potencia global enfrenta serios desafíos. A diferencia del histórico ascenso chino a nivel mundial del pasado, el poder económico global moderno chino no va acompañado de ninguna empresa imperialista. China ha quedado seriamente rezagada detrás de EEUU y Europa en cuanto a la capacidad agresiva de hacer la guerra. Quizá esto ha permitido a China dirigir recursos públicos a maximizar el crecimiento económico, pero ha dejado a China en situación vulnerable ante la superioridad militar estadounidense frente a su arsenal masivo, su red de bases de avanzada y sus posiciones geomilitares y estratégicas justo frente a la costa china y en los territorios colindantes.

En el siglo XIX, el imperialismo británico echó abajo la posición global china con su superioridad militar, apropiándose de los puertos chinos, debido a la confianza de China en su “superioridad mercantil”.

La conquista de la India, Birmania y la mayor parte de Asia permitió a los británicos establecer bases coloniales y reclutar ejércitos mercenarios locales. Los británicos y sus mercenarios aliados cercaron y aislaron a China, preparando el camino para perturbar los mercados chinos e imponer condiciones brutales a su comercio. La presencia armada del Imperio británico dictó lo que China tenía que importar (con el opio alcanzando el 50% de las exportaciones británicas en la década que se inició en 1850) mientras socavaban las ventajas competitivas de China a través de políticas arancelarias.

Hoy en día, EEUU está siguiendo políticas parecidas: La flota naval estadounidense patrulla y controla las rutas marítimas comerciales chinas y los recursos petroleros extraterritoriales a través de sus bases en el exterior. La Casa Blanca de Obama-Clinton está en proceso de desarrollar una respuesta militar rápida que implicará a sus bases en Australia, Filipinas y otros lugares de Asia. EEUU está intensificando sus esfuerzos para socavar el acceso exterior de China a los recursos estratégicos mientras se dedica a apoyar “bases” de separatistas e “insurgentes” en el oeste de China, Tibet, Sudán, Birmania, Irán, Libia, Siria y otros lugares. Los acuerdos militares de EEUU con la India y la instalación de un régimen-títere acomodaticio en Pakistán han hecho avanzar su estrategia de aislar a China. Aunque China mantiene su política de “desarrollo armonioso” y “no interferencia en los asuntos internos de otros países”, se ha hecho a un lado cuando el imperialismo bélico europeo y estadounidense ha atacado a alguno de los socios comerciales de China con el objetivo fundamental de invertir la pacífica expansión comercial de China. La carencia de una estrategia ideológica y política de China capaz de proteger sus intereses económicos en el exterior ha sido una invitación para que EEUU y la OTAN establecieran regímenes hostiles a China. El ejemplo más destacado es Libia, donde EEUU y la OTAN intervinieron para derrocar a un gobierno independiente dirigido por el presidente Gadafi, con quien China había firmado acuerdos comerciales e inversiones por valor multimillonario. Los bombardeos de ciudades, puertos e instalaciones petrolíferas por la OTAN obligaron a los chinos a retirar a 35.000 trabajadores de la construcción e ingenieros del petróleo chinos en cuestión de días. Lo mismo sucedió en Sudán, donde China había invertido miles de millones para desarrollar su industria petrolera. EEUU, Israel y Europa armaron a los rebeldes de Sudán del Sur para interrumpir el flujo de petróleo y atacar a los trabajadores chinos en el sector [6]. En ambos casos, China permitió pasivamente que los imperialistas estadounidenses y europeos atacaran a sus socios comerciales y frenaran sus inversiones.

Bajo Mao Tse Tung, China tuvo una política activa de contención de la agresión imperial: Apoyaba a movimientos revolucionarios y a gobiernos del Tercer Mundo. En la actualidad, la China capitalista no tiene una política activa para apoyar gobiernos o movimientos capaces de proteger el comercio bilateral y los acuerdos de inversión de China. La política exterior de China está moldeada por grandes intereses comerciales, financieros y manufactureros que confían en el “aspecto económico competitivo” para conseguir cuotas de mercado y no entienden de bases militares y de seguridad del poder económico global. La clase política china está profundamente influida por una nueva clase de multimillonarios con fuertes vínculos con los fondos de capital occidentales que han absorbido sin reparo los valores culturales occidentales. Esto queda ilustrado por su preferencia a enviar a sus propios hijos a las universidades de elite en EEUU y en Europa. Tratan de “acomodarse a Occidente” a cualquier precio. Esta falta de comprensión estratégica de la construcción del imperio militar les ha llevado a responder de forma ineficaz y ad hoc a cada acción imperialista que ha socavado su acceso a recursos y mercados.

Aunque la visión de China del “negocio primero” pudo haber funcionado cuando era un actor menor en la economía mundial y los constructores del imperio estadounidense veían la “apertura al capitalismo” como un oportunidad de hacerse fácilmente con las empresas públicas de China y saquear su economía, sin embargo, cuando China (a diferencia de la ex URSS) decidió retener los controles de capital y desarrollar una “política industrial” cuidadosamente calibrada, y bajo control estatal, dirigiendo el capital occidental y la transferencia de tecnología a las empresas estatales, que penetraron eficazmente en los mercados internos y exteriores de EEUU, Washington empezó a quejarse y a hablar de represalias.

Los inmensos excedentes comerciales de China con EEUU provocaron una respuesta dual de Washington: Vendió cantidades masivas de bonos del Tesoro estadounidense a los chinos y empezó a desarrollar una estrategia global para bloquear el avance chino. Como EEUU carecía de apalancamiento económico para revertir su decadencia, confió solo en su “ventaja comparativa”: su superioridad militar basada en un amplio sistema mundial de bases de ataque, una red de regímenes-clientes en el exterior, apoderados militares, ONG, intelectuales y mercenarios armados. Washington se volvió hacia su inmenso, secreto y clandestino aparato de seguridad para debilitar a los socios comerciales de China. Washington depende desde hace mucho tiempo de sus lazos con gobernantes corruptos, disidentes, periodistas y magnates de los medios para proporcionar la cobertura más poderosa propagandística mientras avanza en su ofensiva militar contra los intereses de China en el exterior.

China no tiene nada para competir con el “aparato de seguridad” de EEUU debido a que practica una política de “no interferencia”. Dado el avanzado estado de la ofensiva imperial occidental, China ha adoptado tan solo unas cuantas iniciativas diplomáticas, tales como financiar algunas cadenas de medios en lengua inglesa para presentar sus puntos de vista, utilizando su poder de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para oponerse a los esfuerzos de EEUU para derrocar el régimen de Asad en Siria y oponerse a la imposición de sanciones drásticas contra Irán. Repudió severamente el vitriólico cuestionamiento de la secretaria de estado de EEUU Hillary Clinton acerca de la “legitimidad” del estado chino cuando votó contra la resolución de EEUU y la ONU preparando un ataque contra Siria [7].

Los estrategas militares chinos son más conscientes de la situación y se sienten alarmados ante la creciente amenaza militar hacia China. Han pedido, y se les ha aceptado, un 19% de incremento anual en el gasto militar para los próximos cinco años (2011-2015) [8]. Incluso con este incremento, los gastos militares de China serán menos de la quinta parte del presupuesto militar estadounidense y China no tiene ninguna base en el exterior en marcado contraste con las más de 750 instalaciones de EEUU por todo el mundo. Las operaciones de inteligencia chinas en el exterior son mínimas e ineficaces. Sus embajadas se ocupan de estrechos intereses comerciales y no entendieron en absoluto la brutal política de la OTAN para cambiar el régimen en Libia y no informaron a Pekín de su importancia para el estado chino.

Existen otras dos debilidades estructurales que socavan el ascenso de China como potencia mundial. Esto incluye a la muy “occidentalizada” intelligentsia, que se ha tragado sin sentido crítico la doctrina económica estadounidense sobre el libre mercado mientras pasan por alto su militarizada economía. Esos intelectuales chinos repiten como papagayos la propaganda de EEUU acerca de las “ virtudes democráticas ” de las multimillonarias campañas presidenciales a la vez que apoyan la desregulación financiera que habría llevado a Wall Street a apoderarse de los bancos y ahorros chinos. Muchos asesores empresariales y académicos chinos se han educado en EEUU y están influenciados por sus lazos con los académicos estadounidenses y las instituciones financieras internacionales directamente vinculadas con Wall Street y la City londinense. Han prosperado como asesores bien remunerados que logran puestos prestigiosos en las instituciones chinas. Identifican la “liberalización de los mercados financieros” con las “economías avanzadas” capaces de profundizar los lazos con los mercados globales en lugar de ser una fuente importante de la actual crisis financiera global. Estos “intelectuales occidentalizados” son como sus homólogos los compradores del siglo XIX, que subestimaron y rechazaron las consecuencias a largo plazo de la penetración imperial occidental. Son incapaces de comprender cómo la desreglamentación financiera en EEUU fue lo que precipitó la actual crisis y cómo la desregulación va a llevar a que Occidente se apodere del sistema financiero chino, cuyas consecuencias redistribuirían los ahorros internos chinos en actividades no productivas (especulación inmobiliaria), precipitarían la crisis financiera y, en último término, socavarían la importante posición global de China.

Esos yuppies chinos imitan lo peor de los estilos de vida consumistas de Occidente, y sus puntos de vista políticos están influidos por esos estilos de vida e identidades occidentalizadas que excluyen cualquier sentido de solidaridad con su propia clase trabajadora.

Hay una base económica para los sentimientos pro-occidentales de los neocompradores chinos. Han transferido miles de millones de dólares a cuentas en bancos extranjeros, han comprado casas y apartamentos de lujo en Londres, Toronto, Los Ángeles, Manhattan, París, Hong Kong y Singapur. Solo tienen un pie en China (la fuente de su riqueza) y el otro en Occidente (donde consumen y esconden su riqueza).

Los compradores occidentalizados están profundamente empotrados en el sistema económico de China al tener vínculos familiares con los dirigentes políticos en el aparato del partido y el estado. Sus conexiones son más débiles en el ejército y en los crecientes movimientos sociales, aunque algunos estudiantes “disidentes” y activistas académicos de los “movimientos pro democracia” cuentan con el apoyo de las ONG imperiales de Occidente. En la medida en que los compradores van ganando influencia, van debilitando las fuertes instituciones estatales económicas que han dirigido el ascenso chino a potencia global, al igual que hicieron en el siglo XIX actuando como intermediarios para el Imperio británico. Proclamando el “liberalismo” del siglo XIX, 50 millones de chinos se volvieron adictos al opio en menos de una década. Proclamando la “ democracia y los derechos humanos ” , las cañoneras estadounidenses patrullan ahora frente a las costas de China. El ascenso de China, dirigido por las elites, a potencia económica global ha engendrado desigualdades monumentales entre unos miles de nuevos multimillonarios y millonarios en lo alto de la pirámide y cientos de millones de empobrecidos trabajadores, campesinos y emigrantes en la base.

La rápida acumulación de riqueza y capital de China ha sido posible a través de una intensa explotación de sus trabajadores a los que se despojó de sus anteriores redes de seguridad social y condiciones reguladas de trabajo que el comunismo garantizaba. Millones de hogares chinos han quedado desposeídos a fin de promover a los promotores/especuladores inmobiliarios que se han dedicado después a construir oficinas de alto nivel y apartamentos de lujo para las elites internas y extranjeras. Esos rasgos brutales de ascendente capitalismo chino han creado una fusión entre la lucha de las masas por un lugar de trabajo y por un espacio para vivir que es mayor cada año. El eslogan de los promotores/especuladores de “hacerse rico es maravilloso” ha perdido su capacidad de engañar a la gente. En 2011, había alrededor de 200.000 fábricas costeras urbanas que englobaban pueblos rurales. El próximo paso, que seguro se producirá, será la unificación de estas luchas en nuevos movimientos sociales nacionales con una agenda de clase exigiendo la restauración de los servicios educativos y sanitarios disfrutados bajo la era comunista así como una mayor porción de la riqueza de China. Las actuales demandas de mayores salarios pueden convertirse en demandas de mayor democracia en el lugar del trabajo. Para responder a estas demandas populares, los nuevos liberales compradores occidentalizados no pueden señalar hacia su “modelo” en el imperio estadounidense, donde sus trabajadores están inmersos en un proceso por el que les están despojando de los mismos beneficios que los trabajadores chinos están intentando recuperar.

China, asolada por un conflicto político y de profundización de los enfrentamientos de clase cada vez más profundo, no puede mantener su deriva hacia el liderazgo económico global. Las elites chinas no pueden afrontar la creciente amenaza militar imperial global de EEUU, con sus aliados compradores en la elite liberal interna, mientras en el país la sociedad está profundamente dividida con unas clases trabajadoras cada vez más hostiles. La época de explotación desenfrenada de la mano de obra china tiene que terminar para poder enfrentar el cerco militar estadounidense de China y el desbaratamiento económico de sus mercados en el exterior. China posee enormes recursos. Con más de 1.500 billones de dólares en reservas, China puede financiar un amplio programa sanitario y educativo nacional por todo el país.

China puede permitirse poner en marcha un “programa de vivienda pública” intensivo para los 250 millones de trabajadores que han emigrado del campo y que en la actualidad están viviendo en la miseria urbana. China puede imponer un sistema fiscal progresivo a sus nuevos multimillonarios y millonarios y financiar las pequeñas cooperativas agrícolas familiares y las industrias rurales a fin de reequilibrar la economía. Su programa de desarrollo de fuentes energéticas alternativas, como paneles solares y energía eólica, son un prometedor comienzo para abordar su grave contaminación medioambiental. La degradación del medio ambiente y los problemas relacionados con la salud están ya preocupando a decenas de millones de chinos. En última instancia, la mejor defensa de China contra las invasiones imperiales es un régimen estable basado en la justicia social para cientos de millones y una política exterior de apoyo a los movimientos y regímenes antiimperialistas en el exterior, cuya independencia es de vital interés para China. Lo que se necesita es una política proactiva basada en empresas mixtas mutuamente beneficiosas, incluida la solidaridad militar y diplomática. Hay ya un grupo pequeño, aunque influyente, de intelectuales chinos que están planteando la cuestión de la creciente amenaza militar estadounidense y están “diciendo no a la diplomacia de las cañoneras” [9].

La China moderna cuenta con multitud de recursos y oportunidades de los que no disponía la China del siglo XIX, cuando se vio subyugada por el Imperio británico. Si EEUU prosigue intensificando su política agresiva militarista contra China, Pekín puede poner en marcha una seria crisis fiscal inundando el mercado con varios de sus cientos de miles de millones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense. China, una potencia nuclear, debería contactar con su vecina Rusia, armada y amenazada por igual, para enfrentar y frustrar los belicosos comentarios de la secretaria de estado Hillary Clinton. El próximo presidente ruso Putin ha prometido incrementar el gasto militar del 3% al 6% del PIB en la próxima década para contrarrestar la ofensiva de bases de misiles de Washington en las fronteras de Rusia y truncar los programas de “cambio de régimen” de Obama contra sus aliados, como en el caso de Siria [10].

China tiene redes poderosas comerciales, financieras e inversiones por todo el planeta así como potentes socios económicos. Estos lazos se han convertido en algo esencial para el crecimiento continuado de muchos países en el mundo en desarrollo. Al enfrentarse a China, EEUU tendrá que enfrentar la oposición de muchas elites poderosas de mercado por todo el mundo. Pocos países o elites pensarían en vincular en el futuro sus fortunas con un imperio económicamente inestable y basado en el militarismo y en destructivas ocupaciones coloniales.

Es decir, la China moderna, como potencia mundial, es incomparablemente más fuerte que a principios del siglo XVIII. EEUU no tiene el apalancamiento colonial que el ascendente Imperio británico poseía en el período previo a las Guerras del Opio. Además, muchos intelectuales chinos y la inmensa mayoría de sus ciudadanos no tienen la intención de aceptar que los actuales “compradores occidentalizados” vendan el país. Nada aceleraría más la polarización política en la sociedad china y adelantaría la llegada de una segunda revolución social china que unos dirigentes pacatos sometiéndose a una nueva era de pillaje imperial de Occidente.

Notas:

[1] John Hobson, “The Eastern Origins of Western Civilization” (Cambridge UK: Cambridge University Press 2004).

[2] Ibid, Ch. 9 pp. 190-218.

[3] Ibid, Ch. 11, pp. 244-248.

[4] Richard Gott, “Britain’s Empire: Resistance, Repression and Revolt” (London: Verso 2011) for a detailed historical chronicle of the savagery accompanying Britain’s colonial empire.

[5] Hobson, pp. 253 – 256.

[6] Katrina Manson, “South Sudan puts Beijing’s policies to the test”, Financial Times, 21.02.201 2, p. 5.

[7] Interview of Clinton, NPR, 26.02.12.

[8] La Jornada, 15.02.2012 (Mexico City).

[9] China Daily (20.02.20 12).

[10] Charles Clover, “Putin vows huge boost in defense spending”, Financial Times, 12.02.2012.

Versión en inglés: http://www.palestinechronicle.com/view_article_details.php?id=19145

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viernes, 2 de marzo de 2012

China no puede salvar al mundo de la crisis

Jean Sanuk Inprecor

Mientras que EE UU y Europa se han visto duramente castigados, China ha resistido la crisis internacional de 2008 gracias a un plan de salvamento que combinó un fuerte gasto público con bajos tipos de interés y subvenciones al consumo. El crecimiento chino fue del 9 % en 2009 y del 10,4 % en 2010, sacando por efecto de arrastre a Asia y América Latina de la recesión. Ha logrado asimismo mantener el paro en un nivel soportable. En 2010, China incluso pasó a ser la segunda economía mundial desde el punto de vista del PIB, superando a Japón, y está reduciendo distancias con respecto a EE UU. En conjunto, el avance de China no parece verse afectado por la crisis de las subprimes. Mirando más de cerca, parece que los problemas están por venir. Los trabajadores chinos ya no aceptan la sobreexplotación. Durante el verano de 2010 se propagó una oleada de huelgas, con las que los trabajadores luchaban por un aumento de salarios, la mejora de las condiciones de trabajo y el derecho a organizarse y a la negociación colectiva.

La inflación, sobre todo de los productos alimenticios, que se ha acelerado desde mediados de 2010, se añade a los problemas de los trabajadores e inquieta al Gobierno, que teme un estallido de descontento. Por si fuera poco, el Gobierno ha de hacer todo lo posible por evitar el contagio de las revoluciones democráticas de los países árabes. Aunque la situación sea completamente distinta en China, estas revoluciones democráticas muestran a los trabajadores chinos que es posible derribar incluso a las peores y más poderosas dictaduras.

La resistencia de China a la primera recesión

El efecto de la crisis en China y en Asia ha sido hasta ahora limitado. A diferencia de sus homólogos europeos, los bancos asiáticos no estaban muy contaminados con hipotecas basura y productos financieros tóxicos. Con excepción de Corea del Sur, los países asiáticos no dependían de los capitales a corto plazo ni de los préstamos bancarios para financiar su economía. No cayeron en la trampa de la deuda como los países del este de Europa o Grecia. La mayoría de ellos, y sobre todo China, han acumulado enormes reservas de divisas y fueron capaces de hacer frente a los movimientos de capitales a finales de 2008. Los países asiáticos se han visto afectados sobre todo por la caída de las exportaciones a causa del colapso de la demanda en América del Norte y Europa.

De una manera general, la recesión ha sido más fuerte en las economías asiáticas más abiertas al comercio internacional, cuyas exportaciones consistían más que nada en productos industriales y estaban destinadas en gran parte a EE UU. Por ejemplo, las exportaciones de productos industriales representan alrededor del 70 % en Malasia, más del 40 % en Tailandia y Camboya, cerca del 30 % en China, Corea del Sur, Filipinas y Vietnam, pero menos del 10 % en India y Pakistán. Estas características explican por qué las tres economías más importantes de Asia –China, India e Indonesia– no han conocido ni un solo trimestre de recesión entre 2008 y 2009. La resistencia de estos tres países, y sobre todo de China, que es uno de los principales socios comerciales de los países asiáticos, por no decir el más importante, dio pie a una rápida recuperación en el segundo trimestre de 2009 y a un relanzamiento en forma de “V” más fuerte que en el resto del mundo.

Son varios los factores que explican la resistencia a la crisis de los países asiáticos y la rapidez de su recuperación. En primer lugar, para absorber el choque del colapso de las exportaciones, los países asiáticos lanzaron planes de salvamento sin precedentes, a diferencia de la crisis “asiática” de 1997-1999, en la que los planes de ajuste estructural patrocinados por el FMI habían agravado la crisis. El plan de salvamento chino merece atención especial por su misma amplitud: 585.000 millones de dólares, que suponen el 13,3 % del PIB, a gastar a lo largo de dos años. En promedio, los planes de salvamento anunciados por los países asiáticos representan el 7,5 % del PIB, frente al 2,8 % de los países del G-7. Además, estaban más orientados al gasto público que a las reducciones de impuestos. En promedio, los países de Asia han dedicado el 80 % del importe de los planes al aumento del gasto público, frente al 60 % en promedio de los países del G-20. La única excepción es Indonesia, donde predominan las reducciones de impuestos.

Estos gastos públicos se complementaron con unas políticas monetarias expansionistas, consistentes en rebajar los tipos de interés para favorecer el crédito. El tipo de interés mediano de los bancos centrales asiáticos ha disminuido 2,25 puntos, cinco veces más que durante la crisis precedente. El hecho de que el sistema bancario haya seguido funcionando ha repercutido positivamente en el crecimiento. En países como Vietnam y China, la política monetaria expansionista ha sido determinante. En China, el gasto público aumentó moderadamente un 23 % en 2007 y un 26 % en 2008, pero solo un 21 % en 2009 y un 17 % en 2010, cuando concluyó oficialmente el plan de salvamento. En su conjunto, el gasto público no desempeñó un papel crucial en la amortiguación del choque, sino que el factor fundamental fue sobre todo el desarrollo del crédito en 2009, con un aumento espectacular del 31 %. Sin embargo, en 2010 descendió un 4 %, cuando el Gobierno chino decidió frenar la economía porque el dinero fácil había generado una nueva burbuja especulativa.

En segundo lugar, el consumo de los hogares sigue siendo fuerte porque el empleo no ha caído en picado durante la crisis. En general, en tiempos de crisis no suele registrarse un aumento fuerte de la tasa de paro en los países asiáticos, porque, salvo en algunos de ellos, no existe ningún subsidio de paro. Los trabajadores que pierden su empleo en la industria tratan de encontrar un puesto de trabajo en el sector servicios, o se establecen por su propia cuenta, o incluso vuelven a trabajar a la granja agrícola familiar si ello es posible y si la granja todavía existe. Este es el caso particular de China, donde cientos de miles de trabajadores migrantes volvieron en el invierno de 2008 a su granja familiar en el interior del país, o bien no volvieron a trabajar en la industria después de las vacaciones del año nuevo chino en febrero de 2009. Sin embargo, como la economía se recuperó en la primavera de 2009, muchos de ellos acabaron retornando a las ciudades para buscar un empleo mejor remunerado.

En tercer lugar, pese a los pronósticos más sombríos, las exportaciones chinas disminuyeron entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, pero no se colapsaron y luego se recuperaron rápidamente gracias al relanzamiento del comercio mundial en la primavera de 2009. Dado el importante contenido de componentes importados en los productos de exporta China (alrededor del 50 %), las importaciones descendieron en la misma medida que las exportaciones, y la balanza comercial ha sido casi siempre positiva, aunque en menor cuantía. Esto refleja tanto la resistencia de China a los choques externos como, al mismo tiempo, su debilidad.

El mito del desacoplamiento de Asia del resto del mundo

Primeramente, el rápido éxito comercial chino obedece a su papel de centro de ensamblaje de componentes fabricados en otros países de Asia, principalmente en Japón y Corea del Sur y, en menor medida, en el sudeste asiático. Los productos acabados ensamblados en China se exportan en su mayor parte al resto del mundo, particularmente a Europa y América del Norte. Para blindarse frente a la crisis procedente de EE UU y Europa, Asia oriental y sudoriental debería ser capaz de absorber una parte mucho mayor de su propia producción de productos acabados. Sin embargo, aunque el comercio interno de Asia oriental ha avanzado bastante desde que comenzó la crisis, no ha alcanzado todavía un umbral que le permita compensar las contracciones del comercio a escala mundial.

Por otro lado, aunque China haya pasado a ser la segunda potencia económica del mundo por el valor absoluto de su PIB, habiendo adelantado a Japón en 2010 y acercándose ahora a EE UU, China y el resto de Asia todavía están muy lejos de reemplazar a EE UU como primer mercado del mundo. Si se tiene en cuenta la totalidad de la población china, la renta per cápita alcanzará seguramente la de EE UU dentro de 25 a 50 años, según las distintas hipótesis que se apliquen. Si se tienen en cuenta únicamente las regiones más ricas de China, en su mayoría situadas a lo largo de la costa y que abarcaban al 42 % de la población en 2005, el adelantamiento podría producirse de aquí a 10 o 20 años. Las hipótesis más optimistas, formuladas por el Banco Asiático de Desarrollo (BAD), muestran que al ritmo actual los 22 países asiáticos que constituyen la “Asia del desarrollo”, de acuerdo con la clasificación del BAD, podrían superar el gasto de consumo de los países de la OCDE a partir de 2030. Todas estas predicciones se basan en supuestos optimistas que están lejos de ser certeros ante el grado de incertidumbre creado por la crisis internacional actual, pero sí reflejan cierto potencial.

Finalmente, para poder desacoplarse del resto del mundo –al menos de un modo relativo, pues de todos modos, con la globalización de la economía no puede haber regiones completamente autónomas–, Asia, y sobre todo China, debería ser capaz de reequilibrar su economía volcada en las exportaciones para dedicarse más a su mercado interior. Para ello debe cumplir tres condiciones:

1. China ha de revisar en parte su tipo de cambio a fin de bajar los precios de las importaciones (y por tanto el precio de los bienes que produce para el mercado interior) y reducir la alta rentabilidad actual de las exportaciones.

2. China, y esto es lo más importante, debe aumentar de manera significativa los salarios de los trabajadores urbanos y rurales para que el consumo interior pueda superar su actual nivel extremadamente bajo (35 % del PIB). Esta es la decisión más delicada, porque los capitalistas y burócratas se han acostumbrado a enriquecerse a costa de los inmensos beneficios que realizan las empresas públicas y privadas sobre las espaldas de los trabajadores sobreexplotados.

3. China debe incrementar su tipo de interés, tradicionalmente bajo, con el fin de frenar las enormes inversiones en la industria intensiva en capital y de reorientar la economía a favor del sector servicios. Servicios como la educación, la sanidad, la cultura y el ocio constituyen una necesidad para la mayoría de la población. Son intensivos en mano de obra y podrían generar los millones de puestos de trabajo que China necesita. También consumen menos energía y contaminan menos que la industria y serían más compatibles con un objetivo de reducción de los gases de efecto invernadero. China ha hecho progresos en esta dirección, pero se halla todavía muy lejos de la meta.

¿Puede China resistir por segunda vez una nueva recesión?

En 2011, la crisis internacional entró en una nueva fase. La crisis en Europa es muy grave y EE UU no se encuentran en una situación mucho mejor. Sobreviene una segunda recesión que comportará una nueva contracción del comercio mundial, que afectará también, una vez más, a China y toda Asia. En estas condiciones, cabe preguntarse por su capacidad para resistir un nuevo retroceso del comercio mundial gracias a un nuevo plan de salvamento a gran escala.

Hay motivos para ser pesimistas. China y los países de Asia no pueden incrementar masivamente el gasto público y el crédito cada dos años. Los planes de salvamento anteriores ya generaron problemas que todavía no están resueltos: en el caso de China, un aumento importante de la morosidad en el sector bancario, pues bastantes créditos concedidos no son rentables; una inflación elevada y burbujas especulativas en el sector inmobiliario y en la bolsa. Al igual que en EE UU y Europa, habrá que salvar a los bancos chinos con dinero público. Y al igual que en EE UU y Europa, los Gobiernos siguen haciendo pagar los platos rotos a los trabajadores. En China, el salvamento de los bancos y de los ayuntamientos, que también están muy endeudados, costaría mucho dinero. Si los trabajadores han de pagar la crisis de una manera u otra, el objetivo de reequilibrar el crecimiento a favor de la demanda interna tendrá que aplazarse a un futuro lejano, y con él el mito de que China es capaz de sacar al mundo de la crisis.

Jean Sanuk, economista, organizador de los Seminarios económicos sobre la crisis mundial en el Instituto Internacional de Investigación y Formación de Amsterdam en 2009 y 2011, es corresponsal de Inprecor en Asia.

http://orta.dynalias.org/inprecor/article-inprecor?id=1269

Traducción Viento Sur

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lunes, 27 de febrero de 2012

China, el mayor logro de la historia económica mundial

John Ross Key Trends in Globalisation

El fin del desarrollo económico es el de mejorar las condiciones de los seres humanos. Robert Lucas lo dijo de manera elocuente, en palabras muchas veces citadas, al examinar las consecuencias de las diferentes tasas de crecimiento económico: "No veo cómo uno puede mirar esas cifras sin verlas como posibilidades. ¿Hay alguna acción que un gobierno de la India pudiese realizar para enrumbar la economía hindú hacia el crecimiento?... Las consecuencias para el bienestar humano implicadas en preguntas como estas son sencillamente asombrosas: Una vez que uno empieza a pensar en ellas, es difícil pensar en cualquier otra cosa".

En este contexto, habría que decir, sobria y consideradamente, que la economía china desde 1978 es el logro económico más grande de la historia mundial. Este artículo lo demuestra en el prosaico lenguaje de las estadísticas. Pero, por supuesto, esa no es la cuestión de fondo. Lo que realmente cuenta son sus consecuencias para los seres humanos - el salir de la pobreza, el mejoramiento de sus expectativas de vida, las mejoras en la salud, el expandir el potencial para la educación, las mejoras en la situación de la mujer, y muchas otras dimensiones. Las estadísticas económicas simplemente fundamentan esta mejora de las condiciones humanas.

La escala de los logros económicos de China

Un problema a la hora de evaluar la verdadera escala de los logros económicos de China es que a menudo se hace uso de estadísticas parciales para presentarlos. En algunas de ellas, por ejemplo, el que China se haya convertido en la segunda economía más grande, o que ha sacado a 620 millones de personas de la pobreza internacionalmente definida, son extremadamente poderosos (Quah, 2010). Sin embargo, dado que son parciales, no capturan toda la magnitud de lo que ha ocurrido. Sólo cuando se usan datos sistemáticos es que la dimensión real de los logros de China se vuelve clara.

Otra vez, aún cuando se intentan comparaciones sistemáticas, la escala de los logros económicos chinos a menudo es subestimada porque se utilizan medidas inapropiadas. Por ejemplo, al comparar las tasas de crecimiento económico, calculando las contribuciones al bienestar económico, es engañoso el tomar países individuales como unidades de comparación, en lugar de la proporción de la población mundial afectada, ya que el crecimiento económico rápido en un país pequeño evidentemente contribuye menos al bienestar humano que el crecimiento rápido en un país grande.

Para hacer una comparación sistemática inicial, por lo tanto, el cuadro 1 muestra el porcentaje de la población mundial afectada en el momento en el que comenzó el crecimiento rápido sostenido en las mayores economías. Por ejemplo, el primer país en experimentar el crecimiento rápido sostenido fue el Reino Unido durante la Revolución Industrial - lo que tuvo lugar en un país con 2.0 por ciento de la población mundial. El crecimiento rápido sostenido en los EE.UU. luego de la Guerra Civil tuvo lugar en un país con 3.3 por ciento de la población mundial.

Hay, claro está, argumentos a favor de algunos países individuales que se podrían agregar a la comparación - por ejemplo, Italia desde 1950 (1.9 por ciento de la población mundial) o España desde 1960 (1.0 por ciento de la población mundial). Pero es evidente, a partir de los datos, que esos países extras no hacen ninguna diferencia con respecto a la situación de fondo.

Ninguna otra economía que haya iniciado el crecimiento rápido sostenido, tan siquiera se aproxima el 22.3 por ciento de la población mundial de China en 1978, al inicio de sus nuevas políticas económicas. En comparación, el crecimiento rápido sostenido de Japón luego de la Segunda Guerra Mundial ocurrió en un país con 3.3 por ciento de la población mundial, y el crecimiento de los cuatro "tigres" asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur y Taiwán) tuvo lugar en economías con 1.4 por ciento de la población mundial.

Sólo el crecimiento económico sostenido de la India después de fines de los 1980's, en un país con 16 por ciento de la población mundial, empieza a aproximarse al logro de China en cuanto a escala, pero el porcentaje de la población mundial afectada sigue siendo menor que el de China, así como su tasa de crecimiento.

Introducir la necesaria corrección del tamaño de la población también pone en evidencia que el método utilizado a veces de ordenar los países de acuerdo al tamaño es engañoso. Para ver por qué sólo hay que notar el hecho de que, si se usan los tipos corrientes de cambio, en los cuadros del Banco Mundial de 2010, el último año del que se tienen estadísticas completas, 87 de los países de los que se tiene información tienen un PIB per cápita más alto del de China y 83 países tienen uno más bajo. Esto aparentemente coloca a China más o menos en la mitad de la lista mundial. Cuando la República Popular de China fue fundada en 1949, o cuando se lanzaron las reformas económicas, en 1978, China era uno de los países más subdesarrollados del mundo y ésto podría aparecer como un desempeño bastante bueno; sin embargo, no refleja la magnitud de los logros de China.

La razón de ello es que el ordenamiento de los países no toma en cuenta su población relativa. Por ejemplo, entre los países que están por encima de China figuran Seychelles, Palau, St Kitts y Nevis, Dominica, y Antigua y Barbuda - todos ellos países con menos de 100 mil habitantes. Si se va a tomar en cuenta la verdadera posición internacional de China, entonces también hay que tomar en cuenta el tamaño de sus población. El Gráfico 1 muestra, por lo tanto, los porcentajes de la población mundial viviendo en países con un PIB per cápita por encima y por debajo del chino, y muestra las verdaderas dimensiones de los logros económicos de China.

En 1978, los países que tenían sólo 0,5 porciento de la población mundial tenían un PIB per cápita por debajo del chino, mientras que 73.5 por ciento tenían un PIB mayor. China, por su parte, respondía por el 25.9 por ciento de la población mundial para el cual hay datos disponibles. Al llegar al 2010, usando la misma medida, el porcentaje de la población mundial viviendo en países con un PIB per cápita mayor que el chino era de 31.3 por ciento - dada la rapidez del aumento, está claro que cuando se publiquen los datos de 2011, éstos mostrarán que menos del 30 por ciento de la población mundial vive en países con un mayor PIB per cápita que el de China.

Por lo tanto, en poco más de 30 años China, con más del 20 por ciento de la población mundial, ha ascendido, de ser uno de los países económicamente menos desarrollados del mundo, a una posición en la que menos de un tercio de la población mundial vive en países con un mayor PIB per cápita -una posición que China está mejorando rápidamente.

Si chequeamos estas estadística de precios corrientes contra la Paridad de Poder Adquisitivo (PPP, por sus siglas en inglés), que toma en cuenta los diferentes niveles de precios en los diferentes países, se confirma el mismo resultado. Medidos en PPPs en 1980, el primer año para el que hay disponibles estadísticas del Banco Mundial, sólo 1.3 por ciento de la población mundial vivía en países con un menor PIB per cápita que China y 73.0 por ciento lo hacía en países con un PIB mayor. Al llegar a 2010, sólo 31.5 por ciento de la población mundial vivía en países con un mayor PIB per cápita que China.

Otra forma de medir es comparar a China con el resto de la población mundial. Para hacerlo, la mejor medida no es el promedio dado que, por razones estadísticas conocidas, los promedios que cubren espectros muy amplios son excesivamente afectados por pequeños números de valores extremos. Esto es algo claramente confirmado por las cifras mundiales. Una medida mejor, estándard, de los ingresos se obtiene comparando la mediana - el valor que ocupa el punto medio exacto.

En 1978, el PIB per cápita de China sólo eral 42 por ciento de la mediana para el resto de la población mundial. En 2010, el PIB per cápita de China era un 289 por ciento de la mediana.

El que desde 1978 China, con más de un quinto de la población mundial, ha pasado de ser uno de los países más pobres en el mundo, a una situación en la que menos de un tercio de la población mundial tiene un PIB per cápita más alto es algo que no tiene precedente en la historia. Nunca antes en la historia humana, una proporción tan grande de la población mundial ha avanzado tan rápidamente.

De estos datos se desprende claramente una serie de conclusiones, además de la conclusión obvia de simplemente reconocer esto como un hecho de la historia económica. Pero, por el momento, basta con notar sobria y mesuradamente, que el de China es literalmente el mayor logro económico en la historia mundial.

Notas

Quah, D. (2010, May). 'The Shifting Distribution of Global Economic Activity'. Retrieved January 2, 2012, from London School of Economics: econ.lse.ac.uk/~dquah/p/2010.05-Shifting_Distribution_GEA-DQ.pdf

Traducido para Radio La Primerísima por Jorge Capelán.

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lunes, 16 de enero de 2012

La primera potencia militar en su lucha contra la principal potencia económica

Nazanín Armanian Público

El presidente de EEUU Barak Obama, debe de pensar que Irán es pan comido para declarar que la nueva estrategia de Defensa en 2012 es contener a China. Adicto a la guerra, Washington, que ha borrado la palabra “paz” de su diplomacia, considera a Pekín un peligro para “sus intereses nacionales” en el Pacífico y Asia Meridional y para su hegemonía unilateral planetaria.

Con el 5% de la población mundial el país occidental tiene un presupuesto militar siete veces mayor que el gigante amarillo, posee fuera de sus fronteras alrededor de 900 bases militares, once flotas navales que pasean por todos los océanos y cientos de miles de soldados esparcidos por el globo, y aun así está preocupado por una China sin tropas ni instalaciones militares fuera de su territorio.

Regreso a Asia es el “santo y seña” del Pentágono para allanar el Extremo Oriente y tomar el Mar de China cuyos fondos marinos, además, ocultan millones de barriles de petróleo y billones de pies cúbicos de gas. El pretexto no le faltará: velar por la seguridad marítima mermada por las supuestas armas nucleares ocultas de China, luchar contra el terrorismo islámico y la piratería y ayuda “humanitaria” en los desastres naturales.

La primera potencia militar, en su lucha contra la principal potencia económica, pretende controlar el estratégico Estrecho de Malaca, que une el Mar de China Oriental (al que Hillary Clinton llama Mar Occidental de Filipinas) con el océano Indico y Europa. Por sus aguas circula la mitad del tonelaje mercante mundial y los 20 millones de barriles del petróleo del Golfo Pérsico con destino Japón, Corea del Sur y China.

Pekín avanza sin colonizar ni ocupar países. Consigue sus objetivos mediante el sereno y sutil método de “acupuntura” en vez de “ataques quirúrgicos”. Ha construido, por ejemplo, el conducto más largo del mundo que lleva el gas del Caspio desde Turkmenistán a sus tierras, sin pegar un solo tiro, mientras decenas de miles de soldados de la OTAN llevan una década en Afganistán sin poder construir el gasoducto transafgano.

Que el coloso asiático sea, además, el único proveedor de tierras raras –usadas en microchips y alta tecnología-, aumenta el nerviosismo de EEUU, que actúa antes de verse superado por Pekín: se apodera de las fuentes de energía (Irak, Sudan, Libia, y ahora prueba con Irán), estrecha su alianza con la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), arma a Taiwán con sistemas antimisiles y en Myanmar apoya a la oposición presionando al gobierno para que suspenda la construcción de un importante gasoducto hacia China. Por otro lado incrementa el número de 70.000 soldados que tiene en Corea del Sur y Japón, fortalece el Comando Estadounidense del Pacífico, refuerza las bases militares en Corea del Sur, Tailandia, Taiwán, Indonesia, Filipinas y Australia, e impide la formación de “Chindia” (China+India). Reducir a Pakistán y un escaño en el Consejo de Seguridad sería el premio a India a cambio de su cooperación, que junto con Japón harían de contrapeso al enemigo.

Pekín ante una situación de desventaja geopolítica en Europa, África y Asia comienza a reaccionar, sin perturbar sus relaciones con Washington. Su armada realizó, en noviembre, unas maniobras militares sin precedentes cerca de las fronteras de Pakistán, para advertir a EEUU de que no toleraría una invasión al país centroasiático. También incrementó, en 2011, su presupuesto militar en un 12%, cayendo en la trampa de la carrera armamentística, que tiene incluida una Guerra de las Galaxias.

Despunta la nueva Guerra Fría.

Fuente: http://blogs.publico.es/puntoyseguido/381/y-luego-a-por-china/

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lunes, 9 de enero de 2012

El milagro económico de China


Hedelberto López Blanch Rebelión

Tras conversar con varios especialistas en Beijing y Shanghai, el autor analiza el creciente desarrollo de la República Popular China.

Pese a que algunos pronósticos de analistas occidentales auguraban que la crisis capitalista mundial afectaría el desempeño de la República Popular China, los datos recién publicados indican lo contrario pues el Producto Interno Bruto (PIB) del gigante asiático creció 9,4 % en 2011.

Pero no solo eso, sino que un informe del Fondo Monetario internacional (FMI) augura que la economía de China superará a la de Estados Unidos, en términos reales, en el 2016. Los analistas más cautos posponen esa posibilidad para mediados de la década de 2020.

El FMI analiza no solo los tipos de cambios verdaderos, sino también el escenario en términos reales de las economías con Paridades de Poder Adquisitivo (PPA). O sea, compara lo que las personas ganan y gastan en sus economías domésticas.

Bajo el PPA, la economía de China se extenderá de 11.2 billones de dólares este año a 19 billones en el 2016. Mientras tanto, el tamaño de la economía estadounidense aumentará de 15.2 billones de dólares a 18.8 billones.

China tiene una extensa cultura acumulada durante cinco milenios y ha logrado con laboriosidad e inteligencia crear una civilización basada en un país pluriétnico unificado.

Como indican algunos de sus economistas, “el país transita por un camino de desarrollo que responde a su situación nacional: el camino del socialismo con peculiaridades chinas”

A partir de 1978 la nación asiática estableció un proceso de reformas y aperturas para poner énfasis en la exploración del camino de la modernización socialista en consonancia con la situación básica del país y las demandas de la época.

El salto resultó vertiginoso: el volumen económico global se octuplicó de 1978 a 2010 y alcanzó un Producto Interno Bruto (PIB) de 5,88 billones de dólares. En 2011 desplazó a Japón y se convirtió en la segunda economía mundial después de Estados Unidos.

La modernización se observa por todas partes en esta inmensa nación y con una base material más sólida, se profundiza el desarrollo de la industrialización, la informatización, urbanización y la comercialización.

Asimismo, el nivel de vida de la población ha alcanzado grandes adelantos pues pasó de la insuficiencia de ropa y alimentos hacia la casi satisfacción de las necesidades fundamentales de sus 1 300 millones de habitantes.

Si en 1978 existían más de 300 millones de personas que vivían por debajo del índice de pobreza, esa cifra se ha reducido a 25 millones y el Estado realiza grandes esfuerzos y ofrece ayuda a las familias para solventar a corto plazo esa situación.

La renta global nacional per cápita equivalente al nivel promedio mundial pasó del 24,9 % en 2005 al 46,8 % en 2010.

Otros datos son satisfactorios: El volumen global de importaciones y exportaciones aumentó de 20 600 millones de dólares en 1978 a 2 974 billones de dólares en 2010; de 1979 a 2010 se utilizaron 1 048 billones de dólares como inversión directa foránea.

En la actualidad, China ha establecido mecanismos bilaterales de economía, comercio y cooperación con 163 países y regiones, ha firmado 10 convenios sobre zonas de libre comercio; acuerdos de protección de inversiones con 129 naciones y 96 de eliminación de doble tributación.

La nación asiática también ha jugado un papel fundamental en la disminución de los efectos de la crisis económica mundial (sobre todo para los países en desarrollo) al importar un promedio anual de mercancías por valor de 750 000 millones de dólares lo que significa alrededor de 14 millones de puestos de trabajo en las regiones y países concernientes.

En los últimos 10 años, las inversiones directas en el exterior de tipo no financiero se incrementó de 1 000 millones de dólares a 59 000 millones lo cual ayudó al desarrollo de esas naciones.

Con la profunda crisis que atraviesan Estados Unidos y la Unión Europea, el presidente Hu Jintao aseguró que “en 2012 el peso de los productos exportables se dirigirá hacia los países en vías de desarrollo debido a la poca probabilidad del aumento de la demanda de los industrializados” y al mismo tiempo se importarán mayores productos desde esas regiones.

En una reciente visita de trabajo a esa nación, pude observar y conocer el enorme desarrollo en infraestructura, construcciones, carreteras y fábricas de todo tipo que se encuentran en ejecución.

Para indagar cómo se ha logrado el despegue económico y cuáles son las perspectivas futuras de esa nación, conversé con Zhu Ping, vice jefe de Departamento de Asuntos Exteriores del diario Economic Daily, y con Wang Xinhuan, director de Relaciones Internacionales del mismo órgano de prensa que se edita en Beijing.

Con el nombre de Periódico Económico de China, el diario ha reportado los cambios ocurridos en ese país en los últimos tiempos. Para Zhu Ping, los logros alcanzados en el abrupto desarrollo se debieron a la apertura iniciada en 1978 y la base fundamental fue abrirse al exterior y aprender las experiencias de los países más desarrollados lo que posibilitó ahorrar tiempo para avanzar en la industrialización y las innovaciones con tecnologías propias en todos los sectores.

Un ejemplo de lo que explicaba el interlocutor es que ya por las diversas ciudades se observan trenes y numerosos autos confeccionados con tecnologías netamente nacionales lo cual también se ha extendido a la aeronáutica, las telecomunicaciones de punta y la rama militar.

Zhu indicó que se cuenta con recursos humanos nacionales de excelencia en las diferentes esferas (universitarios y técnicos superiores) que en 2015 serán 156 millones de personas, y así se continuará perfeccionando y asimilando nuevas tecnologías para ampliar la demanda interna de sus habitantes. Se incorporarán capitales a empresas de punta, manufactureras y de la agricultura para alcanzar una economía eficiente, flexible y con soporte fijo.

En cuanto a la posibilidad de que el renmimbi o yuan pueda convertirse en un futuro en una moneda internacional opcional como el dólar o el euro, Wang Xinhuan señaló que ya existen 10 países donde se negocian los productos con esa denominación y también se usa en el comercio internacional.

Pero aseguró Xinhuan que lo más importante no será en qué moneda se negocie, sino lograr un desarrollo equitativo, justo y social para el pueblo chino y que se eliminen las diferencias que aun subsisten entre la parte este y el oeste del territorio.

Explicó que China tiene una población numerosa y una base económica todavía débil. Posee el 7,9 % de la tierra cultivable del mundo, el 6,5 % de los recursos de agua dulce del orbe y agrupa a cerca del 20 % de la población de la Tierra y sus éxitos son compartidos por más de 1 300 millones de chinos.

Por tanto, satisfacer constantemente la demanda de subsistencia y desarrollo de su numerosa población constituye uno de los desafíos más difíciles para su gobierno y Estado.

No obstante, después de esta visita a China, pienso que los logros alcanzados en tan corto período de tiempo se pudieran resumir en pocas palabras: Un Milagro Económico.

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